Tantadel

noviembre 03, 2007

Rubén Bonifaz Nuño en el “corazón de México”


Hace poco más de una semana, la biblioteca central de la Ciudad Universitaria, hizo un encuentro entre el enorme poeta, ensayista, maestro y traductor Rubén Bonifaz Nuño y sus lectores. La sola invitación me desconcertó: Rubén no se presentaba más en público. Nunca fue amigo del ruido, de grandes audiencias, su tarea ha sido impresionante, pero siempre discreta y elegante. Mientras la mayoría de los intelectuales buscan los escenarios más visitados, la notoriedad, él optó por el claustro. Lo vi rehuir públicos en Nueva York, aceptarlos a regañadientes en Veracruz, Guadalajara, Colima o el DF. Hace unos dos años, donó parte significativa de su biblioteca personal a la UNAM y lo hizo discretamente.

La cita fue a las seis de la tarde. Llegué poco antes y apenas vi gente. No era normal. Rubén, cuando recibió el homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes, había llenado la sala principal, donde leyó algunos de sus poemas y un grupo de admiradores valoramos su obra. Los recuerdos me atraparon, hacía tiempo que no pisaba esos terrenos donde yo mismo estudié y me convertí en maestro universitario. Bonifaz Nuño apareció con un andar de hombre ciego, tímido, acompañado por las organizadoras (Silvia González Marín y Rosa María Villarelo); su presencia suscitó una larga y cálida ovación. Entonces me percaté que atrás de mí había cientos de jóvenes que habían copado el amplio espacio.

Allí Rubén escuchó la bienvenida de Silvia González Marín y el interrogatorio con que lo recibió. Comenzó a responder con palabras lentas, en voz baja. En su turno, los muchachos volcaron su admiración al poeta, posiblemente también al traductor de Ovidio, Cátulo y Homero. Me sorprendió la profundidad de las intervenciones, pero mucho más la admiración, diría veneración, de los jóvenes. Rubén escuchaba las preguntas, a veces pedía que se las repitieran y enseguida respondía. Nunca en muchos años (lo conocí en 1968, cuando libros de ambos aparecieron en el Fondo de Cultura Económica) había visto y escuchado a un Bonifaz Nuño tan vital, audaz (“a Paz nunca lo entendí”), crítico, comprometido (“la miseria es terrible”). Habló sin evadir preguntas, en momentos, si lo ameritaba, coronaba la respuesta con uno de sus poemas. Rubén tocó sus temas más frecuentes: el amor, la soledad, la muerte, lo hizo porque sobre ellos lo interrogaban. Fue conmovedor escucharle hablar de la muerte, de la cercanía con la “calaca”. “Está aquí, sentada junto a mí, en este sillón. Ya me dio una mordida en los ojos y estoy ciego, me dio otra en las orejas y estoy casi sordo, me dio una más en las piernas y apenas puedo caminar.”

No hay en México otro poeta de tan altos vuelos. Rubén Bonifaz Nuño es el mejor poeta vivo del castellano. Ha recibido todos los galardones que es posible recibir. En varios lo acompañé con escritores como Bernardo Ruiz, Carlos Montemayor, Marco Antonio Campos y nunca lo sentí más satisfecho que en CU. Como si la larga plática con los jóvenes no hubiera sido suficiente para un hombre de salud delicada, aceptó quedarse un rato más para recibir saludos y felicitaciones de sus devotos lectores, ninguno de más de veinticinco años.

En el encuentro funcionó su ironía, su fino sentido del humor: una estudiante dijo que escribía una tesis sobre su poesía; una mujer, evidentemente profesora de la UNAM, le advirtió a Rubén que se trataba de una muchacha de notable belleza y distinción. Rubén volteó hacia el sitio donde había salido la voz y dijo, “¡Por Dios, niña, por qué no la hizo cuando todavía veía!”

Rubén habló de sus poetas favoritos, de su formación académica, de sus traducciones, del México que conoció cuando en 1940 ingresó a la Universidad. Alguien le preguntó cómo era aquel México, y cómo, en especial, el centro, el Zócalo, el “corazón de México”. Bonifaz reconstruyó aquella ciudad romántica, encantadora y contrastó la vieja Plaza de la Constitución con vegetación y fuentes, con la espantosa plancha de cemento que es ahora, llena de ambulantes. Fue más lejos: “Permítame decirle que el corazón de México no es el Zócalo, es Ciudad Universitaria.” Aquella inesperada frase arrancó largos aplauso y risas. Rubén hablaba de la educación y cultura de una universidad que ha construido un país.

La parte social o política, fue inquietante. Bonifaz Nuño comentó el fracaso del sistema, de las desigualdades, de la atroz miseria de buena parte del país e hizo una atractiva clasificación social en la que dejó de lado la versión ortodoxa: dividió al país en ricos (blancos europeos y criollos) y pobres, representados por indios. La razón le asistía al encontrar en su patria la tradicional explotación del blanco sobre los naturales o indios.

A Rubén ya poco lo veo, pero lo llevo en el corazón; su generosidad, inteligencia y cultura, su enorme categoría de poeta (imposible no amar su poesía), su capacidad para querer al prójimo y sobre todo para darle su vida íntegra al arte y a la UNAM, lo hacen simplemente irrepetible.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El poeta más grande del México de Hoy, un veracruzano ilustre y ser iluminado por su sabiduría y humildad, merece mucho más homenajes en vida, las autoridades culturales federales y estatales deberían tener mayor sensibilidad para honrar a este gran hombre enamorado del amor, de la belleza y de la propia vida. Daimel