Tantadel

julio 18, 2007

Cuarenta años no es nada



Reimprime Nueva Imagen la primera novela de Avilés Fabila





Cuarenta años no es nada


y Los juegos sigue vigente





EVE GIL



Los juegos, primera novela del prolífico escritor mexicano René Avilés Fabila, llega este 2007 a sus 40 años de publicada y de suscitar uno de los escándalos literarios más sonados de todos los tiempos, recogido en La imaginación y el poder, de Jorge Volpi.

Y pensar que entonces, Avilés Fabila, como sus coterráneos de La Onda, era un jovencito de 26 años, recién casado con su inseparable Rosario y con un montón de deudas:

“Empecé como cuentista pero los editores exigían novelas –explica el autor que mantiene su jovialidad y un exacerbado sentido del humor que lo hace acreedor al amor de unas y el odio de otros—, pero en ese momento necesitaba dinero y no lo pensé dos veces cuando Rafael Giménez Siles, editor multimillonario «con criterio de ordeñavacas» (a decir del propio autor en el prólogo a la más reciente edición, de 2001) me encomendó la escritura de una novela para una nueva colección. De inmediato me puse a teclear y Los juegos fue saliendo de manera absolutamente natural. De entrada a mis editores les encantó, pero después…”

Recreación de una época

A la joven promesa se le fue la mano en el realismo de la recreación de la vida política y cultural del México de Gustavo Díaz Ordaz, de los presidentes más autoritarios que hemos padecido. Se fraguaba apenas el movimiento estudiantil que culminaría en matanza:

“Con agrado descubrí que podía escribir novela. Se la di a Emmanuel Carballo y la leyó en medio de un silencio sepulcral, producto no del arrobo sino del horror, y yo le dije: «hombre, ¿qué más da que insulte a Fuentes, a Monsiváis, a Poniatowska, a Cuevas (que es hoy uno de mis mejores amigos) y al Presidente de la República?». El caso es que hasta don Joaquín Díaz Canedo, de Joaquín Mortiz, que era muy buena onda con los escritores jóvenes, me recomendó quemarla.”

Era yo un joven inconsciente

El único antecedente que existía de esta novela era La mafia, de Luis Guillermo Piazza, que Avilés Fabila califica sin ambages de “obrita imbécil”.
“En realidad era yo un joven muy inconsciente y me parecía de lo más inocente manifestar que la situación me parece tan detestable como me parece ahora, con la diferencia de que ahora se supone que ya podemos mentarle la madre al presidente.”
Durante el homenaje efectuado en Bellas Artes en ocasión del cuadragésimo cumpleaños de su primera novela, Avilés Fabila declaró que antes detestaba al PRI, pero que ahora detesta a todos los partidos, arrancó una ovación de la audiencia:
“Estoy convencido de que el artista debe ser apartidista —prosigue— Al menos yo nunca pude estar de acuerdo con el poder. Estuve, sí, afiliado al Partido Comunista, era el único que me parecía respetable… hasta que empezaron a cobrar cuotas. Muchos de mis detractores, que en su momento pertenecieron al mismo partido, ahora están cómodamente instalados en el poder, pero yo he sido necio, muy necio. Mi mamá decía que debía madurar… Pero de la maduración se pasa a la putrefacción.”

Muy necio, ciertamente, el joven Avilés Fabila, ex alumno de Juan José Arreola en el Centro Mexicano de Escritores, se propuso publicar Los juegos a como diera lugar, llegando al extremo de pedir “cooperacha” entre sus amistades para reunir los 2 mil para la impresión de dos mil ejemplares, muchísimo dinero entonces.
“Hasta Angélica María, que era novia de José Agustín, se mochó con 300 pesos”, recuerda nostálgico. A fuerza de tesón y de llorar un poquito, Avilés Fabila recaudó la suma necesaria para emprender una edición de autor… y el resultado fue un éxito sin precedentes que le permitió costear un segundo tiraje de dos mil ejemplares y lo colocó en la mira de la crítica especializada, para bien y para mal. Le fue mucho mejor con la crítica extranjera que supo leer la novela con humor y sin las referencias inmediatas de la identidad de los personajes, demasiado obvias hasta para los mexicanos de la época actual.

Un héroe
El periodista Humberto Mussachio, activista del 68, fue de los pocos que defendieron a capa y espada la novela del entonces novel escritor: “Leí Los juegos antes del 68 y varios amigos y yo coincidimos en que decía todo lo que nos hubiera gustado decir a nosotros. Hay que tener en cuenta que en aquel entonces, por decir menos de la mitad, ¡te mandaban matar! En infinitas noches de tragos, Manuel Blanco, Parménides García Saldaña y yo comentamos la novela y pese a tratarse de un joven de nuestra misma edad, se convirtió en una especie de héroe para nosotros. La primera reseña que realicé en mi vida fue sobre el libro de cuentos de René, previo a esta novela, Hacia el fin del mundo. Después reseñaría Los juegos que pese a lo mucho que me gustó, y lo escribí en la reseña, sentía que tenía mucho que dar todavía literariamente hablando. Hay que destacar que a raíz de esta novela, a René se le impidió colaborar en algunos medios y le daban la espalda en la calle. Era la época en que por las cosas buenas había que darle las gracias al presidente y, por las malas, echarle la culpa a los comunistas.”
Los juegos se convirtió para aquellos jóvenes en lectura tan necesaria como Rayuela, Cien años de soledad (que por cierto apareció simultáneamente con Los juegos en 1967) y La ciudad y los perros, cuando hasta Mario Vargas Llosa y Octavio Paz eran de izquierda.

En realidad, y como tan atinadamente comentara un lector de la obra, es bueno releer cada tanto Los juegos para enterarnos de la situación actual de México. Así de vigente es. Aunque los personajes hayan rotado.
Los juegos se ha reeditado recientemente bajo el sello de Nueva Imagen como parte de la obra completa de René Avilés Fabila y conservando el histórico prólogo de José Agustín.

julio 13, 2007

EL BOSQUE DE LOS PRODIGIOS, novedad


La editorial Nueva Imagen anuncia que ya se encuentra en librerías la nueva obra de René Avilés Fabila: El bosque de los prodigios. Se trata, según explican los editores, de una obra poco frecuente en las letras en español, un bestiario prehispánico donde el escritor inventa, basado en datos reales, una serie de animales fantásticos y los coloca en el mundo maya, azteca, olmeca e inca. Es un notable esfuerzo para darle a nuestras antiguas culturas un valor semejante al que consiguieron los griegos con su propia religión que ha pasado a la categoría de mito literario. RAF va más allá de los bestiarios clásicos y de aquellos elaborados por Borges y Arreola entre nosotros, para crear y recrear una zoología ilusoria.

El bosque de los prodigios muestra a un René Avilés Fabila que ha insistido en la literatura de imaginación, donde ya publicó la obra Los animales prodigiosos, prologado por el poeta Rubén Bonifaz Nuño e ilustrado por José Luis Cuevas, que obtuvo el Premio Colima al mejor libro editado de 1998. Es en efecto, un libro que sorprenderá a los lectores realmente interesados en los bestiarios y en general en la literatura fantástica.
El libro esta ilustrado por el notable artista plástico Guillermo Ceniceros.

julio 09, 2007

¿Quién mató a Elena Garro?

René Avilés Fabila

El asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui podría ser situado como el trabajo más polémico de ambas. Se trata de la recopilación del periodismo que hizo Elena Garro, allí están los materiales que hicieron de Elena una mujer odiada y temida. México es un país que no resiste la claridad y ella escribía un tipo de periodismo combativo, muy directo, lejos del lenguaje críptico que ha encumbrado a muchos, donde el pan es el pan y el vino, por desgracia, no es otra cosa que vino. La obra está dividida en dos partes. En la primera, Patricia Rosas Lopátegui lleva a cabo un interesante análisis biográfico de la autora. Como dice Elena Poniatowska en el prólogo, es el trabajo de una persona enamorada de su personaje. En la segunda está el inquietante periodismo de Elena Garro, el que hizo con dura agudeza y como maldición a sí misma: de allí nacen los odios, las aversiones y las incomprensiones, porque supo mostrarse con entereza y valor, en un caso poco frecuente en las letras nacionales, donde los intelectuales lo han usado para ser zalameros con el poder y no arriesgar nunca.

Elena Garro comenzó por la danza y nada en ella parecía mostrar a la polémica mujer en que se convertiría poco después merced a un periodismo que la reflejaba con precisión, decidida a no ceder, a cambiar el mundo, a devolverle a los indios el paraíso perdido, a enfrentar a los intelectuales, sus pares, sin importar el costo. Pero Elena no estaba preparada para el ambiente rudo de la política, se había educado para el arte, para escribir soberbias obras de teatro, cuentos de una asombrosa belleza y novelas de rotunda inteligencia. Paz, independientemente de su talento y capacidad poética, era un hombre enamorado del poder, lo vemos desde sus primeros pasos, lo combate para tenerlo, mientras que Elena lo detesta, ve en el Estado la fuente de muchos males. Su concepción de la política es elemental y razonable, cree en lo bueno y en lo justo sin tener una idea exacta de cómo se llega a estos valores supremos. Cae en su propia trampa: un periodismo honesto, crítico y sincero en un país no acostumbrado a él.

El libro tiene todo aquello que Elena Garro destinó a páginas de diarios y revistas. Me llama la atención que su principal crítica y antítesis de lo que afirma con tanta vehemencia Patricia Rosas, sea refutado puntualmente por Elena Poniatowska en el prólogo. En esta introducción hay una crítica sutil y maligna de una Elena a otra, están de nueva cuenta dos Elenas: la que no supo enfrentar al sistema político mexicano y la que lo ha cautivado al grado de recibir cuanto premio y reconocimiento es posible obtener. Es un trabajo curioso pues al tratar de hacer una crítica en apariencia bien fundada, Poniatowska incurre en omisión. Por ejemplo, ironiza la devoción de Garro por Carlos Madrazo y deja de lado la suya por López Obrador. Hay que recordar una idea de Marx: la historia se repite, primero es tragedia, luego farsa. Lo que en Madrazo fue desgracia, infortunio (hombre que enfrentó al sistema con valentía, en aquellos tiempos que no era fácil romper con el poder del PRI, hoy hasta valioso resulta), en el otro, Andrés Manuel López Obrador, es ridícula parodia. Se trata de un demagogo elemental convertido en caudillo merced a golpes baratos de audacia. Ambos son tabasqueños. Madrazo termina sus días en un sospechoso accidente aéreo, fuera del PRI y trabajando en un nuevo partido político para democratizar al país. El otro, hace el ridículo de presentarse como “presidente legítimo” y trabaja para confundir más a una “izquierda” integrada por ex priístas del peor estilo. Cada una tiene, pues, el político que se merece y Paniatowska lleva las cosas al grado ridículo de calificarse como “pejeviejita” y escribir fanáticamente un libro para confirmar la patraña de que AMLO es el “presidente legítimo”.

Por último, Elena Garro es para Elena Poniatowska, tal como esta misma dice en el título de la entrevista que le hiciera, un “recuerdo imborrable”, podríamos decir que incluso es obsesivo. Ambas educadas para ser princesas, una sola lo consiguió, la primera tuvo que abdicar e irse a un largo y doloroso destierro para morir como pordiosera. Elena Poniatowska olvida la autocrítica y acumula el poder que a la otra le negaron.

El libro de Patricia Rosas Lopátegui de nueva cuenta enfrenta a Elena Garro, o más bien a su fantasma, con la realidad mexicana. El país parece mantener una idea distinta de la que Elena vio. Hemos convertido en héroes a simples mortales que con el paso del tiempo se derrumbaron. No es lo mismo ser revolucionario un día que toda la vida. De aquellos que participaron en el 68, sólo José Revueltas, Marcelino Perelló y Roberto Escudero supieron vivir con dignidad y al margen del Estado, pensando en una revolución transformadora. Los demás fueron encontrando acomodo dentro del poder sin importar las siglas que lo representaran.

Mitificado el 68, donde supongo que yo he colaborado con mi novela El gran solitario de Palacio, escrita poco después de la matanza de Tlatelolco, Elena Garro no cabía dentro del panteón oficial. Ella discrepó, no vio a los intelectuales mexicanos como dioses sino como oportunistas. De este modo puso distancia con ellos y jamás la perdonaron. Fueron pocos los que como Emilio Carballido, José María Fernández Unsaín o María Luisa Mendoza siguieron fieles a una amistad que ya tenía espinas. A su vez, ella jamás modificó sus criterios. Elena pudo intuir que acabarían en un avión de redilas rumbo a Buenos Aires apoyando a Luis Echeverría y diciendo a coro con Carlos Fuentes y Fernando Benítez, “Echeverría o el fascismo”. O recibiendo dádivas de personajes funestos o aceptando cargos diplomáticos, becas y premios. ¿Hay que precisar esto último?

En un momento del diálogo entre las dos Elenas, Poniatowska hace una pregunta a la Garro que hubiera merecido más digna formulación: “¿Y tú por qué le tiras tanto a los intelectuales? La respuesta es fulminante: No tienen conciencia de su papel… está mal que renuncien a su papel de conciencia de su país y de su gobierno.

Es posible que sus críticos tengan razón: el periodismo de Elena Garro no es fundamental, dentro de una prosa narrativa deslumbrante y una dramaturgia memorable. Pero su periodismo es combativo y sólo preocupado por sus blancos y objetivos. Elena Garro, en principio, escribe en un momento en que claramente no existe la libertad de expresión, cuando el valor, el coraje, se probaba con la palabra escrita y publicada. Fue un arma que tuvo aciertos notables como sus apasionadas defensas de líderes campesinos de la talla de Rubén Jaramillo o del intelectual guerrillero que trató de ser Regis Debray. Elena Garro ingresó con el diarismo a una realidad brutal y salvaje que pocos intelectuales han conocido y padecido. No estaba preparada y se asustó del cofre que había abierto. Su única salida fue huir con su hija Helena Paz. Sin esa etapa, hoy nadie le objetaría la corona que en rigor le corresponde de ser la mayor escritora de México luego de Sor Juana Inés de la Cruz. En apariencia manchó su vida, y para algunos, seguimos discutiendo su biografía y no sus obras dramáticas y novelas prodigiosas, al margen de toda indicación inteligente, como la estética lo indica y el sentido común de la literatura lo exige.

La idea de que a Elena Garró la mató el sistema no es descabellada, la acosó, la persiguió, se aprovechó de su ingenuidad política. En esta tarea demencial y demoledora (que pude presenciar desde que la vi por vez primera alrededor de 1966 en la embajada cubana en México, más adelante en París y por último de nuevo en México) los intelectuales tuvieron parte de responsabilidad: para que el sistema detonara la granada, alguien tenía que adquirirla. Pero también la propia Elena colaboró, su ingenuidad transformada en paranoia fue decisiva. Ya no importó cuando su reacción la llevó a enfrentar al criminal Díaz Ordaz en España, en donde airada le reclamó el inicio de la persecución, su destino estaba sellado, moriría casi sola, en la pobreza, en un departamento sórdido y miserable, en medio de una ruidosa polémica y sofocada por el dolor gubernamental que produjo el fallecimiento del que era el poeta oficial del régimen: Octavio Paz.

Antes de concluir me hago una pregunta: ¿qué le falta al libro para ser rotundo, perfecto? Un epílogo de la propia Elena Garro.