Tantadel

junio 22, 2008

En busca de Elena Garro

Imposible dejar de lado la obra monumental de Patricia Rosas Lopátegui a favor de Elena Garro. Yo quiero que haya mundo… resulta un trabajo fundamental para la recuperación y revaloración de una de las más grandes escritoras de México, para muchos, la mayor luego de Sor Juana. Gracias al esfuerzo de su autora, Patricia, ahora podemos ir desentrañando la compleja figura de una escritora que para muchos mexicanos sigue siendo desconocida. Pero ¿por qué Elena Garro ha sido acosada, perseguida, vituperada, calumniada, ofendida y marginada por tantas figuras de la cultura nacional, lo que ha provocado desdén hacia su inmensa literatura? La propia Patricia Rosas Lopátegui nos pone tras la pista en la advertencia de su libro El asesinato de Elena Garro, una obra también antológica centrada en su periodismo, con prólogo de Elena Poniatowska.

Permítanme volver a este libro. Allí está el periodismo que hizo Elena Garro, sus artículos y entrevistas, los materiales que hicieron de Elena una mujer odiada y temida. México es un país que no tolera la claridad y ella escribía un tipo de periodismo combativo, directo, lejos del lenguaje críptico que ha encumbrado a muchos otros.

Elena optó por un periodismo que la reflejara con precisión, decidida a no ceder en su intención de cambiar el sistema; pretendía devolverle a los indios lo perdido, criticar a los poderosos, enfrentar a los intelectuales, sus pares, sin importar el costo. Pero Elena Garro no estaba preparada para el mundo rudo de la política, se había educado para el arte, para escribir soberbias obras de teatro, cuentos de una asombrosa belleza y novelas de rotunda inteligencia. Octavio Paz, independientemente de su talento y capacidad poética, era un hombre enamorado del poder, lo vemos desde sus primeros pasos, lo combate para tenerlo, mientras que Elena lo detesta, ve en el Estado la fuente de muchos males. Su concepción de la política es, pues, elemental y razonable, cree en lo bueno y en lo justo sin tener una idea exacta de cómo se llega a estos valores supremos. Así las cosas, dichas con rapidez, cae en su propia trampa: el periodismo político. Vale la pena decir que el recorrido por artículos y entrevistas es satisfactorio: están hechos con buena prosa e inteligentes y audaces observaciones.

El país parece mantener una idea distinta de la que Elena vio y quiso mostrar. Hemos convertido en héroes a simples mortales que sólo tuvieron el acierto de encontrarse allí en el momento adecuado y a la hora correcta, que no es poca cosa, pero que con el paso del tiempo se derrumbaron. No es lo mismo, decía con buen humor Juan de la Cabada, el mejor amigo de Elena, ser revolucionario un día que toda la vida. De aquellos que encabezaron el 68, sólo Revueltas supo vivir con dignidad y al margen del poder, inalterablemente crítico del capitalismo y de las izquierdas ilusorias.

En esa obra de Patricia Rosas Lopátegui, Elena Poniatowska, por ejemplo, ironiza la devoción de Garro por Carlos A. Madrazo, y omite la suya por Andrés Manuel López Obrador. Pero hay que advertir que Madrazo fue tragedia, como diría Marx, un hombre que enfrentó al sistema con valentía; en aquellos tiempos no era fácil romper con el poder del PRI y menos con el presidencial, hoy es una simpleza y hasta cómodo y valioso resulta. El otro es un hombre elemental, convertido en caudillo merced a golpes de audacia baratos. Curiosamente ambos son tabasqueños. Madrazo termina sus días en un sospechoso accidente aéreo, fuera del PRI y trabajando en un nuevo partido político. López Obrador como “presidente legítimo”, según su propia lógica. Cada una, en síntesis, tiene el político que merece. Por último, Elena Garro es para Elena Poniatowska, tal como esta misma dice en el título de la entrevista que le hiciera, un “recuerdo imborrable”, podríamos decir que incluso le resulta una obsesión. Ambas educadas para ser princesas, sólo una lo consiguió, la primera tuvo que abdicar e irse a un largo y doloroso destierro para morir como pordiosera. Las críticas de Elena Poniatowska a Elena Garro se convierten en su propia autocrítica, quien hoy acumula el éxito que a la otra le negaron.

Mitificado el 68, donde supongo que yo he colaborado un poquito con mi novela El gran solitario de Palacio, escrita poco después de la matanza de Tlatelolco, Elena Garro no cabía dentro del panteón oficial. Ella discrepó, no vio a los intelectuales mexicanos como dioses sino como oportunistas. De este modo puso distancia con ellos y jamás se lo perdonaron. Fueron pocos los que como Juan de la Cabada, Emilio Carballido, Emmanuel Carballo, José María Fernández Unsaín, Beatriz Espejo o María Luisa Mendoza siguieron fieles a una amistad que ya tenía espinas. A su vez, ella jamás modificó sus criterios, eran una punta de oportunistas, ávidos de poder. Elena pudo intuir que acabarían en un avión de redilas rumbo a Buenos Aires apoyando a Luis Echeverría y diciendo a coro con Carlos Fuentes y Fernando Benítez, “Echeverría o el fascismo”. O recibiendo dádivas de personajes funestos como Carlos Hank González o, más adelante, aceptando los cargos diplomáticos que Jorge Castañeda, en representación de Vicente Fox, les dio a manos llenas.

En un momento del diálogo entre las dos Elenas, Poniatowska le hace una pregunta a la Garro que hubiera merecido más digna formulación: “¿Y tú por qué le tiras tanto a los intelectuales?” La respuesta es fulminante: “No tienen conciencia de su papel… está mal que renuncien a su papel de conciencia de su país y de su gobierno”.

Es posible que sus detractores tengan razón: el periodismo de Elena Garro, a diferencia de lo que han señalado Patricia Rosas Lopátegui, Patricia Zama y Marco Aurelio Carballo, no sea fundamental. Podría estar de acuerdo, dentro de una prosa narrativa deslumbrante y una dramaturgia memorable, su periodismo resulta peleonero y sólo preocupado por sus blancos y objetivos. Elena Garro, en principio, escribe en un momento en que claramente no existe la libertad de expresión, cuando el valor se probaba con la palabra escrita y publicada. Fue en sus manos un arma que tenía aciertos notables como sus apasionadas defensas de líderes campesinos de la talla de Rubén Jaramillo o del intelectual guerrillero que trató de ser Regis Debray. Quería hacer del periodismo una herramienta de cambio, al servicio de la libertad y las luchas sociales.

En suma, Elena Garro ingresó con el periodismo a un mundo insospechado, el de una realidad brutal y salvaje que pocos intelectuales han conocido y padecido. No estaba preparada y se asustó del cofre que había abierto. Su única salida fue huir con su hija Helena Paz. La historia no se construye con supuestos, al contrario, se hace con hechos concretos, reales, que sean factibles de comprobación. Pero entremos al mundo de las posibilidades. Si Elena Garro no escribe periodismo o si haciéndolo se queda en México a enfrentar a sus críticos, hoy nadie le objetaría la corona que en rigor le corresponde, la de ser la mayor escritora de México. En apariencia manchó su vida, hoy seguimos discutiendo su biografía y no sus obras dramáticas y novelas prodigiosas, al margen de toda indicación inteligente, como la estética lo indica y el sentido común literario lo exige.

La idea de que a Elena Garro la mató el sistema no es descabellada, es un total acierto: la acosó, la persiguió, se aprovechó de su ingenuidad política. En esta tarea criminal, muchos intelectuales tuvieron parte de responsabilidad; para que el sistema detonara la granada, alguien tenía que validarla. Pero también hay que aceptarlo, la propia Elena colaboró, su ingenuidad transformada en paranoia fue algo decisivo. Ya no importó cuando su reacción la llevó a enfrentar al asesino Díaz Ordaz en España, en donde airada le reclamó el inicio de la persecución. Su destino estaba sellado, moriría casi sola, en la pobreza, en un departamento francamente sórdido y miserable, sofocada por el tabaquismo y en medio de una ruidosa polémica y el dolor gubernamental por el fallecimiento de Octavio Paz.

Sin embargo Elena Garro no ha podido descansar en paz y ello pareciera un juego de palabras maligno. En vida, cuando en Iguala la homenajearon modestamente por su novela Los recuerdos del porvenir, asistimos un grupo de amigos, ella no pudo ir por su frágil salud. Lo curioso es que dentro de la ceremonia, las autoridades locales pusieron de nueva cuenta una placa alusiva al sitio donde vivió, pues la anterior había sido robada. Esto es una nimiedad comparado con lo que acaba de ocurrir en ese tenaz esfuerzo por borrarla de la historia nacional. La UNAM tiene una espléndida colección llamada Pequeños Grandes Ensayos, la conduce un grupo de intelectuales y académicos distinguidos. Uno de los títulos más recientes es Crónica trunca de días excepcionales. Es el número 40 de la serie. Se trata de un trabajo periodístico que Octavio Paz escribió para la revista Mañana en 1945. Cubría la hazaña de conformar un nuevo orden mundial: la Conferencia de San Francisco. En el prólogo, Antonio Saborit hace un agudo recuento de esos días intensos y al final viene una breve cronología de Octavio Paz. El libro es muy importante, permite conocer más ampliamente la faceta periodística del poeta, algo que no dejó jamás. Lo perverso es que la edición original fue destruida y sustituida por una nueva, cuyas modificaciones son apenas perceptibles. Los mil ejemplares guillotinados por la UNAM contenían dos líneas, solamente dos, que indicaban lo siguiente: “1937. (Octavio Paz) Termina sus estudios universitarios. Se casa con Elena Garro, asisten juntos al Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia, España, donde conoce a Pablo Neruda.” La edición que sustituyó a la destruida, ya no tiene esos datos. Es decir, el matrimonio de Octavio Paz y Elena Garro no existió, en consecuencia jamás viajaron a España en plena Guerra Civil. ¿Qué ocurrió? ¿Resurgió el fantasma de las diferencias abismales entre Paz y Neruda? No. Es de presumir que la viuda del poeta mexicano, o alguien cercano a la pareja, se haya molestado con esa cronología y decidió modificarla de manera grave. Aquí podemos hablar de traición al espíritu plural de la UNAM. Nos guste o no, Octavio y Elena estuvieron casados y se amaron y se odiaron. Ambos, para fortuna de las letras nacionales, eran talentosos en exceso. Algún día comenzaremos a leerlos sin hablar de sus biografías y de su vida en común. Entonces (me temo que serán otras generaciones) será posible descubrir la grandeza de Elena Garro, una mujer osada, sensible y llena de literatura, al parecer invisible en la biografía perfecta de Paz.

La única ventaja por haber suprimido el nombre de su primera esposa, Elena Garro, fue que el autor (¿Antonio Saborit?) hizo una cronología más detallada y eso revela la existencia de una edición suprimida misteriosamente sin importar el costo.

El problema en esta infatigable polémica entre quienes la amamos y quienes la odian, es que ahora la UNAM ha destruido parte de su enorme prestigio al aceptar la terrible censura. No es fácil, en estos tiempos desaforados, ocultar información. Por ello, el recién creado Museo del Escritor exhibirá ambas ediciones: la primera, y la segunda que optó por el método que hizo famoso al estalinismo, donde Trotsky fuera borrado de las fotografías y de la historia rusa, algo que al final no ocurrió.

Por estas razones, libros como Yo quiero que haya mundo…, cuyo inteligente prólogo está a cargo de Víctor Hugo Rascón Banda, son indispensables, para poner orden en nuestra historia cultural y literaria. Lo celebro con auténtica emoción. Felicito a todos los colaboradores, en especial a la compiladora Patricia Rosas Lopátegui, quien tanto ha luchado por recuperar a Elena Garro y a Enzia Verduchi quien hace un excelente y profesional trabajo en este esfuerzo por reordenar la historia de la cultura nacional.

junio 11, 2008

Izquierda, nacionalismo y petróleo

A Julio Cortázar le atribuyen una frase interesante: Todo nacionalismo es reaccionario, dicha cuando el mundo se globalizaba con las variantes de socialismo. Primero fue Rusia; luego de la segunda guerra, el Ejército Rojo puso a los comunistas de Europa oriental en el poder. El socialismo se extendió hasta las puertas de Occidente. En Francia e Italia existían grandes partidos comunistas que aumentaban la histeria norteamericana. Amparados por el proceso de descolonización, comenzaron a aparecer los países que se refugiaban en el socialismo marxista. China en 1949, luego medio Vietnam logra deshacerse de los franceses. Cuba hizo una revolución socialista, en Chile, Salvador Allende triunfa mediante la vía electoral y África y Asia se agitaban bajo tendencias izquierdistas.

En México, en 1968, los estudiantes salen a las calles y muestran a sus héroes del momento: Marx, Engels, Lenin, Guevara, Fidel Castro, Ho Chi-Minh y Mao Tse-tung. Díaz Ordaz reacciona apelando al nacionalismo, a los héroes locales como Morelos, Zapata, Villa. Los jóvenes estratégicamente los toman y hacen de lado a los “extranjeros”. En efecto, el nacionalismo era reaccionario o al menos obsoleto.

El nacionalismo ahogaba a México. En cultura popular vivía abrumado por los filmes llorosos de Infante, Negrete y la inefable María Félix, tan mala actriz como aterrador cantante era Pedro Vargas. Los tríos y los mariachis que tanto irritaban a Rafael Ruiz Harrel y a Parménides García Saldaña poblaban el escenario musical. Por fortuna apareció Elvis y todo cambió. Lo siguieron una espléndida cantidad de músicos que desplazaron a los boleros que ahora han hecho famoso al insoportable Luis Miguel. Los intelectuales, al menos los de mi generación, se aferraron a la nueva moda sin importar que a la clase gobernante no le gustara. Nada más ajeno al rock que un político del PRI de aquella época.

Todo ha cambiado, el nacionalismo regresó de la mano del PRD y pareciera un deber asumirse patriota, cuando la izquierda auténtica, no aceptaba el nacionalismo porque estaba sencillamente convencida de que Marx hablaba por todos: los explotados no tenían patria y estaban a la búsqueda de algo nuevo, mejor. Para el marxismo, nacionalismo es la ideología de la burguesía y tiende a excitar los odios nacionales entre los trabajadores, a reforzar la dominación de una nación sobre otra. Es, en suma, producto de la propiedad privada, una desviación de los objetivos de la lucha de clases. Le contraponían el internacionalismo proletario, el que por cierto tampoco fue muy practicado que digamos.

Este alegato, muy resumido, viene a colación porque no hay día en que los mexicanos no muestren su fervor patrio. Pueden consumir sólo productos extranjeros y viajar a EU buscando el paraíso perdido, pero eso sí, a la hora en que juega la selección, todos se ponen la camiseta tricolor, no importa cuan mal actúe.

No es extraño que el fervor patrio del que tanta gala hace el PRD, sea el argumento básico de López Obrador: es un político reaccionario, formado en el PRI y el PRI siempre manipuló el chovinismo. Para afianzarlo, el sistema se agotó en fiestas para los héroes nacionales y trató de probar que la Revolución Mexicana era superior a la rusa. Una discusión de pereza. Por ello, en el caso del petróleo, el principal y único argumento es el nacionalismo. La patria es primero y el petróleo de los mexicanos y así debe seguir aunque se agote y apenas hayamos visto los beneficios. Los partidos políticos argumentan en función de los “intereses supremos del país”. Un nacionalismo del peor estilo se ha adueñado de México. Como en los tiempos “felices” del PRI, se habla con amor nacional para que no vengan las ideas exóticas a quitarnos nuestra identidad, hoy muy mezclada con la cultura popular norteamericana.

Jamás he podido emocionarme con el himno patrio que hace llorar a los mexicanos de todos los partidos. Pienso en la miseria y en las injusticias y ésas sí me sacuden, pienso en la infinita demagogia de los políticos y ésa sí me preocupa. El nacionalismo no ha sido de mi agrado y ello me ha permitido vivir en otros países sin contratiempos y no añorar el mole. Cualquier sitio del mundo me es grato, lo será más si no hay mariachis. Las ideas me hermanan, el arte, la literatura, las hazañas científicas, todo ello es obra del ser humano. El nacionalismo (“exasperación demagógica”) nos divide y llega a extremos: el nazismo. El problema de los gringos es justamente su feroz patriotismo que incluye a Obama: Dios (Destino Manifiesto) está con ellos. Alabado sea el nacionalismo, hoy tan ridículo en la globalización, como lo fue en los tiempos en que sí había pensamiento de izquierda. El nacionalismo sí es retrógrado. Prefiero una idea de Jean-Marie Domenach: “Condenar en bloque el nacionalismo es un ejercicio inútil. Es mejor intentar comprender que, a través de él, innumerables hombres buscan algo esencial que todavía no han conseguido encontrar.”

junio 06, 2008

junio 02, 2008

Periodista del EXCÉLSIOR reseña la nueva novela de René Avilés Fabila

El amor en los tiempos de la red

JEANETTE MUÑOZ

El amor, según algunos, no es más que un vuelco inesperado del corazón en el momento menos oportuno: el cerebro falla, la voz no sale y las palabras nunca llegan. García Márquez, para no ir tan lejos, señaló —con gran acierto— que el amor produce los mismos síntomas que el cólera: dolor de estómago, fiebre, pulsaciones aceleradas y, a uno que otro, vómito. Debemos, además, entender que el amor, como todo lo humano, es mutable: la señorita Josephine March de Alcott, por descocada que fuera, nunca llegaría a los extremos de las “cándidas” estudiantes de secundaria de nuestros tiempos.

Ahora bien, ¿cómo describir a los jóvenes el nerviosismo, la emoción que generaba la sola vista del cartero? Aún se escriben largas esquelas amorosas, pero es imposible tratar de establecer paralelismos entre la letra temblorosa que trataba de ocultar las más intrincadas pasiones, y el frío conjunto de signos en “Times” o “Arial” que aparecen en nuestro monitor, cuando, por ventura, alguien decide dedicarnos unas palabras, las cuales no necesariamente han de ser un elaborado requiebro, pues, más que amor, en estos días se solicita sexo.

Vamos más allá: antes, para que una persona nos quitara el sueño, era necesario conocerla; ahora, internet permite tener relaciones (¿emotivas?) con gente que nunca antes hemos visto, de la cual no hemos escuchado nada y de quien no podemos asegurar ni siquiera su nombre. Esta novela habla de esta “evolución de las maneras de amar” a través de la historia de un cibernauta anónimo que inicia un intercambio epistolar con una dama igual de desconocida. Un ordenador les ayuda a vencer el temor al rechazo, a superar el vértigo generado por un acercamiento incierto; sin embargo, la moraleja es clara: lo que se gana en seguridad, se pierde en vida y nada, a despecho de los ascetas, puede superar el placer efímero de una mirada o la alegría surgida ante el infantil triunfo de un beso robado.

Aparecido en la sección Comunidad el Domingo 1 de junio de 2008

junio 01, 2008

La pesadilla interminable

Hace unas semanas estaba en Chetumal, a donde fui a dar una plática sobre literatura. En la noche bebí en exceso, por ventura unas manos piadosas me llevaron a mi hotel. No estaba dormido, más bien en una especie de estado catatónico. Al despertar del inquieto sueño, como personaje de Kafka, estaba yo convertido en un monstruoso televidente: el estúpido aparatejo estaba prendido y en la pantalla, lo juro, estaba José Ramón Fernández, otro cronista deportivo y ¡Carlos Monsiváis! hablando de la selección nacional de futbol. Criticaban a Hugo Sánchez. No fue centro delantero, era un oportunista que esperaba pases para rematar, declaró con aplomo Monsiváis quien iba vestido con la camiseta del América. Aterrado, no pude cambiar de canal y escuché al intelectual de todos los moles hablar de lo mal que jugaba el seleccionado, el tristemente célebre Tri. Al final mostró a los televidentes cómo debe jugarse el futbol y tiró una chilena. Por supuesto, fue gol, que una señora Denisse Algomás fue incapaz de detener: había sido un tiro potente.

Recordé que poco antes yo había puesto en internet un texto sobre tal personaje ubicuo y que aparecía en una cancha de futbol jugando todas las posiciones. Me dije: Ah, entonces soy un Julio Verne del subdesarrollo.

Dos días después, el muy deteriorado subcomandante Marcos explicaba a El Universal: "Monsiváis es el crítico más filoso y brillante de la derecha mexicana", mientras que Héctor Aguilar Camín "es un mercenario de las letras".

No habían pasado tres días cuando Monsi declaró a los medios, y todos lo reprodujeron, cómo se deshizo de su pensamiento dogmático socialista, "poco a poco, como quien no quiere la cosa", es decir, de manera compleja y elaborada. En varios medios dijeron que la profundidad de sus palabras contrastaba con su enorme sinceridad, que era el poeta de la filosofía y el crítico antidogmático por excelencia. Ayer habló ante los miembros de Green Peace y los conmovió su defensa de los elefantes homosexuales de la India y la necesidad de mezclarlos con los elefantes heterosexuales de África.

Como si todo esto fuera poco, Monsiváis tuvo un homenaje en el Palacio de Bellas Artes por sus setenta años de edad: 69 de mostrarnos a los mexicanos el camino de la grandeza vestida de overol. El año que falta lo utilizó para hacerse de una impresionante cultura y de relaciones magníficas que brotan de la más oscura derecha a la más brillante izquierda, sin olvidar el soberbio centro. Todos lo admiran, yo mismo. Pero por higiene mental necesito alejarme de México, su cara fea y descuidada, su aspecto indigente me persiguen por todos los medios, en el Metro, en los taxis, dentro de mi propio auto, en los restaurantes y en las cantinas donde entra a beber una limonada en las rocas con mucho gas.

En estos días pasados, Monsiváis, el genio de Portales, como sus admiradores le dice, batió un récord de Guiness: en tres días recibió la nada despreciable suma de 2479 premios, la mayoría por poesía, cine, novela, cuento breve y teatro. Ah, y uno más que le entregó Marcelo Ebrard por ser un buen ciudadano. Se espera que con la medalla de oro puro que le entregó la señora que escribe libros de autoestima y que trabaja como secretaria de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota, la suma de logros del "cronista de la vida diaria" bata todos los récords, aún los de Hemingway.

Vale la pena precisar que a Monsi sólo le falta el premio que concede a los mejores combatientes por la democracia y contra el usurpador Felipe Calderón, que concede el gobierno legítimo de Andrés Manuel López Obrador y que, a falta de dinero, consiste en una cena de gala en Tepito, acompañado por las "adelitas" Elena Poniatowska, Claudia Scheimbaun y Jesusa.

Vivo ya en un monasterio, lejos del mundanal ruido y a salvo de Monsi y su infinita charlatanería, pero sobre todo distante del país que lo hizo pasar de pobre pobre y desconocido a multimillonario archifamoso. Trato de concluir un libro para explicarme cómo es que el PRI, el PRD y el PAN han trabajado conjuntamente para hacerlo una atroz pesadilla de la gente sencilla de México.