Tantadel

abril 04, 2009

Afinidades, diez años sin Ricardo Garibay

René Avilés Fabila


Conocí a Ricardo Garibay, como lo he contado en algún libro de memorias, poco después de que él había publicado un soberbio libro: Beber un cáliz. La novela me fue particularmente dolorosa porque yo acababa de perder a un hombre amado, mi abuelo, y la novela me traía un poco de alivio, como lo hizo una obra del italiano Vasco Pratolini, Crónica familiar. Busqué a Ricardo Garibay a pesar de que quienes lo conocían hablaban de la dureza de su carácter y de la violencia con la que trataba a los advenedizos, de su hosquedad. Alguien me dio su número telefónico y el propio Ricardo me concedió la cita. El encuentro fue un monólogo. Garibay era un torrente de talento y cultura, de justa agresividad. Implacable y severo, no toleraba torpezas ni lo impresionaban los talentos surgidos al amparo de la publicidad. Sabía que el camino de las letras es duro y aún así lo tomó. Nunca lo vi flaquear, no le conocí titubeos en los años en que fuimos amigos, hasta su muerte. Mentiría si digo que lo traté con intimidad, pero nuestros encuentros fueron por fortuna muchos y todos para mí venturosos. Dos amigos suyos le procuramos algunos de los escasos homenajes que en vida le rindieron. José María Fernández Unsaín y yo. El primero en SOGEM, el segundo en la UAM-X. Más adelante el INBA llevó a cabo uno más en la sala Manuel M. Ponce, donde asimismo participé, acompañando a Ignacio Trejo Fuentes... Por último debo añadir, y esto también lo he narrado en otra parte, que fui parte del jurado, junto con Sergio Galindo, que le concedió el Premio Colima a la mejor obra publicada por Taíb.

Admirable como pocos, escritor por tenaz vocación y amor-pasión por los libros, arrogante y soberbio, inteligente y culto, pensador original, se dedicó a lo suyo sin preocuparse por la publicidad que conceden los medios. Alguna vez estábamos en Sonora y un periodista le preguntó por Carlos Fuentes, hoy en manos del PAN y del PRD como antes estuvo en las del PRI: “¿Qué podría decirme de la gran obra de Fuentes, maestro? Ricardo dijo sin pensarlo, irónico, burlón: ¿Fuentes, quién es Fuentes? No lo conozco, nunca lo he leído. A cambio su ternura por amigos de toda la vida como Rubén Bonifaz Nuño o José María Fernández Unsaín, fueron proverbiales. Duro de carácter, en el homenaje que le hice en la UAM-X, con escritores jóvenes, se acercó un viejo vestido con pobreza digna, que conservaba alguna fortaleza física. Don Ricardo, dijo en voz baja, ¿me recuerda, usted y yo boxeamos dos veces? Garibay lo abrazó claramente conmovido, como quizá nunca lo hizo con un intelectual.

Dos momentos de sus infinitos y desmesurados arrebatos se me grabaron con perfección: el que le hace rechazar a Madame Bovary y el que enaltece a El cantar de los cantares. En ambos fue empeñoso, original y definitivo. Hay otro que me produjo la idea de escribir sobre Cervantes. Cuando Garibay afirmaba contundente que el autor del Quijote no tenía por qué estar en las manos de los académicos si era un hombre tosco, bebedor, visitante asiduo de tabernas, soldado… En fin, todo en Ricardo era novedoso y asombrosamente seguro de sí mismo.

Al morir, hubo dolor de sus amigos y admiradores y cobardía de sus embozados enemigos. Estos últimos aprovecharon su desaparición física para externar resentimientos y envidias, entre ellos estuvieron las duras palabras de escritores que se quejaban del desprecio generalizado del narrador hidalguense y correspondían vilmente. La reportera de un importante diario (Reforma) las recogió y a mí mismo me preguntó por la leyenda negra de Ricardo. No conozco esa novela, repuse tajante.

A diez años de su muerte y ante la indiferencia casi generalizada, reproduzco la entrevista que le realicé a Ricardo Garibay en 1969 y que fue publicada por Juan Rejano, inolvidable poeta español, en el suplemento de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, el 1° de julio de ese año. Vale la pena conocerla, lo refleja con precisión.

RAF: ¿En términos generales, Ricardo, cómo se forma el escritor mexicano?

RG: Como en todas partes, supongo. Vagos estudios universitarios, desdén por el medio ambiente, o desprecio o cólera, que es mejor, un pequeño y recio grupo de amigos, de semejantes en el afán, y lecturas hambrientas, erráticas.

RAF: ¿Le sirven las aulas en ese proceso?

RG: Para nada ahora ni nunca; y menos las mexicanas aulas donde un hombre recuerda aprisa lo que mal sabe, y lo escucha un centenar de hombres que deben recordar lo mismo un día, el del examen, y olvidarlo completamente y de por vida a partir del día siguiente; y menos las mexicanas aulas donde aquél recuerda y esos repiten cifras y datos que nada tienen que ver con el oficio de vivir aquí y ahora. Cosa de siempre ha sido y será ver, al margen de las aulas, a los que después les darán quehaceres de memoria.

RAF: ¿La fórmula del autodidactismo sigue siendo válida?

RG: No entiendo. A esto de ser autodidacto se le da una significación excesivamente amplia y simple a la vez. ¿Quién, en rigor; podría llamarse autodidacto? ¿Quién de veras se hace a solas, se debe enteramente a sí mismo? El self-made-man norteamericano existe donde un hombre logra trepar, desde la condición de explotado y sobre los lomos de sus compañeros, hasta la condición de explotador. Ascenso de la ferocidad, que no se hace a solas, pero como si así se hiciera, porque no lleva a cuestas reflexión ni gratitud, de tal modo, que el self-made-man llega a su cumbre solo y así permanece hasta el fin de sus torvos días. En este sentido sí hay autodidactismo: un hacerse el hombre a sí mismo, un convertirse en oficio de y con exclusión de todo y contra todos.

Pero si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio, y es para los demás sin límite de generosidad, ¿cómo podría hacerse a solas? Recuerdo que Bataillon decía, cuando nos quejábamos de la ausencia de maestros que padecía mi generación: “¿Por qué se apuran tanto? En cada libro tienen ustedes un maestro”. Creo que el escritor, en cualquier parte, es el hombre que más preceptores lleva tras de sí.Ahora, Si autodidactismo es igual a no formación académica, de acuerdo: autodidactismo es escuela de escritores.

RAF: ¿Los escritores, Ricardo, se reúnen en grupos por afinidad o por algún otro motivo?

RG: Aquí quiero recordar una linda y conmovedora imagen de Conrad: los marinos, que han navegado meses, que se han sostenido unos a otros durante la travesía, en tempestades y otros peligros de muerte, que en las calmas del mar, hartos de verse se han maldecido y han de matarse, que han anhelado el puerto sólo para no volver a verse nunca más unos a otros, llegan por fin a puerto: los esperan calles planas, duras, ensordecedoras, gentes que caminan erectas, miradas innumerables y extrañas, desdeñosas: inútil, lamentable resulta ahí su pericia y vigor, por tabernas, prostíbulos y aceras su hombría marina será cosa de locos. Entonces, antes apenas de abandonar el barco, se buscan, se miran, se juntan, y apretados unos contra otros y tambaleantes -racimo de terrores- se pierden en las honduras del suburbio.

Probablemente en esta escena esté el sentido de la "perdida gente" que tanto gustaba señalar Alfonso Reyes.

RAF: ¿Qué piensa de los grupos culturales que al momento existen en México?

RG: No más de lo que Conrad piensa de sus marinos, y añado: bien que existen esos grupos, bien que haya insaciables diálogos diarios acá y allá, entre estos jóvenes y aquellos. Diálogos entre pares: los verdaderos maestros de las generaciones. Grupos de corta vida, porque en pocos años desaparecerán y veremos a cada escritor roerse a solas, con lo que aquellas compañías le hayan dejado. Le diré a usted, René Avilés Fabila, a manera de homenaje a su vehemente agresividad: sí, cierto, cada quien tiene el grupo y el diálogo que se merece.

RAF: ¿Y la crítica literaria nacional, Ricardo?

RG: Es ignorante, perezosa y convenenciera. Hace diez o quince años estaba en manos de personas que procuraban ser honorables; que tenían serios antecedentes librescos, tenían objetividad creciente. Ahora la ejercitan bufones de barriada provinciana, carteros, burócratas soñolientos encajonados en dos o tres convicciones primarias y mentirosas, a caza siempre de relaciones estrábicas con “los nuevos valores” y con los viejos. Me refiero claro, a la crítica más visible que se dice oficial, la de apodo pollino, que ya jadea. Hay excepciones: entre los “enojados” escritores jóvenes y cuando aquellas personas honorables retoman su tarea.

RAF: Un escritor ¿debe vivir de su trabajo estrictamente literario?

RG: Sí. Y duele que en México eso no suceda ni pueda suceder todavía, porque mientras no se viva de escribir, mientras no se coma de escribir no se es cabalmente escritor. Eso de pasar la vida en faenas varias y aborrecibles y apartar hoy una hora y mañana otra "para escribir, usted sabe, primero está la obligación y luego la vocación", es hacer del oficio aristocracia o pasatiempo, y de éste, antología de minucias, bisutería. El escritor es artesano, nada más.

RAF: ¿Es útil, y sobre todo, válida la publicidad y aún la autopublicidad?

RG: Es útil, válida, necesaria, urgente. ¿Por qué lo es, sin discusión, a propósito de un actor de cine, de un lápiz labial, de un programa de gobierno? Sí es de desearse que no adopte maneras ruines o cirqueras, y que obedezca a la línea madre de la buena publicidad: "no mentir jamás, el producto deberá ser de calidad probada, no adulterada ni venenosa".

RAF: ¿Cree usted que es fácil, en México, publicar en revistas o editar libros?

RG: Creo que es fácil, puniblemente fácil.

RAF: ¿Puede marginarse el escritor y no participar en la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país?

RG: Pregunta fuerte. Pongamos dos ejemplos. Durante el Ateneo, José Vasconcelos y Alfonso Reyes tenían preocupaciones diferentes. Aquél la política, éste la literatura; aquél las ideas, éste las imágenes; aquél el por qué y el hacia dónde: éste el cómo. Entre oleajes de discusiones y proclamas, Reyes llegó a decir: "A mí que me den mi palmera, y arriba comiendo cocos me pondré a hacer poemas”. Según corrientes de moda Reyes era un acomodaticio, un no comprometido, un manso, un despreciable. Veámoslo a setenta años de distancia: la obra de Reyes es desembocadura de una necedad genial, de una vocación inapelable: “Empecé haciendo versos, sigo haciendo versos, moriré haciendo versos”, y es nuestra puerta de entrada a la gran literatura del siglo XX; las páginas de Vasconcelos que no morirán son literatura, literatura puramente, tantísimo que hacer político, como tuvo, se le diluyó en los días que ya casi nadie quiere recordar.

¿Qué el escritor pretende participar en “la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país”? Magnífico, adelante, el campo es todo tuyo; ¿que no? Lo mismo, bienvenida su aparente inutilidad actual, sus frutos se darán, y nunca serán tardados.

He aquí a Ricardo Garibay de cuerpo completo. Dueño de una sintaxis peculiar, de un estilo distinto y rico, cuando escribía y cuando hablaba. Su recuerdo siempre me acompañará y jamás dejaré de admirar al hombre desdeñoso, erudito, autor de obras maestras, irónico, ajeno a cualquier tipo de adulación que a otros ha encumbrado, que por desgracia no hemos acabado de valorar. Pero esta es la historia de México, de sus letras, de su cultura.

1 comentario:

Jorge_Villarruel dijo...

Cada vez que leo algo sobre Ricardo, más quisiera haberlo conocido. Me fascina su violencia, su honestidad.

Por lo menos puedo conocerlo por medio de las palabras, suyas y de otros.

Un saludo.