Tantadel

julio 25, 2008

Pasión y fantasía en René Avilés Fabila

María de Montserrat Moreno Osuna


La simple mención de la literatura fantástica nos remite inmediatamente al terreno de lo imaginario al crear mundos paralelos o seres inexistentes que habitan en este espacio de expresión; la invención de lo imposible y la lejanía de la realidad parecen ser sus constantes. Sin embargo, la fantasía no cumple un objetivo tan evidente: se trata de una realidad sublimada, con infinitos matices para transformar lo cotidiano. Pero también es la función crítica compartida con la estética literaria los que en muchos casos aparecerían como elementos esenciales de los textos fantásticos. Y, como una muestra de la expresión humana, la pasión que se aglutina, se entremezcla y hace intensas nuestras vidas, deja huella en la literatura a través de ese reflejo que logra la palabra hecha imagen. De esta manera, si unimos a la pasión con los seres y situaciones fantásticas, el resultado puede ser un excitante viaje a través de la sensibilidad y por consiguiente una revaloración de nuestras conductas amorosas y sexuales en la rutina diaria.

René Avilés Fabila, escritor con una vasta obra publicada, ha trabajado incansablemente en algunas de sus obras el género fantástico valiéndose del ingenio y el buen humor para explorar los caminos ilimitados de la imaginación que se entrelazan con las pasiones, dándole a sus historias amorosas características tales como: un esquema a contracorriente del cortejo amoroso tradicional; la estructura de la narración basada en fantasías sexuales; un continuo tránsito por la pasión, los celos y el desamor; las imágenes como hilo conductor del erotismo y lo fantástico, delineando el espacio que los prejuicios nos han restringido o las carencias que la monotonía va dejando en nuestras vidas.

En sus historias, Avilés Fabila modifica el modelo amoroso común por medio de un análisis ingenioso y lleno de humor para postular la idea de libertad en el amor cuando la voluntad regula los deseos, apetencias, perversiones y pasiones sin tomar en cuenta el remordimiento y las inhibiciones para llegar más allá de lo puramente racional. Es decir, la infinita búsqueda del erotismo como salvación del amor. También en sus textos se perfila a contraluz el rechazo a la mediocridad sentimental, espiritual y epidérmica cuando sometemos al amor a las características tradicionales y elementales de la pareja, llegando a traicionar la propia esencia erótica e imaginativa del ser, abrumados por la costumbre y el afán de repetir los esquemas establecidos.

Es así como puede percibirse la visión de un autor que descubre lo extraordinario de lo simple y lo intenso de lo cotidiano en un mundo tan fantástico como puede ser el nuestro.


En busca de la fantasía perdida

Antigua como el hombre, la literatura fantástica remonta sus orígenes a la tradición oral de la humanidad, cristalizándose en las viejas baladas, crónicas y escrituras sagradas que dieron salida a los temores humanos ante lo inexplicable y desconocido de su mundo. La literatura más adelante se encargaría de recoger la historia de las experiencias del hombre con sus fantasías.

Probablemente los primeros en incluir en su literatura historias maravillosas fueron los chinos, a través de narraciones de sueños y apariciones entreveradas con sus tradiciones. El mundo occidental, con menos simbolismos y más apegado al realismo, reconoció a la literatura fantástica como género definido en el siglo XIX y en el idioma inglés.

Dentro de la literatura mexicana, el género fantástico es trabajado principalmente a fines del siglo XIX y principios del XX. Nos dice Emmanuel Carballo que es Julio Torri quien preside la corriente fantástica de la narrativa mexicana prefigurando los textos de Juan José Arreola y anticipando entre nosotros a Franz Kafka y a Jorge Luis Borges. Entre los escritores contemporáneos, René Avilés Fabila, desde los inicios de su carrera ha sido un creador de historias fantásticas, separándose de la tendencia realista seguida por sus coetáneos en sus obras debutantes que se ocuparon de hacer un retrato juvenil de la época. José Agustín con La tumba, Gustavo Sainz con Gazapo, Parménides García Saldaña con Pasto verde, etcétera.

El tono de los cuentos fantásticos de este autor, sin variar su esencia crítica, ha ampliado su cobertura temática a través de los años, es así que en su literatura los personajes y temas van desde la mitología, las historias bíblicas, los clásicos vampiros, fantasmas y brujas, presentados en forma de fábulas, alegorías e incluso como cuentos de hadas y sueños.

En estas historias se puede advertir una minuciosa observación de los seres humanos para retratar con ironía la inmensa fantasía de la realidad, así como un profundo conocimiento de los autores clásicos del género.

Algo esencial en estas historias es dejar una visión estética del llamado horror y de lo inexplicable o maravilloso, ya que a partir de esas imágenes la belleza que se deriva de la narración puede interpretarse como una crítica a las ausencias intelectuales, eróticas y amorosas de los seres humanos que dejan de ver cada acto de su vida como una creación irrepetible. Veamos el cuento “El vampiro literario” de este autor:

Las 12 de la noche. La luna estaba oculta tras nubes espesas y entonces la oscuridad aterraba. El vampiro abandonó su féretro en busca de víctimas que le proporcionaran alimento. Se puso su capa negra y avanzó hacia la biblioteca del gran castillo amurallado. Sus pies apenas tocaban el suelo, casi flotaba. Mostrando los colmillos marfileños y agudos parecía sonreír. Era un espectáculo macabro que pocos hubieran resistido. Sus ojos rojizos brillaban en la noche y lo conducían hacia sus objetivos.

Ya en la biblioteca, el monstruo infernal prendió la pequeña lámpara del escritorio y sin mayores trámites tomó libros de Cervantes, Shakespeare, Poe, Joyce, Kafka, Proust, Faulkner, Hemingway... y se dispuso a beberles la sangre para escribir su novela.

Julio Cortázar, quien escribió parte de su obra dentro del género fantástico, decía que éste ‘... se opone a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de psicologías definidas, de geografías bien cartografiadas’.
Es así como la literatura fantástica demuestra que puede ser considerada como un género activo, que propone la imaginación y la creación de espacios, libre de una lógica aprendida que nos ata a un realismo en ocasiones agobiante y que paraliza esa ilimitada capacidad humana para transformar su mundo a través de la fantasía.

El vértigo de las pasiones

En la literatura, como en la vida, el amor feliz es algo extraño y poco común, o como dice Rougemont, ‘El amor dichoso no tiene historia’. Es así como la literatura llena sus páginas más memorables con historias de un amor que se sobrepone a la adversidad y aun a la muerte, entretejiéndose con las pasiones. Adivinando en ellas esa fuerza capaz de invadir el terreno de la razón, las restricciones sociales y los prejuicios morales para hacer del cuerpo y la mente una sola esencia encaminada a un mismo fin: la entrega total del ser. Pero la pasión no siempre lleva implícito al amor, por el contrario, el vértigo de la pasión es a veces el único lazo entre dos personas, alimentado de fantasías y de un deseo vehemente que requiere del sufrimiento que la misma palabra implica para prolongar su duración.

Dentro de las historias --ficticias y reales-- el amor se enfrenta a algunos factores que pueden romper la continuidad en su proceso.

Los celos. Hablar de ellos es mirar de frente a Otelo, quien enardece su pasión ante la sospecha de la infidelidad. Su deseo de poseer íntegramente a Desdémona combinado con la inseguridad por su origen, lo hacen buscar y caer en la trampa de los celos y desatar la tragedia que real o simbólicamente puede vivirse en la relación amorosa cotidiana. También René Avilés retrata en sus historias a los celos, con humor o crudeza, aunque siempre deja ver la destrucción que ellos provocan en el amor. Por ejemplo, en su novela corta Tantadel (1975), Avilés narra una intensa relación entre dos personas cuyo único aliado es el amor contra sus diferencias ideológicas, culturales y de costumbres. Los celos, bordados cuidadosamente, matizan de autenticidad el carácter posesivo del personaje masculino y prefiguran un fin no deseado y que se anticipa desde el inicio de la novela a través de su estructura circular. La pasión es el hilo conductor de la historia y ésta, inevitablemente, los lleva a la separación con la misma intensidad.

A simple vista, los celos y la infidelidad son dos elementos que pueden asociarse en el deterioro amoroso, pero no siempre la infidelidad consumada implica el desamor hacia la pareja ‘traicionada’ ya que puede tratarse de un simple deseo epidérmico que no crea lazos entre los amantes efímeros. En Trópico de Cáncer, Henry Miller lo dice de una manera sencilla: ‘Día y noche pensaba en ella, incluso cuando la engañaba’. ¿Serían acaso los celos necesarios o qué tan real es el engaño? Los celos finalmente sólo son el reflejo de la inseguridad y el temor de perder al objeto de nuestra pasión. Sin embargo, el verdadero peligro en una relación es dejar de despertar interés en la persona amada, porque infinidad de veces el amor deja de ser el elemento de unión entre una pareja y no importa que no exista distancia física, ni engaños o celos entre ellos cuando la lejanía emocional los separa irremediablemente.

El ser humano suele ser aprehensivo con las que considera sus pertenencias más cercanas, atesorando y defendiendo objetos que guardan algún significado emocional. Sin embargo, en la convivencia con otros seres esa aprehensión o los celos pueden ser detonadores de diferentes reacciones. En algunos casos pueden avivar una pasión, pero igualmente y con mayor frecuencia la pueden destruir porque rompen uno de los vínculos más elementales del amor: la confianza.

El desamor, como la parte negativa del amor, es un riesgo que acecha tenazmente las relaciones ante la incapacidad imaginativa en la rutina. No siempre es su antítesis, el odio, sino la repetitiva costumbre, lo que va minando al amor, que es creación constante y un arte de la inteligencia; la pasión debe cultivarse para preservar al amor del hechizo momentáneo. Retomando nuevamente a William Shakespeare, vemos que Romeo y Julieta viven una gran pasión que los lleva hasta la muerte ante la imposibilidad de continuarla. Ellos, visto de una manera muy simple, perdieron su lucha contra el mundo que los separaba y así se hizo la historia, pero de esta forma evitaron una lucha mucho más modesta en apariencia, que es la diaria creación y recreación del amor cuando la oposición ya no es el obstáculo a vencer, sino la cotidianidad compartida. El tedio en el amor distorsiona su naturaleza llegando a la traición, la infidelidad real, la indiferencia y finalmente el odio. Este tema puede verse en el cuento “Éxito” de René Avilés Fabila:


R: Juntos, con esfuerzo y tesón, con el delicado trabajo de un orfebre, hemos conseguido nuestra total infelicidad.

La imposibilidad del amor es a grandes rasgos el tema principal de Tristán e Isolda. Esta historia, a través del simbolismo que utiliza, ilustra un mito de occidente, en cuanto a la pasión se refiere. Ese encanto por ir más allá de las reglas establecidas y la sensualidad que de esto emana es un recurso muy frecuente en la literatura porque en él se proyecta la seducción que el dolor amoroso le produce al romántico occidental como medio privilegiado de conocimiento. Dice Denis de Rougemont refiriéndose a Tristán e Isolda: ‘Atraídos por la muerte, lejos de la vida que los impulsa, presas voluptuosas de fuerzas contradictorias que los precipitan, empero, hacia el mismo vértigo, los amantes no podrán encontrarse sino en el instante que los priva para siempre de toda esperanza humana, de todo amor posible, en el seno del obstáculo absoluto y de una suprema exaltación, que se destruye por su propia realización.’

En la sociedad actual, la forma de concebir la relación amorosa entre dos personas ha evolucionado y persigue un conocimiento más profundo para la consolidación de la pareja. El sexo ya no es visto sólo con fines procreativos sino que se le considera en su verdadera esencia como una forma de encontrar placer a través de la estimulación erótica del cuerpo y de la mente. La literatura, como reflejo de la sociedad, ha proyectado esta temática. En el caso de las obras de Avilés Fabila, la sensualidad nunca es censurada, sin que por esto se caiga en las descripciones excesivas o poco estéticas, pero sí mostrando que el ser humano tiene una ilimitada capacidad para expresarse y el sexo es sólo una más de ellas.

Otro de los elementos presentes en la literatura de René Avilés es el manejo de imágenes como vehículo del erotismo. En cualquiera de sus obras, la descripción de emociones es fundamental como parte de la creación de la historia y la profundización de su contexto.
La atmósfera es un espacio muy cuidado en los textos de este autor porque en esa descripción esta parte del dibujo del carácter de los personajes, sus gustos y nivel económico e intelectual. Las grandes urbes son la mayoría de los escenarios en los cuentos y siempre están presentes los objetos artísticos. Todo esto manejado en favor del erotismo, que se despliega con refinamiento en las historias para recrear sensaciones estéticas en la mente del lector. En él se cumple el gran reto del erotismo: bordear las pasiones amorosas sin caer en el abismo de la obviedad.

Sin embargo, en las imágenes eróticas de René Avilés Fabila se advierte que éstas se originan en algo muy simple: las fantasías sexuales. Este proceso inicia a partir de la imaginación de sensaciones proyectadas hacia un objeto o un ser deseado. Después se busca la manera de poder materializar ese deseo a través de alguna solución, aunque ésta sea inverosímil, e inmediatamente el trabajo del escritor es darle una forma estética a esas fantasías por medio de las palabras. Veamos el cuento “Bailarina” de este autor, que reúne las características antes mencionadas:

Estoy profundamente enamorado de una bailarina. Su tez es blanca, pálida, piel suave y tersa, piernas hermosas y senos pequeños, labios rojos y los ojos oscuros como sus cabellos largos y sedosos. Su cuerpo esbelto gira y danza vestido con mallas negras: lo mismo música de Tchaikosvky que rock and roll. Ignoro si me corresponde, si ella siente algún afecto por mí. Parece un enigma indescifrable, me mira tristemente y nunca ríe, en ocasiones me dedica una sonrisa apenas esbozada, cuando en la soledad de mi casa se le termina la cuerda y vuelvo a guardarla en su caja de cristal.

Finalmente, podemos decir que es a través de la intensidad y la imaginación como las pasiones adquieren un sentido dentro de la literatura fantástico-amorosa de René Avilés Fabila al crear mundos maravillosos inmersos entre lo irreal y la posibilidad de realizar la gran aventura de los seres humanos: Vivir sus pasiones plenamente.



Más allá de la fantasía
Si limitas tus acciones en la vida a las cosas que
nadie puede censurar, no llegarás muy lejos.
Lewis Carroll


Independientemente de su belleza, la literatura tiene el poder de acercarnos a otras culturas, costumbres e ideologías, mostrarnos el mundo o el alma de los seres humanos; cualquier situación puede ser tema para la escritura, sin embargo lo más importante del arte es su reflejo en nuestras vidas. La literatura se recrea constantemente en cada lector que cuestiona, adapta, acepta o rechaza las ideas de ese interlocutor presente en cada página de un texto. El arte literario es enriquecido en ese diálogo que se establece y que amplía nuestra capacidad creativa para ir más allá de nuestras características elementales como seres humanos con base en el análisis. La literatura fantástica, vista a través de una óptica simplista, ha sido alguna vez catalogada como un género de evasión por su aparente inocuidad al incluir en sus historias situaciones o personajes lejanos de la realidad. Pero no siempre lo fantástico escapa de tocar nuestro entorno ya que a veces lo refleja con un punto de vista diferente, para mostrar desde una perspectiva fuera de lo normal aspectos que involucran nuestra vida cotidiana o, en más grande escala, una visión general del mundo y de la sociedad.

En las historias fantásticas la estética es fundamental porque dada su naturaleza creadora de irrealidades requiere de construcciones muy cuidadas que hagan entrar al lector a esa fantasía, por lo menos mientras dura el relato. La belleza de lo fantástico y maravilloso se logra a partir de un trabajo minucioso, que a veces puede conjugarse en pocas líneas, poniendo de manifiesto el talento y la capacidad de síntesis del escritor (recordemos a Augusto Monterroso). Louis Vax dice: “... el cuento fantástico constituye a menudo la obra de un gran escritor que se dirige a un público refinado... El público cultivado, en realidad menos crédulo, puede experimentar un goce estético con lo puramente fantástico.”

La literatura de ciencia ficción alguna vez se ha adelantado a su tiempo para describir ambiciosos sueños del hombre. Julio Verne narró viajes al centro de la tierra o a la luna, que han sido superados por la realidad, sin embargo el valor de sus textos sigue vigente porque es la creación como tal lo que ha hecho trascender su obra; la ciencia avanza sin descanso, pero es la belleza en la narración lo que finalmente perdura.

En los textos fantásticos de René Avilés Fabila, tanto el contenido como la estética requerida para integrarlos, proyectan formas de vida más creativas, apegándose a ese poder de la literatura para ser un vínculo hacia la imaginación. Pero aún cuando la creación ya es un logro rescatable, las historias fantásticas muchas veces pueden ser un parámetro de comparación con el mundo real, un espejo exacto que a través de las palabras se convierte en fantasía.

En la literatura fantástico-amorosa puede analizarse también ese contraste entre realidad y fantasía, que nos coloca ante esquemas diferentes en el plano amoroso y sexual, y al mismo tiempo deja al descubierto prejuicios y dogmas aceptados de manera mecánica sin una previa racionalización. El ser humano muchas veces se deja llevar por procesos amorosos establecidos, siguiendo un afán de igualdad o por miedo a quedarse solo. Se utiliza en ocasiones al matrimonio como subterfugio de la falta de imaginación ante una sociedad que discrimina la innovación en sus tradiciones. Se condiciona la entrega total del ser a la firma de un papel como método para asegurar la unión, siendo realmente la creación continua lo que evita el deterioro en la pareja. Denis de Rougemont al respecto es menos optimista y sitúa como incompatibles al matrimonio y la pasión, ya que los orígenes y finalidades de uno y otro se excluyen. El matrimonio, como compromiso religioso, es entendido como un acuerdo a perpetuidad, sin tomar en cuenta las variaciones de temperamento, de carácter, de gustos y de condiciones externas, que inevitablemente se van a dar en la pareja. La pasión está muy lejos de estos conceptos porque únicamente el dolor hace a la pasión consciente y de esta manera nos deleitamos en padecer y en hacer padecer ante la imposibilidad real o creada por poseer al objeto de nuestra pasión. Rougemont es concluyente al decir: ‘la pasión arruina la idea misma del matrimonio en una época en que se intenta fundar precisamente el matrimonio sobre valores elaborados por una ética de la pasión.’

René Avilés escribe historias, más que de amor de desamor, porque es generalmente la imposibilidad, la vulgaridad o los celos, quienes suelen ser más fuertes que ese amor limitado por la intensidad de la pasión. Para este autor sólo cabe en sus historias el amor pasional entre un hombre y una mujer porque cuando la cotidianidad compartida no se acompaña de comunicación y creatividad esto se transforma en cariño o costumbre; ese ‘amor-amistad’ que ha hecho casi prescindible al sexo y donde la pasión ya forma parte de su historia. Para este autor no hay amores eternos ni felices, sólo intensos.

El retrato humano que hace René Avilés en sus historias, más que una muestra es una crítica a la mediocridad y los prejuicios creados por seres que sacrifican la individualidad en favor de la unificación de pensamientos y de actos. El simple dibujo de sus personajes es ya una propuesta de libertad en la elección de una forma de vida, no importa cual sea ésta, pero hecha con base en las necesidades y talentos personales. En la novela Réquiem por un suicida (1993) de este autor, el protagonista tiene una vida plena de triunfos y decide suicidarse al conseguir el más grande de todos: el amor. No se trata de una decisión censurable, sino individual. En la literatura fantástico-amorosa la crítica existe a través de la proyección de lo imposible. Las imágenes fantásticas de este autor son una realidad trastocada que denuncia las carencias de una sociedad inhibidora de la individualidad y opresora de los deseos, pasiones y perversiones conducidas por el erotismo.
A través de su vida las personas van aprendiendo patrones de conducta (por medio de las religiones, la moral, los prejuicios sociales, etcétera) que reprimen su naturaleza, reduciéndola a un simple esbozo de lo que es, lo que trae como consecuencia una frustración que puede traducirse muchas veces en agresividad, violencia o sumisión ante la impotencia de atreverse a un cambio. Ciertamente la represión existe en favor del orden en las sociedades pero esta represión no debe llegar hasta los niveles más esenciales del ser humano. El amor, la pasión, el erotismo son una forma de expresión liberadora de la individualidad y la imaginación que pueden desarrollarse como cualquier otro arte en favor de una sociedad más creativa y libre de prejuicios.
La propuesta de René Avilés es la creatividad y no la cotidianidad compartida dentro de la pareja. Veamos el cuento “Dulces sueños”, en donde con ironía se muestra esa imagen del matrimonio tradicional:

Usted, señora, no necesita engañar a su marido, con nuestro producto ‘Sweet Dreams’ puede conservar la fidelidad que prometió durante la ceremonia matrimonial. Basta con tomar una pastilla antes de dormir y podrá tener maravillosos sueños eróticos: hacer el amor con un hombre fuerte, musculoso o esbelto e intelectual. Asimismo podrá viajar por exóticos países en compañía de su héroe favorito, ser poseída en la jungla africana o en un elegante hotel francés. Esto mientras su esposo, hinchado de comida y alcohol, ronca estrepitosamente a su lado.
Este producto no es nocivo para la salud, a lo sumo, causa hábito.

Generalmente es por medio del humor, como en este caso, que René Avilés Fabila pone al descubierto esa realidad que en la literatura no hace historia: la cotidianidad. El dibujo es exacto de la mujer sexualmente insatisfecha y el peso de un matrimonio que no responde a sus deseos y expectativas, que deja únicamente como escape los sueños eróticos y las fantasías, mismas que gracias a la moral represiva, sobre todo en la mujer, no son compartidas, alimentadas y vividas con la pareja.

El riesgo más peligroso de la vida es no vivirla con intensidad en su tiempo y en su momento. La mujer y el hombre tienen que escapar de las limitaciones impuestas por sus propios miedos a crear, a ser originales, a inventar la felicidad de una manera personal. Hasta el disfrutar del placer sexual tiene que aprenderse a partir de la exploración desinhibida del erotismo en nosotros mismos y con la pareja. Esta es la propuesta de la literatura: enriquecer y transformar nuestra vida a través de la sensibilidad.

La literatura fantástico-amorosa de René Avilés Fabila proyecta una crítica libre de conceptos moralistas y de dogmas cuyo único objetivo es ser escaparate de un modo de pensar ingenioso, individual, analítico y apegado a la naturaleza humana en la plenitud de su gozosa esencia por medio de historias entretejidas con la belleza, el humor, la fantasía y la vertiginosa intensidad de las pasiones.

Toda conclusión en temas que pueden ser tan diversamente tratados como son la pasión y la fantasía corre el riesgo de dejar una visión parcial y caer en modelos simplificados con el afán de resumir lo que es complejo e infinito. De cualquier manera, es posible integrar un panorama general de los textos fantástico-amorosos de René Avilés Fabila, tanto en el aspecto estético como crítico.

En este autor pasión y fantasía tienen en común la intensidad narrativa y la imaginación que se requieren en el proceso de la creación literaria para expresar la belleza de la innovación a partir de la individualidad. Sus textos son la ventana de un mundo paralelo a la realidad que muestra con ironía e ingenio las carencias que limitan la libertad de expresión amorosa y erótica en el ser humano.

El amor en manos de Avilés Fabila se transforma en una búsqueda infinita de sensaciones que nos conducen al conocimiento de nuestra propia naturaleza para reconocerla, adaptarla y utilizarla en la creación y recreación de la sensualidad.

Las pasiones, que en su irrupción violentan la racionalidad para caer en ese espacio sin condiciones restrictivas impuestas por una sociedad estereotipada, son el objetivo de ese viaje introspectivo por la literatura del autor, ya que nos demuestra que el amor no se rige ni se somete a contratos matrimoniales ni prejuicios morales, sociales o religiosos para declarar su existencia, sino de la complicidad de dos personas en la exploración de su esencia; que la seducción inicia con el juego de la inteligencia para llegar a una penetración más allá de la epidérmica y que los seres humanos tienen la capacidad de cambiar su entorno cotidiano a través de la fantasía, indagando en la originalidad para manifestar toda la gama de matices que el amor puede brindar, inclusive en las procelosas aguas de las pasiones.

De esta manera podemos ver en la literatura fantástico-amorosa de René Avilés Fabila una enorme variedad de formas en que se puede dibujar al amor, pero siempre entreverando a la imaginación en la irrepetible complejidad de un personaje, como sucede con cada individuo que inventa su propia vida a partir de su talento, sus alcances, sus pasiones y sus fantasías, en un mundo donde la continuidad y la rigidez usurpan el poder creativo de los seres humanos.

*Publicado por la UAM-A, en el número 17 de la revista Fuentes humanísticas.