Tantadel

julio 09, 2007

¿Quién mató a Elena Garro?

René Avilés Fabila

El asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui podría ser situado como el trabajo más polémico de ambas. Se trata de la recopilación del periodismo que hizo Elena Garro, allí están los materiales que hicieron de Elena una mujer odiada y temida. México es un país que no resiste la claridad y ella escribía un tipo de periodismo combativo, muy directo, lejos del lenguaje críptico que ha encumbrado a muchos, donde el pan es el pan y el vino, por desgracia, no es otra cosa que vino. La obra está dividida en dos partes. En la primera, Patricia Rosas Lopátegui lleva a cabo un interesante análisis biográfico de la autora. Como dice Elena Poniatowska en el prólogo, es el trabajo de una persona enamorada de su personaje. En la segunda está el inquietante periodismo de Elena Garro, el que hizo con dura agudeza y como maldición a sí misma: de allí nacen los odios, las aversiones y las incomprensiones, porque supo mostrarse con entereza y valor, en un caso poco frecuente en las letras nacionales, donde los intelectuales lo han usado para ser zalameros con el poder y no arriesgar nunca.

Elena Garro comenzó por la danza y nada en ella parecía mostrar a la polémica mujer en que se convertiría poco después merced a un periodismo que la reflejaba con precisión, decidida a no ceder, a cambiar el mundo, a devolverle a los indios el paraíso perdido, a enfrentar a los intelectuales, sus pares, sin importar el costo. Pero Elena no estaba preparada para el ambiente rudo de la política, se había educado para el arte, para escribir soberbias obras de teatro, cuentos de una asombrosa belleza y novelas de rotunda inteligencia. Paz, independientemente de su talento y capacidad poética, era un hombre enamorado del poder, lo vemos desde sus primeros pasos, lo combate para tenerlo, mientras que Elena lo detesta, ve en el Estado la fuente de muchos males. Su concepción de la política es elemental y razonable, cree en lo bueno y en lo justo sin tener una idea exacta de cómo se llega a estos valores supremos. Cae en su propia trampa: un periodismo honesto, crítico y sincero en un país no acostumbrado a él.

El libro tiene todo aquello que Elena Garro destinó a páginas de diarios y revistas. Me llama la atención que su principal crítica y antítesis de lo que afirma con tanta vehemencia Patricia Rosas, sea refutado puntualmente por Elena Poniatowska en el prólogo. En esta introducción hay una crítica sutil y maligna de una Elena a otra, están de nueva cuenta dos Elenas: la que no supo enfrentar al sistema político mexicano y la que lo ha cautivado al grado de recibir cuanto premio y reconocimiento es posible obtener. Es un trabajo curioso pues al tratar de hacer una crítica en apariencia bien fundada, Poniatowska incurre en omisión. Por ejemplo, ironiza la devoción de Garro por Carlos Madrazo y deja de lado la suya por López Obrador. Hay que recordar una idea de Marx: la historia se repite, primero es tragedia, luego farsa. Lo que en Madrazo fue desgracia, infortunio (hombre que enfrentó al sistema con valentía, en aquellos tiempos que no era fácil romper con el poder del PRI, hoy hasta valioso resulta), en el otro, Andrés Manuel López Obrador, es ridícula parodia. Se trata de un demagogo elemental convertido en caudillo merced a golpes baratos de audacia. Ambos son tabasqueños. Madrazo termina sus días en un sospechoso accidente aéreo, fuera del PRI y trabajando en un nuevo partido político para democratizar al país. El otro, hace el ridículo de presentarse como “presidente legítimo” y trabaja para confundir más a una “izquierda” integrada por ex priístas del peor estilo. Cada una tiene, pues, el político que se merece y Paniatowska lleva las cosas al grado ridículo de calificarse como “pejeviejita” y escribir fanáticamente un libro para confirmar la patraña de que AMLO es el “presidente legítimo”.

Por último, Elena Garro es para Elena Poniatowska, tal como esta misma dice en el título de la entrevista que le hiciera, un “recuerdo imborrable”, podríamos decir que incluso es obsesivo. Ambas educadas para ser princesas, una sola lo consiguió, la primera tuvo que abdicar e irse a un largo y doloroso destierro para morir como pordiosera. Elena Poniatowska olvida la autocrítica y acumula el poder que a la otra le negaron.

El libro de Patricia Rosas Lopátegui de nueva cuenta enfrenta a Elena Garro, o más bien a su fantasma, con la realidad mexicana. El país parece mantener una idea distinta de la que Elena vio. Hemos convertido en héroes a simples mortales que con el paso del tiempo se derrumbaron. No es lo mismo ser revolucionario un día que toda la vida. De aquellos que participaron en el 68, sólo José Revueltas, Marcelino Perelló y Roberto Escudero supieron vivir con dignidad y al margen del Estado, pensando en una revolución transformadora. Los demás fueron encontrando acomodo dentro del poder sin importar las siglas que lo representaran.

Mitificado el 68, donde supongo que yo he colaborado con mi novela El gran solitario de Palacio, escrita poco después de la matanza de Tlatelolco, Elena Garro no cabía dentro del panteón oficial. Ella discrepó, no vio a los intelectuales mexicanos como dioses sino como oportunistas. De este modo puso distancia con ellos y jamás la perdonaron. Fueron pocos los que como Emilio Carballido, José María Fernández Unsaín o María Luisa Mendoza siguieron fieles a una amistad que ya tenía espinas. A su vez, ella jamás modificó sus criterios. Elena pudo intuir que acabarían en un avión de redilas rumbo a Buenos Aires apoyando a Luis Echeverría y diciendo a coro con Carlos Fuentes y Fernando Benítez, “Echeverría o el fascismo”. O recibiendo dádivas de personajes funestos o aceptando cargos diplomáticos, becas y premios. ¿Hay que precisar esto último?

En un momento del diálogo entre las dos Elenas, Poniatowska hace una pregunta a la Garro que hubiera merecido más digna formulación: “¿Y tú por qué le tiras tanto a los intelectuales? La respuesta es fulminante: No tienen conciencia de su papel… está mal que renuncien a su papel de conciencia de su país y de su gobierno.

Es posible que sus críticos tengan razón: el periodismo de Elena Garro no es fundamental, dentro de una prosa narrativa deslumbrante y una dramaturgia memorable. Pero su periodismo es combativo y sólo preocupado por sus blancos y objetivos. Elena Garro, en principio, escribe en un momento en que claramente no existe la libertad de expresión, cuando el valor, el coraje, se probaba con la palabra escrita y publicada. Fue un arma que tuvo aciertos notables como sus apasionadas defensas de líderes campesinos de la talla de Rubén Jaramillo o del intelectual guerrillero que trató de ser Regis Debray. Elena Garro ingresó con el diarismo a una realidad brutal y salvaje que pocos intelectuales han conocido y padecido. No estaba preparada y se asustó del cofre que había abierto. Su única salida fue huir con su hija Helena Paz. Sin esa etapa, hoy nadie le objetaría la corona que en rigor le corresponde de ser la mayor escritora de México luego de Sor Juana Inés de la Cruz. En apariencia manchó su vida, y para algunos, seguimos discutiendo su biografía y no sus obras dramáticas y novelas prodigiosas, al margen de toda indicación inteligente, como la estética lo indica y el sentido común de la literatura lo exige.

La idea de que a Elena Garró la mató el sistema no es descabellada, la acosó, la persiguió, se aprovechó de su ingenuidad política. En esta tarea demencial y demoledora (que pude presenciar desde que la vi por vez primera alrededor de 1966 en la embajada cubana en México, más adelante en París y por último de nuevo en México) los intelectuales tuvieron parte de responsabilidad: para que el sistema detonara la granada, alguien tenía que adquirirla. Pero también la propia Elena colaboró, su ingenuidad transformada en paranoia fue decisiva. Ya no importó cuando su reacción la llevó a enfrentar al criminal Díaz Ordaz en España, en donde airada le reclamó el inicio de la persecución, su destino estaba sellado, moriría casi sola, en la pobreza, en un departamento sórdido y miserable, en medio de una ruidosa polémica y sofocada por el dolor gubernamental que produjo el fallecimiento del que era el poeta oficial del régimen: Octavio Paz.

Antes de concluir me hago una pregunta: ¿qué le falta al libro para ser rotundo, perfecto? Un epílogo de la propia Elena Garro.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenas Tardes, es increíble y sublime al mismo tiempo, leer una crítica tan puntual, ácida y realista del papel que algunos intelectuales han decidido tomar, al margen de su propio rol "intelectuales", es decir, perpetuar la ideosincracia de un gobierno decadente o de un sistema derruido, es una farsa del tamaño del mundo,¿por qué el intelectual, continua la tradición, qué ellos no deberían ser los primeros en denunciar?, y si como ud., dice ellos se han vuelto los esbirros del sistema, ¿luego entonces qué nos queda a los demás (el pueblo?.

Permítame felicitarle Sr. Avilés Fabila, por su crítica a esos que se dicen intelectuales,es una pena, que aún en éste siglo que debiera ser una posibilidad de cambio y aventura en el conocimiento (de todo orden), sea la epigrafe de nuestra destrucción como seres humanos y como sociedad............es una pena que Seres Humanos como la Sra. Garro, se haya ahogado en el silencio ominoso del olvido y sólo sean algunos los que verdaderamente estén interesados en rescatar su legado de libertad y Humanismo crítico reflexivo y trascendental.

Anónimo dijo...

Muchas gracias por tan agudo comentario. Debo añadir que el papel del intelectual, al menos eso pienso yo, deber estar del lado de la sociedad y no del poder político o económico. Elena Garro lo entendió y no le fue bien, como le ocurrió a José Revueltas y a Juan de la Cabada. Todos murieron en la miseria. Por defender a los desposeídos sólo encontró incomprensión y una larga persecución del sistema político mexicano y de los propios intelectuales. La mejor manera de recuperar a Elena Garro, de salvarla del olvido donde muchos quieren sepultarla, es sin duda leyendo su portentosa obra literaria. RAF.

Jorge Villarruel dijo...

Habrá que hacer un nuevo recuento de personajes, pero no una aventura de carretera, sino de "intelecto", y cada uno de esos personajes tendrá la voz de denunciante, crítica, reflexiva o de cualquier otro tipo conveniente que le haga falta.

Tuve resistencia en leer a Elena Garro por primera vez, pues sabía de su relación con Octavio Paz, ser al que odio (no me ando con tibiezas), mas cuando cayó en mis manos un paquete de hojas impresas, cuentos de Elena, supe lo que estaba perdiendo a causa de los prejuicios. Hoy he revalorado su obra, y cada que me es posible, un nuevo libro suyo hace crecer mi biblioteca personal.

Saludos.

Lic. Imelda del Socorro Robles Solís dijo...

Gracias al maestro que me hizo conocer la obra de Elena Garro sin lugar a dudas nuestra nueva Sor Juana Inés de la Cruz, sus cuentos, novelas, obras de Teatro, en fin una mujer para recordar,leer y admirar, ese Festival Internacional que lleva su nombre inolvidable.

ALMA LILIA dijo...

Maestro querido:
Leer sus críticas es vivir esos momentos en las aulas de la Facultad de ciencias Políticas y Sociales, cuando nos daba cátedra, mi nombre no le dice nada, pero el suyo se graba en mi memoria y quiero expresarle que siempre me ha parecido un guerrero, un gran escritor y que lo recuerdo porque Tantadel me impulso a escribir y a través de su brillante mirada, la literatura y sus verdaderos pensamientos intelectuales, hacen que miles de nosotros seamos fans y admiradoras de sus talentos.

¡Gracias por existir, maestro!
Alma Lilia Joyner

Anónimo dijo...

¡HOLA!
EN LO PERSONAL QUIERO DECIRLE QUE SU OBRA ME PARECIO EXCELENTE, YA QUE DA UNA CRITICA MUY REALISTA.
EN REALIDAD ES LA PRIMERA VEZ QUE ENTRO A SU PAGINA, PERO REALMENTE QUEDE PARALIZADA ANTE SU FORMA DE ESCRIBIR ESTAS OBRAS.
¡MUCHAS FELICIDADES!
ATT.GUADALUPE ISABEL(ITCA)