Tantadel

enero 12, 2009

Ernesto de la Torre Villar: Devoción por la historia

René Avilés Fabila, publicado en Excélsior, 11 de enero, 2009.

El jueves muy temprano me sorprendió una noticia: murió el distinguido investigador Ernesto de la Torre Villar, uno de los mayores estudiosos de la historia nacional y un vigoroso defensor del libro como transmisor de cultura. Ernesto de la Torre nació en Puebla, en 1917 y fue siempre un miembro distinguido de la comunidad universitaria. Lo recuerdo con amor por dos razones. La primera porque fue amigo de mi padre, quien falleció hace más de veinte años, la otra porque fue maestro mío en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, leí muchos de sus libros y, por añadidura, fue testigo de mi matrimonio, junto con José Agustín, en 1965. Puedo verlo en la ceremonia, siempre formal y discreto, rodeado de jóvenes semisalvajes, escritores que Margo Glantz llamo de la Onda, que bebían y hacían escándalo. Era para compadecerlo.

Cuando trabajaba, junto con Leopoldo Zea y Silvio Zavala, en la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (alrededor de 1962), Ernesto de la Torre me solicitó, a la muerte del antropólogo Alfonso Fabila, un texto sobre su vida y obra para el boletín de la institución. Lo hice, fue mi primer trabajo profesional publicado y pagado.

Solía, por esa época, visitarlo. Era director de la Biblioteca Nacional de México, entonces en Isabel la Católica. No sé si decir que platicábamos, pues su cultura era extraordinaria y yo era un joven que terminaba la carrera, pero me recibía sin titubeos al mediodía y luego de conversar de algún tema histórico y recibir sus agudos comentarios, me invitaba a comer. Dos libros le conceden el título de bibliófilo de muy alto rango: Elogio y defensa del libro y Breve historia del libro en México, ambos de la UNAM. Fue un investigador infatigable y la lista de sus publicaciones y tareas infinita. Destacan los cinco tomos de Lecturas históricas, Leyes de descubrimiento y conquista en los siglos XVI y XVII, La Constitución de Apatzingán y los creadores del Estado mexicano, El triunfo de la República y el fin del Imperio, La ciudad de México a través de la visión de José María Lafragua y Manuel Orozco y Berra. Fue un hombre que trabajó con pasión, que se metió en la historia. Siempre amable, atento, generoso, dispuesto a conversar con sus alumnos, como lo hacían otros maestros míos, también idos, como Carlos Bosch, Henrique González Casanova y Arturo Arnáiz y Freg. Ernesto de la Torre hablaba con voz pausada y jamás la levantó. Sonriente, de mirada aguda; lo vi trabajar de cerca. Cuando la entonces distinguida y en buenas manos Sociedad de Geografía y Estadística conmemoró los cien años de la Guerra de Intervención Francesa, evento organizado por doña Eulalia Guzmán y mi padre, René Avilés Rojas, presentó una ponencia resultado de sus investigaciones en París, la que, pienso, fue el origen del memorable trabajo publicado por el Fondo de Cultura Económica, La intervención francesa y el triunfo de la República.

El Estado mexicano ha sido injusto en más de un caso, preocupado por el éxito publicitario de un festejo, sólo selecciona a los intelectuales que le suenan glamorosos o útiles a su causa. En consecuencia, los medios no tienen idea clara de quiénes son nuestras grandes figuras, centran su atención en un puñado que de sobra conocemos y que, además, algunas están sobre valoradas o mal analizadas. Ernesto de la Torre sí tuvo reconocimientos tanto en la ciudad capital como en su natal Puebla, pero no de la magnitud que ameritaba. Su labor fue titánica, infatigable, siempre al servicio de México, de la academia. Su carácter amable, bondadoso, su dedicación al trabajo, me mostraba que carecía de enemigos y alguna vez se lo dije. Sonrió y me dijo, no, René, sí los tengo. Creo que mentía.

Cuando tuve el suplemento cultural El Búho, se pobló de colaboradores de alto nivel, cito varios: Edmundo O’Gorman, Silvio Zavala, Miguel León Portilla, Leopoldo Zea, Carlos Bosch García y, desde luego, Ernesto de la Torre Villar. Este último, camino a la UNAM, pasaba a mi casa, no distante de la suya, a dejarme su colaboración y saludar con su proverbial educación y gentileza. A veces nos encontrábamos, otras, con prisa, se limitaba a entregar al servicio su artículo. Era un pretexto para conversar un poco.

Hace unos días, con algunos amigos universitarios, hablábamos de la necesidad de hacerle un gran homenaje nacional a Ernesto de la Torre. Hubo distintas propuestas, incluso la de ir a Puebla para que sus autoridades compartieran la responsabilidad. Por desgracia, ya no hubo festejo, al menos en vida. Me siento muy triste, desolado, fue, a pesar de la diferencia de edades, posturas ideológicas, preferencias intelectuales, un gran maestro mío y un distinguido mexicano que me aceptó como su amigo y no como una simple herencia paterna. Ernesto de la Torre Villar vivió sin ruido, al margen de grupos y partidos, dedicado íntegramente a su gran pasión: la historia. Jamás olvidaré sus enseñanzas académicas y morales ni su sonrisa luminosa.

1 comentario:

Ricardo Américo Valadez Rodríguez dijo...

Sr Avilés:
Lo felicito por su artúculo en éste blog, algo ocurrido hace "algunos" antieres en la Cd. de México.
El motivo de mi visita es conocer más la vida de Doña Eulalia Guzmás Barrón, por cuestión histórica, ya que escribo una ponencia para recordar a esta gran mujer. Y que los historiales no reflejan mucho, y por consiguiente, le ruego me diga si existe algún archivo fotográfico sobre la casa que habitó ella, en la colonia Nueva Santa María, y si ésta aun existe en dentro del lugar.
Le agradezco la atención prestada.
Atte.: Américo Valadez
rasbaa@hotmail.com