Tantadel

abril 25, 2008

¿Qué comen los pegasos?

DOMINGO 20 DE ABRIL DE 2008
EXCÉLSIOR
COMUNIDAD
PÁGINA 8


Jeannette Muñoz

AL escucharme, todos piensan que estoy loca, mas puedo jurar que en el jardín de mi casa vive un perro de hierba, con los ojos verdes, las orejas verdes y un complejo sistema óseo de madera. Cuando se enoja, me muestra sus colmillos, también verdes, pero lo más usual es que esté de buen humor y corra a mi lado, meneando su cola de hojas, para que le dé un poco de agua. Por ello, me tranquilizó saber que el escritor René Avilés Fabila, periodista y colaborador de este diario, tiene como mascota un unicornio y que su primo Julián posee un minotauro.

Este libro, heredero de los bestiarios de Arreola y Borges, es el resultado de la investigación taxonómica y mitológica realizada por Avilés, con el objetivo de mostrar a los lectores las concepciones religiosas y sociales de los pueblos mesoamericanos, cuya imaginación permitió la existencia, hasta el arribo de los españoles, de una fauna extraña y misteriosa que, en convivencia con los humanos, configuró un mundo donde lo caótico es la norma, y la quimera, el paradigma de la vida.

Tomando como pretexto la teología y concepción cósmica de los pueblos del Anáhuac y la península de Yucatán el también autor de Los animales prodigiosos, configuró una zoología agresiva y a la vez mágica, capaz de mostrar la complejidad cultural de las civilizaciones precolombinas, al tiempo de espetarnos en el rostro la imposibilidad humana para comprender todos los misterios encerrados en la naturaleza y en nuestra propia mente.

Título: El bosque de los prodigios
Autor René Avilés Fabila
Editorial: PatriaMéxico, 2008, 200 pp.

abril 14, 2008

Museo del escritor

Revista Siempre 13 de abril de 2008
Suplemento La Cultura en México


IGNACIO TREJO FUENTES

Si existe algo parecido en alguna parte del mundo, no tengo la menor noticia; y me parece extraordinario que sea en esta ex Ciudad de los Palacios, en la ex Región Más Transparente del Aire, donde haya nacido el Museo del Escritor. ¿No suena raro? Porque sabemos que hay museos de la guerra, del automóvil, de figuras de cera, de lo increíble, de aviones, de historia natural, de Historia a secas; museos, en fin, para satisfacer las curiosidades más extravagantes. ¿Pero un Museo del escritor?

La idea se le ocurrió a René Avilés Fabila y a su esposa Rosario, y la echaron a andar hace unas semanas en la Fundación que lleva el nombre del autor de El gran solitario de Palacio, Tantadel y una veintena más de títulos. La Fundación promueve talleres literarios, cursos; funciona como galería y como agencia o representación de escritores; ahí se publica la revista literaria Universo del Búho, que se distribuye en forma gratuita cada mes. Es una idea estupenda, sin duda.

En el Museo del Escritor, que tiene sede en la calle Yácatas de la colonia Narvarte de la Ciudad de México, hay una colección de objetos curiosos que pertenecieron o tienen algo que ver con distinguidos escritores de México y de otras partes. Por ejemplo, hay primeras ediciones autografiadas de Cien años de soledad, Pedro Páramo o El llano en llamas; fotografías originales e inéditas de personajes como Octavio Paz, Elena Garro, Juan José Arreola, Agustín Yáñez… en fin.

Lo notable es que en el Museo hay manuscritos de cuentos, poemas y hasta novelas de autores como Juan de la Cabada, José Lezama Lima y Sergio Magaña, a quienes menciono al azar sólo para dar idea de la variedad de personalidades: en este caso, cité a un cuentista, un poeta/narrador y a un dramaturgo (por cierto, Magaña escribió cuentos espléndidos). ¿Cómo han llegado al Museo los materiales? Parte sustancial pertenece al propio René Avilés Fabila, y el resto ha sido obsequiado por los amigos de éste, en prueba de solidaridad con esa idea que al principio pareció descabellada. Durante la ceremonia de firma de actas ante notario y esas cosas, que le da carácter legal al Museo, escuché a algunos de los asistentes decir que ahora que la cosa “va en serio” donarán importantes materiales.

Llama la atención que, en medio de cientos de fotografías, libros, plumas, etcétera, aparezcan viejas máquinas de escribir.

Recuerdo, por ejemplo, una del finado Otto-Raúl González, que seguramente fue de las primeras. Por mi parte, doné una Smith-Corona que perteneció originalmente a Gustavo Sainz, y en la que escribió algunas de sus novelas, antes de convertirse en el primer autor mexicano que utilizó las computadoras. La máquina en cuestión es una mezcla de lo eléctrico con lo mecánico, escribe rapidísimo como todas las eléctricas, pero para cambiar de línea debe accionarse una tecla adicional. En fin, en su momento fue un alarde de modernidad.

Cuando la existencia del Museo se propague, de seguro llegarán de todas partes materiales que habrán de enriquecerlo, y puedo vaticinar que dentro de poco la casa que alberga a la Fundación René Avilés Fabila y al Museo será insuficiente; pero por lo pronto vale la pena visitarlo.