Tantadel

octubre 01, 2008

EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO

El gran solitario de palacio, para muchos la mejor novela de 1968, posee grandes méritos literarios y testimoniales que resisten las pruebas del tiempo y del espacio. Esta obra, fundamental para nuestra narrativa, no trata sólo sobre el movimiento estudiantil y la masacre en Tlatelolco, si no que es un recuento del México contemporáneo que bien puede ir de los tiempos del general Cárdenas al momento que el PRI pierde la presidencia en el 2000.

Concebida como un amplio mural, El gran solitario de palacio es una alegoría que entrelaza varias historias. El eje es la fatídica tarde del 2 de octubre en Tlatelolco. A través de sus personajes el lector puede reconocer los rasgos más característicos de la realidad tal como fue vivida. En un extremo, jóvenes idealistas enfrentándose a un régimen, en el otro, ese régimen encarnado en un hombre autoritario e intolerante; un hombre sexenal completamente solo a causa de su excesivo poder. De la novela, traducida a varios idiomas, se ha ocupado ampliamente la crítica especializada. Giussepe Bellini reconoce en El gran solitario de palacio “una gran fuerza de denuncia, un juego extraordinario de humor e ironía, una interesantísima novedad de estilo y de estructura”. René Avilés Fabila consiguió escribir un clásico, una obra perdurable gracias a su mezcla de realidad y fantasía así como a la capacidad crítica de su autor.


Revista de la Universidad de México
Volumen XXVII, número 5
Enero de 1973

Lectura
Entre la novela y el testimonio

Humberto Musacchio

Los géneros tradicionales han sido insuficientes para encerrar la creación literaria; hoy se habla de cuento, novela, poesía, relato, testimonio y hasta “cronovela”, como diría María Luisa Mendoza. Sin embargo, en lugar de que el aumento de géneros y subgéneros nos sirviera para encuadrar con mayor precisión una obra, es obvio que hoy se presentan mayores dificultades para establecer sus límites.

El Gran Solitario de Palacio,* de René Avilés Fabila, ofrece las dificultades que señalamos: mezcla de novela con pasajes de alta calidad en lo que se refiere a la técnica narrativa y al manejo del lenguaje, junto a testimonios sobre los hechos sangrientos de 1968.

Para no pecar de purismo o de excesiva liberalidad omitiremos la acostumbrada camisa de fuerza de esta obra y nos limitaremos a verla en sus partes más valiosas; pero antes, habremos de dar la “ficha” del autor.

René Avilés Fabila nació en 1940 y se nacionalizó escritor antes de cumplir veinte años. El bautizo literario lo recibió en el famoso taller de Juan José Arreola y ahí publicó sus primeras cosas en la revista Mester.

Antes de que apareciera su primera novela, Los juegos, entrega una biografía de Albert Schweitzer a la Secretaría de Educación, la cual le paga $1,000.00 al editorial. No faltarán quienes vean en esa versatilidad del escritor un signo de genio, la verdad es que nuestros literatos jóvenes tienen que valerse de cualquier cosa para subsistir y continuar así, escribiendo lo que verdaderamente les interesa.

Los juegos
es una bomba que explota en medio del ambiente intelectual mexicano: todos los que han alcanzado algún renombre son satirizados sin clemencia en un libro divertidísimo que reprocha a nuestra inteligencia la vida entre cocteles interminables que son un concurso de alabanzas mutuas mientras un líder campesino es asesinado con toda su familia en una humilde choza y un dirigente sindical ferrocarrilero se pudre en la cárcel. La mayor indignación proviene de quienes se cuelgan la etiqueta de intelectuales “de izquierda”.

Los juegos hubo de salir en dos ediciones de autor y ahora será publicada por una firma argentina, lo que demuestra que a pesar de todas sus fallas de estructura y sus atentados gramaticales era —y es— un libro que vale.

Viene después el que probablemente sea su mejor libro Hacia el fin del mundo (FCE, 1969). Despliegue impresionante de imaginación, manejo preciso de la palabra y bello transcurrir de esos relatos de fuerte contenido. Un libro redondo por el nivel sostenido de calidad y lo singular de su temática.

Alegorías
da título a un volumen de textos, la mayor de los cuales había publicado esta misma Revista entre los de trece escritores más, todos jóvenes y prometedores. Un libro de cuentos, La lluvia no mata las flores, redondeaba la tarea de varios años, pues en ese volumen había trozos de la obra, representativos de varias épocas, desde la arcaica era arreolista hasta lo escrito simultáneamente a los primeros borradores de El Gran Solitario de Palacio.

Pero hay que decir algo del libro que motiva esta nota y antes de otra cosa afirmamos que se ubica en el contexto social que condiciona al escritor. La realidad, arcilla para esculpir cualquier escultura, cobra bellas formas a pesar del clima desgarrador que condiciona las existencias de cada personaje y el ambiente en que se desarrollan las anécdotas.

Tlatelolco, la plenitud de agosto y septiembre de 1968, las infaltables torturas y la secuela represiva que cobra diferentes formas y tiende a destruir la moral de los activistas, todo esto enclavado en la tragicómica institucionalidad de un país que guarda enorme parecido con México.

El Gran Solitario es el caudillo triunfante que emerge de la Gran Revolución —todo es grande en un país así—. Se ha luchado por la democracia y contra un tirano que se perpetuó en el poder; así, los triunfadores se ven imposibilitados para recurrir al mismo expediente que los derrotados y ponen en práctica un sistema que cumple las formalidades de la democracia sin poner en peligro los sitios de mando que corresponden a los vencedores.
Cada seis años el caudillo se somete a una delicada operación de cirugía plástica, la cual, al tiempo que le permite cambiar de rostro, le deja también salvaguardar los principios de la gesta armada que le llevó al poder.
Si hubiéramos de colgarle una etiqueta, diríamos que se trata de una novela política, con todos los riesgos que tiene la adjetivación. Avilés Fabila se mete, y fuerte, con su realidad social, afrontando los enormes peligros que le presenta la inminencia del panfletismo; inminencia que no se aleja de ninguna obra política. La cuestión es no dejar que el panfleto se acerque demasiado. Eso lo consigue René y sale airoso de la prueba, a pesar de ciertas páginas donde estuvo a punto de sacrificar la objetividad literaria por la posición partidista.

Cuando parece a punto de caer en la propaganda echa mano de un recurso que sabe manejar magistralmente: el humor. Ese don tan especial del autor para manejar un humor fino a veces, explosivo en otras ocasiones, lo caracteriza desde siempre. Ese humor que le impone la obligación de satirizar en lugar de pontificar, es quizá una de las mejores cualidades para decir que sus libros valen a pesar de todos los defectos que en la actitud más melindrosa podamos hallar.

Personajes conocidos por todos, son despojados de su maloliente solemnidad y situados donde corresponde. Las sacrosantas instituciones no se salvan de la corrosiva prosa de Avilés Fabila y de ese modo nos permite asistir al espectáculo maravilloso de un mundo desmitificado, cruel frecuentemente, pero que conserva siempre la vista puesta en una perspectiva más humana.

Un crítico eminente decía hace poco que nuestra literatura no ha dado a últimas fechas obras con la suficiente altura estética, pero a cambio de ello, los escritores se han mostrado comprometidos con su realidad. El se refería a lo publicado en 1971. René Avilés Fabila no arribó a ese compromiso después de 1968, sino desde su emersión como escritor, y lo mejor: ahí se conserva sin hacer concesiones ni en la posición política ni en la autenticidad literaria.

* Avilés Fabila, René. El Gran Solitario de Palacio, Cía., General Fabril Editora. Buenos Aires, 1971. 222 pp.


Ovaciones página 5
Miércoles 27 de febrero de 1975
HONESTIDAD Y LITERATURA
Por Humberto Musacchio

Hoy voy a invadir el campo que generalmente surcan los compañeros Alejandro Miguel y René Avilés Fabila. Quiero referirme a un libro que es muestra del valor cívico y crítica social; que es un vigoroso ejercicio de la libertad y una obra literaria que se ubica sin miedo y sin trampas en el mundo convulso donde vive su autor.

La Obra se llama El Gran Solitario de Palacio y el autor es, precisamente René Avilés Fabila, a quien los pacientes lectores han visto exponer sus puntos de vista, sobre diversos problemas, en esta página que ha sabido acoger, de manera amplia y generosa, las inconformidades y disidencias de nosotros los colaboradores.

El Gran Solitario…
presenta en forma novelada esa tragedia inmensa que conocemos como 1968 mexicano. Resulta oportuno referirnos a ella porque acaba de aparecer su primera edición mexicana. Una publicación anterior se realizó en Buenos Aires agotándose en pocas semanas los miles de ejemplares que vieron la luz. Fabril Editora, la casa que la publicó, quebró al poco tiempo y por eso tuvo que ser otra firma la que la volviera a editarla. Esta firma es mexicana y ello muestra que la autocensura empieza a desterrase en México.

Pero volviendo a los hechos que se tocan en la novela, hemos de decir que la inscriben en uno de los géneros más ingratos de la literatura: el político. Todos sabemos que pocas obras que abordan la realidad, el poder y la opresión han tenido éxito. Si la política es ingrata muchas veces con las que la ejercen profesionalmente, más todavía lo es con aquellos que asumen una posición contestataria en la creación artística.

El Gran Solitario… se ha encontrado con la ingratitud que significa el silencio, con la complicidad que encierran las actitudes de algunos “críticos interesados, o de aquellos que en nombre del artepurismo se resisten a dar por buena la literatura que olvida la intimidad y la churriguera. René es directo en el lenguaje y agresivo en su forma de decir las cosas. Toda su obra ha sido un combate permanente contra la impostura, contra la inteligencia que desprecia las luchas sociales porque es incapaz de ver en ellas otra cosa que contaminantes de su arte “inmaculado”

René Avilés acusa, señala culpables, denuncia con pasión furiosa la mugre y la bestialidad que ensucian nuestra vida social. Para él, como para muchos ciudadanos, los muertos de Tlatelolco merecen algo más que lágrima hipócrita y la lamentación que se niega a concretar responsabilidades. La tiniebla que cayó sobre la Plaza de las Tres Culturas y sobre la vida pública mexicana exigen actitudes viriles y honestas. René Avilés las adopta sin dobleces en este libro amargo.

Pero no se crean que esas páginas son el canto plañidero de un militante desilusionado. No el escritor que hay en René, con oficio y sinceridad dan un tratamiento humorístico a los hechos para que la burla acabe de situar a quien, se dio muerte ante la historia.

Una mezcla bien dosificada de humor explosivo de decir efectivo -no efectista- y honda y desgarradora franqueza, eso es El Gran Solitario de Palacio. México lo podrá conocer ahora que el libro se edita aquí. Es una obra de creación donde la realidad –materia prima de la literatura- se levanta con la fuerza por sí misma tiene y con el poder que sólo puede darle un escritor entero.

Contra los que reniegan de su tiempo y su realidad queda ese libro. Su valor no lo pueden dar más que los lectores capaces, por sensibilidad e identificación, de asumir plenamente la verdad que ahí se recoge. No serán los amantes de la exquisitez ni los buscadores del elogio gratuito quienes se emocionen, serán los hombres y mujeres que caminaron de cara al futuro.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El gran solitario de palacio es una obra fundamental de la literatura testimonial del 68 porque nos muestra con audacia, amargura, humor e ira el despertar legítimo de una generación, de una época a diferencia de la lamentable distorsión en que se ha convertido en los últimos años el recuerdo del 2 de octubre.
Montserrat Moreno