Tantadel

noviembre 09, 2007

Pesadilla de una noche de otoño o para documentar la biografía de Carlos Monsiváis



Dedicatoria con sus asegunes

Hace exactamente cuarenta años, en 1967, escribí y publiqué mi primera novela, Los juegos. Qué escándalo. La historia ha sido repetida una y otra vez y yo he procurado esparcirla con audacia y cierto cinismo. En ella, una obra contracultural, critiqué a un grupo destacado de intelectuales, quienes se llamaban a sí mismos La Mafia y aunque eran una suerte de broma pesada para México, tenían un poder que ofendía el desarrollo armónico de la cultura nacional. Es curioso, y quizá Vicente Leñero me lo advirtió, las cosas no han cambiado un ápice. A lo sumo uno o dos de los mafiosos de aquella época (razones naturales) se han muerto de vejez o de inanición literaria. Es decir, nada ha cambiado desde entonces a pesar de que el PRI perdió el control del país, los medios de comunicación lograron hacerse más o menos independientes y los periodistas formados en aquella época oscurantista y represiva pasaron de sumisos a “independientes y rebeldes”, algunos hasta progresistas son hoy. A los intelectuales les sucedió algo semejante y se convirtieron en héroes de una izquierda ilusoria aplaudida por una sociedad en pañales. En esa “mafia” destacaba un hombre un poco mayor que yo, que ya era famoso por haber sido un niño, particularmente arrogante, catedrático y dueño de una memoria sin duda prodigiosa. Era Carlos Monsiváis, heredero de las glorias de todo grupo o persona que aspiraba a ser dueño de México o al menos a tener la razón por encima de todo. Con mi generación, que a pesar de la escasa diferencia de los años, tres o cuatro, no se entendió. Nos miraba con desdén y nosotros nos negamos a recibir sus consejos y directrices. José Agustín le hizo las primeras bromas hirientes no exentas de ingenuidad: “Monsiváis a donde vais ni lo sabéis ni lo buscáis.” Antes esta ironía de carácter infantil, Carlos respondió con fuego de alto calibre: nos desdeñó y, con la ventaja de no tener mayor respuesta (fuimos una generación desunida, a diferencia, por ejemplo, del Crack), precisó que habíamos plebeyizado la literatura. Quizá tenía razón si el punto paradigmático era su propia generación: García Ponce, Gurrola, Pacheco, Arredondo, Melo, Elizondo…, Pero nosotros éramos --guste o no-- un grupo que veía las cosas de manera diferente a aquellos pretenciosos que todavía suponían que Europa era única e irrepetible. Parménides García Saldaña fue el punto extremo. Es verdad, éramos distintos de la generación anterior, pero hay algo peor: fuimos incapaces de ser tan amigos y solidarios como eran y son, por ejemplo Monsiváis y Pacheco. A la fecha, hace un lustro que no veo a mi entrañable José Agustín y cuando algo sé de él es porque está elogiando a otro distante del grupo original, pero me queda una idea suya, una certeza generacional: fuimos incapaces de ser unidos. Hasta donde sé, ninguno de nosotros logramos fumar la pipa de la paz (la mota de la paz). A Carlos Monsiváis que no fuma ni Delicados con filtro, le dedico este trabajo, escrito a cuarenta años de distancia de la primera vez que, según sus amigos, lo “ofendí” o, digo yo, lo critiqué o lo describí. Es un sobreviviente único, cada día que pasa su fama es mayor e imposible de refutar. Me gustaría haber puesto en la página inicial “A Carlos, por lo que ya sabe, total hemos conversado, comido, estado de acuerdo más de una vez y viajado por Europa y Estados Unidos”, pero me limito a dar mi opinión sobre estas cuatro décadas de represión cultural, como diría sor Juana, yo, el peor de todos. Quizá el único que ha sido constante en el rechazo a todo tipo de tiranía, política o cultural y al que no le importaron jamás los riesgos que ello han llevado. El gran poeta Dionicio Morales dijo hace poco como conclusión de una época: si René no hubiera escrito Los juegos, hoy casi sería respetable y tendría un éxito más amplio y muchas menos aversiones. Gulp.


La metáfora


Aquel domingo parecía plácido y hasta promisorio, dejaría de lado la lectura de Fernando Vallejo, para concentrar la atención en diarios y revistas y ver qué ocurría en México. No debí hacerlo. Aquello me enloqueció. Abrí las páginas de El Universal y había dos artículos de Carlos Monsiváis y una entrevista en la que pontificaba sobre la poesía urbana de los aborígenes australianos. En Monitor diario aparecían dos discursos suyos y unas declaraciones sobre Elena Poniatowska: su nueva novela (El tren pasa primero que perdió el Premio Colima y a cambio obtuvo el Rómulo Gallegos, y al recibirlo escuchó la voz bien timbrada y viril de Hugo Chávez cantarle “La Adelita”) es la mejor de todos los tiempos, decía con claridad extraña en su habitual discurso críptico. En La Jornada había un largo ensayo de Monsiváis sobre la generosidad del tequila reposado, prólogo al libro Yo también bebo, México mío. Este trabajo me llamó especialmente la atención porque el tipo es abstemio. Pero el desconcierto fue en aumento cuando abrí las páginas de Proceso y me topé con varias fotos de Carlos para ilustrar un artículo suyo sobre las cabareteras y prostitutas. Pensé: ¿y qué hace allí si en tales sitios ni siquiera conversa con las pobres mujeres las observa como si fueran copias del personaje de Federico Gamboa, Santa? Bueno, recuperé el optimismo, es probable que investigue algo sobre el mundo marginal. No, era algo de corte folklórico, superficial. La revista y el ensayista usaban el ridículo y cursi término sexoservidoras para referirse a las putas. Algo semejante sucedía en El Financiero: estaban dos artículos suyos, una crónica y declaraciones sesudas y llenas “de ingenio y gracia” respecto a la estupidez de la televisión comercial. En otro, en Milenio, brillaba en primera plana una nota que venía de Miami: Carlos discutía en Sábados gigantes con don Francisco acerca del descubrimiento de América (si fue encuentro, choque o invención) y destruía al pobre de Cristóbal Colón por ser el arranque de la leyenda negra de España, el mayor genocidio de la historia que hasta hoy no ha encontrado más juez Garzón que el muy discutido fray Bartolomé de las Casas. Las fotos mostraban al primero con traje y corbata, algo ajeno a su habitual indumentaria descuidada e informal, desaliñada que suele mostrarle a los mexicanos. Me recordó un viejo filme nacional donde Arturo de Córdoba (eso espero) de día pide limosna y de noche vive como aristócrata. En los demás diarios, sólo estaban fotografías suyas con Paulina Rubio, López Obrador, Jorge Volpi, Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, Juan Ramón de la Fuente, Juan Gabriel, Luis Miguel, Sergio Vela, Ronaldo y Gabriel García Márquez, quien acababa de regresar de un bautizo en Toluca. Por cierto, en esa ceremonia religiosa, el cura recibió al bebé con palabras dignas de Marta Sahagún: “Angelito de Dios, ¿sabes en manos de quién has entrado a la sacrosanta iglesia? En las del más grande escritor del mundo, Premio Nóbel, el autor de obras memorables, ¿qué hiciste niño angelical para recibir este premio del Señor?” Gabo para sus amigos y más cercanos seguidores, quien a lo largo de su vida igual se ha retratado con Fidel Castro que con Fidel Velázquez y Fidel Herrera, rezaba, se persignaba con fruición sin preocuparse por el riesgo que significaba soltar al niño que lloraba y sólo quería que lo amamantaran para enseguida dormir lejos de aquel ruido celestial. A su alrededor todos los fieles (invitados o no) aplaudían con discreción (estaban en la casa de Dios) y se aprestaban a retratarse con García Márquez. Supuse que en las abominables secciones de sociales, la celebridad de Portales no aparecería. Me equivoqué: allí estaba Carlos, en unas fotos aparecía develando su propia escultura en Guadalajara, en otras recibía en Santa Fe un sentido homenaje de las damas proletarias de Bosque de las Lomas. ¡Basta!


Prendí el televisor y lo dejé en el canal 22: Carlos Monsiváis hablaba de sus recuerdos universitarios y explicaba las razones por las cuales nunca se tituló a pesar de que su cultura era infinitamente superior a la de sus profesores, luego de pasar por varias carreras en busca del conocimiento absoluto. En verdad eran simpáticas y amenas. Entendí por qué una revista frívola acababa de mencionarlo como uno de los mexicanos más queridos e ingeniosos y no como el arroz de todos los moles que lo mismo habla de los moluscos tuertos del bajío y sus funciones nutricionales que de la fragilidad de los molcajetes de vidrio soplado de Toluca y la posibilidad de las luchas contra el PRI porque le arrebató su juventud al obligar a los centros nocturnos a cerrar a la una de la mañana, todo con sabiduría, profundidad y sentido del humor, que me hizo notar hace muchos años el pintor Mario Orozco Rivera en una reunión política del desaparecido Partido Comunista. Rectifiqué por un instante: ¿y si en realidad no es un entrometido, chismoso y exhibicionista sino un ser ávido de asimilar todo el conocimiento del mundo cuya curiosidad carece de límites? ¿Un hombre del Renacimiento en nuestra época? Deseché esta posibilidad, pues ante todo es un visible descarado vanidoso.


Para mí aquello comenzaba a ser una aberración. Así que cambié de canal y pasé al 11. ¡No! También en esa estación una encantadora periodista le formulaba preguntas al desaliñado Monsi. “Sí, cuando muera, quiero ser incinerado y que mis cenizas sean esparcidas en el California Dancing Club donde tan buenos momentos he pasado”. Mi asombro fue mayor: pero si Carlos no baila ni los ojos. Un dolor de cabeza comenzó a darme molestias, mientras las llamadas de admiradores eufóricos comenzaban a llegar a la televisora del Politécnico. Tenía que acabar con aquella presencia. Imposible: en radio, estaba Carlos haciendo bromas sobre el raterazo Vicente Fox; alternaba sus críticas con palabras de elogio a Elena Poniatowska, López Obrador y Marcelo Ebrard, quien, por cierto, acababa de instituir el “Premio Intergaláctico Elena Poniatowska para novela femenina revolucionaria” con un monto de cien mil dólares. Al concluir anticipó la salida de su próximo libro, un seguro best-seller, en el Fondo de Cultura Económica, Cómo tener el don de la ubicuidad en tres lecciones, con prólogo de ¡Elenita! y epílogo de Gabo.


Desesperado, busqué en internet y encontré una lista de Carlos, todos célebres: Fuentes, Slim, Marx, Peralta, Salinas de Gortari… Hice clic en el primero. Fuentes apareció con su distinción acostumbrada, de traje y corbata azul celeste: hablaba del subcomandante Marcos y precisaba: Tiene “la frescura del lenguaje de Carlos Monsiváis y no la pesadez estructural de Marx”.


¡Suficiente!, me refugié en un sitio donde era imposible que estuviera: en el deporte. Me equivoqué. En el canal de las estrellas el mismísimo Carlos Monsiváis era entrevistado por Hugo Sánchez sobre las posibilidades de que la selección nacional ganara la copa del mundo a disputar en Brasil. Me pareció, a estas alturas, algo natural; pero qué asombro, en el 4 jugaba América contra Guadalajara. El “clásico” de los mexicanos. Lo inaudito era que el centro delantero del segundo equipo, el número 9, que movía con habilidad el balón, era nada menos ni nada más que Monsi. Envainado en el uniforme tradicional de las chivas rayadas, evidente crítico de Televisa, gambeteaba con inteligencia y fuerza: se quitó a dos medios y luego burló a las defensas para pegarle con violencia: ¡¡¡gol!!! La cámara le hizo un close-up al atlético y estilizado goleador mientras que el locutor, que al menos tenía la voz de Carlos, gritaba ¡gol, gol, gol, una computadora para los niños pobres de la escuela primaria “Carlos Monsiváis” de Portales! Un hermoso momento para el deporte de las patadas, explicaba otra voz en off, para la estética viril del futbol (“el juego del hombre”, afirmaba el fallecido Ángel Fernández), la de Elenita, la Poni, como le dicen los que la tratan y admiran o al revés.


Debía estar soñando, aquello era increíble. En vano me puse un cigarrillo encendido en la mano para que el dolor me despertara. Pues nada, sentí el fuego y grité: alucinaba despierto. O quizá grité desconcertado porque la cámara enfocaba al portero del América y éste también era Carlos Monsiváis, en tanto que el jugador número 9 del Guadalajara, de rodillas, se quitaba la casaca y mostraba en su pecho desnudo un letrero que decía: “Princesa Poniatowska, te quiero” pintado con colores verde, blanco y rojo.


En el graderío miles y miles de personas con la cara patética, como de plañidera sin sueldo fijo, de Consuelo Zaizar, la dueña del Fondo de Cultura Económica (y yo que pensé que era una editorial del Estado, hoy más cerrada que en tiempos de Miguel de la Madrid, un ex presidente quien, por cierto, alardeaba su amistad con Monsi), todas vestidas de negro luctuoso, aplaudían imparables y hasta conseguían hacer muecas de felicidad, ya lejana de las penurias de la editorial derechista Jus y amiga cercana de Elba Esther Gordillo, quien todos los días asesina al otrora digno magisterio nacional.


Eso fue la semana pasada, ahora no leo periódicos ni revistas y menos atiendo medios electrónicos, me cuidan dos psiquiatras y sólo duermo un poco con diez ativanes de dos miligramos y siete váliums. En realidad, temo dormir, las pesadillas me muestran al imaginario izquierdista Carlos Monsiváis recibiendo su acostumbrado doctorado honoris causa cada tercer día, alternándolos con Elenita, la que los recibe los días en que su mejor amigo descansa. La Poni, la princesa, una feminista dedicada a elogiar caudillos (Cárdenas, Marcos, López Obrador, Ebrard, Monsiváis, desde luego…, alguien que asimismo ama el poder y el poder le devuelve el amor-pasión a través de todos los reconocimientos que es posible recibir en un sitio que jamás consideró a Elena Garro, una escritora muy superior, a la que Carlos, en el colmo de su sarcasmo para pobres calificó como “la cantante del año” en 1968. Creo que no sería tan complicado hacer un ejercicio de memoria y ver la historia con espíritu crítico: los héroes del 68 terminaron sus días ricos y afamados, los delatados por Elena Garro pasaron por los altos cargos de un Salinas o un Zedillo (Gilberto Guevara Niebla entre ellos, subsecretario de la SEP; nomás me pregunto: dónde están los revolucionarios marxistas: como los maestros de Efraín Huerta, en la cárcel o en el poder, bueno, ya nomás en el poder). Los domingos, según mis horrendos sueños, ambos, en lugar de reposar, recibían premios internacionales. De este modo, a Carlos que en su vida ha escrito un poema, le entregan el Nacional de Poesía o uno de prosa narrativa cuando jamás ha redactado una novela o un cuento o uno de cine (la diosa de ónix dorado) por su espléndido papel de sociedad civil en A pesar del fraude, estoy contigo, Peje admirado de Luis Mandoki. Finalmente tiene la beca a perpetuidad de literatura del Sistema Nacional de Creadores, él que es periodista, sí, agudo, culto, aburrido, ingenioso, críptico, oscuro, demócrata de tiempo completo, pero periodista al fin.


La realidad


Quiero pensar que Monsiváis es una marca registrada y no un ser que ha buscado empeñosamente ser la figura central del México intelectual. Muerto Octavio Paz, quien para ocupar ese lugar, trabajó con intensidad; criticó al poder para hacerlo suyo. Monsiváis ha ocupado el cargo ante el desinterés de Carlos Fuentes en ser el jefe supremo de la cultura del país. Monsi: figura destacada en cada fiesta, cada coctel, cada mesa redonda, cada suplemento cultural, cada encuentro social o literario, político o deportivo, para la mayoría, ajena a las disputas del mundillo intelectual, representa lo preclaro, el no hay dudas, lo inobjetable, él tiene razón absoluta, no hay pillerías en su biografía, tampoco actos de deshonestidad o incapacidad para equivocarse. Elogió (como Elenita) con entusiasmo a Gloria Trevi y luego la dejó sola en medio del escándalo y la cárcel. Esto podría ser una nimiedad, pero hay que observar su inicial y fervorosa adhesión a López Obrador (que fue ampliamente pagada con el Museo del Estanquillo) con su discreto alejamiento una vez que AMLO asumió los riesgos de su demencia. Si Carlos lo dice, es correcto. Los demás están equivocados. Es inaudito caso de dominio y control sobre los medios de comunicación. ¿Quién publicaría una crítica a su poder político e intelectual, quién aceptaría las críticas sin al menos intentar defenderlo con fuerza? Nadie. Nunca el PRI tuvo tal poder. Si se necesita una opinión sobre narcotráfico, él es la voz autorizada y si se requieren palabras sobre los niños mutilados en Afganistán, nadie como él para hablar y despertar la preocupación de los mexicanos que difícilmente ubican a tal país en el mapamundi. Una palabra suya es suficiente para que un filme o una novela se conviertan en obras maestras y sus autores en genios. Qué no he escuchado sobre Carlos desde antes de cumplir veinte años y pensaba entender a la nación: “conciencia de México”, “cronista de la ciudad”, “alma del país”, “intelectual supremo”... Para acabar pronto, y en apretadísima síntesis, no es más que un tirano ilustrado.


Que el hombre que antes de los treinta años escribió su autobiografía prologada por Emmanuel Carballo está sobrevaluado, ni hablar, lo está, pero quién enfrenta el reto de ponerlo en su justa dimensión y decir que no es infalible, que no es Dios, que tampoco es incorruptible, que acepta premios y becas desde siempre, que coquetea con todas las fuerzas políticas y que en ninguna aterriza, jamás se ha comprometido realmente con una doctrina política aunque con muchas ha coqueteado, que sus prólogos son prescindibles, que no siempre tienen sentido, que sus artículos son aburridos o que están equivocados sus análisis por lo regular inocuos ante el poder ilimitado del sistema. Así será porque en efecto posee el don de la ubicuidad y lo mismo está simultáneamente en Radio Fórmula, en Televisa o en el canal 22, o en este o en aquel diario y que en consecuencia nadie se atreve a desafiarlo, ni siquiera sus enemigos que optan por el anonimato o la discreción. El caudillismo es un grave defecto nacional en lo político y en lo intelectual. Nos ha dañado y convertido en estúpidos. Nuestra historia es la de los caudillos, los iluminados, los tiranuelos, los dictadores, los emperadores y las altezas serenísimas, lo mismo en materia política que en las artes. ¿Lo sabrán todos aquellos que abren una sección o suplemento cultural o una galería de arte o un diario y se mueren porque al menos Monsi les preste su nombre, les tome la llamada, acepte una invitación a un restaurante de lujo? La sola posibilidad de contar con la animadversión --el rechazo, la negativa, la descalificación o, peor aún el silencio-- del sabio de Portales, les provoca pavor. No hay retador posible. Nadie correría el riesgo, ni siquiera sus peores enemigos o críticos, el miedo los sobrecoge, los paraliza ante el obvio proceso: primero, al redactar la crítica a Carlos, aparece la autocensura, si ella sólo reduce las palabras críticas, surge, impetuosa, la censura del medio. Quizá no sea el pánico al afamado intelectual sino a la furia de sus admiradores, tan lejos de Dios y tan cerca del PRD. Sus coqueteos con el poder lo confirman como el más fuerte de los intelectuales mexicanos. Algunos escritores han enfrentado a un partido o a un caudillo, él ha tenido la habilidad de quedar bien con todos. Lo que le permite hacer talco al PAN en un discurso de apariencia audaz y al mismo tiempo recibir todos, pero todos, los beneficios del gobierno panista a través del CONACULTA o la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde es el rey cultural y político y los funcionarios se desvelan por atender sus exageradas peticiones. Sólo el máximo caudillo cultural que hemos padecido en México, Octavio Paz, pudo ponerlo en su sitio al calificarlo no como hombre de ideas sino de ocurrencias. Cierto, es chistoso, en mis años universitarios, todos festejaban y repetían sus humoradas, con frecuencia simplonas. Francamente, a veces se acercaba más al bufón de la pequeña burguesía ilustrada que al hombre irónico, incorruptible, tenaz crítico del poder que, por ejemplo, fue José Revueltas o al cordial y simpático revolucionario de siempre llamado Juan de la Cabada.


De apariencia crítico, se ha convertido en censor, en ministro de una novedosa Inquisición: Monsiváis decide quién va a la hoguera y quién se salva. Lo que antes hicieron el grupo Contemporáneos y más adelante la “Mafia” encabezada por Fernando Benítez. Como Paz amó el poder, y como Paz lo obtuvo para beneficiarse él mismo en primer término. Pero, naturalmente, las diferencias son notables. Octavio era un poeta soberbio. Monsiváis no es más que un falso humorista incapaz --regla de oro-- de hacerse una broma a sí mismo. A diferencia de grupos que colectivamente ejercieron la tiranía intelectual como Contemporáneos o “la Mafia” (allí mero Carlos se formó y alcanzó el número suficiente de adulaciones y apoyos que lo pasaron de hijo sobreprotegido a semidiós, exitoso y rico), ahora lo hace una sola persona: de él nace el ninguneo actual o las palabras fervorosas que transforman a un simple mortal en asiduo de las mejores editoriales y los diarios más famosos. Monsiváis aprendió las ventajas del poder, llevado de la mano de sus mentores (como Fernando Benítez, autor de libros memorables como El rey viejo y de obras vergonzosas como Relato de una vida, conversaciones con Carlos Hank González) que lo prepararon para sólo estar en las alturas y desde el cielo despreciar a los mortales). Me sorprende que él, de suyo severo criticón de la corrupción, no vea la suya o la de sus amigos cercanos, que su conducta esté, como observó José Agustín, más del lado fascistoide. Es un hombre aristocrático mal disfrazado de pelado. Fanático de la añeja costumbre nacional de sólo reconocer a los amigos, algo que criticó con dureza Ikram Antaki. Autoritario con sus inferiores, mudo ante los errores de sus escasos pares. Pienso en el libro más reciente de Julio Scherer, La terca memoria: arranca ofendiendo --con el inefable aval de Monsi--, a Gastón García Cantú por un nimio error cometido (la discutible adhesión al canalla Regino Díaz Redondo), sin considerar la portentosa obra de investigación histórica que realizó, a quien en vida ninguno de los dos se atrevió a agredir. Luego, en dos capítulos inauditos, Julio, el impecable e implacable, acepta una camioneta de lujo que le obsequiara el bandido Carlos Hank González; se la queda para no ofender la amistad fraternal, explica. En otra parte ocurre lo mismo con un préstamo concedido por otro afamado pillo priista, Francisco Galindo Ochoa, “hermano querido”, no lo paga para no lastimar el afecto del poderoso funcionario encargado de corromper periodistas. Esto, en cualquier parte del mundo, se llama claramente podredumbre, pero aquí, fiel a la máxima de que si el chayo no te corrompe, acéptalo. Julio mejoró su situación sin perder su condición de justo, el prestigio de ser incorruptible. Ello no le molesta al otro justo, a Monsi, ahora estrechamente vinculados por la descomposición moral de México. Queda algo: Monsiváis escribe dos veces por semana al menos en el diario El Universal, cuyo dueño, Ealy Ortiz, recibe una severa felpa de Julio Scherer en el citado libro de memorias. Esto es, la pureza tiene límites.


Las mafias y los caudillos culturales apenas permiten vislumbrar qué es México literariamente hablando. Si un extranjero se informa sólo a través de los medios de comunicación, inevitablemente tendrá la idea de que somos una nación de cinco o seis escritores a lo sumo, de entre ellos sólo destacan Carlos y Elenita; Fuentes lo hace cuando realiza uno más de sus infortunados comentarios o críticas de orden político. El resto es vivir de sus bien ganadas regalías, en Europa o en Estados Unidos. Carajo, uno comienza a echar de menos a caudillos como Octavio Paz: es verdad, no tenía amigos, eran súbditos, pero al menos el tránsito de república de las letras a monarquía, con rey y aristocracia, se dio con el espaldarazo del Premio Nóbel de literatura y con el reconocimiento artístico a su liderazgo intelectual.


Los riesgos


Supongo que mi vida quedará en riesgo de una agresión física de parte de los admiradores de Monsiváis que, gracias a los medios, no son pocos. Lo mismo que me ha sucedido con López Obrador cuando me atrevo a criticarlo. Una vez acudí a un restaurante afamado y antipático, estaba yo con Griselda Álvarez cuando irrumpió Monsi vestido de mezclilla, sin peinarse y más descuidado que nunca. El capitán lo condujo a una mesa donde ex priistas ya festejaban algo, qué, no sé, tal vez su salida de ese partido siniestro para ingresar a otro: el PRD. Llamé a un mesero y le pregunté quién era aquel personaje que podía entrar sin cumplir las exigencias formales del restaurante (“no aceptamos a nadie que no use traje y corbata”). El tipo me miró con asombro: ¡Cómo, no sabe usted que es el sabio Monsi! No, repuse con falsa ingenuidad cuando lo conozco desde 1960, año en que preguntó por el Califa de Portales, un padrote soberbio y un aguerrido madreador, amigo mío, dizque para escribir su biografía. Pues es una gloria del país y puede entrar como le venga en gana, concluyó con enfado el meserete. Finalmente hace poco, en una conferencia, tuve la osadía de comentar su extraña relación con la Cuba de Fidel Castro y con el más acabado crítico de esa nación, Jorge Castañeda, quien del comunismo pasó a las filas del foxismo. Una señora muy agresiva, como del PRD, me dijo a los gritos que ni me atreviera a tocar a Monsi, “él siempre tiene la razón y usted es un tapete del imperialismo”. No, pos sí.


Me atrevo, con timidez, a preguntarme ya que mi propia respuesta me aterra: ¿en verdad los mexicanos estamos tan urgidos de líderes, caudillos y tiranos de toda índole? De ser positiva la respuesta, sólo me queda comparar, muy nostalgioso, las diferencias entre los caudillos intelectuales del pasado como Lombardo Toledano, Gómez Morín, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Salvador Novo o los que se arriesgaron en el campo de la plástica al decirnos que no había más ruta que la suya como Siqueiros y Rivera con el atroz presente de Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska, tenaces edificadores de sus propios mitos, más adorados y temidos que realmente analizados.


Los resultados


Ojalá que los médicos y enfermeros que me atienden en esta clínica gratuita para pobres de Marcelo Ebrard, que lleva un nombre prestigiado, “Carlos Monsiváis”, se descuiden: pienso fugarme y cambiar de país. Alguien me dijo que en Tanzania nadie conoce a Monsiváis ni a Poniatowska.


Moraleja en forma de interrogante


¿Qué hubiera sido de Carlos Monsiváis si en lugar de nacer en el convulsionado Defe lo hubiera hecho en Suiza, donde no hay miseria ni terremotos ni la policía mata estudiantes, un país sin caudillos, democrático, donde, como bien dijo Orson Wells, en trescientos años de tranquilidad sólo han inventado el reloj cucú, sitio hermoso con lagos y ríos potables que Borges seleccionó para morir porque en su infancia la ausencia de ruido le permitió concentrarse en la lectura, país en el que no hay tragedias y entonces los periodistas se aburren contando calles limpias y tranquilas, sin policías ni ambulantes, lejos de un sistema idiota de partidos como el nuestro? Sería el caudillo del silencio sin temas dramáticos sobre los cuales escribir y deambularía buscando alguna notoriedad por bancos en los que millonarios ladrones de todo el orbe esconden sus fortunas y con una profunda “tristeza reaccionaria” por no ser un mexicano que vive y disfruta sus tragedias nacionales.

www.eluniversal.com.mx/notas/443364.html

noviembre 07, 2007

René Avilés Fabila

Nuevo bestiario

IGNACIO TREJO FUENTES
Sección cultural,
Revista
Siempre!
4 de noviembre

La invención de animales extraordinarios parece consustancial al ser humano, y puede que responda a motivos religiosos, a miedos ancestrales, a pretensiones de inmortalidad o, simplemente, a la imaginación desatada o a meros arrebatos estéticos. Son famosos los bestiarios de Leonardo da Vinci, de Borges y de muchos escritores y pintores.

En nuestro medio, sobresalió en ese terreno Juan José Arreola, y de sus discípulos el más fiel a la tarea ha sido René Avilés Fabila, quien no cesa de imaginar bestias fabulosas; ofreció un muestrario en Los animales prodigiosos, y vuelve a la carga con El bosque de los prodigios. Como puede verse por los títulos, para el autor estos seres no son simplemente monstruos, aberraciones o delirios, sino prodigios, y puede remitirse el término a la naturaleza, a la imaginación o a ambas.

Si las culturas griega, china, y casi de todas partes y épocas se han solazado en la creación de bestias fabulosas, Avilés Fabila sostiene que en las prehispánicas (mexica, maya, inca, etcétera), no se anduvieron por las ramas y cooperaron a ese bestiario de fantasía, por ejemplo la serpiente emplumada, el nahual y tantos otros seres mitológicos. Partiendo de esa idea, el escritor inventa su propia galería, y atribuye sus “hallazgos” a las crónicas, códices y otros documentos de carácter histórico y luego a pesquisas recientes y aun personales. Sigue así las reglas impuestas por los fabuladores modernos: imbricar realidad y fantasía, para que el lector sienta que se le habla con la verdad y quede convencido de la existencia de aquellos entes.

René remite al célebre zoológico del emperador Moctezuma, y señala que en él había monstruos aterradores. Luego, lleva sus rastreos a otras regiones de México, Centro y Sudamérica y rescata una cantidad pasmosa de ejemplares que son mitad verdad y mitad invención. Sobresalen el coyote emplumado, la serpiente vampiro, las aguas carnívoras, el árbol asesino, la serpiente de plumaje verde y garras de león y hocico de hiena, el pez de agua, el pez alado, la tortuga de fuego, el perro de yerba, el conejo-coyote, el loro inteligente, el águila bicéfala, la serpiente circular, el pez-perro, el monstruo subterráneo, el hombre alacrán…

De toda esa galería asombrosa me entusiasma el pez de agua, que es invisible y que por esa cualidad ha podido sobrevivir: vivió y vive entre nosotros. Como en este caso, es celebrable la imaginación del autor, porque gracias a ella sus argumentos a favor de la existencia de las bestias se convierte en certeza, y se da aquí el acoplamiento maravilloso de realidad y fantasía, sin el cual todo se iría a pique. Las de René no son exactamente fábulas, sino extraños cuentos que hacen creer que proceden de constataciones verosímiles, y eso redobla su encanto, porque los lectores no tenemos más remedio que admitirlos, como lo hacen quienes leen la literatura maravillosa o de hadas y aun la terrorífica: su disposición, sus ganas de creer, completan el círculo necesario de esta especie literaria.

Y toda la imaginación de René está espléndidamente apoyada por la buena prosa y la adecuada concatenación de los argumentos, y por eso casi no hay pieza que no resulte “creíble” pese a su naturaleza fantástica: sí, el autor nos convence de que esos prodigios existieron o existen. Fantasía y sobradas dotes narrativas hacen de este uno de los libros más hermosos de su autor: un producto de exportación.

René Avilés Fabila, El bosque de los prodigios. Nueva Imagen (Obras Completas de René Avilés Fabila), México, 2007; 195pp.

noviembre 03, 2007

Rubén Bonifaz Nuño en el “corazón de México”


Hace poco más de una semana, la biblioteca central de la Ciudad Universitaria, hizo un encuentro entre el enorme poeta, ensayista, maestro y traductor Rubén Bonifaz Nuño y sus lectores. La sola invitación me desconcertó: Rubén no se presentaba más en público. Nunca fue amigo del ruido, de grandes audiencias, su tarea ha sido impresionante, pero siempre discreta y elegante. Mientras la mayoría de los intelectuales buscan los escenarios más visitados, la notoriedad, él optó por el claustro. Lo vi rehuir públicos en Nueva York, aceptarlos a regañadientes en Veracruz, Guadalajara, Colima o el DF. Hace unos dos años, donó parte significativa de su biblioteca personal a la UNAM y lo hizo discretamente.

La cita fue a las seis de la tarde. Llegué poco antes y apenas vi gente. No era normal. Rubén, cuando recibió el homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes, había llenado la sala principal, donde leyó algunos de sus poemas y un grupo de admiradores valoramos su obra. Los recuerdos me atraparon, hacía tiempo que no pisaba esos terrenos donde yo mismo estudié y me convertí en maestro universitario. Bonifaz Nuño apareció con un andar de hombre ciego, tímido, acompañado por las organizadoras (Silvia González Marín y Rosa María Villarelo); su presencia suscitó una larga y cálida ovación. Entonces me percaté que atrás de mí había cientos de jóvenes que habían copado el amplio espacio.

Allí Rubén escuchó la bienvenida de Silvia González Marín y el interrogatorio con que lo recibió. Comenzó a responder con palabras lentas, en voz baja. En su turno, los muchachos volcaron su admiración al poeta, posiblemente también al traductor de Ovidio, Cátulo y Homero. Me sorprendió la profundidad de las intervenciones, pero mucho más la admiración, diría veneración, de los jóvenes. Rubén escuchaba las preguntas, a veces pedía que se las repitieran y enseguida respondía. Nunca en muchos años (lo conocí en 1968, cuando libros de ambos aparecieron en el Fondo de Cultura Económica) había visto y escuchado a un Bonifaz Nuño tan vital, audaz (“a Paz nunca lo entendí”), crítico, comprometido (“la miseria es terrible”). Habló sin evadir preguntas, en momentos, si lo ameritaba, coronaba la respuesta con uno de sus poemas. Rubén tocó sus temas más frecuentes: el amor, la soledad, la muerte, lo hizo porque sobre ellos lo interrogaban. Fue conmovedor escucharle hablar de la muerte, de la cercanía con la “calaca”. “Está aquí, sentada junto a mí, en este sillón. Ya me dio una mordida en los ojos y estoy ciego, me dio otra en las orejas y estoy casi sordo, me dio una más en las piernas y apenas puedo caminar.”

No hay en México otro poeta de tan altos vuelos. Rubén Bonifaz Nuño es el mejor poeta vivo del castellano. Ha recibido todos los galardones que es posible recibir. En varios lo acompañé con escritores como Bernardo Ruiz, Carlos Montemayor, Marco Antonio Campos y nunca lo sentí más satisfecho que en CU. Como si la larga plática con los jóvenes no hubiera sido suficiente para un hombre de salud delicada, aceptó quedarse un rato más para recibir saludos y felicitaciones de sus devotos lectores, ninguno de más de veinticinco años.

En el encuentro funcionó su ironía, su fino sentido del humor: una estudiante dijo que escribía una tesis sobre su poesía; una mujer, evidentemente profesora de la UNAM, le advirtió a Rubén que se trataba de una muchacha de notable belleza y distinción. Rubén volteó hacia el sitio donde había salido la voz y dijo, “¡Por Dios, niña, por qué no la hizo cuando todavía veía!”

Rubén habló de sus poetas favoritos, de su formación académica, de sus traducciones, del México que conoció cuando en 1940 ingresó a la Universidad. Alguien le preguntó cómo era aquel México, y cómo, en especial, el centro, el Zócalo, el “corazón de México”. Bonifaz reconstruyó aquella ciudad romántica, encantadora y contrastó la vieja Plaza de la Constitución con vegetación y fuentes, con la espantosa plancha de cemento que es ahora, llena de ambulantes. Fue más lejos: “Permítame decirle que el corazón de México no es el Zócalo, es Ciudad Universitaria.” Aquella inesperada frase arrancó largos aplauso y risas. Rubén hablaba de la educación y cultura de una universidad que ha construido un país.

La parte social o política, fue inquietante. Bonifaz Nuño comentó el fracaso del sistema, de las desigualdades, de la atroz miseria de buena parte del país e hizo una atractiva clasificación social en la que dejó de lado la versión ortodoxa: dividió al país en ricos (blancos europeos y criollos) y pobres, representados por indios. La razón le asistía al encontrar en su patria la tradicional explotación del blanco sobre los naturales o indios.

A Rubén ya poco lo veo, pero lo llevo en el corazón; su generosidad, inteligencia y cultura, su enorme categoría de poeta (imposible no amar su poesía), su capacidad para querer al prójimo y sobre todo para darle su vida íntegra al arte y a la UNAM, lo hacen simplemente irrepetible.

noviembre 01, 2007

Siete minificciones de René

Juramento

Lo juro, nunca me acosté con él. Siempre hicimos el amor de pie.

Perversiones

La correspondencia y las autobiografías son como el espejo: un invento perverso para desatar la vanidad.

No nos olvidemos mutuamente

Nunca olvidaré los ojos fríos del hombre que conducía a toda velocidad e irresponsablemente su automóvil: fue un impacto brutal y mi cuerpo quedó destrozado, del mismo modo espero que él jamás olvide los míos, abiertos por la angustia, el dolor y la desesperación de la muerte.

El sueño del donjuán

El sueño maravilloso, perfecto, de Casanova, de don Juan Tenorio y de todo conquistador amoroso, es llegar al Cielo cuanto antes: porque saben que allí los aguardan, inquietas, once mil vírgenes.

El hombre infeliz

Siempre detesté la felicidad. No hubo día en que no batallara contra la estúpida sonrisa y sus manifestaciones rudimentarias y prosaicas. Hoy al fin logré eliminarla de mi vida mediante un pistoletazo muy preciso en la sien.

Falos de ciego

La mujer salió profundamente consternada de la habitación nupcial aún virgen: pobre, se había casado con un invidente sin puntería.

El criador de cuervos

Aquel buen hombre nunca le halló nada de negativo a criar cuervos: era ciego.