octubre 12, 2009

LA EXTREMA FORTALEZA DE LA RISA: RENÉ AVILÉS FABILA




ENTREVISTA

EL EVANGELIO SEGÚN RENÉ AVILÉS FABILA

México, D. F., a 9 de octubre de 2009

Genoveva Caballero/
DIFUNET



La ironía casi imperceptible (porque muchos creen todo lo que dice), fina, como sedoso pañuelo envenenado, la inquisitoria mente de un escritor —que duda, luego existe—, se develan en su rostro sonriente, cuyos ojos amables también descubren la infatigable necesidad de cuestionarlo todo, de derribarlo todo; de burlarse de las grandes entelequias humanas para reducir al hombre a eso: ser hombre y serlo con todas sus consecuencias.

Así, pluma en ristre, René Avilés Fabila escribió y nos entrega “El Evangelio según René Avilés Fabila”, para desmitificar las creencias atentatorias contra la razón, prohijadas bajo la justificación bíblica. “Somos un país, una especie, sumamente crédulo”, dice, “y me preocupa la profunda credulidad de la gente.”

Su volumen de apenas 151 páginas, por su carácter herético, estaba condenado a no ver la luz jamás —al fin hijo de las tinieblas— porque ni siquiera la editorial Nueva Imagen, casa editora que alberga la obra completa del escritor, mostró interés para publicarla. “Quizá por fundado temor a la Inquisición”.

Según René Avilés Fabila, este recientemente publicado libro “El Evangelio según René Avilés Fabila” ya tenía tres o cuatro años de terminado, cuando al fin Plan C Editores decidió mandarlo a la imprenta con una edición de 1,000 ejemplares, misma que finalmente llegó a los lectores a partir de este octubre.

Avilés Fabila, príncipe de la ironía, señor del sarcasmo y padre de la sorna, cree firmemente que a las creencias no hay que tomarlas tan en serio, sino abordarlas con la extrema fortaleza de la risa porque es propio de la razón humana inquirir, preguntar, y que el conocer las incongruencias sólo puede manifestarse con buen humor, para no descender al pantano de la desesperación ante la evidente falta de virtudes humanas. Y en ese tenor, anti solemne, carente de afectación, aborda esas inquietudes, con risa, con humor en el conjunto de ensayos que constituyen las páginas de “El Evangelio según René Avilés Fabila.”

— ¿Por qué un texto sobre La Biblia de alguien que se afirma a sí mismo como no-creyente, pero que al final confiesa haber cumplido con todas las regulaciones clericales para ser miembro de la grey?

“Es parte de la broma, yo la verdad estoy absolutamente convencido de que no soy una persona creyente, aunque fui educado en el catolicismo. Cuando yo era niño no había televisión, uno leía mucho o le leían, se vivía en un medio ambiente con muchos libros. Mis abuelos eran muy católicos y La Biblia era de uso común; con ellos y por costumbre yo mismo fui leyendo La Biblia; luego alguna bruja media monja que me preparó para la primera comunión me siguió explicando sus contenidos y finalmente la leí completa.

“Luego se me olvidó. Nunca la tomé muy en serio. Ya desde entonces me parecía fantástica e improbable. A los 15 o 16 años me di cuenta definitiva de que yo estaba absolutamente incapacitado para creer en alguna deidad. Me era imposible imaginar y creer. Batallé un poco con estos pensamientos, pero sucedió porque el medio que me rodeaba era católico: iban a misa, comulgaban el 1º de cada mes, se confesaban; todo este número que no sé si siga siendo usual, pero entonces yo lo hacía por imitación. De pronto desistí, me dije, me estoy haciendo tonto. No obstante, nunca me molesté con nadie porque si creyera. Yo espero que los demás no se molesten conmigo porque yo no tengo esa posibilidad.

Sentado en la Biblioteca Rubén Bonifaz Nuño de la Fundación que lleva su nombre, René Avilés Fabila continúa:

“Cuando empecé a escribir, las cosas que se me venían a la mente tenían que ver con La Biblia y con la mitología griega, ahí las cito a ambas, porque son libros que leí de muy pequeño, mi mamá me dio a leer La Ilíada y La Odisea y otros muy pronto, de tal manera que me familiaricé con todo eso e influyó en mi modo de escribir. Y considerando que durante muchos siglos la mitología griega fue una religión, pues cruzar las referencias entre mitología griega y la religión que La Biblia tutela, fue natural en mí. Cuando comencé a escribir empecé con ese tipo de texto fantasioso. Entonces siempre que escribía me aparecían referencias a La Biblia o la mitología.

“De hecho me di cuenta que muchos de mis cuentos tenían tema bíblico, los reuní y casi sale un volumen. Pero de pronto ahí se mantiene la preocupación, porque vi a la religión católica como muy grande, tremendamente ampulosa, exageradamente arrogante, desmesuradamente dramática: con esos cristos llenos de sangre, todo ese sufrimiento, todo eso que exhibe y no va conmigo, se aparecía en mis cuentos y se sigue apareciendo constantemente. Y aún después de escribir el “Evangelio…”, en los últimos meses han vuelto aparecer los temas religiosos, ahora viendo a ciertos santos que me parecen verdaderos criminales, por ejemplo san Miguel y san Jorge, éste último que mataba dragones, siendo como soy de la sociedad protectora de animales, no puedo menos sino indignarme y levantar mi dedo flamígero contra esa devastación en contra de una especie.

Con su clásico humor, alimentado por la ironía constante, advierte:

“Ahora ya no hay dragones. Todo por san Jorge. Si nos atenemos a toda la imaginería cristiana, uno ve que los dragones eran muy pequeñitos, parecían como perros grandes, me parece que un caballero armado con lanza, espada y escudo abusara del pobre dragón. San Dragón, debería ser, porque es el verdadero mártir. Por eso me puse a estudiar la iconografía de artistas como Miguel Ángel, Rafael, Paolo Uccelo y otros, con tema de ángeles, o los santos venerados, para darme cuenta de sus crímenes contra la civilización.

“Bueno, lo real es que los temas bíblicos, mitológicos y religiosos están como muy presentes en mi trabajo y tengo la idea de que todas mis lecturas iniciales las conservo más frescas, porque hay autores que he leído más recientemente y sólo me dejaron recuerdos muy vagos.”.

— ¿La sola inquietud sobre la religión no es parte de cierta fe? ¿No existe una posibilidad para Avilés Fabila de que haya Dios, pero de un modo que La Biblia u otros textos religiosos no capturan o no revelan?

“Por si las dudas yo ya cumplí con todos los requisitos y tengo mis papeles en orden. (Claro que es una broma, algo humorístico, como todo el texto y su contexto). Mi papá tampoco era creyente, aunque no me eduqué con él. Mi papá alardeaba un poco de su ateísmo. Y decía frecuentemente una frase que yo he adoptado: ‘Si hay un Dios, que me juzgue por mis acciones, por mis actos”.

"Porque con la lectura de La Biblia parecería que si uno no roba, no mata o no miente, pues no tiene acceso a ese lugar hermosísimo y aburridísimo que debe ser el Paraíso, además hay cosas en los mandamientos que son imposibles de llevar a cabo, por ejemplo, ni más ni menos que no desear la mujer del prójimo, porque estoy convencido de que uno pasa su vida deseando la mujer de su prójimo, aunque nunca lo diga en voz alta, máxime si es guapa, claro que si está horrenda ¡uno respeta la mujer del prójimo!, porque los prójimos y la prójimas suelen ser muy deseables.

“Por eso me acerqué a los evangelios apócrifos, por eso me gustaron más, porque son más humanos; quise saber por qué no eran aceptados, por qué eran rechazados. En ellos encontré que los santos, la virgen, todos ellos eran como de carne y hueso. También me topé en ellos — como Saramago— con un Jesucristo más humano, con dudas, con temores, con tentaciones; hay que ver quién sabe cómo estaría la Magdalena y cómo libró la tentación. Los apócrifos son voluminosos, son más extensos que la misma Biblia”.

— ¿De existir un Dios, aunque fuera creado al revés, por el hombre, ese dios cómo sería para René Avilés Fabila?

“Yo pensado más en Zeus, por ejemplo, como una deidad más cercana al ser humano, se mezcla más con los mortales, tiene afectos, predilecciones, cólera, afecciones; como es el ser humano, completo, cabal. El ser humano como lo ve La Biblia, no existe. Además La Biblia es un libro terrible, lleno de muertos, masacres, adulterios, nada más Sansón hizo una matachina de filisteos más grande que el holocausto judío. Israel debería ser juzgada por haber cometido un genocidio filisteo, desde tiempos anteriores a La Biblia (ya no queda ni un filisteo); pero a lo mejor por eso se ensañaron con Jesucristo, porque en lo apócrifos hay evidencia de que es probable que Jesús fuera filisteo, no judío… pero no quiero ser acusado de anti sionista o nazi, sino nomás como un expositor que revisa evidencias encontradas en documentos históricos que me causan asombro y mayor curiosidad acerca de las creencias.”

— ¿Entonces no cree ni siquiera en una inteligencia rectora de toda la creación, no le parece que puede ser?

“Eso me dicen muchos, pero la duda acerca de ello me ha causado muchos problemas, porque cuando expreso estas dudas la gente se molesta mucho, por ejemplo, cuando era joven, tuve una novia muy guapa que me daba muchos regalos y cuando la mande a leer a Oparin, el texto sobre el origen de la vida, se lo contó a una monja quien le dijo que yo no le convenía y la miserable me abandono.

“A lo largo de millones y millones de años se fueron creando las condiciones necesarias para que apareciera la vida, me parece más razonable. Eso es lo que se me hace mucho más explicable, que imaginar a un Dios aburridísimo, que vivía en un caos desordenado horrible y que de pronto se le ocurra: “hoy voy a separar las aguas de la tierra”… ¡y además lo hace hablando! No, no me cabe en la cabeza. Cuando volví a releer La Biblia se me hizo muy tediosa (quizá porque la saqué del cajón de un buró de un hotel gringo), salvo algunas partes conmovedoras, poéticas, hermosísimas, pero para mí son eso: bellas piezas literarias y nada más.

“El hecho es que me parece imposible que de pronto un señor Todopoderoso, que vivía en un lugar verdaderamente horroroso, que intempestivamente empieza a crear y descansa un día, además lo hace hablando, como dijimos. ¿En qué idioma habla Dios, de qué nacionalidad es? Todo ese mundo se me presentó en algún momento, dejé de discutirlo con mis amiguitos y mis familiares, simplemente escribo con cierto sentido del humor que a mí me parecen mucho más razonables. Y para escribir este libro, busqué muchas versiones de La Biblia, y todas las citas que hago son verdaderas, aunque en otros de mis libros las citas son falsas (idea que le robé a Borges)”.

— ¿No le parece entonces muy recurrente e igualmente inexplicable la necesidad humana de tener dioses?

“Hay dos cosas inherentes a la humanidad: el arte y la religión. Primero la religión como una explicación ante lo inexplicable: el rayo, la lluvia, y todo lo inmanejable para la pequeñez del hombre. Y luego, quizá la música y la danza para clamar a esas fuerzas y volverse interlocutor de ellas.

“Hay una diferencia abismal, entre el cristianismo cuando era una pasión, como dice Borges, en el que se convirtió al hacerse un poder y haber cometido toda clase de crímenes escudado bajo la tutela de un Dios imposible y una Biblia que no se practica.

“Tendría yo como 10 o 12 años cuando entré a la sacristía de una iglesia de mi barrio por Villa de Cortés, para decirle algo al padre Gabriel —lo recuerdo muy bien, que no era mal parecido— y me lo hallé besuqueándose con una vecina. Ese fue mi primer encuentro con la incongruencia. Me dijo: ‘la carne’, vi a la muchacha y dije: ‘Sí, es cierto, tiene razón’. Y más de alguno me hizo proposiciones más allá de lo prudente y lo aceptable que, afortunadamente, no acepté, para seguir viviendo y morir ‘machín’.

— ¿Por qué la persistencia en ser provocativo?

“Es de nacimiento, nunca pude ser de otra manera. Por eso cuando estudie relaciones internacionales — en algo tenía que hacerle caso a mi mamá— me pareció una profesión detestable, por eso la literatura, ser maestro, me permitió la libertad del pensamiento y de cátedra; me gusta ser provocador, ironizar. Siendo comunista, me burlé del comunismo; habiendo nacido católico, me burlé del catolicismo. El sentido del humor salva. Qué hace uno cuando se derrumba todo en lo que creía: explicarlo todo con sentido del humor. Eso me salvó la vida, no tengo crisis, no tengo depresiones; estoy donde debo estar. La burla, finalmente, me lleva a la reflexión sobre mis creencias más férreas.”

“Confío en la suprema fortaleza de la risa”.






A los 10 o 12 años comenzó a descreer en la religión católica por un sacerdote besucón.



Cuando se derrumba todo en lo que se cree, lo mejor es explicarlo todo con humor, afirma el escritor y periodista.


octubre 08, 2009

El Evangelio según René Avilés Fabila


Recientemente el mundo hispano ha producido obras críticas de la religión, del cristianismo y de la ICAR.

Ya en el 2007, la obra "La Puta de Babilonia" de Fernando Vallejo, fue un éxito editorial en muchas ciudades. Algo similar ocurrió en Bogotá tras la publicación del "Manual de ateología", en febrero de 2009, del cual informamos en este blog. También en este año la obra "El catolicismo explicado a las ovejas" de Juan Eslava Galán vió la luz.

Si a los anteriores le sumamos las obras de Pepe Rodríguez, y las traducciones en español de las obras en inglés de Richard Dawkins y Christopher Hitchens, podemos estar seguros que hoy contamos con literatura en español atea y crítica de la religión como no contabamos hace una década atrás.

Es bueno ver que las librerias, que antes solo tenian obras religiosas y nueva era, exhiben también la propuesta racional.

La propuesta más reciente viene de México. La obra "El Evangelio según René Avilés Fabila" es una obra crítica del libro más difundido de todos los tiempos: La Biblia.

Cada uno de los ensayos que integran esta obra discuten las afirmaciones e historias relatadas en la Biblia para contrastarlas con su vigencia en el mundo de hoy. El autor confronta los libros bíblicos, con los evangelios apócrifos, con otras mitologías y religiones.

En el blog "Análisis a fondo" Francisco Gómez Maza comenta:

En el compendio –tan recopilación como la Biblia, salvadas todas las distancias-- escribe una serie de ensayos que titula “El evangelio según René Avilés Fabila” –que curiosamente no habla sólo de la “buena nueva”, considerada a partir del nacimiento de Jesucristo, sino que cita y se refiere a volúmenes previos del Antiguo Testamento-- en los que expresa y trata de resolver una inquietud de fe, el tema subyacente en cada uno de ellos. Además crea silogismos imbatibles, en los que salta lo absurdo de las afirmaciones dogmáticas que todo católico viene oyendo desde la pila bautismal.

Sin embargo, dice un adagio popular que una vez católico, siempre católico, por más que se abjure de la religión y se quiera negar la formación (o deformación) y René Avilés Fabila también lo demuestra con su desilusión por el culto que lo vio nacer, porque la fe no le basta y como buen racionalista “quiere evidencias”.

No obstante, sus preocupaciones son las mismas que las de los sabios de toda la historia de la humanidad, ¿quién hizo todo esto?, ¿hay Dios?, ¿soy producto del azar?, ¿quién me dice que hubo antes de mí?, y los resultados de su búsqueda de esas verdades, pesquisa que ha realizado en los libros considerados sagrados en la cultura occidental y otros, le permiten aquí entregar al lector lo que halló como respuesta e inserta en ella su preocupación respecto a la sumisión supina de los fieles católicos mientras expresa su necesidad de sondear las verdades dogmáticas difundidas por la Iglesia, confronta también la mera propaganda católica al registrar muchas de las afirmaciones como cielo, infierno, purgatorio, inexistentes en la Biblia del modo como lo ha extendido la doctrina tradicional, y las exhibe como aberraciones autoritarias del catolicismo.

De un plumazo “El evangelio según René Avilés Fabila” despliega las cruentas historias de los héroes bíblicos y presenta un Dios que no tiene ninguna razón para tener favoritos, salvo un enorme egocentrismo, pues en la medida de ser adorado, quedan dispensadas todas las transgresiones a las mismas leyes que, siendo Dios, dictó a sus profetas como requisitos para la salvación.Como todo pueblo necesita un relato fundacional, también René Avilés Fabila equipara los analogías épicas entre la Biblia y la Iliada y la Odisea, pero mientras deja entrever indulgencia para los textos y héroes homéricos, le reprocha a la Biblia ser el respaldo de las religiones monoteístas imperantes en occidente y, sobre todo, se rebela ante la existencia de un Dios Todopoderoso y Eterno, y se regodea en las debilidades de personajes como David, adúltero y asesino y las de Sansón, a cuyas heroicas gestas no les concede otro móvil sino la terrenal pasión.

Dueño de un estilo muy directo, constructor de proposiciones claras y lógicas, René Avilés Fabila logra un conjunto de textos a la vez críticos e ingenuos, como si esperara que lo dicho en las páginas de la compilación de libros que llamamos Biblia, fuera cierto y la realidad le demostrara un fraude que señala con sarcasmo, ironía y desencanto. Escrito con pulcritud, es un texto que se lee con curiosidad en una sentada.

Ojalá esta obra se una otras varias que han venido apareciendo para ayudar a abrir la entendedera del mundo hispano!

Publicado por Ferney Yesyd Rodríguez
Blog Sin dioses

Irreverente, Avilés Fabila señala que a Dios lo suplantó un largo ejército de curas ambiciosos y dogmáticos

Adrián Figueroa Culturas
Lunes 5 de Octubre, 2009
http://www.cronica.com.mx/


PRESENTACIÓN. IGNACIO TREJO Y RENÉ AVILÉS FABILA DURANTE LA CHARLA EN LA SALA MANUEL M. PONCE.


Las risas, bromas y anécdotas envolvieron la presentación del libro El evangelio, según René Avilés, que fue calificado como irreverente y crítico sobre Dios y su soledad, pero también como un texto que no desacraliza a La Biblia y que contiene conceptos intelectuales atrevidos.

Sobre la historia del catolicismo, el escritor René Avilés Fabila resume a ésta, en el texto de la presentación, como “la historia de un Dios que fue suplantado por un largo ejército de curas ambiciosos y dogmáticos y dueños de medio mundo, conquistado a base de sangre y fuego”.

En la sala Manuel M. Ponce, del Palacio de Bellas Artes, el calor era sofocante por la gran afluencia de público. Faltaron lugares para quienes iban a escuchar a Óscar de la Borbolla, Ignacio Trejo, Bernardo Ruiz, y al autor del texto publicado por Plan “C” Editores.

No fue más de una hora la que disertaron, pero en ese breve tiempo las anécdotas o las reflexiones sobre el libro se conjugaron con las risas, bromas y hasta reclamos fraternos, como cuando el moderador dijo que Ignacio Trejo tenía más de 50 años. “No me ayudes”, dijo el escritor

De esta manera, el primero en hablar sobre el texto, conformado por 64 ensayos cortos, fue Óscar de la Borbolla, quien indicó que es un reto para el lector, porque no sólo pone ideas, correcciones y conceptos intelectuales atrevidos, sino que emerge la duda, ese punto importante de la reflexión para ahondar más en el tema.

Añadió que Avilés Fabila con su texto no desacraliza a La Biblia, pero sí ofrece algunas correcciones que nos ayudan a entender El Purgatorio, la soledad de Dios y hasta condolernos de su sufrimiento.

Indicó que su estructura aspira a la unidad, a pesar de estar construida por fragmentos y lo logra gracias a los bloques temáticos por los que transita.

“El Evangelio según René Avilés Fabila no es un texto religioso, sino la propuesta para una lectura crítica del libro más difundido de todos los tiempos”, apuntó.

Siguió el turno a Ignacio Trejo, que sólo dijo sobre el libro que es irreverente y uno de los mejores del escritor. Luego, indicó que Avilés Fabila convoca a más gente que El Greco, para después recordar un viaje a Munich, Alemania, donde estaban en un congreso y la fiesta fue muy grande”.

Después llegó el momento del autor. En su espacio refirió que su texto es una reflexión sobre las contradicciones de uno de los libros más difundido.

El trabajo es resultado de la reflexión de alguien con una mente lógica y científica que de pronto se pregunta cosas que son dogmas, que tiene uno que creer o rechazar, dijo. “Es una revisión crítica e irónica desde la creación hasta El Apocalipsis”.

Finalmente, Avilés Fabila dijo que está seguro de ir al paraíso: “No he robado, no he matado, no he engañado. He cumplido todos los mandamientos, excepto uno: desear a la mujer del prójimo”.

Fotografías presentación libro El Evangelio según René Avilés Fabila

Aspecto general de la Sala Manuel M. Ponce, de Bellas Artes.





Óscar de la Borbolla leía sus apuntes, con René Avilés Fabila e Ignacio Trejo muy atentos


Bernardo Ruiz, editor, Ignacio Trejo Fuentes, René Avilés Fabila y Óscar de la Borbolla, tras la presentación.


Rosario Casco, Jorge Ruiz Dueñas, Roberto Bravo y Carlos Bracho, durante la presentación.



Avilés Fabila y una lectora, finalizar, durante la firma de libros.

PRESENTARON EL EVANGELIO SEGÚN RENÉ AVILÉS FABILA, UNA EXPLORACIÓN LÓGICA Y CRÍTICA DE LA BIBLIA


“Si hay cielo, si hay que ir al Paraíso, ¡
yo tendré necesariamente que estar ahí!: No he
robado, no he matado, no he engañado a nadie…
sólo fallé un poco en aquello de ‘no desarás
la mujer de tu prójimo’, por todo lo demás,
cumplo con todos los requisitos!”.
René Avilés Fabila



Bajo los auspicios del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de las Bellas Artes, los escritores Bernardo Ruiz, Óscar de la Borbolla e Ignacio Trejo Fuentes acompañaron en el presídium de la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Artes a René Avilés Fabila para presentar el libro “El evangelio según René Avilés Fabila”, editado bajo el sello de Plan C editores.

En una sala abarrotada, Óscar de la Borbolla, dijo que el libro de René Avilés Fabila puede servir para hacer una relectura de la Biblia y de los evangelios y, así, la gente se dedique a pensar. Dijo, entre otras cosas que: “Hay libros que no se leen o si se hace, se coloca frente a ellos un prejuicio tan grande que impide leer lo que realmente dicen, unos son sagrados y otros -como El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha- son sacralizados. Entre los primeros están la Biblia, el Talmud, el Corán… y, alguna vez y para alguna gente, debió de haber estado el Popol Vuh (…) ¿Quién sería capaz de criticarlos?, ¿quién se atrevería a decir que alguno de ellos se le cae de las manos?”.


“René Avilés Fabila se ha atrevido para darnos -como Dios manda-, es decir como manda el sentido común a leer la Biblia y a ofrecernos las conclusiones (…) A mi juicio no se trata de un libro que necesariamente la desacralice, porque ¿quién ha dicho que un best-seller, como lo es la Biblia, que vende desde hace muchísimos años millones de ejemplares, deba ser tratado como objeto de culto: no lo hacen sus editores, ni sus compradores. Los editores tratan de cubrir el mercado y de ahí que haya ediciones de lujo, rústicas, ediciones abreviadas, simplificadas, ediciones con monitos y todas las variables imaginables a fin de sacarle, económicamente, todo el jugo posible”.

“Los compradores -agregó-, además de tratarla como adorno, como un pisapapeles que como un objeto que dejan que se ¿lo habrán leído alguna vez? Y, en el caso de haberlo hecho ¿lo leyeron durante horas, bostezando, o sin bostezar?, ¿en qué circunstancias lo leyeron?, ¿se habrán quedado dormidos a la mitad de la lectura o no? (…). El libro de René, lejos de desacralizar, es un libro moralizante y piadoso (…). El libro está escrito con una prosa clara, amena, con destellos de humorismo.”

Por ese tenor siguió para explicar que el texto de René es un todo orgánico que plantea al lector una exploración lógica, crítica de la Biblia y la necesidad de utilizar la inteligencia para hacerse una serie de interrogantes respecto a constatar la veracidad de la existencia de Dios y algunas otras verdades -tomadas como incuestionables- que el catolicismo y el cristianismo han sostenido a lo largo de la historia.

Ignacio Trejo Fuentes, ex alumno del escritor, se dedicó a narrar anécdotas de cómo es René Avilés Fabila como profesor y de algunas correrías de ellos, durante sus años mozos -con otros hoy sobresalientes intelectuales- por Europa. Respecto al libro, dijo que el texto es uno de los mejores del autor, en cuya extensa obra hay ensayo, novela y cuento, porque es “crítico, rudo e irreverente”, además de resaltar el agudísimo sentido del humor con que Avilés Fabila plantea sus dudas y resquemores respecto a la Biblia y sus verdades.

Bernardo Ruiz -editor del volumen y moderador de la mesa- aludió al texto como sumamente original, muy completo. “Creo que el libro tiene pocas fallas, el cuidado de la edición estuvo bajo Rosario Casco -esposa del autor- y del mismo René”, dijo antes de presentar al escritor.

René Avilés Fabila, al tomar la palabra, volvió a hacer gala de su sentido del humor arrancando las carcajadas francas del auditorio, para decir que, tras haber sido exhibido en anécdotas bohemias por Nacho Trejo, no le quedará más remedio que contarlas todas y contarlas bien.

Después se refirió al continuo asalto de los temas bíblicos en sus obras y, sobre todo, a darse cuenta como en su literatura siempre surgen las grandes dudas e interrogantes que le planteó la lectura de la Biblia y la mitología durante su niñez, la primera y principal fue la imposibilidad de la existencia de Dios.

Habló respecto a que durante su niñez y adolescencia le surgieron dilemas como el por qué no existen -del mismo modo- los dragones, los pegasos o los unicornios y las quimeras y como le contestaran que esas criaturas no eran reales, sino producto de la imaginación de algún escritor -pero Dios no-, entonces fue cuando se puso a buscar explicaciones para eso que consideraba, desde aquellos momentos como un absurdo, y es así como esos temas -de carácter fantástico- poblaron la escritura que ha desarrollado a lo largo de su carrera.

Resaltó que este texto es el resultado de esas preguntas y que correspondía a la necesidad de escribir un evangelio “como Dios manda”, y, por eso, (con todo el sentido del humor de que es capaz), presento su versión, como si el mismo Dios se la hubiera pedido “porque esos profetas y santos escriben muy mal.”

septiembre 25, 2009

Invitación presentación libro: El evangelio según René Avilés Fabila


Invitación presentación Libro
El evangelio según René Avilés Fabila
Domingo 4 de octubre 2009
11.30 Horas
Sala Manuel M. Ponce
Palacio de Bellas Artes


septiembre 20, 2009

La tertulia del sábado *


Felicitaciones a la Fundación René Avilés Fabila y al Instituto Politécnico Nacional, ya que en un esfuerzo concertado por difundir la obra literaria de los escritores mexicanos lanzaron a la luz 25 libros de la Colección Poliedro de “El Búho”, en el marco de la XXXVIII FIL Politécnica 2009.

Los libros de la colección son parte de la historia reciente de la literatura mexicana. Entre las primeras seis obras de Poliedro del Búho que se editaron se encuentra el libro de ensayos de María Luisa “La China” Mendoza (1930), titulado ¡Oiga usted!.


La novela El sentido del amor, de Héctor Anaya. De Jorge Ruiz Dueñas (1946), sus ensayos en el volumen Tiempo de ballenas. De Marco Aurelio Carballo (1942), las crónicas Sin novedad en el metro y otras turbocrónicas, retrato agudo y fiel de los aconteceres urbanos. De la poeta, narradora y dramaturga Marcela del Río (1932) … como en feria. De Esther Charabati, sus disquisiciones respecto a la cartografía del pensamiento contemporáneo y la metamorfosis que sufre éste en la pasión de un migrante a través en el volumen Rasgando el tiempo.

Los otros diecinueve libros que quedan a disposición de los leyentes -como diría La China Mendoza—- la Antología personal de Rubén Bonifaz Nuño (1923), poeta que está más allá de cualquier definición en virtud de la minuciosidad de su verso, la estética de su forma y lo inquietante de su contenido. Este compendio vale la pena sólo para desentrañar el misterio de la elección de los poemas por la que el autor se decidió. Autores novelísimos como la poeta Mariana Bernárdez (1964) con su Simetría del silencio, Rubén Don (1977) con su galardonada La consecuencia de los días y Ramón I. Martínez (1971) con su Cuerpo breve, dan seña de que ya se manifiestan por la búsqueda de una estética propia y a la vez heredera de una enorme tradición poética y narrativa.

Otros textos que están de nuevo en vitrinas son: del barítono Roberto Bañuelas (1931), Memorial de poetas entre lobos, donde explica su transitar por el mundo del arte y la poesía; Entrando por la salida de Rodolfo Bucio (1955); Alabanza de los cuerpos de Leonel Robles (1964); Huérfano de besos de Alberto Dallal (1936); Conjuros y divagaciones de Dionicio Morales (1943); La última carcajada de Ignacio Trejo Fuentes (1955); Así fue de Raúl Cremoux; El perrito de lady Chatterley de la sonorense Eve Gil (1968); Los oficios perdidos de René Avilés Fabila (1940); El infierno es un horizonte abierto de Roberto Bravo (1947); Cuentos cínicos de Carlos Bracho (1937); Intermitencia de la sombra de David Gutiérrez Fuentes; Juego de Cartas de Bernardo Ruiz (1953); Yuhcatilixtli, de Federico Ortiz Quesada (1935), y Libro VI. La construcción de la rosa de Roberto López Moreno (1942).

Después de copiar todo el boletín que me mandaron de la Fundación sólo quiero comentar que me da mucho gusto encontrar en esta lista nombres conocidos, de mis amigos, y desde aquí un abrazo y felicitación para ellos, ellos saben quienes son. Ah, se me olvidaba la foto pertence a la página de la Fundación René Avilés Fabila.

* Publicado en:
La tertulia del sábado
jueves, septiembre 03, 2009

A cuarenta años de Hacia el fin del mundo, mi primer libro de cuentos



Si mi primera novela, Los juegos, 1967, provocó un escándalo por su contenido y sus personajes tomados de la vida cultural y política de aquel México, no tan distante de la que ahora vemos y padecemos, Hacia el fin del mundo, publicado por el Fondo de Cultura Económica, en la colección Letras Mexicanas en 1969, produjo la impresión de que yo era un escritor de literatura fantástica fundamentalmente. Quienes así piensan, tienen mucha razón: en este sentido he seguido con asombrosa fidelidad dentro de la literatura de imaginación, trabajando con animales inexistentes, con fantasmas, duendes, vampiros, monstruos y me he visto obligado a dejar los bestiarios tradicionales para hacer uno propio que es posible encontrar en El bosque de los prodigios, donde inventé una fauna que carece de parecido o semejanza con la que otros han descrito tanto en Oriente como en Occidente. En este caso, es un zoológico de animales que, se supone, vivieron en América antes de la llegada de los europeos y que desapareció al contacto de su brutal paso conquistador. De pronto regreso al realismo, pero me parece que sí, que prefiero mantenerme el mayor tiempo posible en el mundo de la fantasía y la imaginación.

Comencé a escribir Hacia el fin del mundo (la historia detallada está en libros de memorias como Recordanzas, en entrevistas diversas y en un texto llamado “El cuento y yo, una relación de intenso amor”, conferencia magistral dictada en la Universidad Autónoma de Tlaxcala) cuando estaba terminando la preparatoria, en la 7, entonces en Licenciado Verdad y Guatemala, hoy Palacio de la Autonomía. Realmente no pensaba en un libro en toda forma, con orden y temas afines o semejantes, únicamente deseaba escribir lo que se me ocurría, casi todo basado en textos mitológicos que era lo que más me había impresionado de mis primeras lecturas, entre otras La Iliada y La Odisea. Muchos los leyó mi amigo José Agustín y quizá me dio algunos consejos o recomendaciones que no recuerdo. Los primeros de esos cuentos breves fueron “La fábula del pato inconforme” y “La fábula del perico parlante”. Por ello, habrá que añadir que también los fabulistas como Esopo, La Fontaine, Iriarte y Samaniego influían en mí. Algunos de esos relatos breves fueron a parar a revistas modestas, hechas por nosotros mismos y dos o tres más los publicó Juan José Arreola en la revista Mester que agrupó a mi generación.

En esos tiempos, el Centro Mexicano de Escritores era fundamental para el desarrollo de los jóvenes. Allí uno tenía oportunidad de tratar a grandes maestros de literatura y aparte de una buena beca, había oportunidad de alcanzar alguna modesta notoriedad. Concursé por ella en 1964 y la obtuve. De este modo trabajé bajo la dirección generosa e inteligente de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Francisco Monterde. Mas adelante, afiné los cuentos y se los di al Fondo de Cultura Económica, ya entonces la enorme editorial que hoy conocemos. El director, tal vez desconfiando de mi juventud y de mi mala fama por haber escrito y publicado Los juegos, pidió dos dictámenes: uno lo dio Raymundo Ramos, el otro el doctor Francisco Monterde, una eminencia en literatura, y Huberto Batis, director de producción de tal empresa, lo convirtió en realidad.

La historia del libro no es memorable, pero para mí fue importante. Fueron cuentos que me ayudaron a corregir, aparte de los citados, José Revueltas y Ermilo Abreu Gómez y que produjeron en el lector una idea distinta de lo que pensaron cuando publiqué Los juegos. Me permitió hacerme amigo entrañable de Rubén Bonifaz Nuño, José Luis Martínez, Edmundo Valadés, José Emilio Pacheco o de Juan Vicente Melo. Mis críticos se desconcertaron. Para Margo Glantz yo era un “ondero”, pero la aparición de mis cuentos fantásticos debió turbarla y pensar que en tanto crítica literaria tendría que reflexionar dos veces antes de teorizar sobre una generación que arrancaba. Finalmente fue un libro que me abrió otras puertas que parecían infranqueables: con algunos de sus relatos obtuve más de un premio universitario en concursos literarios de la UNAM y la Universidad Veracruzana. Pude establecer relaciones tempraneras con intelectuales cubanos de una revolución que prácticamente acababa de iniciar con dificultades enormes, y en Buenos Aires me permitió conocer a Jorge Luis Borges y ser amigo de multitud de excelentes narradores argentinos. Vale la pena decir que varias historias fueron a antologías rigurosas de aquellos años.

Hacia el fin del mundo tuvo en el Fondo de Cultura Económica varias ediciones, tres o cuatro, hasta que por una ocurrencia mía siguiendo consejos del narrador argentino Juan Carlos Ghiano, sus cuentos fueron a parar a un volumen que incluía la totalidad de mis cuentos de imaginación, ordenados temáticamente: Fantasías en carrusel, que originalmente fue publicado por la editorial del Partido Comunista y más adelante retomó el Fondo de Cultura Económica para la Colección Popular, con portada de José Luis Cuevas, como ocurrió con la última que hizo el mismo FCE con Hacia el fin del mundo y la novela Tantadel. Hoy en día, una edición más actualizada de la totalidad de mis cuentos fantásticos está en Nueva Imagen, del Grupo Patria Cultural, en Obras completas. En esta gran empresa ahora Fantasías en carrusel aparece en dos volúmenes.

De chico tuve enormes deseos de escribir cuentos fantásticos, los fantasmas, vampiros, la mitología clásica, los temas bíblicos, los bestiarios y la ciencia ficción me atraían. Por fortuna es una línea que jamás he dejado aunque tenga libros como El gran solitario de Palacio, una novela que trata la matanza del 2 de octubre, en Tlatelolco, donde me tocó estar presente, o largas historias de amor como Tantadel, La canción de Odette, Réquiem por un suicida y El amor intangible.

Sin duda es fácil para los críticos rastrear las genealogías de Hacia el fin del mundo y en general de todos mis cuentos fantásticos. Están desde luego Jorge Luis Borges, Julio Torri y Juan José Arreola, pero antes tendrían que ver la relación que guardan con Allan Poe, Kafka, Swift, Wilde, Wells, Stevenson, Bernard Shaw y muchísimos más que me impresionaron y me permitieron una adolescencia y juventud repleta de seres sorprendentes y hechos insólitos. También la Biblia ha sido una fuente de inspiración, y para muestra está El evangelio según René Avilés Fabila, mi libro más reciente que será presentado el 4 de octubre en la Sala Manuel M. Ponce.

Ahora Hacia el fin del mundo cumple en este mes de septiembre de 2009 cuarenta años. Me alegra saber que como libro tuvo buena fortuna y que logró ser el inicio de una carrera casi dedicada a la fantasía literaria. Como hace poco le dije al notable crítico literario especializado en minificciones, Lauro Zavala: es una pasión que he mantenido desde 1960, cuando escribí mis primeras historias para adentrarme en el mundo de la imaginación.


Solapa del Libro:
Hacia el fin del mundo

Autor de una sátira política novela da (Los juegos, 1967) con la que se inició formalmente en las letras mexicanas, René Avilés Fabila se halla inscrito en una corriente narrativa que bien pudiera denominarse de anticipación social; esto es, sus cuentos se desarrollan en el ámbito de un futuro inmediato donde la realidad, más que una simple posibilidad lógica, resulta profecía social a corto plazo.

"Las gorgonas o del vanguardismo en el arte", "Los hombres blancos", "Milagros televisados" y "Hacia el fin del mundo" -cuento este último que le da nombre al volumen- son la expresión más cabal de un realismo donde la hipérbole funciona como máquina gramatical del tiempo.

Reviviscencia de los terrores de un "segundo milenario", en que lo insólito es -Paradox, rey lo cotidiano, y lo imposible adopta la forma del acontecer inevitable. En los cuentos de Avilés Fabila (como en collage realizado con materiales antiguos y modernos), se ve transcurrir –con dantesca voluptuosidad- la larga fila de mujeres que se aproximan al Juicio Final, con el libro de la vida abierto sobre el busto desnudo y las manos tapándose las partes "por donde más pecado han".

Es posible señalar, por último, que en el estilo del autor se han fundido las texturas de un vigoroso lenguaje directo y cierta paciencia artesanal de trabajador infatigable, que entronca con las mejores tradiciones del relato y aun de la fábula. Equilibrada mezcla de novedad y ortodoxia.
Viñeta: Detalle del Juicio Final de Albij

agosto 02, 2009

Profesor Distinguido


En la sesión número 316 del Colegio Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, celebrada el 31 de julio de 2009, presidida por el Rector General, Dr. José Lema Labadié, le fue otorgado el título de Profesor Distinguido a René Avilés Fabila, el más alto honor que la institución concede a sus académicos.

julio 28, 2009

EL EVANGELIO SEGÚN RENÉ AVILÉS FABILA


EL EVANGELIO SEGÚN RENÉ AVILÉS FABILA no es un texto religioso, sino la propuesta para una lectura crítica del libro más difundido de todos los tiempos.

Cada uno de los ensayos que integran esta obra discuten las afirmaciones e historias relatadas en la Biblia para contrastarlas con su vigencia en el mundo de hoy. Volumen polémico, sin duda, en el que un escritor de nuestro tiempo confronta sus lecturas con los libros bíblicos, con los evangelios apócrifos, con otras mitologías y religiones, y con algunas obras literarias inspiradas en el propio texto canónico.

En un mundo convulso gobernado por el temor, los odios doctrinarios, los afanes de opresión y conquista en todos los órdenes, la reflexión de Avilés Fabila hace resaltar diversas claves de este comportamiento con base en interpretaciones subjetivas del texto bíblico.

"No hay un Demonio para todos, uno que lleva a cabo una descomunal tarea colectiva, que está aquí y allá, en Viena o en Boston, en Buenos Aires o en Madrid, tentando personas. Lo que tenemos es un demonio personal, uno que va dentro de uno mismo", afirma René Avilés Fabila (México, D.F., 1940) en su versión del evangelio.

El evangelio según René Avilés. Autor Fabila, René Avilés Fabila. Colección La mosca muerta Plan C editores, México 2009

mayo 26, 2009

Unas palabras sobre Benedetti*

René Avilés Fabila


La noticia sobre el fallecimiento de Mario Benedetti me dolió. Sólo lo vi una vez, en 1964. Yo lo conocía por La tregua (1960) y Montevideanos (1959). Fernando Benítez me mandó entrevistarlo para México en la cultura, ya en la revista Siempre. Batallaba en dos frentes: uno, para convertirme en literato y el otro para ser periodista. Fui a buscarlo al desaparecido Hotel el Prado. Lo que de él había leído me gustó y confirmó mi idea de ser novelista. No estaba. Decidí esperarlo. Pocos minutos después llegaba acompañado de Nicolás Guillén. No eran tiempos fáciles, la guerra fría estaba en su apogeo y la naciente Revolución Cubana nos había dividido a los latinoamericanos. Unos la apoyábamos con vehemencia, otros la rechazaban con aversión. Los intelectuales que apoyaban a Fidel Castro y los suyos estaban unidos y enfrentaban las críticas de tiranías militares y de personajes fieles a la postura norteamericana. México, con reservas y temores a las críticas de EU, era la sede de un encuentro de intelectuales (el II Congreso Latinoamericano de escritores) cuya evidente filiación la izquierda y en más de un caso, izquierda comunista.

Me acerqué con timidez a Mario Benedetti y le dije que era enviado de Fernando Benítez. El uruguayo estaba inquieto, nervioso, la reunión de artistas e intelectuales que celebraban en México era acosada por Gobernación y la CIA. El presidente era Gustavo Díaz Ordaz. Benedetti dijo: “Más adelante, déme un poco de tiempo.” Entendí que estaba siendo inoportuno. Regresé, pues, no con una entrevista sino con la pequeña crónica de una entrevista fallida.

Con el tiempo seguí leyéndolo y admirándolo. Su fama de narrador y poeta aumentaba. Y mientras otros escritores como Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy rompían con la Revolución Cubana, escritores como Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez sostenían su admiración y apoyo. Benedetti se mantuvo siempre dentro de aquellos que creyeron en ese movimiento cubano, acosado, mal comprendido, al que el tiempo le jugaría una broma pesada. El derrumbe del socialismo socialista fue mucho peor que la invasión de Playa Girón y el bloqueo que hasta hoy han mantenido los norteamericanos.

Cuando yo dirigía el suplemento cultural El Búho, supe que Benedetti venía a México. Su prestigio estaba consolidado. Le solicitamos una entrevista y ahora sí la concedió con facilidad. Eran otros tiempos. Imagino que de alguna manera fue una cortesía que consideró el antiguo rechazo a un joven. Así quiero imaginarlo, pues tan importante era aquella entrevista solicitada a nombre de Fernando Benítez que la de un suplemento exitoso dentro de un diario de mucha venta. Fue generoso y además habló tanto de temas políticos como literarios. El director del periódico consideró que era un documento extraordinario y lo mandó a primera plana. Ante mis insistencias, lo dividimos en dos: la parte literaria quedaría en El Búho, bellamente ilustrada por Oswaldo Sagástegui, hoy retirado de la caricatura y dedicado a la pintura.

Si los editores mexicanos imaginan que aquí no leemos poesía, habría que revisar las ventas de poetas como Mario Benedetti. Cuando estuvo en Bellas Artes para leer su poesía, como Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño, la sala principal se abarrotó y hubo necesidad de poner pantallas para que aquellos que no pudieron ingresar al palacio disfrutaran la lectura del uruguayo.

Benedetti cultivó todos los géneros, fue un escritor realmente querido, aceptado por completo. Era un hombre de izquierda y lo respetaban por igual personas de otras ideologías. Su poesía y en general su lenguaje literario era el del amor, el de los recovecos del alma y no aquélla que imagina servir a una causa normalmente efímera. Recibió multitud de reconocimientos y muestras de afecto y admiración, pero también fue largo tiempo un hombre de exilio, perseguido por tiranos, cuyo principal refugió fueron las letras.

Escribió mucho, unos ochenta libros, y todos fueron bien recibidos por los lectores y traducidos a más de veinte idiomas. Algunos de sus argumentos, como el de La tregua, fueron al cine y sus poemas a canciones de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. La pasión por la literatura y su indeclinable postura de izquierda, lo convirtieron en un hombre afamado y en una auténtica leyenda. Obtuvo muchos premios destacados, pero como Borges (a quién él le criticó su posición política, no su literatura perfecta), no le dieron el Nóbel. Dudo que América Latina haya tenido otro escritor más desinteresado y generoso que Mario Benedetti. Por ello tantos lectores, tanto amor, tanta admiración. Murió no muchos años después de su compañera de toda la vida, Luz López, a los 88 años de edad. Nos hereda una literatura luminosa, de asombrosa sencillez y de profundidad notable. Un ejemplo de dignidad política en el continente.

*Publicado en La Crónica, 20 de mayo de 2009.

Julio Cortázar, modelo para armar

René Avilés Fabila

Los cuentos y novelas de Julio Cortázar están construidos como fantásticas mansiones que alguien habita por razones poco frecuentes, inusuales. Las diseñó pequeñas como “Casa tomada”, para que seres enigmáticos y ciertamente peligrosos despojaran a los dueños en medio de un ambiente de terror. También hizo monstruosos y laberínticos planos de una magna casona para que los lectores concluyeran la construcción. O tal vez estemos hablando de un rompecabezas, puzzle, que se llamó Rayuela. En este caso, el arquitecto nos proporcionó, además de los planos, un instructivo para no extraviarnos en la complejidad del edificio. Se trata de hacer una casa a gusto de cada lector, combinando los capítulos y sin recurrir al ordenamiento de lógica formal. El autor desaparece, los personajes nos dan asombrosos datos, pero de ninguna manera tenemos la obligación de seguirlos. La Maga y Oliveira cuentan una serie de historias y nos describen un aparentemente desordenado escenario, donde uno puede perderse. De ser así, tampoco hay problema, tal posibilidad estaba prevista y entonces el lector podrá vagar por las páginas que un imaginario Julio Cortázar escribió. Pero si se prefiere la edificación de escaleras y en particular sobre la manera de subirlas o bajarlas, en “Instrucciones para subir una escalera”, podremos encontrar todo al respecto, según se baje o se ascienda.

Para muchos, Rayuela es una contranovela o una antinovela, si se prefiere. En realidad definirla no es prioritario. Lo maravilloso es sumergirse en ese mundo cortazariano tan coherente y lleno de posibilidades. El surrealista está presente, como en otros textos suyos, y también encontramos elementos narrativos tradicionales. Pero de pronto nos damos cuenta que los personajes --como en el caso de “Axolotl”-- somos nosotros ya metamorfoseados. La inteligencia y la imaginación delirante es parte de una larga serie de sucesos lúdicos y a veces fantasmales. No es una contranovela en términos clásicos, pero tampoco es una novela convencional. Es algo más complejo y difícil de clasificar de acuerdo a la crítica académica. El lector sólo compra los planos para construir la casa a placer. Sin embargo, existen diversos peligros: en estas edificaciones hay cronopios y famas --seres prodigiosos de un bestiario asombroso y temible-- que asechan a los posibles habitantes y sobre los que nunca sabremos lo suficiente. Más todavía, amenazan con salir de las páginas y quizá agredirnos.

Un buen retrato de Julio Cortázar lo proporciona Ivonne Bordelois en número reciente del diario argentino La Nación:

“Generacionalmente, Cortázar representa el último embate de la vanguardia latinoamericana, cuando trastrueca el género narrativo en ese proyecto extraordinario que es Rayuela, una obra que debe tanto, por su capacidad de transformación del lenguaje y de las técnicas narrativas, a autores tan diversos y opuestos como Witold Gombrowicz, Leopoldo Marechal y James Joyce. Con los autores contemporáneos comparte el propósito de hacer de la literatura un objeto de la literatura, pero se aleja del acostumbrado cinismo posmodernista, y de las consignas que imponen lo light y lo cool como mandamientos supremos de la estética moderna, por su apasionamiento indomable y su búsqueda permanente de absoluto. Cortázar concibe la literatura, en la huella de los románticos alemanes y los surrealistas franceses, y en el ámbito de las teologías heterodoxas del hombre nuevo, como una experiencia capaz de transformar al hombre a través de una revolución radical de lo imaginario y del lenguaje. Lo interesante fue su manera de cuestionarse a fondo, a través de las dos revoluciones a las que se adhirió, la surrealista y la socialista, sin traicionarse nunca a sí mismo. Siguió así un camino solitario entre opciones erizadas de dificultades, rupturas y malentendidos. Lo llamaríamos, sin desmedro ni ironía, un utopista crítico y un memorable maestro; pero también lo recordamos como un mentor irreverente, un defensor leal y valiente de autores incómodos o aparentemente marginales, como Marechal, Martínez Estrada y Pizarnik; un permanente vigía de lo desconocido, y un escritor imprescindible en el mapa de nuestra literatura.”

Julio Cortázar era un mago de las letras que gustaba del jazz como lo probó al incluir en sus relatos a Thelonius Monk, Louis Armstrong y Charlie Parker, y amaba París. Nació en 1914, como entre nosotros nacieron los integrantes de la generación Taller: José Revueltas, Octavio Paz, Efraín Huerta y Rafael Solana. Julio Cortázar, de padres argentinos, nació europeo, en Bruselas, y pasó su niñez y adolescencia en Buenos Aires, allí, como es normal, se sigue siendo europeo, pero con acento porteño, se usa el lunfardo, se encuentra placer en el tango, en los bifes, en el vino tinto y en la admiración por Jorge Luis Borges. Por cierto, uno de sus primeros lectores fue justamente Borges, quien siempre lo recordó con distraído afecto. Ya mayor, bajo la presión de los peronistas, Cortázar sale de su apreciada Argentina, para radicar en París y en esta ciudad, casi al final de su vida, adquiere la nacionalidad francesa sin dejar de ser profundamente argentino, como Leopoldo Marechal y Ernesto Guevara.Cortázar comenzó escribiendo cuentos breves que pronto se alargaron hasta convertirse en novelas ambiciosas y deslumbrantes. Fue al mismo tiempo un traductor de altos vuelos que puso en magnífico castellano a Edgar Allan Poe, a quien Charles Baudelaire había dado a conocer en París en memorables traducciones al francés. También tradujo a Gide y a otros, pero la de Poe fue una tarea monumental, poemas, ensayos, cuentos y críticas quedaron en dos volúmenes que han circulado ampliamente.

Su fama como escritor se consolidó internacionalmente cuando Antonioni hizo una película extraordinaria, Blow Up, con David Hemings y Vanesa Reedgrave, basándose en un cuento suyo: “Las babas del diablo”. Con su nueva celebridad mundial a cuestas, Cortázar nunca asumió las actitudes arrogantes que conceden la fama y el éxito y fue sabio y discreto.

Políticamente vivió su época y en ella, cómo no amar a la naciente Revolución Cubana y su ambicioso proyecto de transformar al llamado Tercer Mundo: incendiar con llamas socialistas a toda América Latina, África y Asia. Este amor fue intensamente correspondido y cuando Julio viajaba a la Isla caribeña era recibido como jefe de Estado. Durante el affaire Heberto Padilla, Cortázar inicialmente se puso del lado de los críticos de Fidel Castro, luego --por medio de un poema desconcertante y bello, “Policrítica a la hora de los chacales”-- reanudó sus relaciones apenas interrumpidas por algunos intelectuales que aprovecharon el momento para desligarse del compromiso con Cuba. Tal es el caso de Mario Vargas Llosa, contrario al de Gabriel García Márquez quien nunca ha roto con el gobierno de Fidel Castro, pese a las críticas, entre otros, de Susan Sontag.

Aquellos momentos fueron de confusión, resultado de la Guerra Fría. Había muerto el Che Guevara y en Vietnam los bombardeos norteamericanos se acentuaban, sobre todo en Hanoi. El mundo no acababa de salir del asombro. El mayo 68 de París --y luego las rebeliones juveniles en Praga, Estados Unidos y México--, vaticinaba una amplia revuelta contra la sociedad de consumo. Los partidos comunistas tradicionales mostraban resquebrajaduras y el rock and roll se sumaba a los aires de subversión planetaria. Dentro de este mundo que se globalizaba alrededor de un proyecto socialista ante la histeria anticomunista norteamericana, los intelectuales latinoamericanos, debido a la revolución Cubana, discutían su papel en el compromiso político. Las posiciones más obvias eran aquellas que convertían al escritor en un autor de panfletos al servicio del partido o de la Unión Soviética. Cortázar mostraba una tenaz rebeldía ante esta postura que hoy se antoja extraña y servil, pero que tenía raíces complejas. En algún momento de la intensa discusión política, donde Borges había sido excomulgado por los cubanos y por los escritores que se habían vinculado estrechamente a Castro, Cortázar habló de tomar una decisión (de hecho ya la había tomado) y explicó con una metáfora guevariana su postura: estaría al lado de los movimientos revolucionarios pero sin entregar el arte a la consigna simplista y ruidosa que todavía prevalece en algunos sectores como el académico. Si Guevara, entre la profesión médica y la guerrilla, optó por la segunda, él, Julio Cortázar, se inclinaría por la literatura, entendiendo por ella una completa libertad de creación y asimismo política. Tal vez pensando así escribió El libro de Manuel.

Su polémica con José María Argüedas clarificó sus posiciones políticas: no era necesario permanecer en América Latina para dar la batalla contra el enemigo. Uno tiene el derecho de enfrentar a los rivales desde cualquier sitio del mundo. Cortázar había seleccionado París como trinchera, a diferencia del novelista peruano que insistía en permanecer en la tierra de origen. Por desgracia, poco después de la discusión, Argüedas optó por el suicidio dejando un hueco de hondura poética en las letras latinoamericanas.

La literatura de Cortázar es muy amplia y rica en matices, siempre en permanente exploración. Por ejemplo, un crítico agudo como lo es Noé Jitrik señala que a la luz de Rayuela, es posible encontrar mayor densidad en sus primeros cuentos, algo que revitaliza a la obra en su conjunto. Y Luis Gregorich explica que “Cortázar ha desandado inteligentemente los intrincados caminos de la literatura fantástica, psicológica, realista, que forma la totalidad de su tradición, en busca de algo que a la vez fuese más y menos que la literatura. No ha de ser así: al final de la ruta está, otra vez, la literatura. Y el mayor mérito de la obra de Cortázar es que esa nueva literatura está ya contenida en aquel desandar la literatura vieja que, de este modo, en sí misma halla su superación.”

Es natural que uno cite Rayuela como ejemplo de experimentación literaria, de una intensa y frenética búsqueda formal, pero asimismo en el collage La vuelta al día en ochenta mundos, Cortázar inventa y vuelve a inventar, recurre a la literatura fantástica y le da un nuevo sentido, se apoya en la escritura automática y, desde luego, en sus recuerdos.

Como Bioy Casares y el propio Borges, Julio fue de una pasmosa fidelidad a la fantasía, incluso en sus conversaciones y entrevistas la usaba. Alguna vez contó que siendo niño, la maestra lo acusó de copiar al niño de al lado. Guardó silencio. No podía decirle a esa maestra que el pequeño que estaba junto a él, a Julio, era el propio Julio Cortázar. Tampoco dejó su actitud política de izquierda y durante una larga y famosa entrevista que le hizo la revista Life, Cortázar criticó con violencia lo que en esa época llamábamos imperialismo yanqui, y ello no era una modesta hazaña: como hoy, Estados Unidos reaccionaba rabiosamente ante sus adversarios.

Julio Cortázar, como pocos escritores en la segunda mitad del siglo XX, fue un artista que hurgaba en la mente humana y en la fantasía. Tampoco dejó de explorar las estructuras literarias, lo formal, y llegó hasta donde otros nunca se hubieran atrevido. Los resultados, la suma, son portentosos e inagotables. La muerte acabó con su persona, no con su obra, la que se agiganta y cada día descubrimos una nueva faceta estética. Antón Arrufat, uno de los primeros críticos agudos del argentino-francés, señaló en el prólogo de una edición cubana de sus cuentos: “No se trata de una literatura que presupone lo sobrenatural o la trascendencia. Cortázar es un escritor fantástico --de algún modo tenemos que llamarlo-- pero en su obra no hay fantasmas. Sus cuentos abren una investigación en nosotros mismos.” Lo que es manifiesto son los aires de soledad y nostalgia que se pasean por toda su obra, aún en las páginas más llenas de buen humor: en un hombre trasterrado, la tristeza permanece siempre y no desaparece por más que las posibilidades de retorno sean una realidad.

En la literatura argentina (Horacio Quiroga incluido como argentino) lo fantástico y lo sobrenatural son frecuentes. A diferencia del resto de América Latina, los elementos europeos de arte fantástico resultan normales. Quien vea en ello una suerte de colonialismo cultural está perdido irremediablemente: es ingenuo, simplista y carece de asombro. En este mundo, estéticamente complejo, la realidad es parte intrincada de la imaginación. No hay evasión, al contrario, la fantasía penetra más profundamente en la mente del ser humano, lo muestra en toda su complejidad y el compromiso es más completo y puede partir de la definición de Borges: literatura fantástica es aquélla en donde ingresa un elemento irreal. Así de fácil y así de complejo: ¿dónde está la realidad y dónde la fantasía? Cortázar propone todavía mayores enigmas al respecto y entonces el lector se halla en una literatura llena de ricos matices donde lo mismo asistimos a lo irreal que a lo fantástico, y que se mezclan sin cesar con una enorme naturalidad.

Julio Cortázar dejó más de una clave para ingresar en su literatura, instrucciones para leerlo y una de ellas es el libre albedrío para que el lector haga lo que le venga en gana. Por tal razón es improbable que uno se ponga en total armonía con otro que ha leído atentamente su obra. Si alguien del siglo XX ha de sobrevivir entre nosotros, ése es exactamente Julio Cortázar, no importa si los premios llegaron o no en la cantidad necesaria, si José Saramago es capaz de cederle su premio Nobel o si su amistad con la Cuba de Fidel Castro perjudicó su aspecto de crítico político. Fue un hombre de una absoluta honestidad ética y estética, en cuya vida no hubo dobleces. Su arte, su literatura, ya es parte de una historia difícil y cuyos valores aún no han sido cabalmente desentrañados. Si esto se llega a dar, Cortázar crecerá más todavía por una razón: su obra es un laberinto hermosísimo cuya perdición entraña un asombroso final: el reino de la creación pura, por más que Julio Cortázar nos haya contado sus experiencias personales como la pelea donde El toro salvaje de las pampas, Firpo Segura, derribó a Jack Dempsey cuando el escritor tenía nueve años o la emoción que le producía escuchar a Thelonius Monk o el bello arte de recorrer las calles de París, el sitio que eligió para producir una literatura prodigiosa.