Tantadel

diciembre 18, 2008

Carlos Fuentes en sus ochenta años

René Avilés Fabila

Con tanto festejo, como nunca le hicieron a Alfonso Reyes, Mariano Azuela, José Vasconcelos, Salvador Novo, Martín Luis Guzmán, Carlos Pellicer, José Revueltas, Rubén Bonifaz Nuño, Juan Rulfo, Juan José Arreola, es imposible no pensar en Carlos Fuentes, en su éxito abrumador y desconcertante para un mexicano, en su fantástico cosmopolitismo, en su elegancia abrumadora. Lo recordé cuando a mis poco más de quince años de edad, leí La región más transparente y me deslumbró. Fui hasta la librería (El caballito) donde firmaría ejemplares de su novela. Allí hizo a un lado a personas mayores y permitió que yo fuera uno de los primeros en recibir su autógrafo con tinta azul. Salí emocionado y he conservado el ejemplar con sumo cuidado. Fuentes se hizo notar con Los días enmascarados, un libro de cuentos que Juan José Arreola revisó.

Más adelante supe de unas declaraciones suyas que me dejaron impresionado: se iría de México para encontrar las críticas indispensables para saber qué clase de obra estaba haciendo. Imaginé, sin conocer el mundo intelectual mexicano, que era una exageración. Pero no, así es: no tenemos una crítica seria que nos deje saber el valor, los méritos, los defectos, de una novela o un libro de poemas. Nos han dicho que Emmanuel Carballo, uno de sus amigos cercanos, el que escribía en aquellos años que leía a Fuentes de pie y no sentado, parafraseando a Vasconcelos, es el mejor crítico que el país posee. Nada más inexacto. Es un excelente entrevistador, esto lo pone del lado del buen periodismo cultural, el que por añadidura trabajó cuando los grandes de nuestras letras vivían. Es probable que su mejor trabajo sea una nota aguda sobre los plagios de Octavio Paz, sus muchas deudas con Samuel Ramos (El perfil del hombre y la cultura en México, primer gran intento de filosofar sobre lo mexicano) y con Rubén Salazar Mallén en diversos ensayos que le dedicó al machismo y desde luego a Sor Juana Inés de la Cruz). Con él me presentó el historiador amigo de mi padre y maestro mío, Ernesto de la Torre Villar en un acto de generosidad, para abrirme camino. Emmanuel y yo pronto aprendimos a vernos a distancia y con recelos. Hoy Fuentes recibe comentarios por toneladas sobre su obra, mesas redondas, conferencias magistrales y exposiciones analíticas. Sus panegiristas son cientos y se limitan a un puñado de lugares comunes del elogio sin piedad. Experto en asuntos mexicanos, desde Londres, París y Nueva York, pontifica sobre el país que apenas conoce. Ahora, gracias a un diálogo con el inefable e infaltable Monsiváis, sabemos cuáles son sus películas favoritas. Le dieron una comida en el Castillo de Chapultepec para coronarlo el nuevo emperador de las letras latinoamericanas. Es un fastidio, como si fuera el único. Los demás seguimos soñando con irnos de México a buscar un puñado de comentarios que permitan saber qué hemos hecho. Para algún día quizá regresar con un costal de críticas literarias adquiridas en el extranjero y probar que sólo así es posible ser profeta en su tierra. La única que estuvo a la altura de las circunstancias, fue la señora Josefina Vázquez Mota, antes autora de libros de superación personal, hoy secretaria de Educación Pública, al felicitar públicamente al autor de “La ciudad más transparente” diciéndole: “Querido Octavio Paz, en este tu cumpleaños…” Fuentes, gracias a sus excesos de cosmopolitismo, sonrió de modo casi natural.

El éxito de Fuentes fue rápido y notable, despertó envidias y oleadas de admiración. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo lo acusó de plagio y hasta dio pistas tanto en La región más transparente como en Aura; en el primero la presencia del Manhattan Transfer de John Dos Passos era evidente, en el segundo, la de Henry James con Los papeles de Aspern. Arellano dio precisiones en un trabajo ciertamente ocioso que más adelante retomaría Enrique Krause. A Octavio Paz lo acusaron repetidas veces de plagio, entre otros, Rubén Salazar Mallén y no de otros autores sino de su propio trabajo sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Paz, desdeñoso, dijo: Los lobos se alimentan de corderos. Nada ocurrió, nada salvo que le concedieron el Premio Nóbel de Literatura. Fuentes supo de las acusaciones, pues las páginas de la denuncia recorrieron el mundillo intelectual capitalino, pequeño entonces. Tiempo después, al fin Carlos reconocería no el plagio, sí las influencias. En sus primeras fastuosas intervenciones de autor exitoso precisó en Bellas Artes (ciclo Los narradores ante el público): Que ya tenía alas propias para volar. Desde entonces ha desdeñado a sus críticos y se ha hecho amigo de todo aquél que pareciera tener talento. A diferencia de Paz, Fuentes se negó a ser caudillo cultural. Aceptó el reinado de Octavio, pero pronto, a pesar de la influencia de El laberinto de la soledad y de la admiración por Piedra de sol, rompieron abruptamente luego de la publicación de un texto perverso, ameno, interesante y de dos o tres bandas: Enrique Krauze escribió El guerrillero dandy. Se acabó la amistad. El novelista se limitó a decir que una “cucaracha” había dado al traste con esa espléndida relación.

En su libro autobiográfico, En esto creo, Fuentes nada dice acerca de sus relaciones con el poder, que las tiene, tampoco acerca de sus enemistades peligrosas, se concreta a hacer alarde de sus muchas lecturas, de los grandes personajes que le aplacan o inquietan el espíritu. Es, parecida a las de Collingwood y Bobbio, autobiografías intelectuales, pero sin el toque de tragedia que estas dos tienen. Fuentes respira aires de frivolidad pura. Evidentemente desdeñó el trono vacante por la muerte de Paz, el hombre que requería súbditos, no amigos, esclavas y no esposas y cuyo funeral fue semejante al de un jefe de Estado, en un entierro que negaba toda su biografía anterior, donde insistió en que el poeta debe estar lejos del príncipe y del aplauso fácil de las masas, en donde el ogro filantrópico era odioso. Hoy en México, los intelectuales que gobiernan políticamente a la poco mundana y excesivamente antidemocrática “república de las letras” son Monsiváis, Aguilar Camín y Poniatowska, pertenecen a la estirpe de los intelectuales orgánicos, los que con habilidad ponen su talento al servicio del poder y reciben méritos exagerados: están sobrevaluados. A cambio, Fuentes ha ganado todos los premios y reconocimientos con su sólo talento y su exilio europeo. Podríamos decir so pena de ser cursis que gobierna espíritus y no personas, que lo respetan o fingen respetarlo políticos de todos los partidos, salvo el idiota de Carlos Abascal, quien prohibió que su familia leyera Aura por “pecaminosa”.

Fuentes poco viene a México y cuando lo hace es por una razón poderosa: la publicidad. Sobre su vida privada personal hay poco dicho por él mismo. Ha preferido cultivar esmeradamente su parte pública y ello tal vez le haya sido duro; pienso en sus hijos o en la primera esposa. Con frecuencia da la impresión de ser insensible o ajeno a las penas familiares. La fama ante todo. Es una leyenda. En París se habla de él, en Viena igual, para qué citar Nueva York, Londres o Buenos Aires, no existe país donde no haya libros suyos. No tan célebre como sus paisanos Diego Rivera y Frida Kahlo, su obra es referencia mexicana o casi, porque un profesor norteamericano decía con ironía que Fuentes era el primer autor chicano. O alguien que piensa mexicano en inglés. Su elegancia y distinción son ya proverbiales en un mundo que se globaliza en puras fachas, en ropa no casual sino en harapos como los que han hecho célebre a su tocayo Monsiváis. En una nota aparecida en el DF, el reportero lo describía luego de muchas entrevistas con escritores: “Sólo bebe vino blanco y champaña. Le gusta comer en restaurantes donde el trato es cálido y, por ello, en Londres, su lugar preferido es el conocido como La familia...” En síntesis, no hubo más que reconocimientos y ninguna voz discordante, pese a que las hay, bien las conozco. Muerto Ricardo Garibay, persisten otros criterios negativos. Alguien me dijo --creo que fui yo mismo--, que Fuentes era rey de Liliput.

No estoy en desacuerdo con el desaforado homenaje a Fuentes, lo que me gustaría es que otros más también lo recibieran. Paz volvería a morir si contemplara el mes, algo que él jamás recibió y eso que tuvo todo, absolutamente todo.

La única vez que comí con Carlos Fuentes, lo he narrado en mi libro autobiográfico Nuevas Recordanzas, fue a través de una cita concertada por Raúl Cremoux. En cuanto nos saludamos me dijo algo que yo sabía: que una investigadora norteamericana, Norma Klahn, había escrito un libro sobre la estructura de la novela corta; los ejemplos utilizados eran nada menos que Aura y una mía, Tantadel. Como pasamos velozmente a otros temas, no pude decirle que había conocido a una jovencita de unos quince o dieciséis años cuyos padres la habían registrado con esos nombres literarios: Aura Tantadel. Me la tope durante una conferencia que dicté en la Preparatoria número 1 de la UNAM. Me pidió la firma en mi novela y dijo con voz serena que eran dos libros que habían amado sus padres. De acuerdo, le dije, sólo te falta que Carlos Fuentes firme tu ejemplar de Aura. ¿Lo habrá conseguido en este maremagnum que han sido treinta días de reconocimientos hasta de lo que no hizo pero pudo hacer?

Carlos Fuentes es el tema mexicano inagotable. El único capaz de reunir a los partidos en pugna. Lo aman los del PRI, los del PAN y los del PRD, bueno, lo adoran hasta los partidos pequeños, los que la gente califica con merecido desdén como morralla. Ha cruzado pantanos y no se ha manchado. No olvidemos que fue embajador de Luis Echeverría en Francia, que se desgañitó señalando, junto con Fernando Benítez (otro de historial oscuro, baste con recordar su larga entrevista laudatoria a Carlos Hank González, fundador de una estirpe de pillos y que terminara en el servicio diplomático de un sistema que fingió desdeñar) que no había alternativa nacional: o era Echeverría o era el fascismo. Renuncia al cargo cuando Díaz Ordaz fue nombrado representante de México en España y así retorna a la heroicidad, a la lucha contestataria, a la trinchera más o menos crítica, a los tiempos en que fue el intelectual que en 1968 visitó a los muchachos rebeldes en París. Felicidades por sus ochenta años. No puedo quedarme atrás, desentonaría en los homenajes que a diario se suceden y que hubiera provocado las envidias de Reyes, Vasconcelos, Martín Luis…

noviembre 24, 2008

ONCE MIRADAS SOBRE RENÉ AVILÉS FABILA


En el año 2007 se cumplieron cuarenta años de la publicación de la primera novela de René Avilés Fabila, Los juegos. Este aniversario no pasó inadvertido: a los diversos homenajes que se organizaron en su honor, se sumó la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que trabaja como profesor de tiempo completo desde su fundación. En el libro que ahora publicamos se incluyen algunos de los textos presentados en varias mesas redondas del homenaje que en su momento le rindiera esta universidad. Carlos Bracho, Felipe Gallardo, Eve Gil, David Gutiérrez Fuentes, Andrés de Luna, Dionicio Morales, Jorge Munguía Espitia, Carlos Ramírez, Bernardo Ruiz, Ignacio Trejo Fuentes y Betty Luisa Zanolli Fabila son las once miradas que se posan sobre Los juegos y sobre otros aspectos de su obra que delinean claramente a RAF como pieza fundamental de la narrativa mexicana contemporánea.

noviembre 06, 2008

Pasos de ornitorrinco: Los amores de RAF

Aparecido en El financiero Cultural. Miércoles 5 de noviembre de 2008.

La sola mención del nombre de René Avilés Fabila parece a muchos una provocación. Sin duda es uno de los autores más difundidos en México, desde hace 40 años, cuando decidió que podía rebelarse contra lo establecido, como miembro del Partido Comunista y como escritor. En Mester fue discípulo de Juan José Arreola y becario del Centro Mexicano de Escritores. Publicó en 1967 Los juegos, una ácida crítica contra La Mafia, lo que le valió un buen número de enemigos en el medio cultural de la época y llamar la atención de los lectores.

A raíz del 68, Avilés Fabila escribió El gran solitario de Palacio (1971) una novela política que se editó en Argentina. A este título lo precedieron y sucedieron diversos libros de cuentos, donde se alternan imaginación y fantasía en contraste con relatos de corte realista. Con su novela Tantadel (1975) confirmó la calidad de su oficio.

Al paso de los años, Avilés Fabila ha mantenido fresca su rebeldía y carácter. Como literato, y como periodista, RAF sabe captar la atención y es un catalizador perfecto: o se le ama o se le odia.

Ahora la colección “Tinta Nueva” de Axial publica El amor intangible, novela donde Avilés Fabila regresa al tema que lo obsesiona: el amor. El libro llamó mi atención a partir de mi hipótesis de que la mayoría de los escritores mexicanos son profundamente luddistas ante las computadoras y sus recursos: basta ver sus archivos electrónicos o sus blogs para comprobarlo.

El amor intangible se refiere a la búsqueda de relaciones sentimentales a través de Internet. El protagonista es un hombre solo, cincuentón, muy aficionado a la computación y poco dispuesto a comprometerse, quien convencido por una amiga de las bondades de conseguir pareja a través de la red se concede un primer intento.

Tras una primera experiencia, en la que recupera a una antigua compañera de escuela, se convence de que el procedimiento le atrae. Así el lector atestigua cómo adquiere una nueva y dedicada costumbre. No obstante, la búsqueda termina cuando comienza una larga correspondencia con Fátima, una psicóloga inteligente y fascinante, cuya cultura y cualidades —entre otros atributos— lo cautivan.

Este proceso de fascinación y los puentes que se establecen entre ambos personajes son el eje de la historia. De hecho, el develamiento de ambas personalidades, y el vínculo de lenta y mutua seducción que se da a través de la creciente correspondencia, van ordenando el rompecabezas sentimental de esta pareja que posterga el momento del encuentro: el del conocimiento de los cuerpos que guardan esos brillantes conceptos, los juicios contrastantes, los contrapuntos de opiniones en torno al cine, la política, la poesía, la música, etcétera.

El interés de la obra es creciente. El tópico del engaño en las relaciones amorosas, uno de los ejes narrativos de Tantadel, reaparece en El amor intangible. El protagonista, cuyo anonimato se oculta tras la voz en primera persona, busca mostrarse con sus mejores cualidades, aunque miente en diversas ocasiones en relación a la fidelidad que le ha prometido a Fátima.

Llama la atención irrumpir en los ritos íntimos de esta relación, cuyos viajes y encuentros virtuales tienen una intensidad que rebasa su lejanía física. El lector se pregunta: ¿es la pasión amorosa un autoengaño? Difícil es averiguarlo: Fátima calla y cela solamente en los momentos críticos de la relación; pero el pretendiente parece siempre tener recursos para recuperarla.

Pocos personajes femeninos tienen la consistencia de Fátima, cuyo discurso y lenguaje contrasta con el del protagonista, para quien su mayor ilusión es el encuentro con la amada.

Por ello llegar al desenlace de El amor intangible provoca tanto interés, ya que plantea: no quién es esa mujer; sino cómo es esa mujer. Con este recurso el autor ha dado la vuelta con gran acierto a la búsqueda del objeto del deseo, lo cual hace de esta novela uno de los libros más sobresalientes de la obra de Avilés Fabila. Toda una provocación.

Homenaje a Rubén Bonifaz Nuño


Como todo caballero, Rubén Bonifaz Nuño tiene espada, armadura y escudo y los utiliza para salvar hermosas doncellas, proteger a los desamparados y defenderse del infortunio. Tales armas están contenidas en una sola palabra mágica: poesía: …hermosa entonces, joven como ahora,/ no me ames; recuérdame/ tal y como fui al cantarte, cuando era/ yo tu voz y tu escudo/ y estabas sola, y te sirvió mi mano. Brillan, pues, sus amores, tragedias y su peculiar sentido del humor que no lo abandona. Dentro de muchas pruebas, recuerdo una época en que Bonifaz Nuño y yo hicimos divertidos viajes por Estados Unidos y México, solíamos inventar especie de Minificciones, recuerdo una: Rubén y yo acostumbramos ir juntos con mujeres: lo que no puede uno lo intenta el otro.

Rubén es el amor y el desamor, sus versos calan en el corazón de los amantes e impresionan tanto a sus lectores que los hacen circular por Internet. Amiga a la que amo: no envejezcas./ Que se detenga el tiempo sin tocarte;/ que no te quite el manto/ de la perfecta juventud./ Inmóvil/ junto a tu cuerpo de muchacha dulce/ quede, al hallarte, el tiempo. Épica de lo cotidiano, la poética de Rubén Bonifaz Nuño deja constancia de sus penas y de las nuestras. Pocas veces en la literatura en castellano, alguien ha tomado por nosotros la voz y ha dicho con belleza extrema lo que queríamos decir. Aún en el aspecto social, es nuestro campeón y se bate con fiera sencillez: “Pasé mi infancia en un barrio fabril, donde estaban tres fábricas: La Alpina, Loreto y La Hormiga, de tal manera que compartí la vida con gente de ese nivel social explotado al cual pertenecía yo también, porque mi padre fue telegrafista y éramos miembros de una familia grande y él tenía un sueldo muy pequeño; por esa razón la pobreza que padecí en mi infancia fue excesiva. Y he dicho muchas veces, no soy gente decente, soy pelado porque me crié entre pelados. Ese sentimiento de ser pelado, de ser parte de la misma clase a la que pertenecen los noventa millones de mexicanos explotados, es lo que me ha inducido a buscar de qué manera remediar el asunto y eso es lo que me condujo a los estudios de la cultura prehispánica, la cual es infinitamente superior a la que tenemos actualmente.”

Dios, dicen quienes lo tratan, castiga y premia, según criterios ajenos al ser humano y ello es fácil de comprobar. A Rubén Bonifaz Nuño le dio belleza física, pero lo hizo tímido con las mujeres (Para los que llegan a las fiestas/ ávidos de tiernas compañías./ y encuentran parejas impenetrables/ y hermosas muchachas solas que dan miedo/ --pues uno no sabe bailar, y es triste--;/ los que se arrinconan con un vaso/ de aguardiente oscuro y melancólico,/ y odian hasta el fondo su miseria,/ la envidia que sienten, los deseos), le entregó el mayor de los dones: el fuego de la poesía y a cambio, le dio sufrimientos físicos y algo atroz: la ceguera. Sin embargo, este mal no llegó de golpe, ha sido gradual y ello quizá sea una tortura especialmente cruel: ir dejando de ver las palabras o los trazos de un pintor admirable, es algo que duele todos los días al notar que se pierde el sentido fundamental. Rubén Bonifaz Nuño hizo versos maravillosos para contar su tragedia. Los escribió a través de una obra poética renovadora, donde como nadie mezcló el lenguaje coloquial con el clásico más elegante. Lo explica: “El libro que más quiero es Calacas, ahí hice algo que me dio mucho placer: está escrito con un tono de pelado mexicano. Ahí están citados Horacio, Virgilio, Homero, Quevedo, el Anónimo Sevillano, Jorge Manrique, Manuel Gutiérrez Nájera, el Cantar de los Cantares; es mi poema más desnudo y más eruditamente de pelado.” Sí, en Rubén entroncan dos hermosas tradiciones, la de los autores prehispánicos y el mundo grecolatino: Nezahualcóyotl y Virgilio. Dos mundos opuestos que en él encontraron una síntesis adecuada. Dueño de una obra perfecta, de extremo rigor formal y exploraciones inéditas y deslumbrantes, la poesía en él es luz de la palabra, relámpago de la inteligencia, sinceridad diáfana; lo demás, penumbra. Respetó el verso clásico pero supo manejarlo dentro de una amplia libertad expresiva, consiguió, de este modo, transformar la poética de nuestro tiempo sin salirse del valor supremo y universal: el amor pasión.

La poesía de Bonifaz Nuño es, en efecto, rigurosa, de gran libertad, con contribuciones a la métrica y al ritmo, las que hizo luego de sentirse abrumado por las aportaciones que hicieron Lope de Vega, Góngora, Bécquer, Pellicer y Cuesta. Su creación en conjunto se agrega a las más distinguidas del castellano.

Los jóvenes lo entienden porque las pocas veces que Rubén aparece en público lo rodean por docenas y rinden tributo al poeta, al inmenso traductor de los clásicos griegos y latinos, a quien mejor tradujo al castellano La Iliada, a quien ama las culturas prehispánicas, al creador de instituciones académicas de alto rango, al universitario fiel que considera a la Ciudad Universitaria el centro del Universo.

Ajeno a grupos y sectas, Rubén tuvo amigos queridos, la muerte se los ha ido arrebatando: hoy permanece en una soledad apenas rota, recibe a unos cuantos y no tiene más refugio que la audición que comienza a traicionarlo. Es frecuente oírlo decir: “La muerte es una compañera que está sentada en el brazo del sillón, mordiéndome lentamente, lo poco que me queda libre. La veo sin temor ni emoción, me parece completamente natural. La muerte, añade, es la desaparición normal de uno, mientras que la vejez es irse disolviendo de la manera más dolorosa y fea.” Es el corolario de un poema suyo escrito en 1981, incluido en As de oros: Y he cambiado. Sordo, encanecido,/ una oficina soy, un sueldo;/ veinte mil pesos en escombros/ y un volkswagen, y la nostalgia/ de lo que no tuve, y el insomnio,/ y cáscaras de años devaluados. Pero los lectores concentran la mirada en su poesía dueña de una belleza física y espiritual que asombra y atrapa: Conozco la razón de la distancia/ y tú me das la cercanía o: Te amé siempre./ desde antes./ Tú desde siempre estabas en mi sangre/ y en el alma de todas las cosas que he querido. La lectura conmueve, desata el amor (los varones la utilizan en el cortejo, las mujeres la repiten esperanzadas), no importa que en otro sitio escriba: Adiós, adiós mis compañeros;/ me presento por si no lo saben: estoy demás en esta vida, y una joven llora segura de que el poeta nunca estuvo de más, sin su luminoso arte, seríamos otros y no necesariamente mejores.

Rubén Bonifaz Nuño se concentró en hacer la obra preciosa, recluido en la UNAM, rodeado de libros, con ella obtuvo los premios y reconocimientos posibles. Su poesía es perfecta, cuidada, insuperable. Por ello le es posible decir: “Mi técnica, mi pleno dominio de la forma, es la que me autoriza a decir lo que quiero. No hay diferencia entre forma y fondo.” Nació poeta. El tiempo y las lecturas, el rigor y la pasión por los clásicos lo confirmaron. Si no la define luego de haber hecho la más hermosa, es porque la poesía no es para charlas ni temas de conversación, como explicaba T. S. Eliot, es en consecuencia algo muy íntimo, imposible de explicar satisfactoriamente porque el poeta estaría desnudándose el alma.

“La poesía --explica Johannes Pfeiffer-- hace patente una actitud del hombre a través de su atemperada hondura esencial. Esto significa que la poesía ‘dice’ más de lo que ‘enuncia’. No importa el contenido que una poesía pueda ofrecernos, ni las ideas que exponga, ni la ideología que profese; lo que importa es su realización verbal.” Escribirla y leerla para disfrutarla. Explicarla es siempre un fallido intento por develar un misterio. Poetas y críticos han dado fórmulas ininteligibles o razones tan sencillas como las de Bécquer que igualmente nos dejan insatisfechos. Para qué hablar de ella o explicarla, hay que ponerla en el papel y luego recorrerla con la mirada, en silencio. Es todo y es mucho. Y Bonifaz Nuño se ha concentrado en hacerla; aunque a veces ha sido indiscreto al dejarnos pistas sobre cómo y por qué escribe.

Bonifaz Nuño se duele de sí mismo en sus versos, al hacerlo refleja el dolor humano, el de los solitarios y desamparados, el de los pobres y desposeídos… Su poesía despierta las más encontradas emociones según quien la lea: dolor, tristeza, amor, pasión, soledad... Dudo que en la poesía alguien haya podido reflejar a través de su propio sufrimiento, con tanta intensa claridad, el dolor de los demás, el amor de los otros. Creo que es una de las claves de su éxito.

Rubén no es un poeta fácil, sus versos encierran claves y enigmas; una secreta alquimia, cada verso tiene dos, tres lecturas; sin embargo sus lectores aumentan, sus admiradores entienden las enormes aportaciones. En Bonifaz Nuño he podido apreciar, lo leo desde hace unos cuarenta años, que su arte tiene adeptos. Decía el citado Eliot que los autores y sus obras “necesitan lectores para vivir”, ellos les dan el aire que necesitan para respirar. A Bonifaz Nuño le aumentan los admiradores, le dan bocanadas de oxígeno y ellos se enriquecen. Veo a los jóvenes con sus libros en las manos, en tanto que a otros escritores que se apoyaron en la publicidad, en el antipoético e inmoral ruido de los medios, ahora se extinguen, mientras la poesía de Rubén se hace poderosa y permanente como una pirámide del Altiplano.

Rubén no es el único que ha hablado de la presencia de la muerte, pero es él quien lo ha hecho como legatario de otras artes y no sólo la del “arte que se manifiesta por la palabra”: Calacas hereda del grabador Posadas, asimismo, quizá, de Quevedo: ¡Cómo de entre mis manos te resbalas!/ ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!/ ¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría,/ pues con callado pie todo igualas!

Rousseau dejó sus Confesiones, Chateaubriand Memorias de Ultratumba, Neruda Confieso que he vivido, Torres Bodet Tiempo de arena. ¿Sólo nos interesan sus vidas? ¿Qué sabremos de Bonifaz, si apenas nos dio recientemente unas páginas autobiográficas? Ah, pero si la biografía del poeta son sus poemas, según dijo Evtushenko y lo confirmó de otra manera león Felipe, “Poesía es biografía”, Rubén Bonifaz Nuño ya la escribió en versos prodigiosos. La suya es una obra donde nos ha dicho de sus penas y aspiraciones, de sus tragedias y éxitos, de sus amores y desamores, que él mira modestos y que son sorprendentes. Incluso sus soberbias traducciones de clásicos griegos y latinos son parte de su vida, muestran que adora a Catulo, Propercio y Homero.

Como si fuera un albur de amor, Rubén puso todo su talento, misterioso, enigmático, al servicio de la poesía y la poesía al servicio de las mujeres y del amor. Dijo: “Mi poesía y las mujeres. Las mujeres son el universo, son las criaturas más perfectas, al menos en el universo que conocemos; en ellas se condensa toda la fuerza de la naturaleza y la fuerza del espíritu.” Los resultados asombran: Escribo amargo y fácil,/ y en el día resollante y monótono/ de no tener cabeza sobre el traje,/ ni traje que no apriete,/ ni mujer en que caerse muerto.

Me siento honrado y satisfecho de estar aquí, junto al poeta deslumbrante. Siempre he contado con su apoyo y amistad, desde aquel lejano 1969 cuando nos conocimos en el Fondo de Cultura Económica, él recogía El ala del tigre y yo Hacia el fin del mundo, ambos publicados en Letras mexicanas. Vi al guerrero vestido con elegante traje civil, hermoso, de agudo ingenio, dueño de una sonrisa que sólo tienen los elegidos y una cultura de hombre sabio, al hombre admirable y admirado y jamás pensé que fuera a aceptarme como su amigo y dejarme mostrarle mi admiración y amor por sus letras y su persona, como ahora quiero públicamente testimoniarlo. Gracias, Rubén.

octubre 13, 2008

Texto leído durante la entrega de objetos personales, libros autografiados y originales del poeta Rubén Bonifaz Nuño al Museo del Escritor

Texto leído durante la entrega de objetos personales, libros autografiados y originales del poeta Rubén Bonifaz Nuño al Museo del Escritor, el 10 de octubre de 2008.

Doctor Rubén Bonifaz Nuño, queridos amigos Rubén Bonifaz Nuño es sin duda el mayor poeta de México, aunque ya conozco su reacción llena de buen humor en estos casos, ¿por qué me limitas, hermano? Tiene razón, so pena de hacerlo avergonzar a causa de su extrema timidez, digo que es el mayor poeta en las letras castellanas, las que se escriben en español por todo el mundo y eso porque no soy un conocedor de la poesía en otros lenguajes. Para fortuna nuestra, es mexicano y lo tenemos al alcance de la mano. Ha ganado una enorme y sólida reputación, indiscutible, con su obra poética, sí, pero también con su tarea como traductor de los clásicos griegos y latinos, como académico de largo alcance y como conocedor de las culturas prehispánicas. Posee, pues, una obra titánica, memorable.

Pero hay algo más, es un ser humano sensible, afectuoso, respetuoso de sus semejantes, que se duele de la pobreza de su país y cuyas opiniones son conocidas. México no ha tenido otro escritor tan admirado y respetado. Hace muy poco el poeta dio una plática en su amada UNAM, en lo que él llamó el centro del país, la Ciudad Universitaria, donde dejó su vida y creó una obra literaria extraordinaria. La Biblioteca se pobló de jóvenes que mostraban devoción por su poesía, un hecho insólito y conmovedor.

Ahora Rubén Bonifaz Nuño honra y engalana al naciente Museo del Escritor al estar aquí presente y donar objetos que le pertenecieron. Si bien ya contábamos con libros suyos, primeras ediciones firmadas, con fotografías autografiadas, ahora estamos en posesión de cosas más personales y significativas para el poeta. En esta modesta Fundación la biblioteca se llama como él: Rubén Bonifaz Nuño, de tal manera que en nuestro trabajo cultural siempre hemos tenido presente la inmensa y prodigiosa figura del hombre que llevó a cabo la hazaña de traducir directamente del griego La Iliada y cotejarla con múltiples ediciones. Rubén ha hecho enormes aportaciones a las letras, pero quisiera dejar constancia de que en su poesía ha sabido mezclar lo popular con lo más estrictamente clásico, una hazaña irrepetible porque se requiere para ello una cultura asombrosa, un dominio de los poetas clásicos y un gran amor por lo nacional.

Muchas gracias, querido y admirado Rubén, por tu generosa donación que enriquece a esta naciente institución que esperamos pronto crezca y tenga un lugar adecuado. Siempre hemos contado con tu apoyo y yo personalmente con tu amistad desde aquel lejano 1969 cuando nos conocimos en el Fondo de Cultura Económica, cuanto tú recogías tu libro El ala del tigre y yo el mío, Hacia el fin del mundo, ambos publicados en Letras mexicanas. Jamás pensé que fueras a aceptarme como tu amigo y dejarme mostrarte mi admiración y mi amor por tus letras y tu persona.

Homenaje a Rubén Bonifaz Nuño

Viernes 10 de octubre 2008

Emotivo homenaje en el Museo del Escritor por su trayectoria poética y humanista, el maestro Rubén Bonifaz Nuño





El doctor Bonifaz Nuño considera que la poesía ha sido el único acto libre de su vida y lamenta sus problemas con la vista porque la máquina mecánica "era para mí un pretexto de pensamiento".




Como el más grande escritor del castellano y el más grande poeta mexicano calificó René Avilés Fabila a su maestro Rubén Bonifaz Nuño.






El chaleco brocado y la leontina con una moneda de oro, características de los años maduros del poeta cordobés, además del primer libro que leyó a los seis años, ya forman parte del acervo del Museo del Escritor.





María Luisa China Mendoza, una de las asistentes, al lado del homenajeado y de Avilés Fabila, quien dijo que Bonifaz Nuño ha formado generaciones de escritores, de académicos y de profesionales de la literatura.

octubre 04, 2008

Entrevista al escritor René Avilés Fabila

Entrevista al escritor René Avilés Fabila
"La euforia de los Juegos Olímpicos apagó la protesta de Tlatelolco"

Mario Casasús
El Clarín de Chile

René Avilés Fabila (1940) después de la controvertida edición de Los juegos (1967), escribiría una novela sobre El Che, pero las manifestaciones estudiantiles dieron un giro a su vida; testigo y sobreviviente de la matanza del 2 de octubre, comprometió su escritura para exhibir al gorila Díaz Ordaz, El gran solitario de Palacio (1971). Giuseppe Bellini elogió su narrativa escenificada en Tlatelolco, por la "gran fuerza de denuncia, un juego extraordinario de humor e ironía, una interesantísima novedad de estilo y estructura"

Nos recibe en el Museo del escritor, el nuevo proyecto de la
Fundación René Avilés; su director recuerda a 40 años: "el movimiento estudiantil era gozoso, divertido y retador"; hace un repaso por sus afinidades político-literarias y reniega de La onda; nos muestra las ilustraciones originales de José Luis Cuevas para su Bestiario de seres prodigiosos. Luego de una hora de audio y otra de fotografías, Clarín.cl presenta la palabra de un auténtico intelectual contestatario, ahora que Tlatelolco se ha oficializado, en los discursos del mármol.

MC.- René, en 1971 se publicaron dos clásicos de la literatura mexicana sobre la matanza del 2 de octubre de 1968: La noche de Tlatelolco por Elena Poniatowska y tu novela, El gran solitario de Palacio ¿qué catarsis viviste al escribirla?

RAF.- El año 1968 me encuentra militando en las Juventudes Comunistas, con dificultades al interior del PC, pues yo tenía simpatía por las lecturas de Trotsky y Mao Tse-Tung, situación que no era bien vista por el comunismo tradicional mexicano, me vinculé al movimiento estudiantil recién egresado de Ciencias Políticas de la UNAM; al principio acudí a las reuniones de intelectuales, lo que resultaba risible, pues el comité intelectual buscaba cierta notoriedad política; lo que hice fue marchar, en lo sucesivo, entre los contingentes de la facultad. Eran tiempos de la Cuba revolucionaria, de las expediciones del Che Guevara, de las campañas políticas de Salvador Allende que marcaron a nuestra generación. Veíamos al nacionalismo priísta como algo atrasado, escuchábamos rock alternativo y la nueva canción latinoamericana, el movimiento estudiantil era gozoso, divertido y retador, creo que es la parte que se nos ha olvidado; la belleza de las multitudes coreando consignas antiimperialistas, contra el PRI, levantando las efigies del Che, de Ho Chi Minh, Mao y Lenin, resultaba emotivo porque México no había vivido eso en muchos años. La izquierda estaba relegada, semiclandestina, los trotskistas éramos un grupúsculo de 30 personas, el Partido Comunista siempre contó con muchos más adherentes, las manifestaciones eran una fiesta de la conciencia. Mi esposa Rosario estudiaba economía en la UNAM y "boteaba" -juntaba plata- para la causa. Nunca imaginé que la represión sería tan violenta, a pesar de que al PRI le urgía deshacerse de las manifestaciones, porque estaban encima los Juegos Olímpicos. "Se pensaba que habría una reacción ruda, pero no al extremo del 2 de octubre, la noche de Tlatelolco comenzó aproximadamente a las 5pm cuando llegamos en los contingentes, se nos dijo que no íbamos a salir de la plaza, que se quedaría en mitin, que no habría mayor problema, pero la acumulación de tropas y 'policías secretos' –podrán serlo en las películas, en México los policías son todos gordos y de aspecto patibulario- los vuelos de los helicópteros y con el estallido de las luces de bengala, como señal, comenzó el tiroteo brutal; lo único que atiné hacer fue tomar a Rosario de la mano y correr hacia un hueco, del lado contrario a la iglesia de Tlatelolco, nos acurrucamos tratando de esquivar las balas, vimos a los muchachos corriendo en una confusión tremenda, para nosotros que no estábamos acostumbrados resultó desconcertante. Finalmente, una familia nos dio asilo en su casa, nos metimos al baño, las balas atravesaban ventanas y muros, aguardamos hasta las 2am y salimos cautelosamente; Rosario perdió los zapatos en la plaza, caminamos con dirección a La Villa, tomamos un taxi, el resto es historia conocida: estudiantes asesinados, desaparecidos y presos políticos. La euforia de los Juegos Olímpicos apagó la protesta de Tlatelolco"."Quedé herido y molesto, de tal suerte que apresuramos trámites para estudiar un posgrado en París a principios de 1969. Tenía pensado escribir una biografía novelada del Che Guevara, traté de enfocarme en el guerrillero, pero sentí que mi deber era escribir un libro sobre Tlatelolco, no soy realmente un periodista, no sé investigar, no sé entrevistar, así que escribí íntegramente en Francia El gran solitario de Palacio. Hablé al DF, para saber si se interesaban en editar mi novela, dijeron: 'no es el momento'; en eso me escribieron desde Argentina, la prestigiada casa editorial Fabril, fui a Buenos Aires a publicar El gran solitario de Palacio, apareció dentro de una colección de escritores consagrados, participaron: la uruguaya Clara Silva y el chileno Carlos Droguett, quedé como el escritor más joven de aquella colección, firmé un contrato para la segunda edición en Fabril de El gran solitario de Palacio (1971) y Los juegos (1967), pero no se llevaron a cabo porque hubo nuevo golpe militar en la Argentina, prohibieron mi novela debido a su temática: 1968, la guerrilla del Che y los militares latinoamericanos. En México se publicó hasta 1973, ya tiene más de 20 ediciones, la han comentado críticos brillantes como el italiano Giuseppe Bellini".

MC.- Participaste en la Comisión de la Verdad 1968 ¿a qué conclusiones llegaron? ¿qué amnesias son inducidas por los gobiernos del PRI y PAN?

RAF.- Trabajamos alrededor de 15 personas: Lorenzo Mayer, Paco Ignacio Taibo II, Sergio Aguayo, Carlos Monsiváis, entre otros. Las conclusiones se publicaron en La Jornada, no van más allá de lo que se sigue manejando, la responsabilidad pertenece a la clase gobernante, a Díaz Ordaz y Luis Echeverría, sobre todo en un país con acelerado presidencialismo, poco importa el milico que disparó, un argumento en mi novela es: "los soldados obedecen órdenes y gozan cumpliéndolas". Valdría la pena releer el informe y ver qué se avanzó en la investigación del crimen de Estado. Sobre la amnesia, otro ejemplo: en DF, la municipalidad Miguel Hidalgo (PAN) organizará un mes de conferencias para conmemorar el 2 de octubre, no sé qué debatirán, no sé de un intelectual panista, no sé de alguien en el PAN que destaque por las causas sociales del país; el 2 de octubre ya está oficializado por el PAN, en un año más, no sería difícil ver a Felipe Calderón haciendo homenajes a los jóvenes de izquierda masacrados por el régimen priísta que defendía los intereses económicos idénticos al PAN.

MC.- 1968 y la incipiente difusión de la contracultura en México, ustedes impulsaron aquella ruptura ¿compartes la idea de José Agustín de no querer etiquetarse como literatos de La onda?

RAF.- En mi caso es peor (risas), inicié escribiendo literatura fantástica, Hacia el fin del mundo (FCE, 1969) lo hice becado por el desaparecido Centro Mexicano de Escritores, bajo la asesoría de Arreola, Rulfo y Monterde; son cuentos que tienen que ver mucho más con Borges y Kafka, una fantasía poco nacionalista, me identifico un poquito con Julio Torri y un más con Arreola. En 1969, aparece una antología afamada de Siglo XXI Editores, hecha por Xorge del Campo, la prologó Margo Glantz, tiene tal éxito y molestias por los no incluidos que hacen una nueva edición y la titulan Onda y escritura (1970), ahí están las características que nos van a ubicar como generación (nacidos en la década de 1940). La onda, contraponiéndola a la buena escritura de Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, en fin. "Por la publicación de mi primera novela dicen que juego a ser biógrafo de la zona rosa, de una juventud etílica y desmadrosa, cuando nunca fui hippie. Sí, había una actitud contestataria, contra la élite cultural y "el cine de oro" mexicano, odiábamos los cursis boleros, los mariachis nos tenían hartos. La clasificación que nos ponen de onderos tendría razón en tanto creamos un lenguaje literario distinto, el de los jóvenes, ubicamos a la ciudad no como un personaje, sino como varios –el que sí monopoliza la ciudad es Carlos Fuentes, siguiendo el ejemplo de Doss Passos en Manhattan transfer- a nosotros nos toca más grande la ciudad y la dividimos en zonas, yo me quedo con la Ciudad Universitaria (UNAM) donde me movía, pero nunca fuimos de 'la onda' o hippies, en todas las fotos de la época salgo de traje y corbata, no entrábamos en la definición de Margo Glantz, ella se hizo muy famosa, tendría que darnos las gracias (risas). José Agustín y yo íbamos a una gran cantidad de foros internacionales, diciendo –en una lucha desesperada- 'no somos onderos, mírennos'. Al pasar los años, nos reuníamos y preferíamos llamarnos Generación Mester –revista que dirigía Arreola, en la que colaboramos- o Generación del 68 o 'del 40'. Pero nos seguirán diciendo de La Onda, aunque unos ya están viejitos, otros murieron o son abuelitos bien portados, ya no beben, no se drogan" (risas).

MC.- Emerges de la literatura fantástica y ahora que citas a Giuseppe Bellini, quería preguntarte sobre El bosque de los prodigios (2007), porque Bellini compiló un Bestiario sugerido por Neruda (1964). El antecedente de tu Bestiario prehispánico es el que ilustró José Luis Cuevas, Los animales prodigiosos ¿vendrían a continuar la fantasía pictórica del Álbum de zoología de JEP y Francisco Toledo? o ¿la incursión de Borges y Arreola?

RAF.- Antes de leer a Borges o Arreola, leía a Kafka; recuerdo que mi primer texto, el que podríamos ubicar como fantástico y dentro de un Bestiario, fue una variante sobre un tema de Kafka, La cruza (el animal mitad cordero, mitad gato). Le mostré el inédito a Arreola y le gustó, propuso que yo hiciera una serie de variaciones sobre Kafka, Arreola la había intentado infructuosamente. Así que comencé mi primer libro, un zoológico fantástico; por aquellos días encuentro en una librería el Manual de zoología fantástica (1957) de Borges, fue todo un descubrimiento, sólo había leído Historia universal de la infamia (1935); quedé sorprendido, lo que Borges hizo con la maestría de un genio, yo pretendía escribirlo. Entonces tomé los animales que me parecieron más atractivos de Borges, sumé a los que ya había extraído de la mitología clásica; el poeta Bonifaz Nuño prologó mi Bestiario, finalmente le pedí a José Luis Cuevas que lo ilustrara. La literatura que me corresponde hacer es la fantástica, la menos leída en México, se ve con cierto desdén, aquí gustan las novelotas con tragedias, todo muy realista o lo histórico, que ha tenido éxito por Fernando del Paso y Eugenio Aguirre. Yo no había mostrado ningún interés por el mundo prehispánico, hasta que destacó el Chac Mool de Carlos Fuentes. ¿Por qué no ir más allá? por qué limitarse a trabajar con animales fantásticos que ya existen de la visión occidental: los griegos, el cristianismo, el medioevo, las serpientes de Brunetto Latini, los animales de Flaubert o las tentaciones de San Antonio. Al escribir El bosque de los prodigios, decidí estudiar arqueología, antropología, ver los murales prehispánicos y códices en papel amate para inventar una serie precolombina. Mis bestiarios no son sólo la descripción de los animales, son la historia, son personajes, se mueven y actúan, como en las fábulas. Sin embargo en México y España no hubo reacción, ni reseñas a mi libro, hay un tufillo antihispano, son animales que se supone ya no vieron los conquistadores o contribuyeron a su extinción.

MC.- La cantera no fantástica comienza con Los juegos, ¿qué tanto te interesa la vanguardia al elegir un tema? fuiste el primer mexicano en llevar a la literatura los clanes del mundo cultural…

RAF.- No hay intención de ser vanguardista, los temas aparecen; cuando me vi obligado a pasar del cuento a la novela, la única idea que se me ocurrió fue satirizar al decadente mundo cultural mexicano, que me sigue pareciendo digno de burla.

MC.- Ediciones Era publicará con Lom, Trilce y Txalaparta: La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968. En su libro, Jorge Volpi cita ampliamente Los juegos. René viendo que todavía levanta ámpula tu ópera prima ¿harías otro árbol genealógico de las tribus culturales?

RAF.- En estos días va a salir un libro que se llama Diez miradas sobre R.A.F. resultado de un homenaje en la UAM por los 40 años de Los juegos; Dionicio Morales y Jorge Munguía hacen un análisis del gran costo que pagué por publicar mi primera novela. El mundillo cultural se ofendió y eso me costó mucho más de lo que me favoreció; sí, me di a conocer y rápidamente participé en Bellas Artes, que entonces era un foro muy selecto, nosotros lo democratizamos; entré al catálogo del Fondo de Cultura Económica, mi nombre estaba en todos lados, había una cantidad de escritores latinoamericanos que se interesaban en Los juegos, fue una irrupción brutal que trajo su parte positiva. El costo viene con los desprecios, los desdenes y ajustes de cuentas que se mantienen, todavía me encargo de darles vida. Cuando desaparecía la controversia, volvía a hablar de Fernando Benítez y la puñalada al publicar la biografía de Hank González; recuperé la figura de Carlos Monsiváis que aparece en Los juegos, la serie de ironías contra Monsiváis me produjo una reacción hostil de los poetas José Emilio Pacheco y José Carlos Becerra, mucha gente que no rompió conmigo me reclamó que incluyera en Los juegos a José Luis Cuevas, Monsiváis, María Luisa Mendoza y Carlos Fuentes, él lo tomó con sentido del humor; José Luis Cuevas ha ilustrado 20 libros míos; La China Mendoza es mi amiga del alma. Los odios que no he logrado destruir están activos, recientemente solicité la beca del Sistema Nacional de Creadores y me la negaron; considerando que el año 2007 escribí 20 páginas donde ridiculizo a Monsiváis como "regalito" por sus 70 años, también soy pionero en eso, ahora sale Luis González de Alba –en Letras Libres- con una feroz descripción de "Monsi"; o el Subcomandante Marcos: "Monsiváis es el crítico más filoso y brillante de la derecha en México" (Corte de Caja; 2008), lo que dijo Marcos, es el epígrafe perfecto para mi ensayo biográfico sobre Monsiváis.

MC.- ¿Qué sucede en tu paso de escritor a editor?

RAF.- Empecé de periodista muy joven, en El día (1962), bajo la dirección de Enrique Ramírez, después lo satiricé en Los juegos porque venía de la izquierda marxista y se pasó cómodamente al PRI. Siempre fui un fallido entrevistador, recuerdo que Fernando Benítez me envió a entrevistar a Mario Benedetti, pero no quiso recibirme; Nicolás Guillén tampoco me concedió una exclusiva, preguntó si yo era un agente de la CIA, entonces saqué mi "charola" de las Juventudes Comunistas, nos hicimos amigos; igual con Alejo Carpentier, pidió el cuestionario con días de anticipación, cenamos en París, pero la conversación fue off the record. Ante tal fracaso, me dediqué a escribir notas sobre libros, que derivaron en análisis político, colaboré en la fundación del unomásuno (1978). De un periodiquito modesto -Diario de México- recibí la invitación de Excélsior, en 20 días era director de la sección cultural y en 3 meses fundé El Búho (1985), nos manejábamos con valores distintos al consejo administrativo de Excélsior, pinté mi raya con Regino Díaz Redondo, prueba de ello es que hasta Monsiváis escribió en El Búho; en 14 años siempre defendimos la libertad de expresión, junto a la revista Plural que dirigía Jaime Labastida con los poetas Saúl Ibargoyen, Jorge Boccanera y Juan Bañuelos. Clausuraron El Búho porque pedí la renuncia de Ernesto Zedillo; regresé cuando desalojaron a Regino Díaz de la cooperativa de Excélsior, las vueltas de la vida; desde 1999 edito freelance El Universo de El Búho; así pasé al periodismo, fue una amante; la literatura sigue siendo mi esposa.

MC.- ¿Por qué tus Memorias de comunista se encontraron en un basurero del "mall" Perisur? ¿es el menor de los males?

RAF.- Es un libro que me costó mucho esfuerzo, la URSS era todo para mí. Cuando llegué a Moscú, por primera vez y siendo militante del PC, preguntaba: "dónde derrotaron a los nazis", les decía a los camaradas: "llévenme al campo de batalla en Kursk, quiero ir a Leningrado". Cuba contaba con más adversarios que simpatizantes, yo no he podido ser un crítico de Cuba, sigo valorando a Fidel y a Raúl Castro Ruz. Tardé en escribir mis memorias; Enrique Semo me rescató de la crisis burocrática e invitó a la célula del PC para estudios marxistas que editaba la revista Historia y Sociedad. ¿Cómo explicar esos difíciles 20 años? recurrí a la parte cómica y juguetona para combatir la rigidez del comunismo. Pensábamos que el carnet del PC, era como traer American Express o MasterCard en el bloque socialista, lo mostraba orgulloso para pagar la cuenta en la libreta de racionamiento y los compañeros decían que ya no valía, te pedían el efectivo en rublos. Si durante una manifestación llovía, en el PC culpaban a la naturaleza de confabularse con el imperialismo (risas). El socialismo no tiene que ser tan solemne.

MC.- ¿Por congruencia a tu formación comunista inauguraste la Fundación René Avilés?

RAF.- Sí, lo aprendí de los primeros años revolucionarios de México, con Vasconcelos repartiendo libros o dando los muros a Siqueiros, Orozco y Rivera. En nuestra formación literaria todos nos ayudaban desinteresadamente, Juan José Arreola fue nuestro maestro por dos años sin cobrar un centavo, hasta su whisky nos tomábamos. En el Centro Mexicano de Escritores, Juan Rulfo, Francisco Monterde y Arreola tenían formidables muestras de generosidad; a pesar de que discutíamos con José Revueltas, me apoyó muchísimo. La
Fundación R.A.F. no es patito, ni trucha; agrupa un montón de escritores importantes; alberga colecciones de arte (de José Luis Cuevas a Sebastián) y bibliográficas (15,000 volúmenes); editamos la revista Universo de El Búho que cumplió 10 años (5,000 ejemplares mensuales, distribuidos gratuitamente); impartimos cursos, talleres y conferencias; trabajamos en El museo del escritor, gestionamos ante Conaculta un espacio en DF, para el primer museo de los escritores a nivel mundial; hemos recibimos valiosas donaciones: manuscritos, caricaturas, libros con dedicatorias, fotografías y cartas inéditas, gracias a la solidaridad y vanidad de los colegas.

MC.- ¿Estás en contacto con otras Fundaciones de escritores en Iberoamérica?

RAF.- Estoy en trámite de firmar un convenio con la Fundación Alonso Zamora Vicente –brillante académico y filólogo madrileño fallecido en 2006- la familia administra un precioso museo en España y su monumental biblioteca…

MC.- Políticamente ¿te identificas con la Fundación Rulfo?, ni pensar en colaborar con la nefasta Fundación Neruda…

RAF.- Por supuesto, independientemente de las admiraciones, a Neruda le tengo una gran devoción, desde chavo memoricé Los veinte poemas de amor y la canción encabronada. Con Rulfo, los herederos están en una valiente posición de proteger su figura y copyright. Juan Rulfo fue un hombre progresista, crítico del sistema, hizo enérgicos señalamientos contra el ejército, trabajó en el Instituto Nacional Indigenista y asesoraba a los becarios del Centro Mexicano de Escritores; con la familia Rulfo sí se puede colaborar. Con los chilenos de la Fundación Neruda tienes que ser cauteloso, por los intereses que representan.

MC.- Finalmente, tu reciente libro recrea El amor intangible u online, ¿cuándo recibiste el primer e-mail de las musas para narrar un epistolario multimedia?

RAF.- El correo electrónico,
l@s comunidades virtuales, chats y blogs son los nuevos aspectos de la necesidad de la humanidad por comunicarse con sus semejantes, de palear la soledad, de buscar el amor a cualquier precio y riesgo. Desde muy chico quise escribir una novela epistolar, donde las cartas fueran todo. Cuando arribamos al 2008, resulta que el cartero ya no existe, sólo te llegan a casa los cobros u órdenes judiciales, ahora todo se hace vía Internet. El hilo conductor del amor es el mail; por el tem@ mi nuevo libro interesó a los jóvenes y periodistas culturales; Mario ¿no te parece curioso que tú me avisabas por e-mail que el semanario Proceso publicó una reseña de El amor intangible?

octubre 02, 2008

Sección de escritores y libros El gran solitario de Palacio de Avilés Fabila

Novedades Información Nacional 30 de septiembre de 1976 Sección de escritores y libros El gran solitario de Palacio de Avilés Fabila Edmundo Valadés

Publicado por primera vez en Buenos Aires y con una segunda edición agotada rápidamente al imprimirse en México. Aparece ahora una
tercera versión. Corregida y definitiva. La novela de René Avilés Fabila “El Gran Solitario de Palacio”. Con signo de la editorial V Siglos. De esta obra se dice que es una inmensa alegoría –centrada en la matanza de Tlatelolco- de los últimos cincuenta años de la vida política del país. El escritor Bernardo Bervitsky ha dicho que sorprende el talento de Avilés Fabila ya que partiendo de la risa llega al horror. Un crítico peruano, opina que Avilés Fabila logra una feroz disección de su país y otro, italiano, visualiza esta novela como un juego extraordinario de humor e ironía, con una interesantísima novedad de estilo y de estructura.

octubre 01, 2008

EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO

El gran solitario de palacio, para muchos la mejor novela de 1968, posee grandes méritos literarios y testimoniales que resisten las pruebas del tiempo y del espacio. Esta obra, fundamental para nuestra narrativa, no trata sólo sobre el movimiento estudiantil y la masacre en Tlatelolco, si no que es un recuento del México contemporáneo que bien puede ir de los tiempos del general Cárdenas al momento que el PRI pierde la presidencia en el 2000.

Concebida como un amplio mural, El gran solitario de palacio es una alegoría que entrelaza varias historias. El eje es la fatídica tarde del 2 de octubre en Tlatelolco. A través de sus personajes el lector puede reconocer los rasgos más característicos de la realidad tal como fue vivida. En un extremo, jóvenes idealistas enfrentándose a un régimen, en el otro, ese régimen encarnado en un hombre autoritario e intolerante; un hombre sexenal completamente solo a causa de su excesivo poder. De la novela, traducida a varios idiomas, se ha ocupado ampliamente la crítica especializada. Giussepe Bellini reconoce en El gran solitario de palacio “una gran fuerza de denuncia, un juego extraordinario de humor e ironía, una interesantísima novedad de estilo y de estructura”. René Avilés Fabila consiguió escribir un clásico, una obra perdurable gracias a su mezcla de realidad y fantasía así como a la capacidad crítica de su autor.


Revista de la Universidad de México
Volumen XXVII, número 5
Enero de 1973

Lectura
Entre la novela y el testimonio

Humberto Musacchio

Los géneros tradicionales han sido insuficientes para encerrar la creación literaria; hoy se habla de cuento, novela, poesía, relato, testimonio y hasta “cronovela”, como diría María Luisa Mendoza. Sin embargo, en lugar de que el aumento de géneros y subgéneros nos sirviera para encuadrar con mayor precisión una obra, es obvio que hoy se presentan mayores dificultades para establecer sus límites.

El Gran Solitario de Palacio,* de René Avilés Fabila, ofrece las dificultades que señalamos: mezcla de novela con pasajes de alta calidad en lo que se refiere a la técnica narrativa y al manejo del lenguaje, junto a testimonios sobre los hechos sangrientos de 1968.

Para no pecar de purismo o de excesiva liberalidad omitiremos la acostumbrada camisa de fuerza de esta obra y nos limitaremos a verla en sus partes más valiosas; pero antes, habremos de dar la “ficha” del autor.

René Avilés Fabila nació en 1940 y se nacionalizó escritor antes de cumplir veinte años. El bautizo literario lo recibió en el famoso taller de Juan José Arreola y ahí publicó sus primeras cosas en la revista Mester.

Antes de que apareciera su primera novela, Los juegos, entrega una biografía de Albert Schweitzer a la Secretaría de Educación, la cual le paga $1,000.00 al editorial. No faltarán quienes vean en esa versatilidad del escritor un signo de genio, la verdad es que nuestros literatos jóvenes tienen que valerse de cualquier cosa para subsistir y continuar así, escribiendo lo que verdaderamente les interesa.

Los juegos
es una bomba que explota en medio del ambiente intelectual mexicano: todos los que han alcanzado algún renombre son satirizados sin clemencia en un libro divertidísimo que reprocha a nuestra inteligencia la vida entre cocteles interminables que son un concurso de alabanzas mutuas mientras un líder campesino es asesinado con toda su familia en una humilde choza y un dirigente sindical ferrocarrilero se pudre en la cárcel. La mayor indignación proviene de quienes se cuelgan la etiqueta de intelectuales “de izquierda”.

Los juegos hubo de salir en dos ediciones de autor y ahora será publicada por una firma argentina, lo que demuestra que a pesar de todas sus fallas de estructura y sus atentados gramaticales era —y es— un libro que vale.

Viene después el que probablemente sea su mejor libro Hacia el fin del mundo (FCE, 1969). Despliegue impresionante de imaginación, manejo preciso de la palabra y bello transcurrir de esos relatos de fuerte contenido. Un libro redondo por el nivel sostenido de calidad y lo singular de su temática.

Alegorías
da título a un volumen de textos, la mayor de los cuales había publicado esta misma Revista entre los de trece escritores más, todos jóvenes y prometedores. Un libro de cuentos, La lluvia no mata las flores, redondeaba la tarea de varios años, pues en ese volumen había trozos de la obra, representativos de varias épocas, desde la arcaica era arreolista hasta lo escrito simultáneamente a los primeros borradores de El Gran Solitario de Palacio.

Pero hay que decir algo del libro que motiva esta nota y antes de otra cosa afirmamos que se ubica en el contexto social que condiciona al escritor. La realidad, arcilla para esculpir cualquier escultura, cobra bellas formas a pesar del clima desgarrador que condiciona las existencias de cada personaje y el ambiente en que se desarrollan las anécdotas.

Tlatelolco, la plenitud de agosto y septiembre de 1968, las infaltables torturas y la secuela represiva que cobra diferentes formas y tiende a destruir la moral de los activistas, todo esto enclavado en la tragicómica institucionalidad de un país que guarda enorme parecido con México.

El Gran Solitario es el caudillo triunfante que emerge de la Gran Revolución —todo es grande en un país así—. Se ha luchado por la democracia y contra un tirano que se perpetuó en el poder; así, los triunfadores se ven imposibilitados para recurrir al mismo expediente que los derrotados y ponen en práctica un sistema que cumple las formalidades de la democracia sin poner en peligro los sitios de mando que corresponden a los vencedores.
Cada seis años el caudillo se somete a una delicada operación de cirugía plástica, la cual, al tiempo que le permite cambiar de rostro, le deja también salvaguardar los principios de la gesta armada que le llevó al poder.
Si hubiéramos de colgarle una etiqueta, diríamos que se trata de una novela política, con todos los riesgos que tiene la adjetivación. Avilés Fabila se mete, y fuerte, con su realidad social, afrontando los enormes peligros que le presenta la inminencia del panfletismo; inminencia que no se aleja de ninguna obra política. La cuestión es no dejar que el panfleto se acerque demasiado. Eso lo consigue René y sale airoso de la prueba, a pesar de ciertas páginas donde estuvo a punto de sacrificar la objetividad literaria por la posición partidista.

Cuando parece a punto de caer en la propaganda echa mano de un recurso que sabe manejar magistralmente: el humor. Ese don tan especial del autor para manejar un humor fino a veces, explosivo en otras ocasiones, lo caracteriza desde siempre. Ese humor que le impone la obligación de satirizar en lugar de pontificar, es quizá una de las mejores cualidades para decir que sus libros valen a pesar de todos los defectos que en la actitud más melindrosa podamos hallar.

Personajes conocidos por todos, son despojados de su maloliente solemnidad y situados donde corresponde. Las sacrosantas instituciones no se salvan de la corrosiva prosa de Avilés Fabila y de ese modo nos permite asistir al espectáculo maravilloso de un mundo desmitificado, cruel frecuentemente, pero que conserva siempre la vista puesta en una perspectiva más humana.

Un crítico eminente decía hace poco que nuestra literatura no ha dado a últimas fechas obras con la suficiente altura estética, pero a cambio de ello, los escritores se han mostrado comprometidos con su realidad. El se refería a lo publicado en 1971. René Avilés Fabila no arribó a ese compromiso después de 1968, sino desde su emersión como escritor, y lo mejor: ahí se conserva sin hacer concesiones ni en la posición política ni en la autenticidad literaria.

* Avilés Fabila, René. El Gran Solitario de Palacio, Cía., General Fabril Editora. Buenos Aires, 1971. 222 pp.


Ovaciones página 5
Miércoles 27 de febrero de 1975
HONESTIDAD Y LITERATURA
Por Humberto Musacchio

Hoy voy a invadir el campo que generalmente surcan los compañeros Alejandro Miguel y René Avilés Fabila. Quiero referirme a un libro que es muestra del valor cívico y crítica social; que es un vigoroso ejercicio de la libertad y una obra literaria que se ubica sin miedo y sin trampas en el mundo convulso donde vive su autor.

La Obra se llama El Gran Solitario de Palacio y el autor es, precisamente René Avilés Fabila, a quien los pacientes lectores han visto exponer sus puntos de vista, sobre diversos problemas, en esta página que ha sabido acoger, de manera amplia y generosa, las inconformidades y disidencias de nosotros los colaboradores.

El Gran Solitario…
presenta en forma novelada esa tragedia inmensa que conocemos como 1968 mexicano. Resulta oportuno referirnos a ella porque acaba de aparecer su primera edición mexicana. Una publicación anterior se realizó en Buenos Aires agotándose en pocas semanas los miles de ejemplares que vieron la luz. Fabril Editora, la casa que la publicó, quebró al poco tiempo y por eso tuvo que ser otra firma la que la volviera a editarla. Esta firma es mexicana y ello muestra que la autocensura empieza a desterrase en México.

Pero volviendo a los hechos que se tocan en la novela, hemos de decir que la inscriben en uno de los géneros más ingratos de la literatura: el político. Todos sabemos que pocas obras que abordan la realidad, el poder y la opresión han tenido éxito. Si la política es ingrata muchas veces con las que la ejercen profesionalmente, más todavía lo es con aquellos que asumen una posición contestataria en la creación artística.

El Gran Solitario… se ha encontrado con la ingratitud que significa el silencio, con la complicidad que encierran las actitudes de algunos “críticos interesados, o de aquellos que en nombre del artepurismo se resisten a dar por buena la literatura que olvida la intimidad y la churriguera. René es directo en el lenguaje y agresivo en su forma de decir las cosas. Toda su obra ha sido un combate permanente contra la impostura, contra la inteligencia que desprecia las luchas sociales porque es incapaz de ver en ellas otra cosa que contaminantes de su arte “inmaculado”

René Avilés acusa, señala culpables, denuncia con pasión furiosa la mugre y la bestialidad que ensucian nuestra vida social. Para él, como para muchos ciudadanos, los muertos de Tlatelolco merecen algo más que lágrima hipócrita y la lamentación que se niega a concretar responsabilidades. La tiniebla que cayó sobre la Plaza de las Tres Culturas y sobre la vida pública mexicana exigen actitudes viriles y honestas. René Avilés las adopta sin dobleces en este libro amargo.

Pero no se crean que esas páginas son el canto plañidero de un militante desilusionado. No el escritor que hay en René, con oficio y sinceridad dan un tratamiento humorístico a los hechos para que la burla acabe de situar a quien, se dio muerte ante la historia.

Una mezcla bien dosificada de humor explosivo de decir efectivo -no efectista- y honda y desgarradora franqueza, eso es El Gran Solitario de Palacio. México lo podrá conocer ahora que el libro se edita aquí. Es una obra de creación donde la realidad –materia prima de la literatura- se levanta con la fuerza por sí misma tiene y con el poder que sólo puede darle un escritor entero.

Contra los que reniegan de su tiempo y su realidad queda ese libro. Su valor no lo pueden dar más que los lectores capaces, por sensibilidad e identificación, de asumir plenamente la verdad que ahí se recoge. No serán los amantes de la exquisitez ni los buscadores del elogio gratuito quienes se emocionen, serán los hombres y mujeres que caminaron de cara al futuro.

agosto 24, 2008

Fragmento de El solitario

Fragmento del libro El tema de la dictadura en la narrativa del mundo hispánico (Siglo XX) de Giuseppe Bellini, que se refiere a la novela El gran solitario de Palacio de René Avilés Fabila. Publicado por el Consiglio Nazionale delle Ricerche. CNR-Bulzoni, Roma, 2000, en las pp. 67-70

De más sólida envergadura y significativo alcance es El gran solitario de Palacio, novela del mexicano René Avilés Fabila, que se publica en 1971, centrada en los hechos de la matanza de Tlatelolco. En su tercera edición de 1976 el autor ha «mitigado» los «excesos barrocos» de la novela, «limado las asperezas», «tachado sensiblerías y vaguedades», pero no ha disminuido la virulencia contra un Estado al que define corrupto, dirigido por un caudillo que ya lleva, en sus periódicas transformaciones sexenales, cincuenta años gobernando.

La alusión es evidente: se trata del sistema de gobierno del Partido Revolucionario Institucional, que sigue gobernando México desde más de cincuenta años, acudiendo al sólo cambio de Presidente en cada legislatura. Por eso Avilés Fabila habla de un «Partido de la Revolución Triunfante» que sigue en el poder y denuncia en los candidatos a la presidencia del país la presencia al fin y al cabo de una sola persona, transformada, maquillada, para que parezca nueva cada seis años, con ocasión de las nuevas elecciones, «de acuerdo a los factores reales de poder (iglesia, banqueros, embajada estadounidense) y a las experiencias del momento».101

Alargándose en la sátira, el escritor advierte que el candidato recibe a la vez «dosis de glándulas de mono (tal vez por esta razón en ocasiones se comporte como orangután o su físico afiance las teoría darwinianas) y tratamientos rejuvenecedores que incluyen hormonas», de modo que «De la clínica emerge un hombre revitalizado para ir a la campaña y ganar las elecciones»102. Sostienen al sistema los intereses económicos y políticos sobre todo estadounidenses. La fuerza del mandatario reside en la policía, que ejerce duras y sangrientas represiones.

La posición política del novelista queda patente en su defensa del comunismo, perseguido en México, pero no se limita a defender una ideología, sino que responde a una preocupación moral realmente viva. La saña de Avilés Fabila contra las expresiones armadas del poder se revela en la animalización a la que en su novela somete a sus miembros:

Tres soldados penetraron bruscamente [en la prisión]. Los
encabezaba un hombre de facciones caninas, de perro viejo y
malvado, que comenzó a ladrar y unos segundos después o los
ladridos se convirtieron en palabras o se hicieron inteligibles
para Sergio.
- Arriba, desgraciado. Ya te toca.103

Los militares son identificados con los gorilas, pero, al contrario de estos, que son animales inofensivos y de buen carácter, escribe Avilés Fabila, más bien se parecen a los orangutanes, hasta físicamente: «de brazos en el suelo, tienen complejos a causa de su fealdad y sus cerebros poseen capacidades mínimas».104 La desconfianza del escritor en las instituciones de su país es plena. Él denuncia el periodismo vendido al poder, la corrupción imperante en los representantes del pueblo, a quienes acusa de camaleones, siempre dispuestos a cambiar de color105, y a los que considera de menor valor que el cerdo, al cual, afirma, el político se parece, tanto que «La Cámara de Diputados es una auténtica piara»106. A pesar de todo estima «correcto e inteligente salir en defensa del cerdo», porque este animal, si vivo no sirve para nada, sacrificado proporciona «manjares exquisitos», mientras el político «ni en vida ni en muerte tiene valor», y fallecido «no tiene mayor utilidad que la que tuvo en vida»107.

Una subcategoría negativa la constituye la policía, «que ejecuta tareas que el orgulloso ejército desdeña», y en ella el policía secreto, «todavía más peligroso», un «animal en cautividad», cuya mentalidad «es inferior a la del militar y a la del policía»108.

El gran solitario de Palacio se construye sobre estas acusaciones tajantes. El autor aprovecha la ironía, la nota grotesca, para dar vida a una sátira durísima contra los responsables de la dictadura. Más que del dictador, a quien liquida apresuradamente, se demora en la denuncia de los ejecutores de sus designios. La novela tiene como objeto principal el de denunciar la matanza injustificada de estudiantes en Tlatelolco presentando una serie de espeluznantes episodios de la represión. Con este libro René Avilés Fabila descorre cruelmente el telón hipócrita con el que el gobierno intentó ocultar una realidad política de opresión. Realidad que había denunciado también el dramaturgo Rodolfo Usigli, no tanto en su lejana comedia El gesticulador109, como en ¡Buenos días, Señor Presidente!110, inspirada en los mismos acontecimientos.

Para mayor información, se puede consultar la siguiente liga de internet:
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/08148385479792984197857/
p0000001.htm#I_0

agosto 20, 2008

La mujer que soñe...

Proceso, 17 de agosto de 2008
La mujer que soñé
Jorge Munguía Espitia


Decía Nabokov que uno de los temas más arduos de tratar era el del amor y que la mayoría de los escritores se limitaban a descripciones ligeras. Las razones de esa dificultad son por el carácter enigmático del sentimiento y la naturaleza siempre cambiante de sus manifestaciones, que exigen de un gran trabajo literario e implican un alto desgaste emotivo, porque en la narración el escritor tiene que sondear sus propios sentimientos y exponerlos. Así, escribir poemas, cuentos, novelas, dramas sobre este tema, constituye una labor importante en la comprensión humana, porque permite recrear esa pasión fundamental en sus maneras particulares e históricas. En nuestro país, René Avilés Fabila ha tratado en varias de sus obras al amor y ahora lo hace con el romance, El amor intangible (Ed. Axial. Col. Tinta nueva; México, 2008. 93 pp.).

La novela, narrada por un personaje innominado, presenta el intercambio epistolar que tiene, a través de internet, con varias mujeres. La correspondencia casual va del conocimiento al encuentro sexual. Hasta que aparece Fátima, mujer increíble, con la que establece un contacto formal. Después el trato y las confidencias provocan una identificación de la que surge la pasión amorosa. La intensidad de la emoción buscará romper la distancia y pasar del medio virtual a la realidad, con la intención de poder convivir físicamente y emocionalmente...

El hombre imagina a la mujer amada con aquello que le gusta y desea, como la fortaleza, la ternura, la compañía, la inteligencia, la paciencia, el erotismo, la discreción. Luego la busca y elige como compañera a aquella que más se acerca a su ideal. El conocimiento lo logra por medio del contacto afectivo y la aceptación de ella.

El tiempo y el trato le muestran siempre una distancia entre lo real y aquello imaginado. No obstante, él reinventa cotidianamente a esa mujer, sin importar lo material, en la fantasía, y es por eso que el amor puede ser etéreo, inasible, ilusorio. En palabras del poeta Antonio Machado, citadas en la historia, está la clave de la narración:

Todo amor es fantasía;
Él inventa el año, el día,
La hora y su melodía;
Inventa el amante y, más.
La amada. No prueba nada
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.

René Avilés Fabila ha escrito una novela corta, sustanciosa, con una prosa precisa y gran sabiduría, que invita a reflexionar sobre el arte del amor masculino.

julio 25, 2008

Pasión y fantasía en René Avilés Fabila

María de Montserrat Moreno Osuna


La simple mención de la literatura fantástica nos remite inmediatamente al terreno de lo imaginario al crear mundos paralelos o seres inexistentes que habitan en este espacio de expresión; la invención de lo imposible y la lejanía de la realidad parecen ser sus constantes. Sin embargo, la fantasía no cumple un objetivo tan evidente: se trata de una realidad sublimada, con infinitos matices para transformar lo cotidiano. Pero también es la función crítica compartida con la estética literaria los que en muchos casos aparecerían como elementos esenciales de los textos fantásticos. Y, como una muestra de la expresión humana, la pasión que se aglutina, se entremezcla y hace intensas nuestras vidas, deja huella en la literatura a través de ese reflejo que logra la palabra hecha imagen. De esta manera, si unimos a la pasión con los seres y situaciones fantásticas, el resultado puede ser un excitante viaje a través de la sensibilidad y por consiguiente una revaloración de nuestras conductas amorosas y sexuales en la rutina diaria.

René Avilés Fabila, escritor con una vasta obra publicada, ha trabajado incansablemente en algunas de sus obras el género fantástico valiéndose del ingenio y el buen humor para explorar los caminos ilimitados de la imaginación que se entrelazan con las pasiones, dándole a sus historias amorosas características tales como: un esquema a contracorriente del cortejo amoroso tradicional; la estructura de la narración basada en fantasías sexuales; un continuo tránsito por la pasión, los celos y el desamor; las imágenes como hilo conductor del erotismo y lo fantástico, delineando el espacio que los prejuicios nos han restringido o las carencias que la monotonía va dejando en nuestras vidas.

En sus historias, Avilés Fabila modifica el modelo amoroso común por medio de un análisis ingenioso y lleno de humor para postular la idea de libertad en el amor cuando la voluntad regula los deseos, apetencias, perversiones y pasiones sin tomar en cuenta el remordimiento y las inhibiciones para llegar más allá de lo puramente racional. Es decir, la infinita búsqueda del erotismo como salvación del amor. También en sus textos se perfila a contraluz el rechazo a la mediocridad sentimental, espiritual y epidérmica cuando sometemos al amor a las características tradicionales y elementales de la pareja, llegando a traicionar la propia esencia erótica e imaginativa del ser, abrumados por la costumbre y el afán de repetir los esquemas establecidos.

Es así como puede percibirse la visión de un autor que descubre lo extraordinario de lo simple y lo intenso de lo cotidiano en un mundo tan fantástico como puede ser el nuestro.


En busca de la fantasía perdida

Antigua como el hombre, la literatura fantástica remonta sus orígenes a la tradición oral de la humanidad, cristalizándose en las viejas baladas, crónicas y escrituras sagradas que dieron salida a los temores humanos ante lo inexplicable y desconocido de su mundo. La literatura más adelante se encargaría de recoger la historia de las experiencias del hombre con sus fantasías.

Probablemente los primeros en incluir en su literatura historias maravillosas fueron los chinos, a través de narraciones de sueños y apariciones entreveradas con sus tradiciones. El mundo occidental, con menos simbolismos y más apegado al realismo, reconoció a la literatura fantástica como género definido en el siglo XIX y en el idioma inglés.

Dentro de la literatura mexicana, el género fantástico es trabajado principalmente a fines del siglo XIX y principios del XX. Nos dice Emmanuel Carballo que es Julio Torri quien preside la corriente fantástica de la narrativa mexicana prefigurando los textos de Juan José Arreola y anticipando entre nosotros a Franz Kafka y a Jorge Luis Borges. Entre los escritores contemporáneos, René Avilés Fabila, desde los inicios de su carrera ha sido un creador de historias fantásticas, separándose de la tendencia realista seguida por sus coetáneos en sus obras debutantes que se ocuparon de hacer un retrato juvenil de la época. José Agustín con La tumba, Gustavo Sainz con Gazapo, Parménides García Saldaña con Pasto verde, etcétera.

El tono de los cuentos fantásticos de este autor, sin variar su esencia crítica, ha ampliado su cobertura temática a través de los años, es así que en su literatura los personajes y temas van desde la mitología, las historias bíblicas, los clásicos vampiros, fantasmas y brujas, presentados en forma de fábulas, alegorías e incluso como cuentos de hadas y sueños.

En estas historias se puede advertir una minuciosa observación de los seres humanos para retratar con ironía la inmensa fantasía de la realidad, así como un profundo conocimiento de los autores clásicos del género.

Algo esencial en estas historias es dejar una visión estética del llamado horror y de lo inexplicable o maravilloso, ya que a partir de esas imágenes la belleza que se deriva de la narración puede interpretarse como una crítica a las ausencias intelectuales, eróticas y amorosas de los seres humanos que dejan de ver cada acto de su vida como una creación irrepetible. Veamos el cuento “El vampiro literario” de este autor:

Las 12 de la noche. La luna estaba oculta tras nubes espesas y entonces la oscuridad aterraba. El vampiro abandonó su féretro en busca de víctimas que le proporcionaran alimento. Se puso su capa negra y avanzó hacia la biblioteca del gran castillo amurallado. Sus pies apenas tocaban el suelo, casi flotaba. Mostrando los colmillos marfileños y agudos parecía sonreír. Era un espectáculo macabro que pocos hubieran resistido. Sus ojos rojizos brillaban en la noche y lo conducían hacia sus objetivos.

Ya en la biblioteca, el monstruo infernal prendió la pequeña lámpara del escritorio y sin mayores trámites tomó libros de Cervantes, Shakespeare, Poe, Joyce, Kafka, Proust, Faulkner, Hemingway... y se dispuso a beberles la sangre para escribir su novela.

Julio Cortázar, quien escribió parte de su obra dentro del género fantástico, decía que éste ‘... se opone a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de psicologías definidas, de geografías bien cartografiadas’.
Es así como la literatura fantástica demuestra que puede ser considerada como un género activo, que propone la imaginación y la creación de espacios, libre de una lógica aprendida que nos ata a un realismo en ocasiones agobiante y que paraliza esa ilimitada capacidad humana para transformar su mundo a través de la fantasía.

El vértigo de las pasiones

En la literatura, como en la vida, el amor feliz es algo extraño y poco común, o como dice Rougemont, ‘El amor dichoso no tiene historia’. Es así como la literatura llena sus páginas más memorables con historias de un amor que se sobrepone a la adversidad y aun a la muerte, entretejiéndose con las pasiones. Adivinando en ellas esa fuerza capaz de invadir el terreno de la razón, las restricciones sociales y los prejuicios morales para hacer del cuerpo y la mente una sola esencia encaminada a un mismo fin: la entrega total del ser. Pero la pasión no siempre lleva implícito al amor, por el contrario, el vértigo de la pasión es a veces el único lazo entre dos personas, alimentado de fantasías y de un deseo vehemente que requiere del sufrimiento que la misma palabra implica para prolongar su duración.

Dentro de las historias --ficticias y reales-- el amor se enfrenta a algunos factores que pueden romper la continuidad en su proceso.

Los celos. Hablar de ellos es mirar de frente a Otelo, quien enardece su pasión ante la sospecha de la infidelidad. Su deseo de poseer íntegramente a Desdémona combinado con la inseguridad por su origen, lo hacen buscar y caer en la trampa de los celos y desatar la tragedia que real o simbólicamente puede vivirse en la relación amorosa cotidiana. También René Avilés retrata en sus historias a los celos, con humor o crudeza, aunque siempre deja ver la destrucción que ellos provocan en el amor. Por ejemplo, en su novela corta Tantadel (1975), Avilés narra una intensa relación entre dos personas cuyo único aliado es el amor contra sus diferencias ideológicas, culturales y de costumbres. Los celos, bordados cuidadosamente, matizan de autenticidad el carácter posesivo del personaje masculino y prefiguran un fin no deseado y que se anticipa desde el inicio de la novela a través de su estructura circular. La pasión es el hilo conductor de la historia y ésta, inevitablemente, los lleva a la separación con la misma intensidad.

A simple vista, los celos y la infidelidad son dos elementos que pueden asociarse en el deterioro amoroso, pero no siempre la infidelidad consumada implica el desamor hacia la pareja ‘traicionada’ ya que puede tratarse de un simple deseo epidérmico que no crea lazos entre los amantes efímeros. En Trópico de Cáncer, Henry Miller lo dice de una manera sencilla: ‘Día y noche pensaba en ella, incluso cuando la engañaba’. ¿Serían acaso los celos necesarios o qué tan real es el engaño? Los celos finalmente sólo son el reflejo de la inseguridad y el temor de perder al objeto de nuestra pasión. Sin embargo, el verdadero peligro en una relación es dejar de despertar interés en la persona amada, porque infinidad de veces el amor deja de ser el elemento de unión entre una pareja y no importa que no exista distancia física, ni engaños o celos entre ellos cuando la lejanía emocional los separa irremediablemente.

El ser humano suele ser aprehensivo con las que considera sus pertenencias más cercanas, atesorando y defendiendo objetos que guardan algún significado emocional. Sin embargo, en la convivencia con otros seres esa aprehensión o los celos pueden ser detonadores de diferentes reacciones. En algunos casos pueden avivar una pasión, pero igualmente y con mayor frecuencia la pueden destruir porque rompen uno de los vínculos más elementales del amor: la confianza.

El desamor, como la parte negativa del amor, es un riesgo que acecha tenazmente las relaciones ante la incapacidad imaginativa en la rutina. No siempre es su antítesis, el odio, sino la repetitiva costumbre, lo que va minando al amor, que es creación constante y un arte de la inteligencia; la pasión debe cultivarse para preservar al amor del hechizo momentáneo. Retomando nuevamente a William Shakespeare, vemos que Romeo y Julieta viven una gran pasión que los lleva hasta la muerte ante la imposibilidad de continuarla. Ellos, visto de una manera muy simple, perdieron su lucha contra el mundo que los separaba y así se hizo la historia, pero de esta forma evitaron una lucha mucho más modesta en apariencia, que es la diaria creación y recreación del amor cuando la oposición ya no es el obstáculo a vencer, sino la cotidianidad compartida. El tedio en el amor distorsiona su naturaleza llegando a la traición, la infidelidad real, la indiferencia y finalmente el odio. Este tema puede verse en el cuento “Éxito” de René Avilés Fabila:


R: Juntos, con esfuerzo y tesón, con el delicado trabajo de un orfebre, hemos conseguido nuestra total infelicidad.

La imposibilidad del amor es a grandes rasgos el tema principal de Tristán e Isolda. Esta historia, a través del simbolismo que utiliza, ilustra un mito de occidente, en cuanto a la pasión se refiere. Ese encanto por ir más allá de las reglas establecidas y la sensualidad que de esto emana es un recurso muy frecuente en la literatura porque en él se proyecta la seducción que el dolor amoroso le produce al romántico occidental como medio privilegiado de conocimiento. Dice Denis de Rougemont refiriéndose a Tristán e Isolda: ‘Atraídos por la muerte, lejos de la vida que los impulsa, presas voluptuosas de fuerzas contradictorias que los precipitan, empero, hacia el mismo vértigo, los amantes no podrán encontrarse sino en el instante que los priva para siempre de toda esperanza humana, de todo amor posible, en el seno del obstáculo absoluto y de una suprema exaltación, que se destruye por su propia realización.’

En la sociedad actual, la forma de concebir la relación amorosa entre dos personas ha evolucionado y persigue un conocimiento más profundo para la consolidación de la pareja. El sexo ya no es visto sólo con fines procreativos sino que se le considera en su verdadera esencia como una forma de encontrar placer a través de la estimulación erótica del cuerpo y de la mente. La literatura, como reflejo de la sociedad, ha proyectado esta temática. En el caso de las obras de Avilés Fabila, la sensualidad nunca es censurada, sin que por esto se caiga en las descripciones excesivas o poco estéticas, pero sí mostrando que el ser humano tiene una ilimitada capacidad para expresarse y el sexo es sólo una más de ellas.

Otro de los elementos presentes en la literatura de René Avilés es el manejo de imágenes como vehículo del erotismo. En cualquiera de sus obras, la descripción de emociones es fundamental como parte de la creación de la historia y la profundización de su contexto.
La atmósfera es un espacio muy cuidado en los textos de este autor porque en esa descripción esta parte del dibujo del carácter de los personajes, sus gustos y nivel económico e intelectual. Las grandes urbes son la mayoría de los escenarios en los cuentos y siempre están presentes los objetos artísticos. Todo esto manejado en favor del erotismo, que se despliega con refinamiento en las historias para recrear sensaciones estéticas en la mente del lector. En él se cumple el gran reto del erotismo: bordear las pasiones amorosas sin caer en el abismo de la obviedad.

Sin embargo, en las imágenes eróticas de René Avilés Fabila se advierte que éstas se originan en algo muy simple: las fantasías sexuales. Este proceso inicia a partir de la imaginación de sensaciones proyectadas hacia un objeto o un ser deseado. Después se busca la manera de poder materializar ese deseo a través de alguna solución, aunque ésta sea inverosímil, e inmediatamente el trabajo del escritor es darle una forma estética a esas fantasías por medio de las palabras. Veamos el cuento “Bailarina” de este autor, que reúne las características antes mencionadas:

Estoy profundamente enamorado de una bailarina. Su tez es blanca, pálida, piel suave y tersa, piernas hermosas y senos pequeños, labios rojos y los ojos oscuros como sus cabellos largos y sedosos. Su cuerpo esbelto gira y danza vestido con mallas negras: lo mismo música de Tchaikosvky que rock and roll. Ignoro si me corresponde, si ella siente algún afecto por mí. Parece un enigma indescifrable, me mira tristemente y nunca ríe, en ocasiones me dedica una sonrisa apenas esbozada, cuando en la soledad de mi casa se le termina la cuerda y vuelvo a guardarla en su caja de cristal.

Finalmente, podemos decir que es a través de la intensidad y la imaginación como las pasiones adquieren un sentido dentro de la literatura fantástico-amorosa de René Avilés Fabila al crear mundos maravillosos inmersos entre lo irreal y la posibilidad de realizar la gran aventura de los seres humanos: Vivir sus pasiones plenamente.



Más allá de la fantasía
Si limitas tus acciones en la vida a las cosas que
nadie puede censurar, no llegarás muy lejos.
Lewis Carroll


Independientemente de su belleza, la literatura tiene el poder de acercarnos a otras culturas, costumbres e ideologías, mostrarnos el mundo o el alma de los seres humanos; cualquier situación puede ser tema para la escritura, sin embargo lo más importante del arte es su reflejo en nuestras vidas. La literatura se recrea constantemente en cada lector que cuestiona, adapta, acepta o rechaza las ideas de ese interlocutor presente en cada página de un texto. El arte literario es enriquecido en ese diálogo que se establece y que amplía nuestra capacidad creativa para ir más allá de nuestras características elementales como seres humanos con base en el análisis. La literatura fantástica, vista a través de una óptica simplista, ha sido alguna vez catalogada como un género de evasión por su aparente inocuidad al incluir en sus historias situaciones o personajes lejanos de la realidad. Pero no siempre lo fantástico escapa de tocar nuestro entorno ya que a veces lo refleja con un punto de vista diferente, para mostrar desde una perspectiva fuera de lo normal aspectos que involucran nuestra vida cotidiana o, en más grande escala, una visión general del mundo y de la sociedad.

En las historias fantásticas la estética es fundamental porque dada su naturaleza creadora de irrealidades requiere de construcciones muy cuidadas que hagan entrar al lector a esa fantasía, por lo menos mientras dura el relato. La belleza de lo fantástico y maravilloso se logra a partir de un trabajo minucioso, que a veces puede conjugarse en pocas líneas, poniendo de manifiesto el talento y la capacidad de síntesis del escritor (recordemos a Augusto Monterroso). Louis Vax dice: “... el cuento fantástico constituye a menudo la obra de un gran escritor que se dirige a un público refinado... El público cultivado, en realidad menos crédulo, puede experimentar un goce estético con lo puramente fantástico.”

La literatura de ciencia ficción alguna vez se ha adelantado a su tiempo para describir ambiciosos sueños del hombre. Julio Verne narró viajes al centro de la tierra o a la luna, que han sido superados por la realidad, sin embargo el valor de sus textos sigue vigente porque es la creación como tal lo que ha hecho trascender su obra; la ciencia avanza sin descanso, pero es la belleza en la narración lo que finalmente perdura.

En los textos fantásticos de René Avilés Fabila, tanto el contenido como la estética requerida para integrarlos, proyectan formas de vida más creativas, apegándose a ese poder de la literatura para ser un vínculo hacia la imaginación. Pero aún cuando la creación ya es un logro rescatable, las historias fantásticas muchas veces pueden ser un parámetro de comparación con el mundo real, un espejo exacto que a través de las palabras se convierte en fantasía.

En la literatura fantástico-amorosa puede analizarse también ese contraste entre realidad y fantasía, que nos coloca ante esquemas diferentes en el plano amoroso y sexual, y al mismo tiempo deja al descubierto prejuicios y dogmas aceptados de manera mecánica sin una previa racionalización. El ser humano muchas veces se deja llevar por procesos amorosos establecidos, siguiendo un afán de igualdad o por miedo a quedarse solo. Se utiliza en ocasiones al matrimonio como subterfugio de la falta de imaginación ante una sociedad que discrimina la innovación en sus tradiciones. Se condiciona la entrega total del ser a la firma de un papel como método para asegurar la unión, siendo realmente la creación continua lo que evita el deterioro en la pareja. Denis de Rougemont al respecto es menos optimista y sitúa como incompatibles al matrimonio y la pasión, ya que los orígenes y finalidades de uno y otro se excluyen. El matrimonio, como compromiso religioso, es entendido como un acuerdo a perpetuidad, sin tomar en cuenta las variaciones de temperamento, de carácter, de gustos y de condiciones externas, que inevitablemente se van a dar en la pareja. La pasión está muy lejos de estos conceptos porque únicamente el dolor hace a la pasión consciente y de esta manera nos deleitamos en padecer y en hacer padecer ante la imposibilidad real o creada por poseer al objeto de nuestra pasión. Rougemont es concluyente al decir: ‘la pasión arruina la idea misma del matrimonio en una época en que se intenta fundar precisamente el matrimonio sobre valores elaborados por una ética de la pasión.’

René Avilés escribe historias, más que de amor de desamor, porque es generalmente la imposibilidad, la vulgaridad o los celos, quienes suelen ser más fuertes que ese amor limitado por la intensidad de la pasión. Para este autor sólo cabe en sus historias el amor pasional entre un hombre y una mujer porque cuando la cotidianidad compartida no se acompaña de comunicación y creatividad esto se transforma en cariño o costumbre; ese ‘amor-amistad’ que ha hecho casi prescindible al sexo y donde la pasión ya forma parte de su historia. Para este autor no hay amores eternos ni felices, sólo intensos.

El retrato humano que hace René Avilés en sus historias, más que una muestra es una crítica a la mediocridad y los prejuicios creados por seres que sacrifican la individualidad en favor de la unificación de pensamientos y de actos. El simple dibujo de sus personajes es ya una propuesta de libertad en la elección de una forma de vida, no importa cual sea ésta, pero hecha con base en las necesidades y talentos personales. En la novela Réquiem por un suicida (1993) de este autor, el protagonista tiene una vida plena de triunfos y decide suicidarse al conseguir el más grande de todos: el amor. No se trata de una decisión censurable, sino individual. En la literatura fantástico-amorosa la crítica existe a través de la proyección de lo imposible. Las imágenes fantásticas de este autor son una realidad trastocada que denuncia las carencias de una sociedad inhibidora de la individualidad y opresora de los deseos, pasiones y perversiones conducidas por el erotismo.
A través de su vida las personas van aprendiendo patrones de conducta (por medio de las religiones, la moral, los prejuicios sociales, etcétera) que reprimen su naturaleza, reduciéndola a un simple esbozo de lo que es, lo que trae como consecuencia una frustración que puede traducirse muchas veces en agresividad, violencia o sumisión ante la impotencia de atreverse a un cambio. Ciertamente la represión existe en favor del orden en las sociedades pero esta represión no debe llegar hasta los niveles más esenciales del ser humano. El amor, la pasión, el erotismo son una forma de expresión liberadora de la individualidad y la imaginación que pueden desarrollarse como cualquier otro arte en favor de una sociedad más creativa y libre de prejuicios.
La propuesta de René Avilés es la creatividad y no la cotidianidad compartida dentro de la pareja. Veamos el cuento “Dulces sueños”, en donde con ironía se muestra esa imagen del matrimonio tradicional:

Usted, señora, no necesita engañar a su marido, con nuestro producto ‘Sweet Dreams’ puede conservar la fidelidad que prometió durante la ceremonia matrimonial. Basta con tomar una pastilla antes de dormir y podrá tener maravillosos sueños eróticos: hacer el amor con un hombre fuerte, musculoso o esbelto e intelectual. Asimismo podrá viajar por exóticos países en compañía de su héroe favorito, ser poseída en la jungla africana o en un elegante hotel francés. Esto mientras su esposo, hinchado de comida y alcohol, ronca estrepitosamente a su lado.
Este producto no es nocivo para la salud, a lo sumo, causa hábito.

Generalmente es por medio del humor, como en este caso, que René Avilés Fabila pone al descubierto esa realidad que en la literatura no hace historia: la cotidianidad. El dibujo es exacto de la mujer sexualmente insatisfecha y el peso de un matrimonio que no responde a sus deseos y expectativas, que deja únicamente como escape los sueños eróticos y las fantasías, mismas que gracias a la moral represiva, sobre todo en la mujer, no son compartidas, alimentadas y vividas con la pareja.

El riesgo más peligroso de la vida es no vivirla con intensidad en su tiempo y en su momento. La mujer y el hombre tienen que escapar de las limitaciones impuestas por sus propios miedos a crear, a ser originales, a inventar la felicidad de una manera personal. Hasta el disfrutar del placer sexual tiene que aprenderse a partir de la exploración desinhibida del erotismo en nosotros mismos y con la pareja. Esta es la propuesta de la literatura: enriquecer y transformar nuestra vida a través de la sensibilidad.

La literatura fantástico-amorosa de René Avilés Fabila proyecta una crítica libre de conceptos moralistas y de dogmas cuyo único objetivo es ser escaparate de un modo de pensar ingenioso, individual, analítico y apegado a la naturaleza humana en la plenitud de su gozosa esencia por medio de historias entretejidas con la belleza, el humor, la fantasía y la vertiginosa intensidad de las pasiones.

Toda conclusión en temas que pueden ser tan diversamente tratados como son la pasión y la fantasía corre el riesgo de dejar una visión parcial y caer en modelos simplificados con el afán de resumir lo que es complejo e infinito. De cualquier manera, es posible integrar un panorama general de los textos fantástico-amorosos de René Avilés Fabila, tanto en el aspecto estético como crítico.

En este autor pasión y fantasía tienen en común la intensidad narrativa y la imaginación que se requieren en el proceso de la creación literaria para expresar la belleza de la innovación a partir de la individualidad. Sus textos son la ventana de un mundo paralelo a la realidad que muestra con ironía e ingenio las carencias que limitan la libertad de expresión amorosa y erótica en el ser humano.

El amor en manos de Avilés Fabila se transforma en una búsqueda infinita de sensaciones que nos conducen al conocimiento de nuestra propia naturaleza para reconocerla, adaptarla y utilizarla en la creación y recreación de la sensualidad.

Las pasiones, que en su irrupción violentan la racionalidad para caer en ese espacio sin condiciones restrictivas impuestas por una sociedad estereotipada, son el objetivo de ese viaje introspectivo por la literatura del autor, ya que nos demuestra que el amor no se rige ni se somete a contratos matrimoniales ni prejuicios morales, sociales o religiosos para declarar su existencia, sino de la complicidad de dos personas en la exploración de su esencia; que la seducción inicia con el juego de la inteligencia para llegar a una penetración más allá de la epidérmica y que los seres humanos tienen la capacidad de cambiar su entorno cotidiano a través de la fantasía, indagando en la originalidad para manifestar toda la gama de matices que el amor puede brindar, inclusive en las procelosas aguas de las pasiones.

De esta manera podemos ver en la literatura fantástico-amorosa de René Avilés Fabila una enorme variedad de formas en que se puede dibujar al amor, pero siempre entreverando a la imaginación en la irrepetible complejidad de un personaje, como sucede con cada individuo que inventa su propia vida a partir de su talento, sus alcances, sus pasiones y sus fantasías, en un mundo donde la continuidad y la rigidez usurpan el poder creativo de los seres humanos.

*Publicado por la UAM-A, en el número 17 de la revista Fuentes humanísticas.