Tantadel

noviembre 09, 2007

Pesadilla de una noche de otoño o para documentar la biografía de Carlos Monsiváis



Dedicatoria con sus asegunes

Hace exactamente cuarenta años, en 1967, escribí y publiqué mi primera novela, Los juegos. Qué escándalo. La historia ha sido repetida una y otra vez y yo he procurado esparcirla con audacia y cierto cinismo. En ella, una obra contracultural, critiqué a un grupo destacado de intelectuales, quienes se llamaban a sí mismos La Mafia y aunque eran una suerte de broma pesada para México, tenían un poder que ofendía el desarrollo armónico de la cultura nacional. Es curioso, y quizá Vicente Leñero me lo advirtió, las cosas no han cambiado un ápice. A lo sumo uno o dos de los mafiosos de aquella época (razones naturales) se han muerto de vejez o de inanición literaria. Es decir, nada ha cambiado desde entonces a pesar de que el PRI perdió el control del país, los medios de comunicación lograron hacerse más o menos independientes y los periodistas formados en aquella época oscurantista y represiva pasaron de sumisos a “independientes y rebeldes”, algunos hasta progresistas son hoy. A los intelectuales les sucedió algo semejante y se convirtieron en héroes de una izquierda ilusoria aplaudida por una sociedad en pañales. En esa “mafia” destacaba un hombre un poco mayor que yo, que ya era famoso por haber sido un niño, particularmente arrogante, catedrático y dueño de una memoria sin duda prodigiosa. Era Carlos Monsiváis, heredero de las glorias de todo grupo o persona que aspiraba a ser dueño de México o al menos a tener la razón por encima de todo. Con mi generación, que a pesar de la escasa diferencia de los años, tres o cuatro, no se entendió. Nos miraba con desdén y nosotros nos negamos a recibir sus consejos y directrices. José Agustín le hizo las primeras bromas hirientes no exentas de ingenuidad: “Monsiváis a donde vais ni lo sabéis ni lo buscáis.” Antes esta ironía de carácter infantil, Carlos respondió con fuego de alto calibre: nos desdeñó y, con la ventaja de no tener mayor respuesta (fuimos una generación desunida, a diferencia, por ejemplo, del Crack), precisó que habíamos plebeyizado la literatura. Quizá tenía razón si el punto paradigmático era su propia generación: García Ponce, Gurrola, Pacheco, Arredondo, Melo, Elizondo…, Pero nosotros éramos --guste o no-- un grupo que veía las cosas de manera diferente a aquellos pretenciosos que todavía suponían que Europa era única e irrepetible. Parménides García Saldaña fue el punto extremo. Es verdad, éramos distintos de la generación anterior, pero hay algo peor: fuimos incapaces de ser tan amigos y solidarios como eran y son, por ejemplo Monsiváis y Pacheco. A la fecha, hace un lustro que no veo a mi entrañable José Agustín y cuando algo sé de él es porque está elogiando a otro distante del grupo original, pero me queda una idea suya, una certeza generacional: fuimos incapaces de ser unidos. Hasta donde sé, ninguno de nosotros logramos fumar la pipa de la paz (la mota de la paz). A Carlos Monsiváis que no fuma ni Delicados con filtro, le dedico este trabajo, escrito a cuarenta años de distancia de la primera vez que, según sus amigos, lo “ofendí” o, digo yo, lo critiqué o lo describí. Es un sobreviviente único, cada día que pasa su fama es mayor e imposible de refutar. Me gustaría haber puesto en la página inicial “A Carlos, por lo que ya sabe, total hemos conversado, comido, estado de acuerdo más de una vez y viajado por Europa y Estados Unidos”, pero me limito a dar mi opinión sobre estas cuatro décadas de represión cultural, como diría sor Juana, yo, el peor de todos. Quizá el único que ha sido constante en el rechazo a todo tipo de tiranía, política o cultural y al que no le importaron jamás los riesgos que ello han llevado. El gran poeta Dionicio Morales dijo hace poco como conclusión de una época: si René no hubiera escrito Los juegos, hoy casi sería respetable y tendría un éxito más amplio y muchas menos aversiones. Gulp.


La metáfora


Aquel domingo parecía plácido y hasta promisorio, dejaría de lado la lectura de Fernando Vallejo, para concentrar la atención en diarios y revistas y ver qué ocurría en México. No debí hacerlo. Aquello me enloqueció. Abrí las páginas de El Universal y había dos artículos de Carlos Monsiváis y una entrevista en la que pontificaba sobre la poesía urbana de los aborígenes australianos. En Monitor diario aparecían dos discursos suyos y unas declaraciones sobre Elena Poniatowska: su nueva novela (El tren pasa primero que perdió el Premio Colima y a cambio obtuvo el Rómulo Gallegos, y al recibirlo escuchó la voz bien timbrada y viril de Hugo Chávez cantarle “La Adelita”) es la mejor de todos los tiempos, decía con claridad extraña en su habitual discurso críptico. En La Jornada había un largo ensayo de Monsiváis sobre la generosidad del tequila reposado, prólogo al libro Yo también bebo, México mío. Este trabajo me llamó especialmente la atención porque el tipo es abstemio. Pero el desconcierto fue en aumento cuando abrí las páginas de Proceso y me topé con varias fotos de Carlos para ilustrar un artículo suyo sobre las cabareteras y prostitutas. Pensé: ¿y qué hace allí si en tales sitios ni siquiera conversa con las pobres mujeres las observa como si fueran copias del personaje de Federico Gamboa, Santa? Bueno, recuperé el optimismo, es probable que investigue algo sobre el mundo marginal. No, era algo de corte folklórico, superficial. La revista y el ensayista usaban el ridículo y cursi término sexoservidoras para referirse a las putas. Algo semejante sucedía en El Financiero: estaban dos artículos suyos, una crónica y declaraciones sesudas y llenas “de ingenio y gracia” respecto a la estupidez de la televisión comercial. En otro, en Milenio, brillaba en primera plana una nota que venía de Miami: Carlos discutía en Sábados gigantes con don Francisco acerca del descubrimiento de América (si fue encuentro, choque o invención) y destruía al pobre de Cristóbal Colón por ser el arranque de la leyenda negra de España, el mayor genocidio de la historia que hasta hoy no ha encontrado más juez Garzón que el muy discutido fray Bartolomé de las Casas. Las fotos mostraban al primero con traje y corbata, algo ajeno a su habitual indumentaria descuidada e informal, desaliñada que suele mostrarle a los mexicanos. Me recordó un viejo filme nacional donde Arturo de Córdoba (eso espero) de día pide limosna y de noche vive como aristócrata. En los demás diarios, sólo estaban fotografías suyas con Paulina Rubio, López Obrador, Jorge Volpi, Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, Juan Ramón de la Fuente, Juan Gabriel, Luis Miguel, Sergio Vela, Ronaldo y Gabriel García Márquez, quien acababa de regresar de un bautizo en Toluca. Por cierto, en esa ceremonia religiosa, el cura recibió al bebé con palabras dignas de Marta Sahagún: “Angelito de Dios, ¿sabes en manos de quién has entrado a la sacrosanta iglesia? En las del más grande escritor del mundo, Premio Nóbel, el autor de obras memorables, ¿qué hiciste niño angelical para recibir este premio del Señor?” Gabo para sus amigos y más cercanos seguidores, quien a lo largo de su vida igual se ha retratado con Fidel Castro que con Fidel Velázquez y Fidel Herrera, rezaba, se persignaba con fruición sin preocuparse por el riesgo que significaba soltar al niño que lloraba y sólo quería que lo amamantaran para enseguida dormir lejos de aquel ruido celestial. A su alrededor todos los fieles (invitados o no) aplaudían con discreción (estaban en la casa de Dios) y se aprestaban a retratarse con García Márquez. Supuse que en las abominables secciones de sociales, la celebridad de Portales no aparecería. Me equivoqué: allí estaba Carlos, en unas fotos aparecía develando su propia escultura en Guadalajara, en otras recibía en Santa Fe un sentido homenaje de las damas proletarias de Bosque de las Lomas. ¡Basta!


Prendí el televisor y lo dejé en el canal 22: Carlos Monsiváis hablaba de sus recuerdos universitarios y explicaba las razones por las cuales nunca se tituló a pesar de que su cultura era infinitamente superior a la de sus profesores, luego de pasar por varias carreras en busca del conocimiento absoluto. En verdad eran simpáticas y amenas. Entendí por qué una revista frívola acababa de mencionarlo como uno de los mexicanos más queridos e ingeniosos y no como el arroz de todos los moles que lo mismo habla de los moluscos tuertos del bajío y sus funciones nutricionales que de la fragilidad de los molcajetes de vidrio soplado de Toluca y la posibilidad de las luchas contra el PRI porque le arrebató su juventud al obligar a los centros nocturnos a cerrar a la una de la mañana, todo con sabiduría, profundidad y sentido del humor, que me hizo notar hace muchos años el pintor Mario Orozco Rivera en una reunión política del desaparecido Partido Comunista. Rectifiqué por un instante: ¿y si en realidad no es un entrometido, chismoso y exhibicionista sino un ser ávido de asimilar todo el conocimiento del mundo cuya curiosidad carece de límites? ¿Un hombre del Renacimiento en nuestra época? Deseché esta posibilidad, pues ante todo es un visible descarado vanidoso.


Para mí aquello comenzaba a ser una aberración. Así que cambié de canal y pasé al 11. ¡No! También en esa estación una encantadora periodista le formulaba preguntas al desaliñado Monsi. “Sí, cuando muera, quiero ser incinerado y que mis cenizas sean esparcidas en el California Dancing Club donde tan buenos momentos he pasado”. Mi asombro fue mayor: pero si Carlos no baila ni los ojos. Un dolor de cabeza comenzó a darme molestias, mientras las llamadas de admiradores eufóricos comenzaban a llegar a la televisora del Politécnico. Tenía que acabar con aquella presencia. Imposible: en radio, estaba Carlos haciendo bromas sobre el raterazo Vicente Fox; alternaba sus críticas con palabras de elogio a Elena Poniatowska, López Obrador y Marcelo Ebrard, quien, por cierto, acababa de instituir el “Premio Intergaláctico Elena Poniatowska para novela femenina revolucionaria” con un monto de cien mil dólares. Al concluir anticipó la salida de su próximo libro, un seguro best-seller, en el Fondo de Cultura Económica, Cómo tener el don de la ubicuidad en tres lecciones, con prólogo de ¡Elenita! y epílogo de Gabo.


Desesperado, busqué en internet y encontré una lista de Carlos, todos célebres: Fuentes, Slim, Marx, Peralta, Salinas de Gortari… Hice clic en el primero. Fuentes apareció con su distinción acostumbrada, de traje y corbata azul celeste: hablaba del subcomandante Marcos y precisaba: Tiene “la frescura del lenguaje de Carlos Monsiváis y no la pesadez estructural de Marx”.


¡Suficiente!, me refugié en un sitio donde era imposible que estuviera: en el deporte. Me equivoqué. En el canal de las estrellas el mismísimo Carlos Monsiváis era entrevistado por Hugo Sánchez sobre las posibilidades de que la selección nacional ganara la copa del mundo a disputar en Brasil. Me pareció, a estas alturas, algo natural; pero qué asombro, en el 4 jugaba América contra Guadalajara. El “clásico” de los mexicanos. Lo inaudito era que el centro delantero del segundo equipo, el número 9, que movía con habilidad el balón, era nada menos ni nada más que Monsi. Envainado en el uniforme tradicional de las chivas rayadas, evidente crítico de Televisa, gambeteaba con inteligencia y fuerza: se quitó a dos medios y luego burló a las defensas para pegarle con violencia: ¡¡¡gol!!! La cámara le hizo un close-up al atlético y estilizado goleador mientras que el locutor, que al menos tenía la voz de Carlos, gritaba ¡gol, gol, gol, una computadora para los niños pobres de la escuela primaria “Carlos Monsiváis” de Portales! Un hermoso momento para el deporte de las patadas, explicaba otra voz en off, para la estética viril del futbol (“el juego del hombre”, afirmaba el fallecido Ángel Fernández), la de Elenita, la Poni, como le dicen los que la tratan y admiran o al revés.


Debía estar soñando, aquello era increíble. En vano me puse un cigarrillo encendido en la mano para que el dolor me despertara. Pues nada, sentí el fuego y grité: alucinaba despierto. O quizá grité desconcertado porque la cámara enfocaba al portero del América y éste también era Carlos Monsiváis, en tanto que el jugador número 9 del Guadalajara, de rodillas, se quitaba la casaca y mostraba en su pecho desnudo un letrero que decía: “Princesa Poniatowska, te quiero” pintado con colores verde, blanco y rojo.


En el graderío miles y miles de personas con la cara patética, como de plañidera sin sueldo fijo, de Consuelo Zaizar, la dueña del Fondo de Cultura Económica (y yo que pensé que era una editorial del Estado, hoy más cerrada que en tiempos de Miguel de la Madrid, un ex presidente quien, por cierto, alardeaba su amistad con Monsi), todas vestidas de negro luctuoso, aplaudían imparables y hasta conseguían hacer muecas de felicidad, ya lejana de las penurias de la editorial derechista Jus y amiga cercana de Elba Esther Gordillo, quien todos los días asesina al otrora digno magisterio nacional.


Eso fue la semana pasada, ahora no leo periódicos ni revistas y menos atiendo medios electrónicos, me cuidan dos psiquiatras y sólo duermo un poco con diez ativanes de dos miligramos y siete váliums. En realidad, temo dormir, las pesadillas me muestran al imaginario izquierdista Carlos Monsiváis recibiendo su acostumbrado doctorado honoris causa cada tercer día, alternándolos con Elenita, la que los recibe los días en que su mejor amigo descansa. La Poni, la princesa, una feminista dedicada a elogiar caudillos (Cárdenas, Marcos, López Obrador, Ebrard, Monsiváis, desde luego…, alguien que asimismo ama el poder y el poder le devuelve el amor-pasión a través de todos los reconocimientos que es posible recibir en un sitio que jamás consideró a Elena Garro, una escritora muy superior, a la que Carlos, en el colmo de su sarcasmo para pobres calificó como “la cantante del año” en 1968. Creo que no sería tan complicado hacer un ejercicio de memoria y ver la historia con espíritu crítico: los héroes del 68 terminaron sus días ricos y afamados, los delatados por Elena Garro pasaron por los altos cargos de un Salinas o un Zedillo (Gilberto Guevara Niebla entre ellos, subsecretario de la SEP; nomás me pregunto: dónde están los revolucionarios marxistas: como los maestros de Efraín Huerta, en la cárcel o en el poder, bueno, ya nomás en el poder). Los domingos, según mis horrendos sueños, ambos, en lugar de reposar, recibían premios internacionales. De este modo, a Carlos que en su vida ha escrito un poema, le entregan el Nacional de Poesía o uno de prosa narrativa cuando jamás ha redactado una novela o un cuento o uno de cine (la diosa de ónix dorado) por su espléndido papel de sociedad civil en A pesar del fraude, estoy contigo, Peje admirado de Luis Mandoki. Finalmente tiene la beca a perpetuidad de literatura del Sistema Nacional de Creadores, él que es periodista, sí, agudo, culto, aburrido, ingenioso, críptico, oscuro, demócrata de tiempo completo, pero periodista al fin.


La realidad


Quiero pensar que Monsiváis es una marca registrada y no un ser que ha buscado empeñosamente ser la figura central del México intelectual. Muerto Octavio Paz, quien para ocupar ese lugar, trabajó con intensidad; criticó al poder para hacerlo suyo. Monsiváis ha ocupado el cargo ante el desinterés de Carlos Fuentes en ser el jefe supremo de la cultura del país. Monsi: figura destacada en cada fiesta, cada coctel, cada mesa redonda, cada suplemento cultural, cada encuentro social o literario, político o deportivo, para la mayoría, ajena a las disputas del mundillo intelectual, representa lo preclaro, el no hay dudas, lo inobjetable, él tiene razón absoluta, no hay pillerías en su biografía, tampoco actos de deshonestidad o incapacidad para equivocarse. Elogió (como Elenita) con entusiasmo a Gloria Trevi y luego la dejó sola en medio del escándalo y la cárcel. Esto podría ser una nimiedad, pero hay que observar su inicial y fervorosa adhesión a López Obrador (que fue ampliamente pagada con el Museo del Estanquillo) con su discreto alejamiento una vez que AMLO asumió los riesgos de su demencia. Si Carlos lo dice, es correcto. Los demás están equivocados. Es inaudito caso de dominio y control sobre los medios de comunicación. ¿Quién publicaría una crítica a su poder político e intelectual, quién aceptaría las críticas sin al menos intentar defenderlo con fuerza? Nadie. Nunca el PRI tuvo tal poder. Si se necesita una opinión sobre narcotráfico, él es la voz autorizada y si se requieren palabras sobre los niños mutilados en Afganistán, nadie como él para hablar y despertar la preocupación de los mexicanos que difícilmente ubican a tal país en el mapamundi. Una palabra suya es suficiente para que un filme o una novela se conviertan en obras maestras y sus autores en genios. Qué no he escuchado sobre Carlos desde antes de cumplir veinte años y pensaba entender a la nación: “conciencia de México”, “cronista de la ciudad”, “alma del país”, “intelectual supremo”... Para acabar pronto, y en apretadísima síntesis, no es más que un tirano ilustrado.


Que el hombre que antes de los treinta años escribió su autobiografía prologada por Emmanuel Carballo está sobrevaluado, ni hablar, lo está, pero quién enfrenta el reto de ponerlo en su justa dimensión y decir que no es infalible, que no es Dios, que tampoco es incorruptible, que acepta premios y becas desde siempre, que coquetea con todas las fuerzas políticas y que en ninguna aterriza, jamás se ha comprometido realmente con una doctrina política aunque con muchas ha coqueteado, que sus prólogos son prescindibles, que no siempre tienen sentido, que sus artículos son aburridos o que están equivocados sus análisis por lo regular inocuos ante el poder ilimitado del sistema. Así será porque en efecto posee el don de la ubicuidad y lo mismo está simultáneamente en Radio Fórmula, en Televisa o en el canal 22, o en este o en aquel diario y que en consecuencia nadie se atreve a desafiarlo, ni siquiera sus enemigos que optan por el anonimato o la discreción. El caudillismo es un grave defecto nacional en lo político y en lo intelectual. Nos ha dañado y convertido en estúpidos. Nuestra historia es la de los caudillos, los iluminados, los tiranuelos, los dictadores, los emperadores y las altezas serenísimas, lo mismo en materia política que en las artes. ¿Lo sabrán todos aquellos que abren una sección o suplemento cultural o una galería de arte o un diario y se mueren porque al menos Monsi les preste su nombre, les tome la llamada, acepte una invitación a un restaurante de lujo? La sola posibilidad de contar con la animadversión --el rechazo, la negativa, la descalificación o, peor aún el silencio-- del sabio de Portales, les provoca pavor. No hay retador posible. Nadie correría el riesgo, ni siquiera sus peores enemigos o críticos, el miedo los sobrecoge, los paraliza ante el obvio proceso: primero, al redactar la crítica a Carlos, aparece la autocensura, si ella sólo reduce las palabras críticas, surge, impetuosa, la censura del medio. Quizá no sea el pánico al afamado intelectual sino a la furia de sus admiradores, tan lejos de Dios y tan cerca del PRD. Sus coqueteos con el poder lo confirman como el más fuerte de los intelectuales mexicanos. Algunos escritores han enfrentado a un partido o a un caudillo, él ha tenido la habilidad de quedar bien con todos. Lo que le permite hacer talco al PAN en un discurso de apariencia audaz y al mismo tiempo recibir todos, pero todos, los beneficios del gobierno panista a través del CONACULTA o la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde es el rey cultural y político y los funcionarios se desvelan por atender sus exageradas peticiones. Sólo el máximo caudillo cultural que hemos padecido en México, Octavio Paz, pudo ponerlo en su sitio al calificarlo no como hombre de ideas sino de ocurrencias. Cierto, es chistoso, en mis años universitarios, todos festejaban y repetían sus humoradas, con frecuencia simplonas. Francamente, a veces se acercaba más al bufón de la pequeña burguesía ilustrada que al hombre irónico, incorruptible, tenaz crítico del poder que, por ejemplo, fue José Revueltas o al cordial y simpático revolucionario de siempre llamado Juan de la Cabada.


De apariencia crítico, se ha convertido en censor, en ministro de una novedosa Inquisición: Monsiváis decide quién va a la hoguera y quién se salva. Lo que antes hicieron el grupo Contemporáneos y más adelante la “Mafia” encabezada por Fernando Benítez. Como Paz amó el poder, y como Paz lo obtuvo para beneficiarse él mismo en primer término. Pero, naturalmente, las diferencias son notables. Octavio era un poeta soberbio. Monsiváis no es más que un falso humorista incapaz --regla de oro-- de hacerse una broma a sí mismo. A diferencia de grupos que colectivamente ejercieron la tiranía intelectual como Contemporáneos o “la Mafia” (allí mero Carlos se formó y alcanzó el número suficiente de adulaciones y apoyos que lo pasaron de hijo sobreprotegido a semidiós, exitoso y rico), ahora lo hace una sola persona: de él nace el ninguneo actual o las palabras fervorosas que transforman a un simple mortal en asiduo de las mejores editoriales y los diarios más famosos. Monsiváis aprendió las ventajas del poder, llevado de la mano de sus mentores (como Fernando Benítez, autor de libros memorables como El rey viejo y de obras vergonzosas como Relato de una vida, conversaciones con Carlos Hank González) que lo prepararon para sólo estar en las alturas y desde el cielo despreciar a los mortales). Me sorprende que él, de suyo severo criticón de la corrupción, no vea la suya o la de sus amigos cercanos, que su conducta esté, como observó José Agustín, más del lado fascistoide. Es un hombre aristocrático mal disfrazado de pelado. Fanático de la añeja costumbre nacional de sólo reconocer a los amigos, algo que criticó con dureza Ikram Antaki. Autoritario con sus inferiores, mudo ante los errores de sus escasos pares. Pienso en el libro más reciente de Julio Scherer, La terca memoria: arranca ofendiendo --con el inefable aval de Monsi--, a Gastón García Cantú por un nimio error cometido (la discutible adhesión al canalla Regino Díaz Redondo), sin considerar la portentosa obra de investigación histórica que realizó, a quien en vida ninguno de los dos se atrevió a agredir. Luego, en dos capítulos inauditos, Julio, el impecable e implacable, acepta una camioneta de lujo que le obsequiara el bandido Carlos Hank González; se la queda para no ofender la amistad fraternal, explica. En otra parte ocurre lo mismo con un préstamo concedido por otro afamado pillo priista, Francisco Galindo Ochoa, “hermano querido”, no lo paga para no lastimar el afecto del poderoso funcionario encargado de corromper periodistas. Esto, en cualquier parte del mundo, se llama claramente podredumbre, pero aquí, fiel a la máxima de que si el chayo no te corrompe, acéptalo. Julio mejoró su situación sin perder su condición de justo, el prestigio de ser incorruptible. Ello no le molesta al otro justo, a Monsi, ahora estrechamente vinculados por la descomposición moral de México. Queda algo: Monsiváis escribe dos veces por semana al menos en el diario El Universal, cuyo dueño, Ealy Ortiz, recibe una severa felpa de Julio Scherer en el citado libro de memorias. Esto es, la pureza tiene límites.


Las mafias y los caudillos culturales apenas permiten vislumbrar qué es México literariamente hablando. Si un extranjero se informa sólo a través de los medios de comunicación, inevitablemente tendrá la idea de que somos una nación de cinco o seis escritores a lo sumo, de entre ellos sólo destacan Carlos y Elenita; Fuentes lo hace cuando realiza uno más de sus infortunados comentarios o críticas de orden político. El resto es vivir de sus bien ganadas regalías, en Europa o en Estados Unidos. Carajo, uno comienza a echar de menos a caudillos como Octavio Paz: es verdad, no tenía amigos, eran súbditos, pero al menos el tránsito de república de las letras a monarquía, con rey y aristocracia, se dio con el espaldarazo del Premio Nóbel de literatura y con el reconocimiento artístico a su liderazgo intelectual.


Los riesgos


Supongo que mi vida quedará en riesgo de una agresión física de parte de los admiradores de Monsiváis que, gracias a los medios, no son pocos. Lo mismo que me ha sucedido con López Obrador cuando me atrevo a criticarlo. Una vez acudí a un restaurante afamado y antipático, estaba yo con Griselda Álvarez cuando irrumpió Monsi vestido de mezclilla, sin peinarse y más descuidado que nunca. El capitán lo condujo a una mesa donde ex priistas ya festejaban algo, qué, no sé, tal vez su salida de ese partido siniestro para ingresar a otro: el PRD. Llamé a un mesero y le pregunté quién era aquel personaje que podía entrar sin cumplir las exigencias formales del restaurante (“no aceptamos a nadie que no use traje y corbata”). El tipo me miró con asombro: ¡Cómo, no sabe usted que es el sabio Monsi! No, repuse con falsa ingenuidad cuando lo conozco desde 1960, año en que preguntó por el Califa de Portales, un padrote soberbio y un aguerrido madreador, amigo mío, dizque para escribir su biografía. Pues es una gloria del país y puede entrar como le venga en gana, concluyó con enfado el meserete. Finalmente hace poco, en una conferencia, tuve la osadía de comentar su extraña relación con la Cuba de Fidel Castro y con el más acabado crítico de esa nación, Jorge Castañeda, quien del comunismo pasó a las filas del foxismo. Una señora muy agresiva, como del PRD, me dijo a los gritos que ni me atreviera a tocar a Monsi, “él siempre tiene la razón y usted es un tapete del imperialismo”. No, pos sí.


Me atrevo, con timidez, a preguntarme ya que mi propia respuesta me aterra: ¿en verdad los mexicanos estamos tan urgidos de líderes, caudillos y tiranos de toda índole? De ser positiva la respuesta, sólo me queda comparar, muy nostalgioso, las diferencias entre los caudillos intelectuales del pasado como Lombardo Toledano, Gómez Morín, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Salvador Novo o los que se arriesgaron en el campo de la plástica al decirnos que no había más ruta que la suya como Siqueiros y Rivera con el atroz presente de Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska, tenaces edificadores de sus propios mitos, más adorados y temidos que realmente analizados.


Los resultados


Ojalá que los médicos y enfermeros que me atienden en esta clínica gratuita para pobres de Marcelo Ebrard, que lleva un nombre prestigiado, “Carlos Monsiváis”, se descuiden: pienso fugarme y cambiar de país. Alguien me dijo que en Tanzania nadie conoce a Monsiváis ni a Poniatowska.


Moraleja en forma de interrogante


¿Qué hubiera sido de Carlos Monsiváis si en lugar de nacer en el convulsionado Defe lo hubiera hecho en Suiza, donde no hay miseria ni terremotos ni la policía mata estudiantes, un país sin caudillos, democrático, donde, como bien dijo Orson Wells, en trescientos años de tranquilidad sólo han inventado el reloj cucú, sitio hermoso con lagos y ríos potables que Borges seleccionó para morir porque en su infancia la ausencia de ruido le permitió concentrarse en la lectura, país en el que no hay tragedias y entonces los periodistas se aburren contando calles limpias y tranquilas, sin policías ni ambulantes, lejos de un sistema idiota de partidos como el nuestro? Sería el caudillo del silencio sin temas dramáticos sobre los cuales escribir y deambularía buscando alguna notoriedad por bancos en los que millonarios ladrones de todo el orbe esconden sus fortunas y con una profunda “tristeza reaccionaria” por no ser un mexicano que vive y disfruta sus tragedias nacionales.

www.eluniversal.com.mx/notas/443364.html

23 comentarios:

Anónimo dijo...

Maestro Avilés felicite al gran poeta Dionicio Morales por sus sabios comentarios, =Los Juegos" es su tatuaje en el ámbito cultural.¿ Cuándo la pesadilla de Monsiváis y compañía termine, quién o quiénes serán los ungidos para asumir el reinado? Sí para usted todos son una bola de lambiscones que giran como satélites alrededor de una deidad del Olimpo tan arrogante y prepotente como usted que carece de humildad y nunca valora la amistad. Jairo

Montserrat Moreno dijo...

Es curioso que un texto interesante y sustentado en sus conceptos, provoque no un análisis o una crítica en la solidez de lo dicho o una argumentación en contra, sino un ataque a la personalidad del autor. Es simple subjetividad lo expresado por usted, Sr. Jairo, sin embargo no es difícil imaginar quiénes podrían ser los siguientes caudillos culturales: personas que pueden estar estratégicamente cerca del poder cuando les conviene, sumarse a las masas si hay algún museo de por medio y cuando surja algún problema hacer "la graciosa huida", no porque se deba de estar de acuerdo siempre con las decisiones del líder, sino simplemente porque ya han vendido su alma.
Lástima que se desaproveche la oportunidad del análisis y el debate por una muy cuestionable opinión sobre René Avilés.
Felicidades, René, tu texto es de gran calidad y digno de mejores críticas. Montserrat Moreno

Anónimo dijo...

Uno de los textos de crítica literaria y del actuar humano con mayor valor, agudeza, visión y profundidad que se han escrito es, indudablemente, el que nos presenta René Avilés Fabila.

Cuando se desnuda a un mito artificial se requiere de una gran humildad para reconocer que se ha adorado a una quimera.

Cuando se evidencia lo falso y superfluo de un presunto ícono, es obvio que provoque no uno sino incontables ataques, de todo tipo y laya.

Pero la verdad no tiene precio.

El valor de un verdadero escritor y de un intelectual comprometido radica en la lección y el ejemplo que hoy Avilés Fabila nos muestra: más allá de la publicidad, más allá de la hipnosis que ciertos grupúsculos pretenden imponer, está la luz eterna de la razón y de la inteligencia.

Cada frase así lo muestra este soberbio artículo.

Mi más profunda admiración y respeto a René Avilés Fabila: verdadero hombre y artista, verdadero amigo y maestro, verdadero escritor.

Luisa Montes de Oca Guzmán

Jorge Villarruel dijo...

Siempre he deseado hacerme amigo de Monsiváis, invitarlo al CaFé CaMaLeÓn, tomarnos un café o una cerveza juntos, pasarle el brazo por el cuello y decirle: "Carlos, eres un pendejo".

Al menos, eso ya ha quedado registrado en uno de los delirios literarios a que son tan propenso, y que algún día aparecerá en formato novela corta.

¿Quién dicta la norma? Digo, de que un texto crítico es válido. A mí me gusta insultar simple y llanamente a los que detesto, ¿algún problema? (Digo, para tener a quién mandar al diablo).

Jorge.Ve

Anónimo dijo...

Híjole, qué buen madrazo para nuestras "glorias". Me pregunto, ¿personas como Monsi y Poni serán leídas dentro de cincuenta años o ya sin poder político serán abandonados porlos futuros lectores?

Anónimo dijo...

Una inquietud, señor Avilés. Puedo estar de acuerdo con sus conceptos, pero quién o quiénes le dieron esa excesiva valoración que según usted tiene Monsiváis. ¿Los medios, los partidos políticos, otros intelectuales?

Anónimo dijo...

Estaba yo muy dudoso, tu artículo no acababa de convencerme, aunque sí me divirtió mucho, pero hoy mismo, hace rato, leí la convocatoria del gobierno de Ebrard donde anuncia un premiezote literario que se llama justamente Elena Poniatowska. ¿Lo ganará el "novelista Monsi" o cualquiera otro de sus cuadernos?

Anónimo dijo...

Sí Monsi y la Poni no serán leídos cuando dejen de existir en este mundo, René Avilés Fabila menos cuando termine el culto a su personalidad es un hedonista, patán y él sí tiene su bola de lambiscones cono Jorge, Montserrat, Luisa y otros anónimos que de seguro serán mujeres platillo fuerte de tan venerable escritor, que va hacer RAF cuando por edad INEVITABLEMENTE TERMINE con su principal fuente de inspiración el sexo. Bienvenida la crítica literaria de alto nivel. Nuevamente Jairo

Anónimo dijo...

Ventajas del internet: 1, es posible que el internauta exhiba sus miserias intelectuales; 2, tiene las ventajas del anonimato, es decir, de la cobardía; 3, a pocos, al parecer, le importa la pésima sintaxis y la faltas de ortografía; 3, cualquier pendejo puede comentar lo que sea no importa su ignorancia ni su tendencia a la vulgaridad, al insulto barato. Todo esto sin duda lo reúne el señor Jairo que obsesivamente entra en el blog de Avilés para hacerse notar aunque sea íntimamente. ¿O será un pseudónimo de Monsiváis o quizá un simple lambiszcon? Yo soy alumno de la FES-Acatlán, donde acabo de escuchar una conferencia de René, invitado por mi maestro Óscar de la Borbolla. No en todo estuve de acuerdo con su plática, pero lo escuché arumentar. Podría hacer lo mismo el señor que utiliza el patético nombre de Jairo y que avienta lodo por todos lados sin darse cuenta que está enfrente del ventilador. C.R. P.

Anónimo dijo...

Es fácil insultar cuando sólo se da un nombre -quizá falso- sin apellidos, sin mayor respaldo. Yo firmo con mi nombre y existo en la nómina de una secretaría de estado ¿Tú quién eres, Jairo? ¿Tienes apellidos? ¿Quieres crítica literaria de alto nivel? Pues empieza, argumenta tus insultos, tanto a René como a mí. Ningún adjetivo o frase que yo haya utilizado para describir éste o cualquier otro texto de René Avilés carece de argumentos y cuando te decidas a debatir con nivel, serás bienvenido.
Y un último comentario, si René "inevitablemente termina" es porque un día tuvo un comienzo, ¿tú, cuándo empiezas a existir, "Jairo"?
Montserrat Moreno

Lambiscón Villarruel dijo...

¡SANGRE!

Y mira que justo acabo de subir una nueva entrada, Contra Pscal, el de los Goliardos y Azoth, en mi blog; y fue por recomendación de Bernardo Ruiz.

Conclusión: si te agrada algo, no lo digas; sólo vale la crítica negativa.

Jorge Villarruel.

Israel Pintor dijo...

Buenísimo el artículo, René. Súper marrazos a las princesas. Después de leer los comentarios que anteceden este, no me queda más que escribir: "Pobre, Jairo. Tan lejos de Dios (léase como quiera) y tan cerca de Carlos Mosiváis". Jaja

Anónimo dijo...

El 28 de Noviembre en una Sala Magna de la Universidad Veracruzana Monsiváis recibió el Doctorado Honoris Causa de manos del Gobernador Fidel Herrera Beltrán, el Rector de la UV Arias Lovillo se refirió al escritor galardoneado en femenino, un lapsus mentis inmediatamente corrige era demasiado tarde.
Después RTV(Radio y Televisión de Veracruz)entrevista a la Monsi que lo mismo opina de los procesos de emigración, la venta necesaria de los Tiburones Rojos, la estatua de Fox en Boca del Río, despotrica del Presidente Calderón, alaba al perredismo. Nadie inventa nada sobre este horrendo personaje desaliñado y espantoso nada apetitoso para ninguna mujer menos aun para un buen lector que son muy pocos en nuestro país.
Jairo, Jairo o Palomino Palomino no importa el nombre no solo de sexo vive el hombre o el león cree que todos son de su condición, simplemente su crítica pobre y vulgar jamás podrá manchar la trayectoria de un gran periodista, escritor y mentor cuya herencia cultural y literaria se remonta desde su padre René Avilés Rojas escritor y su abuelo ilustre maestro normalista norveracruzano de Chicontepec Gildardo F. Avilés discipulo del reconocido Enrique C. Rebsamen, así como su madre maestra reconocida en el Distrito Federal Profa. Clemencia Fabila, la pluma fina no la posee cualquiera se cultiva y René Avilés Fabila ha cosechado bastante y eso genera muchas envidias.

L.R.I Imelda del Socorro Robles Solís Docente de Tiempo Completo del Instituto Tecnológico de Cerro Azul, Veracruz.imelda_robles@hotmail.com

Teófilo Huerta Moreno dijo...

Maestro Rene:

Disculpe que utilice este espacio para ahondar en el caso que bien sabe también defiendo a capa y espada y lo grito a los cuatro vientos y me refiero al plagio de José Saramago.
Aquí va una aportación más:

SEALTIEL ALATRISTE , DE CAZADOR A COORDINADOR

Teófilo Huerta Moreno

La Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM debe emanar prestigio, honorabilidad, respeto y credibilidad, pero no así su nuevo titular, un auténtico cazador de letras.
Sealtiel Alatriste al dirigir anteriormente Editorial Alfaguara en México (Santillana), organizó en 1997 junto con el diario Reforma el concurso de cuento triste en el cual obtuve con la narración “La mujer rojinegra” una mención honorífica. A partir de la premiación entablé contacto con la editorial y presenté el resto de mi obra para su evaluación y posible publicación.
Nada sucedió. Posteriormente Sealtiel Alatriste fungió como diplomático en Barcelona con una gran cercanía de las Islas Canarias donde radicaba José Saramago. Casualmente la relación entre los dos escritores se afianzó y no fue nada difícil sustraer de los archivos de la editorial mi cuento “¡Últimas noticias!” para que sirviera de inspiración al afamado Nóbel y desarrollara “Las intermitencias de la muerte”.
No importa si de las moronas de un cuento se obtuvo una rimbombante novela, tampoco si de una escueta redacción se logró una pieza de mérito, el hecho innoble es el haber tomado sin permiso ni crédito alguno, la materia prima para la reescritura.
Tampoco se trata de una mera coincidencia o desarrollo de una idea universal. Existen varias partes sustantivas del cuento que dan lógica al desarrollo de la novela como son:
“No murió nadie ayer”; “en unos de día, en otros de noche”; “nuestros reporteros realizan...una acuciosa investigación en todos los velatorios y hospitales”; “atribuyen la existencia del fenómeno a una variación de la órbita de la Tierra”; “El júbilo era casi general”; “otros intentaron ejercer diferentes actividades, lo mismo que los empleados, gerentes y dueños de velatorios y panteones”; “...sin faltar aquellos encabezados ingeniosos...sumamente llamativos”; “la vuelta a la normalidad y, más que eso, a la naturalidad”; “un trabajador, tras caer desde un piso doce, no se levantó de la acera”. Todas estas frases fueron transformadas en la novela.

José Saramago podrá escudarse en argucias como el cliché, la inter e hipertextualidad, aducir mera inspiración, coincidencia o influencia y sostener que las ideas son universales y esas no se protegen, no obstante el hecho es que la creación es un acto único e individual y basarse en la de otro finalmente constituye un hurto. La novela de Saramago es una obra derivada pero que no puede ser explotada sin la autorización del titular del derecho de la obra primigenia, de acuerdo con el Artículo 78 de la Ley Federal del Derecho de Autor.

Afortunadamente mi cuento “¡Últimas noticias!” dentro del compendio “La segunda muerte y otros cuentos de fúnebre y amorosa hechura” está registrado desde 1986 con el número 8369/86 de la Dirección General del Derecho de Autor hoy INDAUTOR.

A pesar del escenario en que una lucha legal implicaría más de cinco años para demostrar la verdad de mis dichos y otros cuatro años para resarcir los daños inherentes, y también ante las actuales circunstancias de no poder contar hasta ahora con un peritaje literario serio, además obviamente a las limitaciones presupuestarias para la titánica lucha, no se agotan aún los cauces jurídicos y mantengo mi convicción sobre los hechos.

No por sorpresivo el hecho deja de tener veracidad. Mi intención no es el escándalo, el protagonismo, la fama o el dinero. Simplemente elemental justicia.

Ver http://saramagoplagiario.blogspot.com

Teófilo Huerta Moreno dijo...

Maestro:
Y aprovecho para difundir el correo que me hizo llegar Víctor Celorio, otra víctima de la persona de Triste nombre:

estimados Señores: El plagio literario ha sido históricamente raro en todo el mundo. Por esocuando ocurre es tan llamativo. A pesar de esta constancia histórica,es de destacar que en México han ocurrido dos casos muy sonados en losúltimos años. El de Víctor Celorio contra Carlos Fuentes en los noventas,y recientemente el de Teófilo Huerta Moreno contra José Saramago. Pero lomás curioso de esto es que en ambos casos ha estado involucradodirectamente un hombre de mala fama que por donde pasa deja huella negra:me refiero a Sealtiel Alatriste. Veamos: dos escritores mexicanos envían su obra a un concurso, sus obrasson después "fusiladas", y en ambos casos Sealtiel Alatriste terminainvolucrado. ¿Cuáles son las posibilidades estadísticas de que algo así ocurra porcasualidad? Y ahora ese mismo oportunista político y vividor del erario es nombradoCoordinador de Difusión Cultural de la UNAM. ¡Válgame! ¡El lobo a cuidar de las ovejas! ¿Acaso a la comunidad universitaria de México no le preocupa que estoocurra?¿Acaso no existe ni el más mínimo pundonor intelectual, ni el deseo deproteger sus obras?¿Realmente desean que el Coordinador sea un hombre con esos antecedentes? Sobra decir que la reputación de la UNAM quedará seriamente dañada anivel internacional, el presupuesto será utilizado con el mismo criterioque Alatriste utilizó en Barcelona, y los autores mexicanos estaránexpuestos a ser devorados por un hombre cuyos actos hablan más que suspalabras.
Sinceramente
Víctor Celorio 12300 NW 56th AveGainesville, Fl. 32653
On Tue, December 18, 2007 11:02 pm, vmc@instabook.net

Félix Luis Viera dijo...

Estimado René te hago llegar el siguiente artículo por considerarlo de interés para tus lectores, amigos y detractores.

Publicado en la revista virtual: LA PEREGRINA MAGAZINE

Número de primavera 2007


Elena Poniatowska o el candor, en la Feria Internacional del Libro de La Habana
por Félix Luis Viera

La escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska asistió a la pasada Feria Internacional del Libro de la Habana 2007para presentar su novela “Tinísima” –publicada por el Fondo Editorial Casa de las Américas, de Cuba–, que aborda la vida de la destacada artista italiana Tina Modotti.

Algunos de los buenos intelectuales mexicanos se ven por la televisión nacional. Entre ellos, Elena Poniatowska; de modo que por este medio la he visto y escuchado. Es decir, es éste uno de esos casos en que uno no necesita ir a la montaña, sino que la montaña, inexorablemente, viene hacia uno. Asimismo, he leído algunos de los artículos de Poniatowska, si bien no he tenido la fortuna de degustar alguna de sus obras literarias. Famosa, sin duda, esta escritora, por la obra que ha forjado, por sus comentarios periodísticos y por sus disertaciones de contenido político de izquierda.

Cuando he visto, escuchado, leído, por las vías ya dichas, a esta intelectual mexicana –nacida en París en 1932, fruto de la unión entre un aristócrata polaco y una francesa de origen mexicano–, siempre me ha llamado la atención un rasgo poco común: esa rara mezcla de una inteligencia sumamente aguda y un candor inapreciable
El candor es bueno porque mantiene al ser humano con una dosis de frescura para siempre, pero también puede obnubilar; o sea, sobreponerse en cierto momento a la inteligencia, la sagacidad, la cultura adquiridas.

De candor se trata. Según el diario cubano Granma en su edición del 16 de febrero pasado, Poniatowska, sin quitarse el polvo del camino, despachó desde La Habana, para el diario mexicano La Jornada: “Creo que la resistencia de la Revolución [cubana] frente al poderío de Estados Unidos ha sido un ejemplo muy importante. El mito famoso de David contra Goliat. Su resistencia al consumismo voraz que quiere homogenizar a todo el mundo, les ha enseñado a vivir con lo esencial; eso también es un ejemplo importante”.

De candor se trata. ¿Algún funcionario cubano le habrá hecho saber a la escritora mexicana que el pueblo cubano vive con lo “esencial”? Lo dudo. ¿Poniatowska recorrió en unas horas al menos toda la Ciudad de la Habana, no ya otras ciudades y pueblos de la isla, y constató que los cubanos de uno y otro sitio del país viven con lo “esencial”? Imposible, sólo estuvo un “rato” en Cuba, en La Feria, en el hotel en que debió albergarse, probablemente no poco lujoso.

Se trata del candor, digo. Va un atendible tramo de lo “esencial” a la inopia. ¿Qué concepto de lo “esencial” tendrá esta intelectual mexicana? Si éste coincide con el de la carencia y las privaciones, ya no hay más que hablar: debemos dar por seguro, porque “vivir con lo esencial (...) es un ejemplo importante”, que Elena Poniatowska jamás consume tres copiosas comidas al día o por el contrario tiene establecido un régimen alimentario a la medida de su gusto o de sus necesidades; nunca bebe algún whisky, brandy u otras bebidas espirituosas que le alivien la tensión y le estimulen el paladar, ni siquiera paladea una gaseosa o simplemente un vaso de agua purificada; carece de televisión por cable, internet, teléfono celular, equipos reproductores de música y también de la música que le plazca; como su alacena, notablemente sobrio debe ser su ropero, tanto en cantidades como en calidades; ni imaginar que su vestuario sea adquirido en El Palacio de Hierro o, aun menos, allende las fronteras mexicanas, y claro, nada de cremas y maquillajes de última generación, pinceladas antiarrugas, rímeles, bálsamos para la piel. Así debe ser sin duda, porque “vivir con lo esencial” es “importante”. De modo que si nos basamos en sus palabras, Elena Poniatowska no consume ininterrumpidamente papel higiénico, electricidad, agua corriente por el grifo, desodorantes, ambientadores de interiores; no cena ni siquiera en restaurantes de medio lujo y su menú, claro, no incluye, no ya langostas o camarones: ausentes de éste se hallan hasta las carnitas mexicanas, los tacos al pastor o las pizzas “jagüeyanas”. Estamos seguros de que es así; puesto que lo “esencial” está un poco por debajo de estos placeres. De manera que debemos apostar a que esta escritora mexicana no posee ni un DVD ni renta películas ni tiene una habitación exclusiva para gozar de estas bienaventuranzas lejanas de lo “esencial”. Seguro. Seguro que es así. Por otra parte, no entra en discusión que la señora Poniatowska acepta sin chistar sólo la bibliografía puesta a la venta en ciertas librerías y que no estimulan el “consumismo”, como igual ni siquiera ojea revistas banales que aboguen por lo propio; y tampoco, no hay por que dudarlo, quema sus neuronas leyendo tantas otras publicaciones, éstas no banales, pero que sí emiten criterios encontrados, no importa que sean profundos. Y así, para cumplir con su loable precepto de que “vivir con lo esencial” es algo ejemplar, ella, sin reparos, utiliza el peor de los transportes públicos de su ciudad; por falta de electricidad o de una autorización para obtener el derecho de comprar una computadora, se siente realizada escribiendo sus textos a máquina o aun a mano limpia; se ajusta en sus escritos a las normas temáticas que marquen el buen vivir, que condenen al consumismo, al imperialismo, que enaltezcan el estatus quo imperante. Debemos dar por sentado, además, que no obstante su fama, su reconocida obra, su talento, los ingresos mensuales de Elena Poniatowska no sobrepasan los 250 pesos mexicanos; con esto basta, esta cantidad es suficiente para “vivir con lo esencial”.

Ya lo decíamos: una sobredosis de candor nos puede llevar a mirar la realidad de medio lado o aun a mirarla de espaldas. Si la escritora Elena Poniatowska se actualizara con las informaciones que proporciona el propio Gobierno cubano, no es menester saber leer entre líneas para confirmar los esfuerzos, los intentos que viene realizando aquél en los últimos cuatro o cinco años para, precisamente, levantar el nivel de vida de la población cubana, de modo que sea superada la barrera de la “penuria” hasta alcanzar el nivel de lo “esencial”. ¿Entonces?

“Pocas veces he disfrutado un paisaje como este: tantas personas contagiadas por la fiebre de la lectura”, afirma Elena Poniatowska en la ya citada edición del periódico Granma. Suena raro. Debe ser que nunca ha asistido a la Feria del Libro de Guadalajara o del Palacio de Minería o de Francfort o de Buenos Aires ni a otras parecidas. O quizás se le saltó la expresión en un rapto ahora de euforia, no de candor. Le diríamos que faltan, faltan libros, faltan editoriales, faltan autores cubanos que podrían hacer subir más esa fiebre. Y no faltan, precisamente, porque su voluntad les indique no estar presentes.

“Creo que la resistencia de la Revolución frente al poderío de Estados Unidos ha sido un ejemplo muy importante. El mito famoso de David contra Goliat”, sentencia Poniatowska en la ya referida edición del Granma. Primero, le aconsejaría que busque analogías un poco menos cultas: una proporción considerable del pueblo cubano no sabría entender esta alusión, no conoce el “mito famoso de David contra Goliat”: nunca ha visto una Biblia. Por otra parte, creo entender que cuando la escritora mexicana expresa “... la resistencia de la Revolución ...” no se esté refiriendo a una entelequia, sino a seres de carne y hueso, de modo que mejor hubiera dicho “... la resistencia de los cubanos...”. Porque en verdad, son ellos, los cubanos, quienes han resistido, y resisten, no les queda de otra. No pienso que se crean un David de los siglos XX-XXI, sólo que no tienen más remedio que resistir, o mejor sería decir sobrevivir, y no por cierto con lo “esencial”. Superviven, luchan de igual a igual, combaten con el ingenio que Dios les habrá dado y aun con el vigésimo sentido que suele aflorar cuando, como dicen en la Isla, “el zapato aprieta”, para que el agua no pase del cuello. Más de dos millones se han ido del país; no pocos intentan hacerlo de las maneras más absurdas, tanto que estos modos darían risa si no fueran tan tristes los hechos; y nadie podría calcular cuántos, en potencia, quisieran abandonar la tierra que los vio nacer. Ésa es la verdad, no porque yo lo diga, sino porque ahí está, objetiva como una roca.

No sé si lo que escribiré a continuación venga al caso; mas, en ocasiones, sólo en ocasiones, algo dicho fuera de lugar finalmente tiene algún sentido, aunque fuese mínimo. Con el riesgo que se corre al hablar de sí –riesgo que incluye algún desliz hacia lo pedantesco–, voy en directo, señora Poniatowska, puesto que no desconocemos su tendencia política: la izquierda. Soy el hijo de una costurera que no siempre conseguía prendas que coser y de un pequeño comerciante –como esos que “anidan” en los mercados de la ciudad de México– y nací en un barrio marginal de Cuba. De modo que soy pobre, digamos, de “raza”. Claro, no se trata de glorificar la pobreza; de la pobreza se sale, de uno en uno, por cuenta propia, o, a veces, mediante un envión venido de un régimen político y social que así lo proporcione. En fin, creo que nadie debe negar su estirpe, ya venga de cuna de oro, ya del pesebre. Pobre nací, pobre seguí luego, pobre soy hoy. De modo que será por esta condición que si tuviese que autosituarme en una de las dos legiones ideológicas hoy recurrentes, me situaría en la izquierda. Justicia social, igualdad de oportunidades, desarrollo armónico y todas esas definiciones tan traídas y llevadas son, o debieran ser, sin discusión, la aspiración de todo el que considere que las fronteras del mundo no terminan en su propio yo. Hacia la izquierda, señora Poniatowska, correcto. Pero hacia una izquierda no excluyente; que no abone el dogma y se sienta por tanto con la Verdad Única Para Siempre; con una izquierda que escuche al crítico y aun al adversario, que no condene de manera más o menos perversa a quienes no asumen a totalidad su ideario o simplemente se salen, aunque fuese levemente, del carril impuesto; hacia una izquierda que conviva y se “retroalimente” del pensamiento discrepante. “Con todos y para el bien de todos”, proclamaba José Martí ya en la segunda mitad del siglo XIX. Por ahí anda la idea, en mi opinión. Esta frase podría enmarcarse en cualquier plataforma izquierdista, sensata, de hoy en día. Frase cuya esencia queda tan lejana de esa otra “izquierda” prepotente, déspota, que en nombre del pueblo –de cualquier pueblo que fuere– parece recordarnos cada cinco segundos: “Quien no esté conmigo, está contra mí; quien me critique, no es mi crítico, es mi enemigo”. De eso se trata, señora Poniatowska. Y hablando de El Maestro, me viene a la mente otras de sus demandas: “Es preferible el bien de muchos que la opulencia de pocos”. No creo que cuando José Martí escribe “el bien de muchos” considere “bien” como sinónimo de “vivir con lo esencial” y aun menos de la supervivencia por debajo de lo “esencial”. Esto me anima en mis pareceres.

Así, ha podido usted criticar, enjuiciar, juzgar, reprobar (que me sean perdonados tantos cuasi sinónimos) el orden establecido en su país, ya sea en sus libros –según tengo entendido–, sus artículos, su alocuciones en público y a través de los medios de radiodifusión, y no le ha pasado nada. Ahí está. Ahí sigue escribiendo, incólume, libre.

Por otra parte, ha gozado usted del reconocimiento de que uno de sus libros haya sido publicado por una editorial cubana y presentado en la pasada Feria Internacional del Libro de la Habana 2007. Sepa que no pocos buenos escritores cubanos, sobre todo los que no se hallan en la tierra que los viera nacer, pero también algunos que allí se encuentran, carecen de esa posibilidad. No los publican. No los invitan a la Feria. Sólo porque no “encajan” en los “cánones editoriales” establecidos.

Como le ha sucedido a usted en la Feria de la Habana, yo, cuando he asistido a de Guadalajara, a la del Palacio de Minería y a otras ferias y exposiciones de libros en México, me he sentido feliz al ver a tantas personas interesadas en la adquisición de uno de los más altos bienes espirituales de los que pueda gozar el hombre. Sin embargo, esta felicidad se quiebra en buena medida cuando advierto que muchos de los asistentes sólo toman el ejemplar entre sus manos, acaso lo ojean, y luego lo devuelven a su sitio: no tienen con qué comprarlo. Se quiebra la felicidad inicial, además, cuando pienso que en no menos de doscientos metros a la redonda están los sufridos que no tienen con qué pagar siquiera la entrada a la Feria, o los niños de la calle viviendo en las coladeras cercanas, o esos otros niños que apresuradamente y por una monedita limpian los parabrisas de los autos de aquellos que viven con algo más que lo “esencial”, entre otras muestras de la miseria ambiente acá y acullá. Así, en esos momentos se me ha ocurrido que si alguna vez obtuviese por alguna de mis obras uno de esos sustanciosos premios en metálico que otorgan ciertos concursos literarios, donaría una parte a las organizaciones encargadas de apoyar a los más desposeídos. Claro, es un decir, puesto que ya sabemos que casi todos esos premios –enfatizo: casi– están dados de antemano, influyen para su otorgamiento, más que los alcances de la obra en sí, el abolengo del autor, aun el trabajo de “lobby”, el cabildeo. Mas, sustento lo dicho.

Señora Elena Poniatowska, estoy seguro de que los cubanos, entre todos, los de un lado, los del otro, los que piensan igual y los que piensan distinto, en un día no tan lejano se pondrán de acuerdo para echar adelante al país, porque ingenio y voluntad sobran para tales fines; de modo que las penurias, la escasez material, el vivir con lo “esencial”, desaparecerán para siempre. Así, quedará fuera de lo posible que algún intelectual foráneo, que no vive precisamente con lo “esencial”, venga a alabar a los cubanos porque hayan aprendido “a vivir con lo esencial”. Algo así como el colonizador que alaba al nativo por esta condición, o como el visitante a una exposición de ornitología que alabe al canario porque es parco en el consumo de alpiste. No obstante, tal sentencia suya yo se la sigo atribuyendo al candor; sin embargo, me preocupa que otros quieran ver en ella un viso de cinismo o, al menos, un insulto, venido de cierto inconsciente paternalista, para el pueblo cubano.

Anónimo dijo...

Me llamo Ramón y me apellido González, soy estudiante de prepa (mejor ni digo cuál)y la neta que poco he leído a René y a Monsiváis. El artículo sobre Monsi me gustó mucho, me divirtió a pesar de ser tan largo. Pero lo que no encontré fue algo que no deja de llamarme la atención. No hay másabajofirmante que Monsi. De todo y por todo firma. Ya da hueva leer un manifiesto de protesta o de apoyo a lo que sea, en todos está su pinche firma. ¿de verás es el papasfritas de la cultura y sin él no hay causa que valga la pena? Estamos jodidos. Y yo, cuándo y dónde chingaos firmo?

Jorge Villarruel dijo...

Pues, ya lo dijo mi buen amigo André Breton, "La palabra la tienen siempre los mismos para celebrar a los mismos, como si sobre ellos hubiera de trazarse la escala". Si nosotros queremos firmar algo, sólo serán nuestras obras.

Luis Ricardo dijo...

¡Caigámosle a palos a Monsi! (Pero también a Calderón)

Anónimo dijo...

René: Escribo para confesarte que todavía no tengo el prometido texto acerca del Museo del Escritor, pues estoy luchando como nunca por lograr una Obra Maestra, estoy seguro que la espera en esta ocasión valdrá la pena como nunca antes. También escribo para desearte lo mejor en estas fechas... finalmente escribo porque he leído tu carta vinculada a Carlos Monsiváis, la cual, más allá de los nombres que mencionas, la interpreto como un avión con el cual es posible volar hasta visualizar nítidamente la bandera del sistema cultural mexicano. Planteas interrogantes monumentales: ¿la cultura mexicana es resultado de caudillos y no de una colectividad?, ¿es posible que en vez de sistemas de becas donde elige un caudillo, exista un sistema democrático donde los artistas hagan campañas y la gente decida quiénes son pintores, literatos o poetas?, es decir, así como se está democratizando la política, ¿es posible que se democratice algún día la cultura? ¿Es posible trabajar -por ejemplo, como literato- sin aplaudir a “x” gobernante?, ¿los medios masivos de difusión no tienen periodistas inteligentes que buscan la realización de notas a partir de “nuevas voces”? No estoy en condición de dar respuestas, pero ubico tus argumentos desde una constelación griega clásica donde filosofar ha sido labor cotidiana, y no en el decadente Imperio Romano donde ha imperado panem et circenses a través de un Coliseo en el que se eliminaba la exhibición de obras artísticas e imperaban pantomimas, danzas y cuadros obscenos subsidiados por una clase dirigente que ingenuamente anhelaba domar el espíritu humano. En este 2008 mexicano, más que “tropezar dos veces con la misma pista de hielo” o con “x espectáculo plástico”, requerimos urgentemente que se abran espacios públicos en los cuales los más sectores posibles debatan, se expresen: ¡se acabaron los discursos iluminados de tres horas!, si un golpe de Estado llega en México, ninguna ocupación física lo podrá evitar... y la culpa sin duda será de todos nosotros: hombres, mujeres, niñas, ancianos o adolescentes, quienes pese a disponer de tiempo, de vientos a favor, no hemos procedido en consecuencia. Saludos: Waldo Fabián.

Anónimo dijo...

Supongo que Félix Luis Viera es un escritor cubano que vive en el extranjero, le agradezco que nos haya informado sobre esa actitud y aptitud de la dama Poniatowska para hacerse amiga de la dictadura cubana luego que busca ella que el populista de Andrés Manuel López llegue el poder por la via democráctica, ?cómo será posible que ella sea cuata de los asesinos y diga que es democrática?, si por lo menos escribiera bien... o vale si no le regalran premios como el Rómulo Gallegos y el Alfaguara la vida quedaría más alivianada.
Jesús

Anónimo dijo...

Antes yo vendía máscaras de Carlos Salinas, ahora pienso hacer el gran negocio vendiendo las de Carlos Monsiváis.

Calatravo dijo...

Tremendo artículo. Lo felicito Sr. Avilés (déjeme omitir el "Maestro") por la claridad y facilidad con que expone las ideas que van construyendo esta "mole" que deriva en el deicidio al que su pluma nos ha convidado (con los consabidos riesgos que entraña y que felizmente usted asume); no todos los días se desayunan dioses.

Prescindo de regodearme en el banquete, pero celebro leer un texto inteligente y agudo, no exento de sentido del humor y de ilustrativo material anecdótico.

Afortunadamente, la figura del Sr. Monsiváis, como la de tantos otros, seguirá a debate, bajo la óptica particular de las distintas generaciones que así lo hagan.

En lo personal, sólo me resta decir que los "invictos" de cualquier género siempre me han parecido sospechosos de algo que, naturalmente, no se confiesa. Tal vez ésta sea una de las razones de más peso por las que celebre este artículo y aplauda a su autor. En verdad se agradece cuando alguien desafina.

Juan Carlos Hernández Aguilar.