mayo 26, 2009

Unas palabras sobre Benedetti*

René Avilés Fabila


La noticia sobre el fallecimiento de Mario Benedetti me dolió. Sólo lo vi una vez, en 1964. Yo lo conocía por La tregua (1960) y Montevideanos (1959). Fernando Benítez me mandó entrevistarlo para México en la cultura, ya en la revista Siempre. Batallaba en dos frentes: uno, para convertirme en literato y el otro para ser periodista. Fui a buscarlo al desaparecido Hotel el Prado. Lo que de él había leído me gustó y confirmó mi idea de ser novelista. No estaba. Decidí esperarlo. Pocos minutos después llegaba acompañado de Nicolás Guillén. No eran tiempos fáciles, la guerra fría estaba en su apogeo y la naciente Revolución Cubana nos había dividido a los latinoamericanos. Unos la apoyábamos con vehemencia, otros la rechazaban con aversión. Los intelectuales que apoyaban a Fidel Castro y los suyos estaban unidos y enfrentaban las críticas de tiranías militares y de personajes fieles a la postura norteamericana. México, con reservas y temores a las críticas de EU, era la sede de un encuentro de intelectuales (el II Congreso Latinoamericano de escritores) cuya evidente filiación la izquierda y en más de un caso, izquierda comunista.

Me acerqué con timidez a Mario Benedetti y le dije que era enviado de Fernando Benítez. El uruguayo estaba inquieto, nervioso, la reunión de artistas e intelectuales que celebraban en México era acosada por Gobernación y la CIA. El presidente era Gustavo Díaz Ordaz. Benedetti dijo: “Más adelante, déme un poco de tiempo.” Entendí que estaba siendo inoportuno. Regresé, pues, no con una entrevista sino con la pequeña crónica de una entrevista fallida.

Con el tiempo seguí leyéndolo y admirándolo. Su fama de narrador y poeta aumentaba. Y mientras otros escritores como Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy rompían con la Revolución Cubana, escritores como Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez sostenían su admiración y apoyo. Benedetti se mantuvo siempre dentro de aquellos que creyeron en ese movimiento cubano, acosado, mal comprendido, al que el tiempo le jugaría una broma pesada. El derrumbe del socialismo socialista fue mucho peor que la invasión de Playa Girón y el bloqueo que hasta hoy han mantenido los norteamericanos.

Cuando yo dirigía el suplemento cultural El Búho, supe que Benedetti venía a México. Su prestigio estaba consolidado. Le solicitamos una entrevista y ahora sí la concedió con facilidad. Eran otros tiempos. Imagino que de alguna manera fue una cortesía que consideró el antiguo rechazo a un joven. Así quiero imaginarlo, pues tan importante era aquella entrevista solicitada a nombre de Fernando Benítez que la de un suplemento exitoso dentro de un diario de mucha venta. Fue generoso y además habló tanto de temas políticos como literarios. El director del periódico consideró que era un documento extraordinario y lo mandó a primera plana. Ante mis insistencias, lo dividimos en dos: la parte literaria quedaría en El Búho, bellamente ilustrada por Oswaldo Sagástegui, hoy retirado de la caricatura y dedicado a la pintura.

Si los editores mexicanos imaginan que aquí no leemos poesía, habría que revisar las ventas de poetas como Mario Benedetti. Cuando estuvo en Bellas Artes para leer su poesía, como Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño, la sala principal se abarrotó y hubo necesidad de poner pantallas para que aquellos que no pudieron ingresar al palacio disfrutaran la lectura del uruguayo.

Benedetti cultivó todos los géneros, fue un escritor realmente querido, aceptado por completo. Era un hombre de izquierda y lo respetaban por igual personas de otras ideologías. Su poesía y en general su lenguaje literario era el del amor, el de los recovecos del alma y no aquélla que imagina servir a una causa normalmente efímera. Recibió multitud de reconocimientos y muestras de afecto y admiración, pero también fue largo tiempo un hombre de exilio, perseguido por tiranos, cuyo principal refugió fueron las letras.

Escribió mucho, unos ochenta libros, y todos fueron bien recibidos por los lectores y traducidos a más de veinte idiomas. Algunos de sus argumentos, como el de La tregua, fueron al cine y sus poemas a canciones de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. La pasión por la literatura y su indeclinable postura de izquierda, lo convirtieron en un hombre afamado y en una auténtica leyenda. Obtuvo muchos premios destacados, pero como Borges (a quién él le criticó su posición política, no su literatura perfecta), no le dieron el Nóbel. Dudo que América Latina haya tenido otro escritor más desinteresado y generoso que Mario Benedetti. Por ello tantos lectores, tanto amor, tanta admiración. Murió no muchos años después de su compañera de toda la vida, Luz López, a los 88 años de edad. Nos hereda una literatura luminosa, de asombrosa sencillez y de profundidad notable. Un ejemplo de dignidad política en el continente.

*Publicado en La Crónica, 20 de mayo de 2009.

Julio Cortázar, modelo para armar

René Avilés Fabila

Los cuentos y novelas de Julio Cortázar están construidos como fantásticas mansiones que alguien habita por razones poco frecuentes, inusuales. Las diseñó pequeñas como “Casa tomada”, para que seres enigmáticos y ciertamente peligrosos despojaran a los dueños en medio de un ambiente de terror. También hizo monstruosos y laberínticos planos de una magna casona para que los lectores concluyeran la construcción. O tal vez estemos hablando de un rompecabezas, puzzle, que se llamó Rayuela. En este caso, el arquitecto nos proporcionó, además de los planos, un instructivo para no extraviarnos en la complejidad del edificio. Se trata de hacer una casa a gusto de cada lector, combinando los capítulos y sin recurrir al ordenamiento de lógica formal. El autor desaparece, los personajes nos dan asombrosos datos, pero de ninguna manera tenemos la obligación de seguirlos. La Maga y Oliveira cuentan una serie de historias y nos describen un aparentemente desordenado escenario, donde uno puede perderse. De ser así, tampoco hay problema, tal posibilidad estaba prevista y entonces el lector podrá vagar por las páginas que un imaginario Julio Cortázar escribió. Pero si se prefiere la edificación de escaleras y en particular sobre la manera de subirlas o bajarlas, en “Instrucciones para subir una escalera”, podremos encontrar todo al respecto, según se baje o se ascienda.

Para muchos, Rayuela es una contranovela o una antinovela, si se prefiere. En realidad definirla no es prioritario. Lo maravilloso es sumergirse en ese mundo cortazariano tan coherente y lleno de posibilidades. El surrealista está presente, como en otros textos suyos, y también encontramos elementos narrativos tradicionales. Pero de pronto nos damos cuenta que los personajes --como en el caso de “Axolotl”-- somos nosotros ya metamorfoseados. La inteligencia y la imaginación delirante es parte de una larga serie de sucesos lúdicos y a veces fantasmales. No es una contranovela en términos clásicos, pero tampoco es una novela convencional. Es algo más complejo y difícil de clasificar de acuerdo a la crítica académica. El lector sólo compra los planos para construir la casa a placer. Sin embargo, existen diversos peligros: en estas edificaciones hay cronopios y famas --seres prodigiosos de un bestiario asombroso y temible-- que asechan a los posibles habitantes y sobre los que nunca sabremos lo suficiente. Más todavía, amenazan con salir de las páginas y quizá agredirnos.

Un buen retrato de Julio Cortázar lo proporciona Ivonne Bordelois en número reciente del diario argentino La Nación:

“Generacionalmente, Cortázar representa el último embate de la vanguardia latinoamericana, cuando trastrueca el género narrativo en ese proyecto extraordinario que es Rayuela, una obra que debe tanto, por su capacidad de transformación del lenguaje y de las técnicas narrativas, a autores tan diversos y opuestos como Witold Gombrowicz, Leopoldo Marechal y James Joyce. Con los autores contemporáneos comparte el propósito de hacer de la literatura un objeto de la literatura, pero se aleja del acostumbrado cinismo posmodernista, y de las consignas que imponen lo light y lo cool como mandamientos supremos de la estética moderna, por su apasionamiento indomable y su búsqueda permanente de absoluto. Cortázar concibe la literatura, en la huella de los románticos alemanes y los surrealistas franceses, y en el ámbito de las teologías heterodoxas del hombre nuevo, como una experiencia capaz de transformar al hombre a través de una revolución radical de lo imaginario y del lenguaje. Lo interesante fue su manera de cuestionarse a fondo, a través de las dos revoluciones a las que se adhirió, la surrealista y la socialista, sin traicionarse nunca a sí mismo. Siguió así un camino solitario entre opciones erizadas de dificultades, rupturas y malentendidos. Lo llamaríamos, sin desmedro ni ironía, un utopista crítico y un memorable maestro; pero también lo recordamos como un mentor irreverente, un defensor leal y valiente de autores incómodos o aparentemente marginales, como Marechal, Martínez Estrada y Pizarnik; un permanente vigía de lo desconocido, y un escritor imprescindible en el mapa de nuestra literatura.”

Julio Cortázar era un mago de las letras que gustaba del jazz como lo probó al incluir en sus relatos a Thelonius Monk, Louis Armstrong y Charlie Parker, y amaba París. Nació en 1914, como entre nosotros nacieron los integrantes de la generación Taller: José Revueltas, Octavio Paz, Efraín Huerta y Rafael Solana. Julio Cortázar, de padres argentinos, nació europeo, en Bruselas, y pasó su niñez y adolescencia en Buenos Aires, allí, como es normal, se sigue siendo europeo, pero con acento porteño, se usa el lunfardo, se encuentra placer en el tango, en los bifes, en el vino tinto y en la admiración por Jorge Luis Borges. Por cierto, uno de sus primeros lectores fue justamente Borges, quien siempre lo recordó con distraído afecto. Ya mayor, bajo la presión de los peronistas, Cortázar sale de su apreciada Argentina, para radicar en París y en esta ciudad, casi al final de su vida, adquiere la nacionalidad francesa sin dejar de ser profundamente argentino, como Leopoldo Marechal y Ernesto Guevara.Cortázar comenzó escribiendo cuentos breves que pronto se alargaron hasta convertirse en novelas ambiciosas y deslumbrantes. Fue al mismo tiempo un traductor de altos vuelos que puso en magnífico castellano a Edgar Allan Poe, a quien Charles Baudelaire había dado a conocer en París en memorables traducciones al francés. También tradujo a Gide y a otros, pero la de Poe fue una tarea monumental, poemas, ensayos, cuentos y críticas quedaron en dos volúmenes que han circulado ampliamente.

Su fama como escritor se consolidó internacionalmente cuando Antonioni hizo una película extraordinaria, Blow Up, con David Hemings y Vanesa Reedgrave, basándose en un cuento suyo: “Las babas del diablo”. Con su nueva celebridad mundial a cuestas, Cortázar nunca asumió las actitudes arrogantes que conceden la fama y el éxito y fue sabio y discreto.

Políticamente vivió su época y en ella, cómo no amar a la naciente Revolución Cubana y su ambicioso proyecto de transformar al llamado Tercer Mundo: incendiar con llamas socialistas a toda América Latina, África y Asia. Este amor fue intensamente correspondido y cuando Julio viajaba a la Isla caribeña era recibido como jefe de Estado. Durante el affaire Heberto Padilla, Cortázar inicialmente se puso del lado de los críticos de Fidel Castro, luego --por medio de un poema desconcertante y bello, “Policrítica a la hora de los chacales”-- reanudó sus relaciones apenas interrumpidas por algunos intelectuales que aprovecharon el momento para desligarse del compromiso con Cuba. Tal es el caso de Mario Vargas Llosa, contrario al de Gabriel García Márquez quien nunca ha roto con el gobierno de Fidel Castro, pese a las críticas, entre otros, de Susan Sontag.

Aquellos momentos fueron de confusión, resultado de la Guerra Fría. Había muerto el Che Guevara y en Vietnam los bombardeos norteamericanos se acentuaban, sobre todo en Hanoi. El mundo no acababa de salir del asombro. El mayo 68 de París --y luego las rebeliones juveniles en Praga, Estados Unidos y México--, vaticinaba una amplia revuelta contra la sociedad de consumo. Los partidos comunistas tradicionales mostraban resquebrajaduras y el rock and roll se sumaba a los aires de subversión planetaria. Dentro de este mundo que se globalizaba alrededor de un proyecto socialista ante la histeria anticomunista norteamericana, los intelectuales latinoamericanos, debido a la revolución Cubana, discutían su papel en el compromiso político. Las posiciones más obvias eran aquellas que convertían al escritor en un autor de panfletos al servicio del partido o de la Unión Soviética. Cortázar mostraba una tenaz rebeldía ante esta postura que hoy se antoja extraña y servil, pero que tenía raíces complejas. En algún momento de la intensa discusión política, donde Borges había sido excomulgado por los cubanos y por los escritores que se habían vinculado estrechamente a Castro, Cortázar habló de tomar una decisión (de hecho ya la había tomado) y explicó con una metáfora guevariana su postura: estaría al lado de los movimientos revolucionarios pero sin entregar el arte a la consigna simplista y ruidosa que todavía prevalece en algunos sectores como el académico. Si Guevara, entre la profesión médica y la guerrilla, optó por la segunda, él, Julio Cortázar, se inclinaría por la literatura, entendiendo por ella una completa libertad de creación y asimismo política. Tal vez pensando así escribió El libro de Manuel.

Su polémica con José María Argüedas clarificó sus posiciones políticas: no era necesario permanecer en América Latina para dar la batalla contra el enemigo. Uno tiene el derecho de enfrentar a los rivales desde cualquier sitio del mundo. Cortázar había seleccionado París como trinchera, a diferencia del novelista peruano que insistía en permanecer en la tierra de origen. Por desgracia, poco después de la discusión, Argüedas optó por el suicidio dejando un hueco de hondura poética en las letras latinoamericanas.

La literatura de Cortázar es muy amplia y rica en matices, siempre en permanente exploración. Por ejemplo, un crítico agudo como lo es Noé Jitrik señala que a la luz de Rayuela, es posible encontrar mayor densidad en sus primeros cuentos, algo que revitaliza a la obra en su conjunto. Y Luis Gregorich explica que “Cortázar ha desandado inteligentemente los intrincados caminos de la literatura fantástica, psicológica, realista, que forma la totalidad de su tradición, en busca de algo que a la vez fuese más y menos que la literatura. No ha de ser así: al final de la ruta está, otra vez, la literatura. Y el mayor mérito de la obra de Cortázar es que esa nueva literatura está ya contenida en aquel desandar la literatura vieja que, de este modo, en sí misma halla su superación.”

Es natural que uno cite Rayuela como ejemplo de experimentación literaria, de una intensa y frenética búsqueda formal, pero asimismo en el collage La vuelta al día en ochenta mundos, Cortázar inventa y vuelve a inventar, recurre a la literatura fantástica y le da un nuevo sentido, se apoya en la escritura automática y, desde luego, en sus recuerdos.

Como Bioy Casares y el propio Borges, Julio fue de una pasmosa fidelidad a la fantasía, incluso en sus conversaciones y entrevistas la usaba. Alguna vez contó que siendo niño, la maestra lo acusó de copiar al niño de al lado. Guardó silencio. No podía decirle a esa maestra que el pequeño que estaba junto a él, a Julio, era el propio Julio Cortázar. Tampoco dejó su actitud política de izquierda y durante una larga y famosa entrevista que le hizo la revista Life, Cortázar criticó con violencia lo que en esa época llamábamos imperialismo yanqui, y ello no era una modesta hazaña: como hoy, Estados Unidos reaccionaba rabiosamente ante sus adversarios.

Julio Cortázar, como pocos escritores en la segunda mitad del siglo XX, fue un artista que hurgaba en la mente humana y en la fantasía. Tampoco dejó de explorar las estructuras literarias, lo formal, y llegó hasta donde otros nunca se hubieran atrevido. Los resultados, la suma, son portentosos e inagotables. La muerte acabó con su persona, no con su obra, la que se agiganta y cada día descubrimos una nueva faceta estética. Antón Arrufat, uno de los primeros críticos agudos del argentino-francés, señaló en el prólogo de una edición cubana de sus cuentos: “No se trata de una literatura que presupone lo sobrenatural o la trascendencia. Cortázar es un escritor fantástico --de algún modo tenemos que llamarlo-- pero en su obra no hay fantasmas. Sus cuentos abren una investigación en nosotros mismos.” Lo que es manifiesto son los aires de soledad y nostalgia que se pasean por toda su obra, aún en las páginas más llenas de buen humor: en un hombre trasterrado, la tristeza permanece siempre y no desaparece por más que las posibilidades de retorno sean una realidad.

En la literatura argentina (Horacio Quiroga incluido como argentino) lo fantástico y lo sobrenatural son frecuentes. A diferencia del resto de América Latina, los elementos europeos de arte fantástico resultan normales. Quien vea en ello una suerte de colonialismo cultural está perdido irremediablemente: es ingenuo, simplista y carece de asombro. En este mundo, estéticamente complejo, la realidad es parte intrincada de la imaginación. No hay evasión, al contrario, la fantasía penetra más profundamente en la mente del ser humano, lo muestra en toda su complejidad y el compromiso es más completo y puede partir de la definición de Borges: literatura fantástica es aquélla en donde ingresa un elemento irreal. Así de fácil y así de complejo: ¿dónde está la realidad y dónde la fantasía? Cortázar propone todavía mayores enigmas al respecto y entonces el lector se halla en una literatura llena de ricos matices donde lo mismo asistimos a lo irreal que a lo fantástico, y que se mezclan sin cesar con una enorme naturalidad.

Julio Cortázar dejó más de una clave para ingresar en su literatura, instrucciones para leerlo y una de ellas es el libre albedrío para que el lector haga lo que le venga en gana. Por tal razón es improbable que uno se ponga en total armonía con otro que ha leído atentamente su obra. Si alguien del siglo XX ha de sobrevivir entre nosotros, ése es exactamente Julio Cortázar, no importa si los premios llegaron o no en la cantidad necesaria, si José Saramago es capaz de cederle su premio Nobel o si su amistad con la Cuba de Fidel Castro perjudicó su aspecto de crítico político. Fue un hombre de una absoluta honestidad ética y estética, en cuya vida no hubo dobleces. Su arte, su literatura, ya es parte de una historia difícil y cuyos valores aún no han sido cabalmente desentrañados. Si esto se llega a dar, Cortázar crecerá más todavía por una razón: su obra es un laberinto hermosísimo cuya perdición entraña un asombroso final: el reino de la creación pura, por más que Julio Cortázar nos haya contado sus experiencias personales como la pelea donde El toro salvaje de las pampas, Firpo Segura, derribó a Jack Dempsey cuando el escritor tenía nueve años o la emoción que le producía escuchar a Thelonius Monk o el bello arte de recorrer las calles de París, el sitio que eligió para producir una literatura prodigiosa.

abril 25, 2009

Octavio Paz: su reinado dividió a la cultura del país

Artículo publicado en Excélsior 26 de abril de 1998, en la sección “Tiempo y Mundo”
René Avilés Fabila

El domingo por la noche me enteré del fallecimiento de Octavio Paz. Al día siguiente los diarios daban largas, larguísimas informaciones sobre el poeta. Era evidente que los periodistas aguardaban su muerte y los materiales estaban listos con anticipación. Me pareció una práctica terrible, casi brutal. Alguna vez redacté un cuento breve donde el personaje central tiene escritos poemas a la muerte de grandes celebridades, muertes que aún no ocurren. El lunes, Lisandro Otero me telefoneó para indicarme, que debía escribir un artículo sobre la ilustre desaparición. Supongo que algo semejante pensaron algunos reporteros que me solicitaron infructuosamente mi opinión al respecto. Nada pensaba decir, ya he elaborado muchas páginas sobre mis diferencias con el inmenso poeta, pero escribir para mi periódico es otra cosa: un deber. Únicamente necesito añadir que nunca ha variado mi admiración por la obra poética de Paz, de la misma manera que en nada he modificado mi opinión sobre su ideología política y su modo de conducirse públicamente, en particular una vez que los príncipes comenzaron a halagarlo de forma escandalosa.

La generación de Octavio Paz, Taller (1914), fue integrada por personas muy opuestas entre sí. A casi todos los traté, menos a Paz. Un poco, por ejemplo, a Efraín Huerta, mucho a Rafael Solana y fui muy amigo de José Revueltas, amistad heredada de mis padres. Cuando murió Pepe, lo hizo en medio de una miseria que sin temor alguno puede ser calificada como atroz. No había dinero para sacar el cadáver de Gayosso y a su entierro acudimos personas de izquierda, militantes de diversas organizaciones marxistas, opositores largamente probados. El gobierno no se hizo cargo de los gastos de la enfermedad y muerte de Revueltas. En el Panteón Francés sólo estuvo un burócrata: el secretario de Educación Pública con la representación del Presidente de la República. No le permitimos hablar. Era aquella intentona una majadería a un hombre que había dedicado su vida a combatir al sistema y que padeció cárceles y persecuciones. Es curioso: por todas sus luchas tenaces, su pobreza excesiva, la ausencia de reconocimiento a su inmenso talento y la soledad final, Revueltas mereció, de Paz, dos palabras gratificantes: hombre puro.

Octavio Paz tuvo, y así lo dijeron cientos de panegiristas oficiales y extraoficiales, una vida fructífera, llena de logros y batallas ganadas. Odió el comunismo (en buena medida confundiendo el marxismo de Marx y Engels con el de Stalin, la soberbia utopía con la aberración del socialismo real) y contra él luchó buena parte de su vida. Pudo verlo hundirse en el fango de sus errores y contradicciones, de sus tremendas desviaciones. Pocas veces un hombre ha conquistado tanto y todo merecidamente. Premios, riqueza, admiración y en especial el afecto del Estado mexicano, un Estado que no se ha caracterizado por su devoción a las letras, y que a lo sumo trata, pretextando una tradición al fomento de la cultura, de utilizar en su beneficio a intelectuales y artistas. Paz fue un gran líder de la inteligencia y la creatividad, a su alrededor se aglutinaron buscando cobijo muchos escritores (admiradores legítimos, simples aduladores, antiguos enemigos, ex marxistas, jóvenes ambiciosos, etcétera), también instituciones como Televisa solicitaron su apoyo, al mismo tiempo que le daban un respaldo sin par en la historia del país.

Pero Octavio Paz ha muerto. Nos quedan, a propios y extraños, amigos y enemigos, sus palabras convertidas en luminosos poemas y ensayos de gran brillantez y agudeza. Sin embargo, no es posible aceptar tanta perfección como la que los medios nos han dado a raudales, llena de lugares comunes y cursilería. Octavio Paz, como todo humano, fue contradictorio, con frecuencia intolerante. Llamaba la atención que un hombre de su tamaño pudiera tener envidias o le molestaran los pequeños éxitos de otros. Bajo su reinado la cultura nacional sufrió grandes divisiones. Sólo debemos recordar el caso de Nexos (revista que pretende ser la contraparte “progresista” de Vuelta) y la forma brutal en que consiguió que despidieran a Víctor Flores Olea de su cargo como titular del Conaculta. Octavio Paz era temido y admirado. Amado y odiado. Su pugna y ruptura con un antiguo amigo suyo, Carlos Fuentes, también señala a un hombre iracundo e incapaz de tener competencia, que llegó al extremo de aplastar, implacable, a su ex esposa, la también escritora Elena Garro. México, así como tuvo (y tiene aún) un dictador perfecto en el Presidente de la República tuvo otro de la misma talla en el campo de las letras: Paz. Pidió, como es natural, total adhesión a sus ideas, se abrazó a lo que antes había combatido: el culto a la personalidad a su propia y resplandeciente —subyugante— personalidad. Alguna vez escribí y ahora lo repito: que no tenía amigos, tenía súbditos.

Octavio Paz tuvo momentos memorables y muchos otros discutibles. Pero si como poeta es inobjetable, lleno de luces, como ser político hay mucho para debatir. Un sólo caso. Por años teorizó sobre las distancias que el poeta debía mantener con el príncipe. Fue, en esos tiempos, un acérrimo enemigo del Estado, del Leviatán monstruoso, el ogro filantrópico. Pero se refería al Estado socialista o al que, como en nuestro caso, tenía demasiado peso e intervenía —con más de un punto de semejanza— en la economía, en la política y en consecuencia en la vida del individuo en forma despótica, brutal y autoritaria. Era el vocero del más acabado proyecto económico y político de un capitalismo neoliberal que a escala del orbe iba a triunfar encabezado por Estados Unidos; predijo con claridad la caída del comunismo. Y en tal sentido su aversión fue atenuándose. El archienemigo del Estado se hizo su amigo y de amigo pasó a útil servidor y muy atrás quedó la crítica. Con Carlos Salinas de Gortari, uno de los personajes más siniestros y reaccionarios de la política mexicana reciente, no había más distancia entre el príncipe y el poeta, al contrario, quedaron registradas frases de apoyo al hombre que ahora se esconde de las iras populares en Dublín. Paz lo vio como un estadista porque coincidían en materia política y económica, porque tenían un proyecto común, porque lo halagaban, porque ambos se necesitaban. Nunca en México un hombre de letras acumuló tanto poder político, como nunca soñaron Jaime Torres Bodet y Agustín Yáñez que ocuparon altos cargos en el gabinete, y lo usó, lo usó para bien y para mal. Construyó grandes obras, muchos de sus proyectos pasaron al campo de la realidad, pero al mismo tiempo exigía mayores subordinaciones y quien se rebelaba, no importaba su estatura (que siempre era menor), recibía su merecido. El Fondo de Cultura Económica parecía su propiedad y lo mismo ocurría con otras áreas de la cultura oficial donde su peso era absoluto a veces no por admiración, sino por temor a su ira.

Sólo puedo imaginarme al intelectual como un crítico permanente y tenaz del poder económico y político. Situarse al frente de la sociedad civil, del pueblo, para decirlo de un modo más evidente, indicarle caminos y explicarle la situación. Así lo imaginé con el llamado socialismo real, donde lo subordinaron brutalmente y así lo busco en el capitalismo neoliberal que padecemos. Puede uno ser amigo personal de políticos o funcionarios, no importa, en tanto parte de un sistema de poder, hay que señalar vicios y defectos, ser, en todo caso, un lúcido intermediario entre el Estado y la sociedad civil. Padezco una total incapacidad para entender la supeditación del artista o del intelectual al Estado. Más aún, dentro de mi concepción ideológica, debe desaparecer por ser origen de infinidad de males y actos represivos. Entiendo bien que en México, en materia cultural, el Estado es la principal fuente, quizá la única. Los premios y las becas a escritores y pintores, los grandes reconocimientos, todo lo concede el poder, no la iniciativa privada, por más que haya crecido dentro del sistema de libre empresa que deseó Octavio Paz y por el cual luchó la mayor parte de su vida. En este contexto, sé que es difícil sustraerse de los cantos gubernamentales. Cómo decirle no al señor Presidente (sí, con mayúscula), cómo no aceptar a quien lo colma a uno de reconocimientos y riquezas.

Pero ahora que Paz ha muerto lleno de honores y rodeado de encumbrados políticos y funcionarios, me parece que Paz debe ser juzgado principalmente como poeta, como hombre de letras. Lo demás, su vida como ciudadano, su ideología, sus cargas de poder y la manera como las manejó, ya no importan tanto, salvo para comprender mejor su personalidad y de este modo explicarse muchas de sus páginas de nítida intención política. Alí Chumacero, otro poeta de talla, señaló la tremenda herencia que les dejaba a sus discípulos ya sin la protección del coloso. Hay que añadir, en buena lógica, la enorme animadversión que consiguieron en un medio de rencores y venganzas, a causa de sus conductas presuntuosas y arrogantes al sentirse plenamente protegidos. Octavio Paz fue crítico en modo intenso, polémico, era su naturaleza. Por eso me extraña que las voces de otros críticos le irritaran. A veces luchaba con ellos, otras los dejaba con la palabra en la boca. Fue el rey sol en un país de sombras y de escasa madurez cultural y sobre todo política. Él decía la primera y la última palabra, también las de en medio. En rigor, luego de años de poder, Paz desarrolló un monólogo que la mayoría coreaba porque además contaba con el apoyo gubernamental. Ahora que ha muerto, es tiempo de analizar su inmensa figura, su titánica obra, ver con calma y serenidad sus deudas literarias y filosóficas con otros personajes de la cultura nacional y mundial, sus posturas políticas. No todo es blanco ni negro. O mejor, como lo decía Borges, nadie es solamente Jekyll o Mr Hyde, todos somos una combinación de lo malo y lo bueno, lo positivo y lo negativo. Ése será el mejor homenaje a Paz, discutirlo con seriedad pero asimismo con espíritu crítico. Hay que dejar de lado las típicas actitudes cortesanas tan características en los mexicanos, evitar los pésames para la historia y el falso dolor, y efectuar una crítica lúcida para saber el peso exacto de Paz. Imaginamos, intuimos, que es colosal, pero no sabemos con precisión cuál es. Ha llegado el momento de averiguarlo. De redactar una biografía inteligente, ajena a la corte de aduladores que lo acosaron y que él tan placenteramente aceptó, con el mismo espíritu crítico y combativo que llevó Octavio Paz. De otro modo, su biografía estará incompleta, será un documento acartonado; una obra escrita sobre un terrible dios perfecto, no para un inmenso poeta que también fue capaz de cometer errores y de hacer algo profundamente humano: tener pasiones.

abril 13, 2009

Un amigo del alma: Avilés Fabila * José Agustín

René Avilés Fabila y yo no sólo compartimos los mismos, agitados y tormentosos tiempos, ya que pertenecemos a la misma generación, sino que además nos conocemos prácticamente desde la adolescencia, cuando Luis Gaytán, mi compañero de escuela y vecino de René, nos puso en contacto en 1959.

Él y yo congeniamos en el acto. Los dos éramos muy jóvenes y con ambiciones monumentales que en esa época se manifestaban en el deseo de evadir los horrores de la clase media idiota y en expresarnos a través de la escritura. A los dos nos gustaban las artes en general la literatura, la música clásica, la pintura cine y el aguerrido rock and roll. Eso nos ubicaba con el aprecio de la digámosle vida común: ir a fiestas, beber como cosacos, ligar chavas y demás deberes propios de la primera juventud.

Al poco tiempo, y sin ser conscientes de ello, nos ofrecimos mutuamente lo que teníamos: nuestras familias, nuestros cuates, nuestros espacios más queridos; a mí me correspondió invitar a René al enclenque taller literario que nos entusiasmaba a Gerardo de la Torre, a mi hermano pintor Augusto y a mí. Se trataba del Círculo Literario Mariano Azuela, que primero era el juguete de gente más grande que nosotros, pero que al poco tiempo lo llenamos de chavos, como René, Gerardo, Margarita Dalton y Juan José Belmonte, quien se quería suicidar con dos mejorales y un Alkaseltzer. Por su parte, René me convenció de que renunciara a mi deseo de entrar en la prepa Cinco, cuyo teatro en Coapa era un tremendo imán para mí, y en vez de eso, me inscribí en la prepa Siete, donde René, que pertenecía a la generación fundadora, ya llevaba avanzada su talacha de líder político.

En 1961 conquistamos sin demasiados esfuerzos la sociedad de alumnos. René fue electo presidente y a mí me correspondió encargarme de la acción cultural. Por supuesto, el manejo de la “grilla” le correspondió a él, pero yo aprendí rápido y pronto formamos un espléndido “uno-dos” que funcionó muy bien, y así nos divertimos como enanos y pusimos en muchos aprietos al director de la escuela, que era un perfecto pendejo Los dos éramos de izquierda, fans de la revolución cubana y críticos del gobierno priísta. Ese año yo me lancé como alfabetizador de Cuba, pero regresé a tiempo para participar en las actividades político-culturales de fin de año de la prepa, que culminaron con el padrinazgo de Cuauhtémoc Cárdenas y con una fiesta sensacional que yo narré con cierto detalle en mi autobiografía “El rock de la cárcel”.

“Grillas” aparte, nuestra amistad se ahondó tremendamente, y no fue de extrañar que los dos conociéramos y nos ligáramos a nuestras chavas de toda la vida en el viejo edificio colonial de la prepa Siete. Por tanto, René fue testigo de matrimonio, en 1963, con Margarita Bermúdez, y poco después yo puse mi firma en el libro de su boda con la gran Rosario Casco. Por cierto, no deja de ser significativo para mí que hasta la fecha nuestros matrimonios hayan sobrevivido más de 30 años. Por si esto fuera poco, la literatura resultó un vehículo poderoso entre los dos. Juntos participamos en los cafés Literarios de la Juventud en el café San José creamos Búsqueda, con César H. Espinoza, alias Horacio Juván, Andrés González Pagés, Alejandro Aura y Elsa Cross. Después, todos juntos, fuimos a dar al taller literario de Juan José Arreola cuya revista “Master” consolidó nuestro carácter de grupo generacional, en el que, además de Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Eduardo Rodríguez Soria, Rafael Rodríguez Castañeda, Federico Campbell Y Víctor Villela, también habría de agregar a Juan Tovar, Parménides Garcia Saldaña y Gustavo Sainz, aunque ellos no iban al taller de Arreola.

Este último, decisivo para nuestra formación literaria, fue el trampolín para llegar al Centro Mexicano de Escritores y finalmente, a la publicación de nuestros primeros libros. A mí me tocó estar muy cerca de la edición de Los juegos, la acelerada novela que aterrorizó a Emmanuel Carballo, Rafael Giménez Siles y Joaquín Diez-Canedo, quien por cierto le dijo a René: “Mejor quema ese libro”. Ayudé intensamente en la preventa, edición y promoción de la novela, además de que escribí el texto de las solapas y un artículo que me costó la salida de la plana cultural de El Día. Nunca dejamos de beber como monjes de Carl Orff, de echar un relajo sensacional con otros grandes amigos, como Bernardo Giner de los Ríos y Edmundo de los Ríos.

Juntos fuimos acusados de “terroristas culturales”, cuando no damos en apoyar nuestra argumentación literaria con sólidas madrizas a dos que tres ojetes. Y también volvimos a quedar juntos cuando nos asestaron el reductivismo de la literatura de la “literatura de la onda”. Muchas gracias, Rambo Glantz.

Después, René y Rosario se lanzaron a las Europas, pero la sicodelia ya había pintado una sutil raya entre nosotros que se volvió física, cuando yo me mudé a otra ciudad, por lo que nuestros encuentros se redujeron, aunque siempre lo he querido como a un hermano. Lo apoyé en su pleito con Coquis Carpizo y me dio mucho gusto que dirigiera un nuevo suplemento cultural, El Búho, en Excélsior. Lo vi perder entusiasmo por los contenidos políticos, que un tiempo le atrajeron mucho, y, en cambio, consolidar la escritura de fábulas y cuentos fantásticos, y de temas relacionados con el amor. Sumamente, fértil René ha publicado numerosos libros, de los cuales yo prefiero la corrosiva Los juegos, aún insólita en nuestras letras, Lejos del edén, la tierra, Tantadel y Réquiem por un suicida.

* Publicado en El Universal. Lunes 26 de octubre de 1998

abril 04, 2009

Afinidades, diez años sin Ricardo Garibay

René Avilés Fabila


Conocí a Ricardo Garibay, como lo he contado en algún libro de memorias, poco después de que él había publicado un soberbio libro: Beber un cáliz. La novela me fue particularmente dolorosa porque yo acababa de perder a un hombre amado, mi abuelo, y la novela me traía un poco de alivio, como lo hizo una obra del italiano Vasco Pratolini, Crónica familiar. Busqué a Ricardo Garibay a pesar de que quienes lo conocían hablaban de la dureza de su carácter y de la violencia con la que trataba a los advenedizos, de su hosquedad. Alguien me dio su número telefónico y el propio Ricardo me concedió la cita. El encuentro fue un monólogo. Garibay era un torrente de talento y cultura, de justa agresividad. Implacable y severo, no toleraba torpezas ni lo impresionaban los talentos surgidos al amparo de la publicidad. Sabía que el camino de las letras es duro y aún así lo tomó. Nunca lo vi flaquear, no le conocí titubeos en los años en que fuimos amigos, hasta su muerte. Mentiría si digo que lo traté con intimidad, pero nuestros encuentros fueron por fortuna muchos y todos para mí venturosos. Dos amigos suyos le procuramos algunos de los escasos homenajes que en vida le rindieron. José María Fernández Unsaín y yo. El primero en SOGEM, el segundo en la UAM-X. Más adelante el INBA llevó a cabo uno más en la sala Manuel M. Ponce, donde asimismo participé, acompañando a Ignacio Trejo Fuentes... Por último debo añadir, y esto también lo he narrado en otra parte, que fui parte del jurado, junto con Sergio Galindo, que le concedió el Premio Colima a la mejor obra publicada por Taíb.

Admirable como pocos, escritor por tenaz vocación y amor-pasión por los libros, arrogante y soberbio, inteligente y culto, pensador original, se dedicó a lo suyo sin preocuparse por la publicidad que conceden los medios. Alguna vez estábamos en Sonora y un periodista le preguntó por Carlos Fuentes, hoy en manos del PAN y del PRD como antes estuvo en las del PRI: “¿Qué podría decirme de la gran obra de Fuentes, maestro? Ricardo dijo sin pensarlo, irónico, burlón: ¿Fuentes, quién es Fuentes? No lo conozco, nunca lo he leído. A cambio su ternura por amigos de toda la vida como Rubén Bonifaz Nuño o José María Fernández Unsaín, fueron proverbiales. Duro de carácter, en el homenaje que le hice en la UAM-X, con escritores jóvenes, se acercó un viejo vestido con pobreza digna, que conservaba alguna fortaleza física. Don Ricardo, dijo en voz baja, ¿me recuerda, usted y yo boxeamos dos veces? Garibay lo abrazó claramente conmovido, como quizá nunca lo hizo con un intelectual.

Dos momentos de sus infinitos y desmesurados arrebatos se me grabaron con perfección: el que le hace rechazar a Madame Bovary y el que enaltece a El cantar de los cantares. En ambos fue empeñoso, original y definitivo. Hay otro que me produjo la idea de escribir sobre Cervantes. Cuando Garibay afirmaba contundente que el autor del Quijote no tenía por qué estar en las manos de los académicos si era un hombre tosco, bebedor, visitante asiduo de tabernas, soldado… En fin, todo en Ricardo era novedoso y asombrosamente seguro de sí mismo.

Al morir, hubo dolor de sus amigos y admiradores y cobardía de sus embozados enemigos. Estos últimos aprovecharon su desaparición física para externar resentimientos y envidias, entre ellos estuvieron las duras palabras de escritores que se quejaban del desprecio generalizado del narrador hidalguense y correspondían vilmente. La reportera de un importante diario (Reforma) las recogió y a mí mismo me preguntó por la leyenda negra de Ricardo. No conozco esa novela, repuse tajante.

A diez años de su muerte y ante la indiferencia casi generalizada, reproduzco la entrevista que le realicé a Ricardo Garibay en 1969 y que fue publicada por Juan Rejano, inolvidable poeta español, en el suplemento de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, el 1° de julio de ese año. Vale la pena conocerla, lo refleja con precisión.

RAF: ¿En términos generales, Ricardo, cómo se forma el escritor mexicano?

RG: Como en todas partes, supongo. Vagos estudios universitarios, desdén por el medio ambiente, o desprecio o cólera, que es mejor, un pequeño y recio grupo de amigos, de semejantes en el afán, y lecturas hambrientas, erráticas.

RAF: ¿Le sirven las aulas en ese proceso?

RG: Para nada ahora ni nunca; y menos las mexicanas aulas donde un hombre recuerda aprisa lo que mal sabe, y lo escucha un centenar de hombres que deben recordar lo mismo un día, el del examen, y olvidarlo completamente y de por vida a partir del día siguiente; y menos las mexicanas aulas donde aquél recuerda y esos repiten cifras y datos que nada tienen que ver con el oficio de vivir aquí y ahora. Cosa de siempre ha sido y será ver, al margen de las aulas, a los que después les darán quehaceres de memoria.

RAF: ¿La fórmula del autodidactismo sigue siendo válida?

RG: No entiendo. A esto de ser autodidacto se le da una significación excesivamente amplia y simple a la vez. ¿Quién, en rigor; podría llamarse autodidacto? ¿Quién de veras se hace a solas, se debe enteramente a sí mismo? El self-made-man norteamericano existe donde un hombre logra trepar, desde la condición de explotado y sobre los lomos de sus compañeros, hasta la condición de explotador. Ascenso de la ferocidad, que no se hace a solas, pero como si así se hiciera, porque no lleva a cuestas reflexión ni gratitud, de tal modo, que el self-made-man llega a su cumbre solo y así permanece hasta el fin de sus torvos días. En este sentido sí hay autodidactismo: un hacerse el hombre a sí mismo, un convertirse en oficio de y con exclusión de todo y contra todos.

Pero si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio, y es para los demás sin límite de generosidad, ¿cómo podría hacerse a solas? Recuerdo que Bataillon decía, cuando nos quejábamos de la ausencia de maestros que padecía mi generación: “¿Por qué se apuran tanto? En cada libro tienen ustedes un maestro”. Creo que el escritor, en cualquier parte, es el hombre que más preceptores lleva tras de sí.Ahora, Si autodidactismo es igual a no formación académica, de acuerdo: autodidactismo es escuela de escritores.

RAF: ¿Los escritores, Ricardo, se reúnen en grupos por afinidad o por algún otro motivo?

RG: Aquí quiero recordar una linda y conmovedora imagen de Conrad: los marinos, que han navegado meses, que se han sostenido unos a otros durante la travesía, en tempestades y otros peligros de muerte, que en las calmas del mar, hartos de verse se han maldecido y han de matarse, que han anhelado el puerto sólo para no volver a verse nunca más unos a otros, llegan por fin a puerto: los esperan calles planas, duras, ensordecedoras, gentes que caminan erectas, miradas innumerables y extrañas, desdeñosas: inútil, lamentable resulta ahí su pericia y vigor, por tabernas, prostíbulos y aceras su hombría marina será cosa de locos. Entonces, antes apenas de abandonar el barco, se buscan, se miran, se juntan, y apretados unos contra otros y tambaleantes -racimo de terrores- se pierden en las honduras del suburbio.

Probablemente en esta escena esté el sentido de la "perdida gente" que tanto gustaba señalar Alfonso Reyes.

RAF: ¿Qué piensa de los grupos culturales que al momento existen en México?

RG: No más de lo que Conrad piensa de sus marinos, y añado: bien que existen esos grupos, bien que haya insaciables diálogos diarios acá y allá, entre estos jóvenes y aquellos. Diálogos entre pares: los verdaderos maestros de las generaciones. Grupos de corta vida, porque en pocos años desaparecerán y veremos a cada escritor roerse a solas, con lo que aquellas compañías le hayan dejado. Le diré a usted, René Avilés Fabila, a manera de homenaje a su vehemente agresividad: sí, cierto, cada quien tiene el grupo y el diálogo que se merece.

RAF: ¿Y la crítica literaria nacional, Ricardo?

RG: Es ignorante, perezosa y convenenciera. Hace diez o quince años estaba en manos de personas que procuraban ser honorables; que tenían serios antecedentes librescos, tenían objetividad creciente. Ahora la ejercitan bufones de barriada provinciana, carteros, burócratas soñolientos encajonados en dos o tres convicciones primarias y mentirosas, a caza siempre de relaciones estrábicas con “los nuevos valores” y con los viejos. Me refiero claro, a la crítica más visible que se dice oficial, la de apodo pollino, que ya jadea. Hay excepciones: entre los “enojados” escritores jóvenes y cuando aquellas personas honorables retoman su tarea.

RAF: Un escritor ¿debe vivir de su trabajo estrictamente literario?

RG: Sí. Y duele que en México eso no suceda ni pueda suceder todavía, porque mientras no se viva de escribir, mientras no se coma de escribir no se es cabalmente escritor. Eso de pasar la vida en faenas varias y aborrecibles y apartar hoy una hora y mañana otra "para escribir, usted sabe, primero está la obligación y luego la vocación", es hacer del oficio aristocracia o pasatiempo, y de éste, antología de minucias, bisutería. El escritor es artesano, nada más.

RAF: ¿Es útil, y sobre todo, válida la publicidad y aún la autopublicidad?

RG: Es útil, válida, necesaria, urgente. ¿Por qué lo es, sin discusión, a propósito de un actor de cine, de un lápiz labial, de un programa de gobierno? Sí es de desearse que no adopte maneras ruines o cirqueras, y que obedezca a la línea madre de la buena publicidad: "no mentir jamás, el producto deberá ser de calidad probada, no adulterada ni venenosa".

RAF: ¿Cree usted que es fácil, en México, publicar en revistas o editar libros?

RG: Creo que es fácil, puniblemente fácil.

RAF: ¿Puede marginarse el escritor y no participar en la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país?

RG: Pregunta fuerte. Pongamos dos ejemplos. Durante el Ateneo, José Vasconcelos y Alfonso Reyes tenían preocupaciones diferentes. Aquél la política, éste la literatura; aquél las ideas, éste las imágenes; aquél el por qué y el hacia dónde: éste el cómo. Entre oleajes de discusiones y proclamas, Reyes llegó a decir: "A mí que me den mi palmera, y arriba comiendo cocos me pondré a hacer poemas”. Según corrientes de moda Reyes era un acomodaticio, un no comprometido, un manso, un despreciable. Veámoslo a setenta años de distancia: la obra de Reyes es desembocadura de una necedad genial, de una vocación inapelable: “Empecé haciendo versos, sigo haciendo versos, moriré haciendo versos”, y es nuestra puerta de entrada a la gran literatura del siglo XX; las páginas de Vasconcelos que no morirán son literatura, literatura puramente, tantísimo que hacer político, como tuvo, se le diluyó en los días que ya casi nadie quiere recordar.

¿Qué el escritor pretende participar en “la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país”? Magnífico, adelante, el campo es todo tuyo; ¿que no? Lo mismo, bienvenida su aparente inutilidad actual, sus frutos se darán, y nunca serán tardados.

He aquí a Ricardo Garibay de cuerpo completo. Dueño de una sintaxis peculiar, de un estilo distinto y rico, cuando escribía y cuando hablaba. Su recuerdo siempre me acompañará y jamás dejaré de admirar al hombre desdeñoso, erudito, autor de obras maestras, irónico, ajeno a cualquier tipo de adulación que a otros ha encumbrado, que por desgracia no hemos acabado de valorar. Pero esta es la historia de México, de sus letras, de su cultura.

marzo 07, 2009

García Márquez y yo. Crónica de un sacramento

García Márquez y yo
Crónica de un sacramento
René Avilés Fabila

Empecé a ayudar la misa sin demasiada credulidad, pero con un rigor que tal vez me lo abonen como un ingrediente esencial de la fe.
Vivir para contarla: Gabriel García Márquez


Cuando mi amiga Magdalena me habló para invitarme al bautizo de su nieto, el primero, querido René, es un ángel, un primor, estoy vuelta loca, qué belleza, no puedo describírtelo, sólo imagínate a un querubín de Rubens (y yo lo pensé con sólo cabeza y alitas), es un amor, pensé en cortésmente mandarla a la chingada: mi edad se ha poblado de mujeres que fueron maravillosas, fuego y audacia, y ahora son dulces abuelitas, que trocaron sus pecados favoritos, la vanidad y el sexo, por la cursilería y la exageración. Pero añadió: Gabo será su padrino. Claro, Gabo es Gabriel García Márquez para sus cuates y yo, por desgracia, no lo soy, así que mudé de opinión, era una oportunidad para conseguir su autógrafo en la primera edición conmemorativa de los cuarenta años de Cien años de soledad.

Claro, Magdalena, cuenta conmigo. Y felicidades, tendrás por compadre a un santón de las letras universales, el nuevo Cervantes, dicen los expertos que además lo admiran. Alguna o muchas ventajas tendrá. Pensé: cuando vea a José Agustín le preguntaré, pues si mal no recuerdo también fue padrino de alguno de sus hijos.

Llegué a la iglesia muy puntual, era obvio, la gente comenzaba a llegar. Los invitados eran todos de la mejor sociedad de Tampico, ciudad de mi amiga. Habían llegado hasta la capital para no perderse el formidable evento social y religioso. La gente iba elegante, distinguida, personas de mediana fortuna, pues luego habría comida en el Polifórum Siqueiros.

A las doce y diez minutos llegó García Márquez con su esposa, o eso imaginé por las fotos que de ella he visto, y por el vestido verde perico que denotaba orígenes tropicales, en tanto que el premio Nóbel iba enfundado en un traje gris que había visto pasar épocas de esplendor y una corbata a rayas. Pudo haber ido con la extraña guayabera colombiana con la que recibió el más alto reconocimiento (liquiliqui) que un escritor puede conseguir y por la que los reyes noruegos preguntaron desconcertados. Desde que llegó y entró con aplomo, quedándose en el dintel, llevaba en brazos al bebé pintado por Rubens y concebido sin el pecado de la carne por la hija de Magdalena. Entre ropones de lana, pañales, una gorra (el niño es tamaulipeco y el DF le resultaba frío), unos siete u ocho meses, se antojaba más salido de los pinceles de Botero. Pobre Gabo, pensé al verlo sudar.

García Márquez con el niño en brazos y la esposa a su lado, encaminó sus titubeantes pasos hacia el pequeño altar donde estaba una pila de agua bendita, pero velozmente se anticipó una silueta con sotana blanca y antes de que García Márquez siguiera avanzando, gritó: ¡Bebé, bebé, ya viste en manos de quién estás, Dios te ha bendecido, estás en los brazos del mejor escritor del mundo, incluso mejor que Borges, Carpentier y Capote! Así (bajando la voz ya muy impostada) como hemos leído a Cervantes y Shakespeare más de quinientos años, García Márquez será leído eternamente. Él escribió para la gloria del señor y ahora tú estás en brazos del elegido. ¡Dios te ama y te dio el mejor de los regalos posibles, angelito de amor, nadie podría tener mejor padrino que tú, claro, a menos que este insigne y glorioso narrador de nuevo lleve a la pila bautismal a otro elegido celestial, criatura encantadora! El Señor dijo en Levítico: Los niños caminarán guiados por el poeta… Para fortuna del cura, en esa sala nadie había leído la Biblia.

Así siguió el clérigo otros minutos, mostrando su formación de crítico literario en el Seminario del Verbo Sangrante, donde Christopher Domínguez imparte la materia La crítica literaria soy yo II. García Márquez comenzaba a sentir que el niño, el enviado de Dios, era bastante terrenal y que además pesaba unos siete kilos. Como pudo reacomodó en sus brazos al angelito. Le faltaba al padre Pacheco hablar de Macondo, de Amaranta, del realismo mágico… Con discreción, su esposa le dio literalmente una mano y se preparó para evitar la posible caída del ángel.

Al fin concluyó la perorata mezcla de literatura y catolicismo, qué alivio, pensé observando que todos en el sacrosanto lugar platicaban discretamente sin atender a la clase del sacerdote. Al fin los padrinos y la familia se encaminaron a la pila bautismal, pero ya el bebecito berreaba opacando al organista que trataba de interpretar la Marcha triunfal de Aída como si fueran unos abominables quinceaños organizados por Marcelo Ebrard. ¡Niño bendito, que no te digan que una editorial torpe rechazó Cien años de soledad, es una calumnia de los enemigos del genio! En todo caso (suavizó la voz), es un error. El clímax fue alcanzado cuando el emocionado sacerdote roció en exceso con agua bendita al niño y de pasada a García Márquez, quien en cuanto pudo deshacerse del infante-fardo se pasó el pañuelo por la cara para quitarse la llovizna bendita y limpiar sus lentes. Durante la ceremonia pude apreciar que el Nóbel sabía los rezos y cómo persignarse. Curioso, yo le imaginé ateo. No cabe duda, el león piensa que todos son de su condición y yo no soy creyente; qué pena.

Cuando todo hubo concluido, fuimos al edificio World Trade Center en busca de la comida. Y yo, además, a cazar la firma del laureado narrador y periodista. Como en el glorioso evento había todo menos escritores, imaginé que podría quedar cerca de Gabo durante la comida, a salvo de aduladores intelectuales. Así fue, me asignaron un sitio no distante, a unos cuatro pasos, así que pude observar al genio sobarse los adoloridos brazos, darse un discreto masaje. Cuando estábamos por concluir el pastel cortado inicialmente por el novelista y la orquesta se preparaba para tocar unos danzones en honor del bebé de Dios, decidí que era el mejor momento para pedir el autógrafo. Hasta Gabriel llevé mi ejemplar verde con prólogo de Mario Vargas Llosa y añadidos de Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Carlos Montemayor, Carlos Salinas, Carlos Peralta, Carlos Abascal (crítico literario) y Carlos Slim. Maestro, soy René Avilés Fabila, me haría usted muy feliz si firmara mi libro. Me miró sorprendido: ¿No es una edición pirata, verdad? De ninguna manera, lo compré lejos de Tepito, en Perisur. Quiero ponerlo en una repisa donde le tengo a usted un amplio altar barroco con su foto y muchas flores, desde luego, arriba de Carlos Fuentes.

García Márquez suspendió la maniobra para sacar su pluma. Oiga, Avilés -dijo con tono de falsa indignación- soy muy amigo de Carlos Fuentes, es mi hermano… Antes de que dijera alguna otra pendejada, expliqué: Fue una broma ingenua, maestro, no tengo altares. No me escuchó, firmó el libro, mientras yo pensaba que el tipo había perdido el sentido del humor, tanto éxito no puede ser bueno. Al regresarme el volumen añadió: A mí deberían pagarme por dar autógrafos, no por escribir libros. En ese momento le cayeron encima docenas de señoras elegantes que deseaban retratarse con él. Comprendí que no las resistiría, si se ha fotografiado con Fidel Velázquez, Fidel Herrera y Fidel Castro, no hay razón para negarse a posar junto a mujeres maduritas y bien emperifolladas, algunas francamente atractivas. No me despedí, más todavía, no hubiera sido posible debido a la algarabía de tanta dama culta que deseaba inmortalizarse con el Nóbel. Cuando intentaba salir del barullo, miré al padre Pacheco correr hasta el grupo para continuar hablando de Cien años de soledad y pedirle la firma. Había perdido la comida porque tuvo que ir a una librería a comprar la novela. Pero recuperaría el tiempo, comentaría el libro con el autor y más adelante, pensó: si Dios me da licencia, hasta puedo leerlo.
Moraleja: entre la sabiduría popular circula una definición de libro clásico: es aquel que todos citan y nadie ha leído.

enero 27, 2009

Plagio, luego existo

René Avilés Fabila
Publicado el 25 de enero de 2009 en Excélsior.

El plagio pareciera común entre escritores; a veces resulta escandaloso, otras se llama influencia. La lista de acusaciones de plagio en México es larga. Carlos Fuentes ha sido repetidamente señalado como tal. Cuando arrancaba, varios críticos literarios lo culparon de plagio. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo, dio pistas tanto para La región más transparente como para Aura. En la primera, la presencia de Manhattan Transfer de John Dos Passos era evidente, en la segunda, la de Henry James con Los papeles de Aspern. Arellano dio precisiones en un artículo. Adelante Enrique Krause retomaría el tema.

A Octavio Paz lo señalaron muchas veces como plagiario y no críticos sino el propio agraviado, Rubén Salazar Mallén, por la copia de trabajos propios sobre filosofía del mexicano y Sor Juana Inés de la Cruz. Paz, desdeñoso, dijo: Los lobos se alimentan de corderos. La acusación fue respaldada por Emmanuel Carballo y Edmundo O’Gorman, de tal suerte que no se trata de un hecho mínimo. Nada ocurrió, salvo que le concedieron el Premio Nóbel de Literatura. Parte de la polémica puede ser leída en un libro de José Luis Ontiveros publicado por la UAM-X. La peor imputación que le hicieron a Paz fue sobre plagio a Samuel Ramos, el primero en tratar de explicar al mexicano en El perfil del hombre y la cultura en México que ya pocos ven como el gran antecedente de El laberinto de la soledad.

Plagiario asimismo fue el erudito e inteligente Alfonso Reyes como no hace mucho recordó con elegancia Vicente Leñero: “Un plagio inocente de Alfonso Reyes”, nota en la que recupera una historia olvidada. Reyes da a conocer un artículo en Revista de revistas casi idéntico al publicado en The Saturday Review por un autor poco conocido: George Kent. “Los buscadores de pifias -explica Leñero- que habían leído ambos textos, los marginados del pontificado cultural ejercido por Alfonso Reyes durante tantos años, postulado en aquel entonces al premio Nóbel, lo acusaron a voz en cuello de: ‘¡plagio, plagio!’. Era un plagio, en realidad, imposible negarlo.” Entre quienes lo señalaron, estaban Jorge Murguía, Jesús Arellano y Ramón Rubín.

Tampoco se escapa García Márquez. Más de un crítico vio en Memorias de mis putas tristes una copia servil de Casa de las doncellas dormidas de Yasunari Kawabata. Y los españoles se sorprendieron cuando Camilo José Cela, Premio Nóbel, fue señalado como ladrón de los argumentos de Carmen Formoso, al hacer suyas diversas historias de su novela Carmen, Carmela, Carmiña… De mi generación, a Gustavo Sainz le reprocharon su gusto por pequeños escamoteos literarios para sumarlos a su literatura.

Yo vería el plagio como arte difícil donde todo consiste en que los lectores no se percaten de la sustracción intelectual. Claro, hay casos ruidosos como el que llevó a cabo Alfredo Bryce Echenique, cuyo resultado fue el desprestigio y una multa de muchos dólares. Se excusó diciendo que no se había percatado, ocupado como estaba escribiendo tanta obra maestra de la literatura universal, la culpable de los envíos ajenos fue su secretaria. En México, Teófilo Huerta ha responsabilizado a José Saramago de plagio y ha dado tantas pruebas que el Nóbel portugués ha respondido negándolo. En este penoso caso está involucrado Sealtiel Alatriste. Por segunda vez aparece como intermediario entre plagiado y plagiario, en ambos casos -idénticos al de Carmen Formoso- estaba en Alfaguara. El primero en señalarlo fue Víctor Celorio. Su obra fue enviada a un concurso de tal editorial y parte de ella terminó, dice la víctima, en Diana o la cazadora solitaria de Fuentes. Algo menor le sucedió a la novelista Martha Robles: se quejó de que un título suyo había sido utilizado por Fuentes, quien al final optó por hacerle una modificación.

Para evitarnos tales vergüenzas, lo correcto es decir que se trata de afinidades o coincidencias, en todo caso, de influencias. Desde luego, es inconveniente aceptar que se han copiado ideas completas o párrafos enteros. No es fácil crear novelas y cuentos novedosos. Llevamos muchos siglos haciendo literatura y en todo ese tiempo las pasiones y los sentimientos humanos no han sufrido mayores alteraciones, así que como dice el refrán, nada nuevo hay bajo el sol. El amor es tan común que es imposible no repetir frases y pensamientos. ¿Cómo decir te amo o estoy celoso, sin duplicar lo que le dijo Romeo a Julieta o el tonto de Otelo a Desdémona? El chiste radica en darle a las palabras sentidos diferentes, los hechos son los mismos desde que Eva engañó al ingenuo Adán con una serpiente lujuriosa.

A veces la ausencia de creatividad atrae la necesidad del plagio. No es fácil evitar que unos párrafos hermosos o ideas renovadoras pasen a nuestra literatura, piensan los plagiarios. Los pillos afirman que, incluso, han mejorado a los autores originales. Por último, para qué escribir una obra tan grande como Don Quijote (quien también tuvo problemas al respecto), si es tan fácil copiarla.

enero 12, 2009

Ernesto de la Torre Villar: Devoción por la historia

René Avilés Fabila, publicado en Excélsior, 11 de enero, 2009.

El jueves muy temprano me sorprendió una noticia: murió el distinguido investigador Ernesto de la Torre Villar, uno de los mayores estudiosos de la historia nacional y un vigoroso defensor del libro como transmisor de cultura. Ernesto de la Torre nació en Puebla, en 1917 y fue siempre un miembro distinguido de la comunidad universitaria. Lo recuerdo con amor por dos razones. La primera porque fue amigo de mi padre, quien falleció hace más de veinte años, la otra porque fue maestro mío en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, leí muchos de sus libros y, por añadidura, fue testigo de mi matrimonio, junto con José Agustín, en 1965. Puedo verlo en la ceremonia, siempre formal y discreto, rodeado de jóvenes semisalvajes, escritores que Margo Glantz llamo de la Onda, que bebían y hacían escándalo. Era para compadecerlo.

Cuando trabajaba, junto con Leopoldo Zea y Silvio Zavala, en la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (alrededor de 1962), Ernesto de la Torre me solicitó, a la muerte del antropólogo Alfonso Fabila, un texto sobre su vida y obra para el boletín de la institución. Lo hice, fue mi primer trabajo profesional publicado y pagado.

Solía, por esa época, visitarlo. Era director de la Biblioteca Nacional de México, entonces en Isabel la Católica. No sé si decir que platicábamos, pues su cultura era extraordinaria y yo era un joven que terminaba la carrera, pero me recibía sin titubeos al mediodía y luego de conversar de algún tema histórico y recibir sus agudos comentarios, me invitaba a comer. Dos libros le conceden el título de bibliófilo de muy alto rango: Elogio y defensa del libro y Breve historia del libro en México, ambos de la UNAM. Fue un investigador infatigable y la lista de sus publicaciones y tareas infinita. Destacan los cinco tomos de Lecturas históricas, Leyes de descubrimiento y conquista en los siglos XVI y XVII, La Constitución de Apatzingán y los creadores del Estado mexicano, El triunfo de la República y el fin del Imperio, La ciudad de México a través de la visión de José María Lafragua y Manuel Orozco y Berra. Fue un hombre que trabajó con pasión, que se metió en la historia. Siempre amable, atento, generoso, dispuesto a conversar con sus alumnos, como lo hacían otros maestros míos, también idos, como Carlos Bosch, Henrique González Casanova y Arturo Arnáiz y Freg. Ernesto de la Torre hablaba con voz pausada y jamás la levantó. Sonriente, de mirada aguda; lo vi trabajar de cerca. Cuando la entonces distinguida y en buenas manos Sociedad de Geografía y Estadística conmemoró los cien años de la Guerra de Intervención Francesa, evento organizado por doña Eulalia Guzmán y mi padre, René Avilés Rojas, presentó una ponencia resultado de sus investigaciones en París, la que, pienso, fue el origen del memorable trabajo publicado por el Fondo de Cultura Económica, La intervención francesa y el triunfo de la República.

El Estado mexicano ha sido injusto en más de un caso, preocupado por el éxito publicitario de un festejo, sólo selecciona a los intelectuales que le suenan glamorosos o útiles a su causa. En consecuencia, los medios no tienen idea clara de quiénes son nuestras grandes figuras, centran su atención en un puñado que de sobra conocemos y que, además, algunas están sobre valoradas o mal analizadas. Ernesto de la Torre sí tuvo reconocimientos tanto en la ciudad capital como en su natal Puebla, pero no de la magnitud que ameritaba. Su labor fue titánica, infatigable, siempre al servicio de México, de la academia. Su carácter amable, bondadoso, su dedicación al trabajo, me mostraba que carecía de enemigos y alguna vez se lo dije. Sonrió y me dijo, no, René, sí los tengo. Creo que mentía.

Cuando tuve el suplemento cultural El Búho, se pobló de colaboradores de alto nivel, cito varios: Edmundo O’Gorman, Silvio Zavala, Miguel León Portilla, Leopoldo Zea, Carlos Bosch García y, desde luego, Ernesto de la Torre Villar. Este último, camino a la UNAM, pasaba a mi casa, no distante de la suya, a dejarme su colaboración y saludar con su proverbial educación y gentileza. A veces nos encontrábamos, otras, con prisa, se limitaba a entregar al servicio su artículo. Era un pretexto para conversar un poco.

Hace unos días, con algunos amigos universitarios, hablábamos de la necesidad de hacerle un gran homenaje nacional a Ernesto de la Torre. Hubo distintas propuestas, incluso la de ir a Puebla para que sus autoridades compartieran la responsabilidad. Por desgracia, ya no hubo festejo, al menos en vida. Me siento muy triste, desolado, fue, a pesar de la diferencia de edades, posturas ideológicas, preferencias intelectuales, un gran maestro mío y un distinguido mexicano que me aceptó como su amigo y no como una simple herencia paterna. Ernesto de la Torre Villar vivió sin ruido, al margen de grupos y partidos, dedicado íntegramente a su gran pasión: la historia. Jamás olvidaré sus enseñanzas académicas y morales ni su sonrisa luminosa.