Tantadel

agosto 28, 2006

MINIBIOGRAFÍA

RENÉ AVILÉS FABILA nació en el DF (15-11-40) y nunca tuvo otra ocurrencia que la de ser escritor. Pese a ello, estudió ciencias políticas (y no letras) en la UNAM e hizo estudios de posgrado en la Universidad de París. Fue parte del taller de Juan José Arreola y becario del legendario Centro Mexicano de Escritores, a cargo de Juan Rulfo, Francisco Monterde y el propio Arreola. Comenzó a publicar muy pronto. El Fondo de Cultura Económica y Joaquín Mortiz recogen sus primeros libros: ambos de cuentos: Hacia el fin del mundo y La lluvia no mata a las flores. Su mayor éxito de ventas ha sido una novela que trata sobre la matanza del 2 de octubre de 1968: El gran solitario de Palacio. Le sigue la novela amorosa Tantadel. Su bibliografía es extensa e incluye novelas, cuentos, libros de memorias, ensayos y artículos culturales. Actualmente la editorial Nueva Imagen está recogiéndola bajo el título Obras completas de René Avilés Fabila, a la fecha, van catorce tomos. Ha ganado varios reconocimientos literarios y periodísticos, destacan, el Premio Nacional de Periodismo en la rama cultural y el Premio Colima al mejor libro publicado . Para sobrevivir es profesor de tiempo completo en la UAM-X y de asignatura en la UNAM. En las dos instituciones, lo es en la carrera de Comunicación.

agosto 27, 2006

PERIODISMO

René Avilés Fabila escribe todos los domingos en el periódico de circulación nacional Excélsior y en el semanario Siempre!
Consúltalos

agosto 26, 2006

AVILÉS FABILA Y LA CULTURA

La obstinada vocación del cuentista
René Avilés Fabila

Se dice y con razón que el cuento es el género más difícil. Algunos críticos han señalado que William Faulkner, por ejemplo, se consideraba a sí mismo un cuentista frustrado o un autor que al menos sabía valorar en su amplia dimensión al relato breve y algo parecido se cuenta en relación al novelista Ernest Hemingway, tan necesitado de grandes espacios para contar sus historias. No deja de ser interesante que ambos hayan logrado la perfección con relatos cortos. El segundo con El viejo y el mar, el primero con Miss Zhilphia Gant. Pero quizá sea necesario ir por partes. Un buen cuento puede ser alcanzado con relativa facilidad, sólo es necesario pulirlo una y otra vez hasta obtener algo notable. Lo realmente complejo es integrar un volumen de cuentos de sostenida calidad. El gran libro de historias breves tiene que estar conformado por siete, nueve o doce muy buenas historias enmarcadas cada una por una excelente estructura y una atmósfera semejante. De tal forma, Borges escribió, digamos, Historia universal de la infamia, Torri De fusilamientos, Arreola Confabulario, Rulfo El llano en llamas y Cortázar Bestiario. He aquí lo realmente difícil: crear un libro de cuentos. Mientras que en la novela, el género rey para muchos, se tiene un puñado de personajes y una historia, acaso dos o tres, en el tomo de cuentos hay diez o trece historias y una estructura para cada una de ellas. Es necesario conservar elementos que unan las historias, aires y ambientaciones, temas y tratamientos. De otro modo, no estamos en presencia de un gran cuentista. Es un escritor que se ha limitado a poner cuentos de diferentes subgéneros: uno policiaco, otro de ciencia-ficción y uno más de amor. En cambio, el que ha sabido trabajar con rigor y vocación, logra que haya unidad entre sus relatos. Tal es el gran escritor, el cuentista verdadero.


¿Cuentos o textos?
René Avilés Fabila

En los tiempos actuales, escribo en 2005, los géneros literarios y los periodísticos se han mezclado entre sí mismos y entre ambos con una especial intención: buscar la novedad, la originalidad y una mayor riqueza. En periodismo, la crónica y el reportaje se han enriquecido con la presencia de la prosa narrativa. De ella toma la belleza, pero no así la ficción, lo que caracteriza a la novela, al cuento y a la poesía. Los trabajos literarios buscan mayor eficacia expresiva. Por ello el cuento tradicional se ha resquebrado al aceptar en su interior desarrollos ensayísticos, párrafos de prosa poética, supresión de diálogos o el monólogo interior como salida al relato habituado a contar en tercera persona o en un yo muy visible. A veces, hay que aceptarlo, el cuento carece de imágenes y metáforas, algo que en siglos pasados se utilizó con frecuencia, entonces de pronto uno siente la presencia del artículo periodístico, de un anuncio redactado para atraer compradores y clientes o de una historia que alguien urdió para terminar sus días en las páginas de un diario o revista. O se trata de una simple y llana descripción, con frecuencia zoológica. O de una biografía inventada, como en el caso de Marcel Schwob, cuya benéfica influencia es visible en Borges. ¿Cómo llamar a este tipo de trabajo? Juan José Arreola solía calificarlo como texto o le decía varia invención. El caso es que ahora es difícil clasificar una historia. Ya no es la extensión lo que permite la precisión: de tantas páginas en adelante, es una novela, decían los “especialistas”. Pero y ¿dónde quedaba el relato que superaba las cincuenta páginas destinadas para ser novela o la historia de una línea, dónde? Lo importante de la literatura es escribir bien, la clasificación vendrá después, es parte del trabajo de los críticos. Yo, en las siguientes páginas, no me he propuesto sino contar todo aquello que se me ocurrió, a veces como un ejercicio de literatura automática, otras como un acabado producto de la conciencia literaria y la reflexión y siempre bajo el influjo de los libros. No sé si llamarlos cuentos, croniquillas, o de plano entrar en toda la terminología de reciente cuño como brevicuentos, minificciones o minirrelatos; los míos son textos, frases, bromas, ensayos, historias apócrifas, variaciones sobre temas universales, cuentos embozados, varia invención, y como tal espero su lectura sin buscarles definición alguna a no ser la de literatura.


¿Qué es la ciencia-ficción?
René Avilés Fabila

A Clemencia Fabila Hernández, quien siempre disfrutó los viajes espaciales

La ciencia-ficción (término que ha quedado pese a las objeciones de ciertos puristas del idioma que en su lugar proponen cosas detestables como fantaciencia) es ya una literatura aceptada mundialmente. No es una forma de evasión ni una literatura menor. Se trata de un género tan valioso como cualquier otro. Sin embargo, todavía persisten las confusiones. David Pringle, en un libro interesante, Ciencia-ficción. Las 100 mejores novelas, separa o distingue lo popular de lo artístico. Señala que para muchas personas, no necesariamente lectoras, la ciencia-ficción significa películas como La guerra de las galaxias, E. T. y Superman. Asimismo significa tiras cómicas, series radiofónicas y televisivas, como Guía del autoestopista galáctico y Star Trek, respectivamente, del mismo modo que juegos de computadoras o hasta publicidad. Para este autor, todo ello es parte de la cultura pop. La verdadera ciencia-ficción es aquélla que se hunde en raíces muy artísticas: Verne, Wells y Bradbury, digamos. O antes, con casos como el de Cyrano de Bergerac, quien escribiera hace unos dos siglos obras sobre los imperios del Sol y la Luna. David Pringle, en su apoyo, trae una definición propia: “Ciencia-ficción es una forma narrativa fantástica que explota las perspectivas imaginativas de la ciencia moderna”. Es sin duda un acierto. Más, me lo parece, es separar la cultura popular de manifestaciones más elaboradas y sin duda más profundas porque ellas no sólo intentan divertir o entretener, pretenden esclarecer fenómenos profundamente humanos a través de las posibilidades infinitas que la fantasía concede. Por desgracia, el mundo de hoy nos lo explica de forma deficiente utilizando una cinematografía llena de trucos tecnológicos, mucha violencia, poco talento y una capacidad destructiva infinita. Sin aliento poético y carente de sensibilidad artística, el único propósito es atraer a una masa de espectadores somnolientos y sin mucha cultura, vestida a la usanza yanqui, que consume hasta la saciedad refrescos de cola y palomitas por toneladas.



Elena Garro: la historia como ficción
René Avilés Fabila

Dicen que la historia es una ciencia. Tengo serias dudas. Por siglos dieron como válidas las afirmaciones de Herodoto sobre el ave Roc y en la Crónica de Bernal Díaz del Castillo se habla de ángeles que ayudaron a los españoles a combatir a los aztecas. Juárez no es el mismo visto por Bulnes que por Pérez Martínez o Ralph Roeder. Mis inquietudes sobre la respetabilidad de doña Historia se confirmaron luego de la asombrosa polémica sobre Elena Garro y sus supuestos servicios al espionaje. Mueve a risa. A Elena la vi por primera vez alrededor de 1964, en la embajada cubana: discutía sobre la validez de la revolución que había arrancado poco antes en la Isla. Me llamó más la atención su belleza que el escepticismo que mostraba la enorme escritora ante la hazaña política. Conmigo estaba Parménides García Saldaña. Tiempo después comenzó mi amistad con Elena Garro y Helena Paz. En París las busqué y si antes la literatura de la madre me había atrapado irremediablemente, ahora su personalidad y cordialidad me dejaron muy impresionado. Había leído miles de libros y no trataba de hacerse pasar por una mujer profundamente intelectual. Su voz era dulce, suave. Atrás, al menos eso parecía, habían quedado las persecuciones de Díaz Ordaz y las acusaciones de los intelectuales "progresistas" de ser una "soplona" durante el 68. ¿Delatar qué o a quiénes? Los líderes estudiantiles de sobra eran visibles. Recuerdo que el ingenioso Monsiváis la llamó "la cantante del año" y que muchos otros intelectuales que han servido al PRI, luego al PAN y ahora al PRD, la rechazaban. ¿Qué información tuvo Elena? El gobierno tenía datos sobre todo de intelectuales. Su necesidad de lucimiento los hacía figurar. Eran visibles. La inmensa mayoría (quitemos a los de cajón: Siqueiros, Rivera, Frida, Revueltas, Juan de la Cabada…), carece de ideología revolucionaria. Estaban con el movimiento de 68 por publicidad, no por convicción ideológica; algunos buscaban escribir crónicas consagratorias. ¿Qué documentos revolucionaros redactaron? ¿Cuántos tomaron las armas? Emilio Carballido, José María Fernández Unsaín, Rosario, mi esposa, y yo hicimos gestiones para que las dos Elenas regresaran a México. Pensábamos que aquí podríamos ayudarlas mejor. Error. Fueron asediadas por personas inescrupulosas que les pedían materiales literarios a bajo costo o que las utilizaban para pergeñar libros morbosos. No abundan, por cierto, los estudios inteligentes sobre la literatura de Elena Garro. Las recibimos Fernández Unsaín y yo en Guadalajara. En Monterrey se incorporaron Emmanuel Carballo y Beatriz Espejo. Fue un momento emotivo: la mejor escritora que ha dado México estaba nuevamente entre los suyos y en apariencia a salvo de intrigas y bajezas. Insisto: fue un error y así lo escribí hace poco en La Jornada. En París hubieran estado mejor, lejos de la inmundicia que les ha dado su patria. Ahora resulta que Elena Garro era la versión mexicana de Mata Hari. Espiaba a Díaz Ordaz, a los estudiantes, a Octavio Paz, le servía a la CIA y estaba en lucha contra la Unión Soviética. Fue espía doble y tenía licencia para matar; gracias a ello conspiró con Oswald para asesinar a Kennedy. ¿De verdad alguien creerá en esos documentos? No obstante, las grandes confusiones ideológicas y sus miedos fueron sus peores enemigos. Octavio Paz la quería lejos y su amistad con Carlos Madrazo era un peligro real para el sistema. La represión de Díaz Ordaz la orilló a huir e iniciar su calvario: una espía no pide limosna en Madrid. Elena Garro no era de gran fortaleza política, había mezclado su fe católica con el anticomunismo. Veía a los campesinos como las grandes víctimas y al comunismo soviético como una amenaza. Díaz Ordaz tenía que buscar responsables de uno y otro signo para exculparse de la matanza de 68 y ella era perfecta: estaba en medio de dos fuegos y ambos la acribillaron. No quedó bien con ninguno. Cuando el ex presidente fue embajador en España y los intelectuales más afamados gritaban ¡Echeverría o el fascismo!, Garro se presentó y le reclamó su destierro. DO le dijo: Necesitaba culpables y a usted le tocó. Los aduladores de Paz la acabaron de sepultar. Sus días mexicanos fueron incómodos, en Cuernavaca, en un departamento espantoso, sin aire acondicionado, con escaso dinero, las dos Elenas padecieron enemistades y amigos fingidos. Mientras que su ex marido fue enterrado con honores de jefe de Estado, ella, apenas apareció en los medios acostumbrados a escritores disfrazados de genios. Su nombre sigue provocando envidia y repulsa, las intrigas la rodean, como en vida. Lo que está sucediendo con Elena Garro muestran la falta de seriedad y la confusión existente. Ella no tiene más defensa que su espléndida literatura. Me pregunto, ¿cuántos de los que ahora la miran como la espía que le entregó a los enemigos de la patria la fórmula del Jarritos de tamarindo, han tenido ante sus ojos Los recuerdos del porvenir? Qué pena, ni siquiera muerta descansa en paz.



Música y literatura: El animal moribundo de Philip Roth
René Avilés Fabila

Más complejo que crear las artes ha sido fusionarlas. Se necesitó la llegada del siglo XX para consolidar un medio que pudiera hacerlo: el cinematógrafo. Antes que discutir si se trata de arte o industria, hay que advertir que tiene posibilidades magníficas para mezclar las artes: la actuación, desde luego, la música, la literatura, la danza, la pintura. Tenemos ejemplos memorables. Cito uno al azar: Luchino Visconti reúne la literatura de Thomas Mann con la música de Mahler. El resultado es Muerte en Venecia. O cuando Stanley Kubrick cita en un filme intenso, Barry Lindon, a la literatura de Thackeray con la música, la actuación y la plasticidad de obras clásicas de la pintura. Pero el cinematógrafo es un ejemplo reciente. Ya antes la ópera decidió unir la actuación y la música con la literatura. Otros fueron más lejos y le sumaron la danza, el ballet. ¿Y la literatura? ¿Qué ha hecho en tal sentido la escritura, una novela, un poema, un cuento? El poeta Rubén Bonifaz Nuño ha dicho que si se sabe bailar y se sabe escuchar música, la posibilidad de hacer un gran poema está a punto de arrancar. El poema tiene musicalidad. ¿Y la prosa narrativa? También, sólo que el ritmo, las cadencias y el tiempo, son distintos. El poema tiene, entre otras, la posibilidad del ritmo consonante o asonante. En la prosa ello resulta cacofónico. Hay que evitar toda clase de rimas, de tal suerte que la musicalidad de la palabra escrita tiene que ser buscada en la puntuación y en los sonidos que produce una esdrújula o una aguda, en la hábil utilización de los gerundios o en adjetivos que le den fuerza al sustantivo. Sólo que no se trata de hacer un análisis interno de la novela, que con frecuencia está construida como sinfonía, tiene momentos de mucha intensidad (allegros) o de suave delicadeza (adagios). Se escribe buscando subir y descender. El final es por regla general maestoso. No, la idea es ver cómo los escritores han usado la música dentro de sus novelas y cuentos. En México lo hizo Agustín Yánez con su obra La creación. Allí está un compositor que trabaja con sonidos invisibles, que ninguno de nosotros podrá escuchar, sólo imaginarlos. A su vez, el cubano Alejo Carpentier escribió novelas donde, como en La consagración de la primavera y Concierto barroco, hay que tener conocimientos de música culta y de música popular como el jazz para entender las citas de Louis Armstrong, Vivaldi o Stravinski. Más aún, Carpentier bromeó con la música al pedir a sus lectores que leyeran tal o cual obra suya mientras escuchan una pieza musical. Pero no sólo la literatura ha enriquecido a la música. También la historia para que Jhachaturian escribiera el notable ballet Espartaco o, antes, la Biblia que le permitió a Saint-Saëns crear la bella ópera Sansón y Dalila. Lo que nos queda muy claro es que de pronto el músico halla inspiración en el texto literario o histórico. Shakespeare le dio su Romeo y Julieta a Tchaikosvski, Berlioz y a Prokofiev. Pero al contrario, ¿cómo enriquece la música a la obra literaria? D. H. Lawrence escribió un ensayo llamado “Haciendo el amor con música”. En dicho trabajo afirma lo siguiente: “El hombre debe hacer el amor con música y a la mujer debe hacérsele el amor así, con acompañamiento de cuerdas y saxófono”. En algún libro mío, tal vez en Recordanzas, desconfío de la aseveración no sin antes recordar que una vez en París, en la Maison des étudiants portugais de la Cité Université, un tipo salió a medianoche, casi desnudo, solicitando un tocadiscos pues necesitaba hacer el amor y para ello requería de la música. A mí me pareció una aberración, una ofensa para la música. Hacer el amor es un arte, la música lo es en mayor medida. Entonces dos artes no pueden ser conjuntadas fácilmente. Por regla general, requieren ser ejecutadas diferenciadamente. Nadie haría el amor en una sala de conciertos o metería a un hotel de paso a un conjunto de cámara, salvo que le guste el voyerismo, del mismo modo que ningún solista interpretaría un concierto de Rachmaninof mientras hace el amor. En consecuencia, me permito disentir de la aseveración del célebre novelista inglés, que contiene, como mi respuesta, un tono de broma. No sé si reunir en un libro a la música y a las palabras tendrá sentido para un crítico literario de corte académico; para mí lo tiene. Yo he pasado tanto tiempo leyendo como escuchando música. Mi padre escribió una novela, Leonora (sobre su hija muerta prematura e injustamente), pensando en una sinfonía: cada capítulo es un movimiento musical y en lugar de prólogo, le puso una obertura. Imagino que pensaba en Beethoven, pues su hija llevaba nombre de obra beethoveniana. Pero por ahora vayamos al campo internacional, a la literatura norteamericana, tan exitosa en los siglos XIX, XX y principios del XXI. Veamos una novela reciente: El animal moribundo de Philip Roth. Este escritor nació en New Jersey en 1933. Fue por años profesor de literatura inglesa. Pero la fama le ha llegado no como académico sino como novelista. Quizá El lamento de Portnoy sea su obra más famosa, pero ninguna de las escritas por él ha pasado ignorada por la crítica y el éxito. Ha conquistado grandes premios norteamericanos, entre ellos el Pulitzer, un galardón de hecho consagratorio que en su momento obtuvieron Hemingway, Faulkner y Truman Capote. La fascinante novela, El animal moribundo, cuenta la vida amorosa de un viejo profesor. La historia puntual de sus amores, en particular de uno, el que ha sacudido sus sentimientos y pasiones más que otros. Cualquiera que haya dado clases en una universidad sabe las posibilidades de que una joven se enamore de sus conocimientos o de su obra o de su personalidad o de todo ello junto. Además, el profesor de literatura de Roth tiene una cualidad más: es un apasionado de la música y un aceptable pianista, cuya pasión es interpretar las sonatas de Beethoven. El maestro de literatura es soltero, divorciado, y tiene tácticas de combate amoroso que resultan, para la mentalidad norteamericana, avanzadas. Por ejemplo, no se vincula con las mujeres sino hasta el final de sus estudios para evitar la acusación de acoso sexual. Como amante es insuperable, su experiencia y su capacidad de aceptar lo novedoso, lo diferente, lo hacen un hombre sumamente atractivo a los ojos de las jóvenes estudiantes. El centro de acción, entonces, no es la universidad, sino su propia casa a donde suele llevar a las jóvenes para hacer el amor. Allí despliega su cultura y sus conocimientos musicales. “Fuimos a mi piso y ella me pidió que pusiera música. En general, le ponía música fácil. Tríos de Haydn, la Ofrenda musical, movimientos dinámicos de las sinfonías de Beethoven, adagios de Brahms. Le gustaba en especial la Séptima de Beethoven, y en veladas sucesivas cedía en ocasiones al impulso irresistible de levantarse y mover los brazos juguetonamente, como si ella y no Berstein estuviera al frente de los músicos.” En otro momento, Roth cuenta: “En ocasiones, como lo hice aquella noche, le ponía un quinteto de Dvorák, una música electrizante, bastante fácil de reconocer y comprender. A ella le gustaba que tocara el piano, eso creaba una atmósfera romántica y seductora que le agradaba, así que satisfacía su deseo. Los preludios de Chopin más sencillos, algunos de los Moments musicaux. Ciertos movimientos de sonatas.” En realidad, los conocimientos musicales en la obra, tienen un sentido literario: conducen al amor. Se trata, en principio, de una obra erótica, totalmente salpicada y enriquecida por la música. Y si uno es capaz de imaginar el departamento en penumbra del profesor David Kepesh, lleno de libros y obras de arte y allí la pareja escuchando a Mozart, la obra podrá ser disfrutada con más intensidad. Dentro de todo este contexto, Roth insiste en los aspectos musicales, va más allá y dice, cuando está ante una obra más compleja: “Toco algunas piezas muy difíciles. Intermezzi de Brahms. Schumann. Un arduo preludio de Chopin. Practico un fragmento muy complicado y sigo sin tocarlo bien, pero trabajo en ella. Cuando le digo a mi profesora, exasperado: ‘No puedo hacerlo bien. ¿Cómo resuelve usted este problema?’, ella me responde: ‘Tóquelo mil veces’.” Como es posible ver a simple vista, la música en este libro no está como adorno, tiene un sitio profundo, le da un sentido a la vida del profesor de literatura. Ama a la música y aunque sabe que no tocará profesionalmente, comparte sus conocimientos con sus amantes. Uno supone que así fue siempre y no sólo con la hermosa Consuelo Castillo, una joven de origen cubano. La obra está concebida como novela de amor, pero las historias que allí son contadas están rodeadas de elementos musicales, lo que significa que son importantes en el libro, que el autor lo concibió de esa forma, para leerlo imaginando también las notas de Chopin o de Schumann dentro de las páginas. He podido ver que la crítica hace énfasis en la parte erótica; que sus momentos, por cierto más logrados, capturan la atención de los lectores críticos, pero si uno hace el esfuerzo por escuchar la música citada, la novela adquiere una mayor profundidad y crece, se hace más rica la lectura. No sólo se trata de un viejo recordando sus pasiones, sino que ese hombre y las mujeres jóvenes que lo amaron aumentan en dimensión y estatura. El animal moribundo tiene una peculiar concepción, la audacia de vincular el amor y el sexo con la literatura y la música y es un logro y una aportación de Roth. No es lo esencial, quizá no era una meta que se había propuesto el autor, que quería contar una historia de amor pasión con Consuelo, pero las exigencias de la escritura llevaron la historia a un punto donde era necesaria la intervención de la música, sin ella no hay amor posible. La novela hubiera perdido fuerza por más que las partes eróticas lograran conmover al lector.



Oscar Wilde, el conversador luminoso, el cuentista oral
René Avilés Fabila

Para muchos el mejor Oscar Wilde era el oral, por relatos de quienes lo conocieron sabemos que su conversación era brillante, aguda e imaginativa. Cuentan que solía deslumbrar a sus escuchas. Entre nosotros, habrá que recordar a Juan José Arreola y antes a Salvador Novo. Wilde gustaba de exponer historias, fábulas y cuentos, con frecuencia variaciones de temas conocidos y de relatos que transformaba o invertía. André Gide, en un libro memorable, Oscar Wilde, cuya traducción y prólogo se deben al poeta Marco Antonio Campos, relata algunas de sus conversaciones, las que, con rigor, eran monólogos donde el escritor irlandés iluminaba a sus amigos y admiradores. Con algo de esfuerzo se podrían recuperar algunos de estos “textos” y de tal forma aumentar su bibliografía. Quedaría, sin embargo, la duda de algo fundamental: ¿qué tanto los herederos de aquellas conversaciones prodigiosas nos darían la esencia del Wilde oral? “Wilde, dice el novelista francés luego de conocerlo en París, no conversaba: contaba”. Durante casi toda la cena, no paró de contar. Contaba dulce, lentamente; su voz era maravillosa”. Hubiera sido magnífico tener una grabadora y conservar su voz educada y sus portentosas historias. Por lo pronto, a reserva de alguna vez volver al tema con mayor intensidad, me permito transcribir una de esas historias (“El discípulo”) conservada por la memoria de Gide en la versión castellana de Campos.
“Terminada la cena, salimos. Al ver que mis dos amigos caminaban juntos, Wilde me llevó aparte:
-Usted escucha con los ojos -dijo de pronto-; por eso le voy a contar una historia.
“Cuando Narciso murió, las flores de los campos estaban desoladas y pidieron al río unas gotas de agua para llorar.
-¡Oh!, respondió el río, aun si todas mis gotas de agua fueran lágrimas, no tendría suficientes para llorar a Narciso. Cómo lo amaba.
-¡Oh!, retomaron las flores de los campos, ¿cómo no podrías haberlo amado? Era hermoso. -¿Hermoso?, preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú lo sabes?, dijeron las flores. Cada vez que se inclinaba en la orilla, miraba en tus aguas su belleza...
Wilde se detuvo un instante.
-Si yo lo amaba, respondió el río, era porque cuando se inclinaba sobre mis aguas veía el reflejo de mis aguas en sus ojos.”

Sebastián: en busca de la belleza perdida
René Avilés Fabila

México y el resto del mundo se han ido poblando con los sueños y las fantasías de Sebastián, con un arte poderoso de grandes dimensiones, un violento colorido y una fuerza expresiva capaz de sacudir a las más diversas opiniones estéticas. De la Ciudad de México a Chihuahua y Guadalajara y de allí a Japón y Francia. Las urbes y sus accesos se rodean de esculturas metálicas que no sólo decoran sino que simbolizan o representan el lugar que las tiene.

Dentro de las concepciones artísticas de Sebastián todo es monumental, lleno de magia e imaginación. El reconocimiento nacional e internacional es pleno y las constancias de críticos agudos redondean la imagen y el trabajo del escultor. Su arte es múltiple y sus concepciones enriquecen no sólo a la escultórica sino también a arquitectos, urbanistas y en general a todos aquellos que saben de la importancia del arte en metrópolis complejas, que han prescindido de la vegetación y de obras donde la mirada pueda reposar. Así, por ejemplo, en la Ciudad de México, La cabeza de caballo, popularmente llamada El caballito, desde muchos ángulos es un respiro estético: el fastidio de la grisura, la contaminación y un movimiento espectacular de vehículos, no permite ya más que el arte propuesto por Sebastián. Formas colosales, apoyadas en colores llamativos y estratégicamente colocadas en puntos visibles desde diversos sitios.

Los orígenes de Sebastián son diversos y posibles de rastrear: sin orden cronológico, Matías Goeritz, el arte cinético, los grandes espacios de su natal Chihuahua, Henry Moore, los muralistas como Rivera, Siqueiros y Orozco, Leonardo y Miguel Ángel, la geometría y, por qué no, el arte prehispánico que edificó enormes pirámides, triángulos, y en general buscó grandes figuras y muros colosales. Sin embargo, sus constantes propuestas hacen de él un artista complejo al que hay que descubrir y redescubrir constantemente. De allí la necesidad de apelar a la crítica y a los que se interesan por analizar el arte. Para conocer los pasos de Sebastián, tan de siete leguas como tan intensos. Cada uno de ellos es una nueva concepción estética. Lo he visto proyectar y trabajar, hacer la maqueta y revisar las descomunales piezas que van a formar parte del rompecabezas. Los ingenieros le dicen que esa estructura no resistirá el peso y la altura. Sebastián les explica las razones tácticas e imaginativas por las cuales no sólo lo soportará, sino será inmune a todas aquellas pruebas que el tiempo y la naturaleza le propongan.

Para mejor analizar este tipo de arte, hay un libro (no hace mucho publicado) cuyo título es Sebastián ante la crítica, segundo volumen, donde hay desde opiniones de expertos y críticos de arte hasta poemas de admiración y materiales periodísticos, aparece una opinión que me interesa destacar: es la de Matías Carvajal, un joven artista múltiple que por añadidura ha podido aprender de cerca el arte de Sebastián porque es su hijo. En algún momento de su trabajo precisa: “Este hombre que vuela y hace esas magias, no se considera un prestidigitador, incluso le enoja que le digan que sus cajas son como de mago, él es un científico, matemático, geómetra e ingeniero, que aplica con una intuición poco común las leyes de la física, las normas de la cristalografía y la topología, para dar forma a sus creaciones misteriosas.” Se podrían añadir otras cosas, pero baste por ahora señalar que Sebastián no es un artista que se limita a repetir sus éxitos y aciertos, va más lejos y está en constante renovación: para ello busca materiales y experimenta, recurre a la naturaleza y hace esculturas vivas, regresa a las telas o al papel para dar forma a expresiones si es cierto que resultan más tradicionales, él les encuentra nuevos tratamientos que no excluyen las fuerza expresiva de los dedos o las plumas convencionales. Es, pues, un artista completo, inquieto, subyugante, que avanza y busca, explora y experimenta.

Sebastián es seguramente más visto y admirado que estudiado. Sus obras colosales, su trabajo prodigioso, requieren reflexiones y análisis complejos. Hay libros que tienen como objetivo explicar el arte del escultor, una tarea que no sólo es parte de la plástica, lo es también del urbanismo, de la necesidad de modificar ciudades que han ido perdiendo palacios y vegetación, ríos y lagos y que no han sido capaces de sustituir la pérdida, el paraíso que fue quedando atrás merced a la capacidad destructora del ser humano. Hoy una obra de mediano tamaño es inútil para decorar una urbe, aquella que puede llenar una sala de museo, es insuficiente para que una ciudad recupere belleza o modifique su apariencia y evite la fealdad y la monotonía. Tenemos, por fortuna, artistas, críticos y escritores que analizan y hablan de Sebastián, cuya visión va más allá de la simple idea de enriquecer la sala de un coleccionista, su postura está llena de coraje y audacia y piensa en sustituir la belleza sustraída a través de esculturas monumentales. Son muchos ya los que escriben sobre Sebastián, autores tan diversos y de diferentes sitios del planeta como Andrés de Luna, Víctor Hugo Rascón Banda, Carlos Montemayor, Ignacio Solares, J. J. Beljon, Andrés Henestrosa, Jorge Ruiz Dueñas, Beatriz Espejo, Arturo Rico Bovio, Mario Arras, José Luis Martínez, Blanca Chacel, Roberto Vallarino, Misayoshi Homma, Griselda Álvarez, Carmen Hernán Lazo, Dionicio Morales, Emilio Carballido, Ricardo Rocha, Paco Ignacio Taibo I, Joaquín Peón Escalante, Roberto Bañuelas, María Guadalupe Goenaga Cassy, Francisco Calva, Edmundo Domínguez Aragonés, Eduardo Matos Moctezuma, Agustín Basave Benítez, Octavio Bajonero Gil. Lo hacen desde diversos puntos de vista y todos contribuyen a dar una idea acerca del escultor, quien ha llamado la atención de críticos como Ida Rodríguez Prampolini y de escritores como Carlos Fuentes y en general ha sabido asombrar a mexicanos y extranjeros con sus inmensas y prodigiosas esculturas. Unos son poetas, otros literatos, otros son críticos especializados, y unos más periodistas, Entre todos ellos se logra dar una idea aproximada del gran trabajo del escultor Sebastián, quien saliera de un pequeño pueblo de Chihuahua, Camargo, para convertirse en el más universal de los artistas mexicanos.

Sebastián ha ido colocando puertas en cada uno de los estados de la República: obra que se antoja imposible: desde que uno se acerca a la ciudad, la obra se advierte: nos anticipa a la urbe y nos la representa. Es el aviso del lugar buscado. El arte da la bienvenida y sabe despedir para dar paso a los recuerdos memorables. “Yo escojo la escultura de Sebastián para entrar a la ciudad”, escribió Carlos Fuentes. En efecto, muchas de las grandes ciudades de México, tienen puertas, Sebastián las ha ido poniendo, lo mismo en las zonas templadas que en las cálidas y en las desérticas. Son un buen punto de referencia y un lugar magnífico para acercarse a la urbe. Así lo vemos en el desierto de Chihuahua o en el clima templado de Aguascalientes. Son el augurio de un feliz encuentro y la despedida de un punto de recuerdos. Son las puertas del cielo. O las del Paraíso, tal como señaló el poeta Dionicio Morales. Sebastián ha experimentado y probado toda suerte de materiales y dimensiones. Desde pequeñas piezas hasta inmensas obras que pueden ser vistas a kilómetros de distancia, desde serigrafías hasta formas geométricas desconcertantes y asombrosas con las que el autor suele jugar ante un auditorio maravillado. He estado en su taller y conmueve e impresiona ver las piezas inmensas que van a ser parte de un rompecabezas de talla insólita y que el artista irá armando para dejar sorprendido al espectador. Su capilla, cuando esté concluida, será sin duda el asombro de los visitantes y un sitio profundamente conmovedor por su belleza, majestuosidad y espiritualidad. Su arte se ha salido de los museos o ellos y las galerías sólo servirán para dar una muestra de una escultórica que mejor puede ser apreciada en calles y parajes de gran tamaño.

Por ahora, muchas ciudades del mundo mejoran su apariencia y se enriquecen con obras de un hombre osado, lleno de coraje y audacia: Sebastián. El artista no ceja en su intento en colocarlas aquí y allá en uno de los esfuerzos estéticos más notables de todos los tiempos, un arte imposible.

agosto 21, 2006

CUENTOS






De sirenas a sirenas


…Sirenas. Eran éstas unas ninfas del mar que
tenían el poder de hechizar con su canto a todo aquel que lo oía; los desgraciados marineros se sentían rresistiblemente a arrojarse al mar y morían.
Thomas Bulfinch




Por años hemos vivido engañados, qué digo años, por siglos. Todos imaginan a las sirenas como afortunados seres mitad mujer y mitad pez. Yo mismo he llegado a visualizarlas de este modo, aunque en momentos albergué la sospecha de que la naturaleza o las deidades hubieran podido hacer una broma pesada al ponerlas al revés de nuestras creencias: del cuello hacia abajo, hermosos cuerpos femeninos y sobre los hombros cabezas de pez con ojos inexpresivos, repugnantes, fríos, y de esta manera lo escribí.

Estamos equivocados, así no eran las sirenas. No como lo propalaron algunos historiadores y poetas. La historia es cambiante y en nada se parece a una ciencia. Mejor dicho, en palabras del erudito Ángel Ma. Garibay: la antigua religión griega no era dogmática “como sucede con religiones elaboradas a un grado superior. Es natural que el pueblo y aun los sabios modificaran a su placer a veces los datos tradicionales.”

La verdad se ha impuesto, como suele suceder, y la teoría, alimentada por algunas ilustraciones en vasijas, murales y, desde luego en textos clásicos, ahora cobra certeza al encontrar una serie de pruebas irrefutables que nos muestran que las sirenas, a pesar de que vivían en los océanos, estaban formadas por un cuerpo de ave y rostro de mujer, en consecuencia, carecían de aletas y en su lugar tenían alas aunque eran incapaces de volar. Los pingüinos y las gaviotas, por citar dos especies de aves, viven cerca del mar, zambulléndose con frecuencia, encontrando un grato placer dentro de las aguas marinas, sin ser plenamente acuáticas. Según imágenes de la Grecia clásica, las sirenas realmente eran seres repugnantes y sólo un enfermo de zoofilia extrema tendría relaciones sexuales con ellas.

Al parecer, a la lujuria masculina le debemos la imagen de una bella y sensual mujer, de cabellos húmedos y ensortijados, con una cola de pez, sobre una roca, en espera de ilusos. El citado Garibay explica que “se les dio el sentido de seres ávidos de experiencias sexuales que por eso intentan atraer a los marinos y pescadores.” Ha sido, pues, una especie de símbolo sexual, pero, si uno se topara con una de ellas, ¿cómo hacerle el amor?

No quedan precisas las razones por las cuales se originó la confusión, pero no hay en nuestros días un libro o filme que al describir a las sirenas no las ofrezcan como mitad mujer, mitad pez. Quizá se deba a que resulta más atractivo un ser así que una simple ave, parecida a las de corral, indigna de aparecer en una historia con características de epopeya, cuyo rostro es de mujer fea. Es más bien ridículo. Pero así eran o son. En Sicilia, en una costa abandonada, han encontrado no sólo una multitud de pruebas pintadas en muros y representadas en desconcertantes esculturas, sino también restos fosilizados de una sirena: huesos de una especie gallinácea con cráneo femenino. Lo indican asimismo las historias en las paredes de un templo recién excavado por los arqueólogos, su función no era la de encantar y matar marinos: se limitaban a ser extraños personajes de diversión teatral: aparecían en los escenarios helénicos y cantaban ante una audiencia que no dejaba de comentar algo irreverente: Cómo era posible que a aquellos seres pequeños y ridículos, grotescos, Zeus les hubiera dado voces tan hermosas.

Las sirenas nacen de la musa Caliope y el dios-río Aqueloo, extraña unión que las engendró. Si hubo irreflexión e incluso perversidad al darles forma, fueron recompensadas con una voz de inmensa dulzura y musicalidad (heredada de su madre) que fue la perdición de muchos marinos que las escucharon cantar. Prueba de ello es el tormentoso retorno de Ulises a Ítaca y el osado viaje de los argonautas en busca del vellocino de oro. En el primer caso, Ulises se salvó al seguir la recomendación de Circe: su tripulación se puso cera en los oídos para evitar el canto de las sirenas, mientras él, fuertemente sujeto al mástil del barco, podía escucharlas. En el segundo, los argonautas evitaron la muerte porque entre ellos iba Orfeo cuya música era más sonora y hermosa que la de las sirenas.

Es posible que muchas muertes de marinos se deban al choque inesperado con la realidad. Si el hombre que se arroja a las aguas saladas tiene la imagen grabada de una hermosa mujer, de pechos magníficos, qué sucede al encontrar una ridícula y grotesca variedad de gallina, cuyos ojos femeninos coquetean con él: no queda más que morir por la aterradora impresión.

Con el tiempo, la historia -que también tiene una concepción estética que defender-, prefirió la versión que muestra a las sirenas sensuales con cola de pez, cuya belleza cautiva a los hombres y permitió la extinción de esas patéticas gallináceas de fascinante voz.


Pigmalión: ni rey ni escultor, simple enamorado
René Avilés Fabila

Pigmalión, como es sabido, fue rey de Chipre. Las crónicas de aquella época narran que era un monarca desobligado con los asuntos de Estado. Prefería esculpir. En cuanto lograba deshacerse de las tareas de gobierno (todas llevadas a cabo con un total desgano) corría a su amplio taller y allí trabajaba con entusiasmo. Personas tan distintas como los historiadores y los literatos coincidían en afirmar que la escultura le absorbía todo el tiempo; en consecuencia, el pueblo pagaba la devoción del rey al arte.

El abandono llegó a ser completo cuando Pigmalión, sintiendo que ninguna mujer lo merecía, decidió esculpir una mujer perfecta. Luego de un intenso trabajo de muchos meses, pudo concluirla. La vio, la acarició y se sintió irremisiblemente enamorado de su creación. Esto es más o menos normal entre los artistas, que de pronto se prendan de sus más acabadas obras. Flaubert, por ejemplo, pasaba las noches pensando sexualmente en Emma Bovary y ninguna otra mujer le gustaba y algo parecido lo ocurría León Tolstoi, enamorado perdido como estaba de su Ana Karenina.

Pigmalión cada día le suprimía un pequeño defecto: mejoraba la sonrisa, los senos, el vientre, los muslos, hasta que Galatea (así la llamó) alcanzó, si esto es posible, la perfección.

Pero Galatea era de mármol. Pigmalión entonces acudió a la diosa Afrodita para que la convirtiera en un ser humano. La deidad cumplió con las desesperadas súplicas del rey. Cuando éste llegó al taller, distante del palacio real y de sus obligaciones como gobernante, la escultura había adquirido vida, había dejado la dureza y frialdad de la distinguida piedra para transformarse en suave carne. De inmediato hicieron el amor y unos cuantos días después, Pigmalión contrajo matrimonio con Galatea. Como es obvio, y así ocurre en algunas historias de amor, fueron muy felices, tanto que no se ocuparon de tener hijos.

Pero mientras que la pareja se entregaba a las delicias del sexo, el reino quedaba en ruinas. La miseria se adueñaba de las familias y los ladrones y saqueadores aprovechaban la ausencia de vigilancia y de leyes para apoderarse de los pocos bienes que quedaban. El mismo palacio fue una y otra vez víctima de los pillos. Un verdadero desastre, hasta que Pigamalión y Galatea fueron desterrados a una isla muy pequeña donde siguen siendo muy felices, plenamente enamorados y distantes de Chipre.





El otro Pigmalión y la otra Galatea

René Avilés Fabila




Pero hubo otro Pigmalión y otra Galatea, ahora gracias al talento de George Bernard Shaw. Esta vez la eterna historia de los enamorados se ve reflejada en un hombre educado y fino y una florista como tal, humilde e ignorante. La historia fue convertida en obra teatral; escrita en Londres entre 1912 y 1913, ha sido representada siempre con gran éxito. La cinematografía la hizo más célebre aún merced a una versión musical, My Fair Lady, con Audrey Hepburn y Rex Harrison. El personaje masculino central, Henry Higgins, es un especialista en fonética y el femenino, Eliza Doolitle, una jovencita de terribles acentos arrabaleros y un divertido manejo del caló. Se convierten en maestro y alumna y la modesta vendedora callejera resulta una dama culta y distinguida, capaz de ser inmediatamente incorporada a la más refinada sociedad de su tiempo, la difícil época victoriana de Inglaterra.

Nadie alberga muchas dudas sobre las intenciones de Shaw: ser él mismo el modelo del personaje central, sólo él sería capaz de conseguir el milagro de una metamorfosis incomparable, semejante a la del afamado Pigmalión. Pero hay mucho más: el dramaturgo y ensayista no necesitaría del apoyo de Afrodita, su arte lo conseguiría. Sabemos de la imperiosa necesidad que tienen los artistas en ser arrogantes, su necesidad de elogios y reconocimientos puede ser insaciable y digna de piedad, pues se convierten en dueños de una asombrosa y tal vez irritante vanidad. El propio Shaw dice en Hombre y superhombre: “Mis personajes tienen razón desde sus diferentes puntos de vista y, en el momento dramático, sus puntos de vista son también míos.” Así que no hay duda: Pigmalión es él.

Atento lector de Marx (leyó El Capital en 1882 en la misma sala del Museo Británico en que fue escrita la monumental obra), derivó hacia un socialismo menos dramático (al fin Shaw gustaba de la comedia y consecuentemente tenía un desarrollado sentido del humor), el fabiano. Se sabía un dios y trataba de mejorar la obra de un eventual creador: “Es muy posible que Dios haya creado el mundo en broma. Pero, en ese caso, debemos hacer todo lo que podamos para que, por lo menos, sea una buena broma.” Su ironía desconocía límites, solía satirizar, de modo implacable, al mundo que lo rodeaba, aún así, en 1925, el impetuoso y polémico genio recibió el codiciado Premio Nobel de Literatura. Al morir, luego de una buena vida de éxitos artísticos, como una paradoja de los tiempos difíciles que le correspondieron: el surgimiento y muerte del fascismo, dos pavorosas guerras mundiales, el nacimiento del mundo socialista y los procesos de descolonización, sobre su cabecera estaban las fotografías de Stalin y Gandhi.

Finalmente, la Galatea de Shaw se enamora de su creador o artífice, al contrario de la versión original, ya que su Pigmalión se mantiene ajeno a ella y leal al Edipo que lo ha marcado. El espectador descubre aterrado que ahora podrá ser una dama pero lo es a costa de la infelicidad. La nueva versión es contraria al ideal griego y muy distante del escritor de frecuentes combates con el romanticismo: Eliza-Galatea, al contacto con Henry-Pigmalión, deja de ser un personaje de carne y hueso y se convierte en una lady, lo que implica un elevado grado de deshumanización, es decir, se vuelve estatua de mármol.

Como en muchas obras de George Bernard Shaw, no hay final feliz y sí moralejas o enseñanzas contradictorias; un final ambiguo que el espectador, por fortuna, podrá interpretar de diversas maneras. Con la caída del telón, advertimos que la historia es infinita.

Pero centremos la atención en los modernos Pigmalión y Galatea. Si nos atenemos a lo que vemos en 2006 por todo el mundo, surge la inquietud: ¿será posible la existencia de un hombre o una mujer capaz de convertir el plomo en oro, la manta en seda, la estupidez en inteligencia, la maldad en bondad? Estamos llenos de Galateas (hombres y mujeres), todas llenas de supina ignorancia, cretinismo y absoluto desinterés por la educación y la cultura. Pigmalión tendría que ser no solamente un héroe o un superhombre sino una especie de dios o semidiós con poderes suficientes para llevar a cabo la transformación positiva. Con el inicio del nuevo milenio y la globalización capitalista, ha triunfado la vulgaridad y el desprecio por el talento; hoy sólo admiramos a quienes han hecho fortunas descomunales y -no me cansaré de repetirlo- las grandes riquezas únicamente se consiguen al amparo del poder político y en la deshonestidad. Si la propiedad es un robo, como bien decía Proudhomme, es también un acto de profunda deslealtad a la humanidad, la que se ve más afectada en la eterna contradicción entre quienes todo lo tienen y aquellos que apenas sobreviven o consiguen poco por su trabajo. No olvidemos, ello es importante, que la riqueza es antinatural: nació con la propiedad privada y el Estado, cuando los primeros dos o tres listos de la historia decidieron cercar una extensa propiedad y gritar ¡Esto es mío! ante una desconcertada multitud de comunistas primitivos.

Si el primer Pigmalión centraba como objetivo de su vida el amor y el segundo lo veía como una prueba de poderío intelectual, los de hoy sólo piensan en Galateas que brinden la oportunidad de mejorar la hacienda familiar.

La verdadera historia de Sísifo
René Avilés Fabila



La historia de Sísifo no es como aparece en libros de historia y mitología, poetizada. El hecho de subir un enorme peñasco a una alta cima en el Hades, todos los días durante una larga temporada, casi eterna, le dio al héroe una espléndida fortaleza física, músculos poderosos y en general una fuerza brutal que incluía un enfermizo deseo de vencer a toda costa la adversidad. De tal suerte que un día, aburrido del castigo impuesto por Zeus, tomó la roca entre sus manos y la envió con tal furia al Olimpo que mató de un solo golpe a toda la corte celestial. Se dio media vuelta e inició una nueva vida. La última vez que supieron de él, fue en plena época medieval: trabajaba en un circo como hombre fuerte capaz de soportar grandes pesos. La publicidad lo presentaba como el nuevo Hércules o Sansón redivivo. Estaba más o menos satisfecho; por comodidad se había convertido en cristiano y casado con la mujer barbada. Apenas mantenía el recuerdo de Zeus y había olvidado que se llamaba Sísifo.

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