Tantadel

abril 25, 2009

Octavio Paz: su reinado dividió a la cultura del país

Artículo publicado en Excélsior 26 de abril de 1998, en la sección “Tiempo y Mundo”
René Avilés Fabila

El domingo por la noche me enteré del fallecimiento de Octavio Paz. Al día siguiente los diarios daban largas, larguísimas informaciones sobre el poeta. Era evidente que los periodistas aguardaban su muerte y los materiales estaban listos con anticipación. Me pareció una práctica terrible, casi brutal. Alguna vez redacté un cuento breve donde el personaje central tiene escritos poemas a la muerte de grandes celebridades, muertes que aún no ocurren. El lunes, Lisandro Otero me telefoneó para indicarme, que debía escribir un artículo sobre la ilustre desaparición. Supongo que algo semejante pensaron algunos reporteros que me solicitaron infructuosamente mi opinión al respecto. Nada pensaba decir, ya he elaborado muchas páginas sobre mis diferencias con el inmenso poeta, pero escribir para mi periódico es otra cosa: un deber. Únicamente necesito añadir que nunca ha variado mi admiración por la obra poética de Paz, de la misma manera que en nada he modificado mi opinión sobre su ideología política y su modo de conducirse públicamente, en particular una vez que los príncipes comenzaron a halagarlo de forma escandalosa.

La generación de Octavio Paz, Taller (1914), fue integrada por personas muy opuestas entre sí. A casi todos los traté, menos a Paz. Un poco, por ejemplo, a Efraín Huerta, mucho a Rafael Solana y fui muy amigo de José Revueltas, amistad heredada de mis padres. Cuando murió Pepe, lo hizo en medio de una miseria que sin temor alguno puede ser calificada como atroz. No había dinero para sacar el cadáver de Gayosso y a su entierro acudimos personas de izquierda, militantes de diversas organizaciones marxistas, opositores largamente probados. El gobierno no se hizo cargo de los gastos de la enfermedad y muerte de Revueltas. En el Panteón Francés sólo estuvo un burócrata: el secretario de Educación Pública con la representación del Presidente de la República. No le permitimos hablar. Era aquella intentona una majadería a un hombre que había dedicado su vida a combatir al sistema y que padeció cárceles y persecuciones. Es curioso: por todas sus luchas tenaces, su pobreza excesiva, la ausencia de reconocimiento a su inmenso talento y la soledad final, Revueltas mereció, de Paz, dos palabras gratificantes: hombre puro.

Octavio Paz tuvo, y así lo dijeron cientos de panegiristas oficiales y extraoficiales, una vida fructífera, llena de logros y batallas ganadas. Odió el comunismo (en buena medida confundiendo el marxismo de Marx y Engels con el de Stalin, la soberbia utopía con la aberración del socialismo real) y contra él luchó buena parte de su vida. Pudo verlo hundirse en el fango de sus errores y contradicciones, de sus tremendas desviaciones. Pocas veces un hombre ha conquistado tanto y todo merecidamente. Premios, riqueza, admiración y en especial el afecto del Estado mexicano, un Estado que no se ha caracterizado por su devoción a las letras, y que a lo sumo trata, pretextando una tradición al fomento de la cultura, de utilizar en su beneficio a intelectuales y artistas. Paz fue un gran líder de la inteligencia y la creatividad, a su alrededor se aglutinaron buscando cobijo muchos escritores (admiradores legítimos, simples aduladores, antiguos enemigos, ex marxistas, jóvenes ambiciosos, etcétera), también instituciones como Televisa solicitaron su apoyo, al mismo tiempo que le daban un respaldo sin par en la historia del país.

Pero Octavio Paz ha muerto. Nos quedan, a propios y extraños, amigos y enemigos, sus palabras convertidas en luminosos poemas y ensayos de gran brillantez y agudeza. Sin embargo, no es posible aceptar tanta perfección como la que los medios nos han dado a raudales, llena de lugares comunes y cursilería. Octavio Paz, como todo humano, fue contradictorio, con frecuencia intolerante. Llamaba la atención que un hombre de su tamaño pudiera tener envidias o le molestaran los pequeños éxitos de otros. Bajo su reinado la cultura nacional sufrió grandes divisiones. Sólo debemos recordar el caso de Nexos (revista que pretende ser la contraparte “progresista” de Vuelta) y la forma brutal en que consiguió que despidieran a Víctor Flores Olea de su cargo como titular del Conaculta. Octavio Paz era temido y admirado. Amado y odiado. Su pugna y ruptura con un antiguo amigo suyo, Carlos Fuentes, también señala a un hombre iracundo e incapaz de tener competencia, que llegó al extremo de aplastar, implacable, a su ex esposa, la también escritora Elena Garro. México, así como tuvo (y tiene aún) un dictador perfecto en el Presidente de la República tuvo otro de la misma talla en el campo de las letras: Paz. Pidió, como es natural, total adhesión a sus ideas, se abrazó a lo que antes había combatido: el culto a la personalidad a su propia y resplandeciente —subyugante— personalidad. Alguna vez escribí y ahora lo repito: que no tenía amigos, tenía súbditos.

Octavio Paz tuvo momentos memorables y muchos otros discutibles. Pero si como poeta es inobjetable, lleno de luces, como ser político hay mucho para debatir. Un sólo caso. Por años teorizó sobre las distancias que el poeta debía mantener con el príncipe. Fue, en esos tiempos, un acérrimo enemigo del Estado, del Leviatán monstruoso, el ogro filantrópico. Pero se refería al Estado socialista o al que, como en nuestro caso, tenía demasiado peso e intervenía —con más de un punto de semejanza— en la economía, en la política y en consecuencia en la vida del individuo en forma despótica, brutal y autoritaria. Era el vocero del más acabado proyecto económico y político de un capitalismo neoliberal que a escala del orbe iba a triunfar encabezado por Estados Unidos; predijo con claridad la caída del comunismo. Y en tal sentido su aversión fue atenuándose. El archienemigo del Estado se hizo su amigo y de amigo pasó a útil servidor y muy atrás quedó la crítica. Con Carlos Salinas de Gortari, uno de los personajes más siniestros y reaccionarios de la política mexicana reciente, no había más distancia entre el príncipe y el poeta, al contrario, quedaron registradas frases de apoyo al hombre que ahora se esconde de las iras populares en Dublín. Paz lo vio como un estadista porque coincidían en materia política y económica, porque tenían un proyecto común, porque lo halagaban, porque ambos se necesitaban. Nunca en México un hombre de letras acumuló tanto poder político, como nunca soñaron Jaime Torres Bodet y Agustín Yáñez que ocuparon altos cargos en el gabinete, y lo usó, lo usó para bien y para mal. Construyó grandes obras, muchos de sus proyectos pasaron al campo de la realidad, pero al mismo tiempo exigía mayores subordinaciones y quien se rebelaba, no importaba su estatura (que siempre era menor), recibía su merecido. El Fondo de Cultura Económica parecía su propiedad y lo mismo ocurría con otras áreas de la cultura oficial donde su peso era absoluto a veces no por admiración, sino por temor a su ira.

Sólo puedo imaginarme al intelectual como un crítico permanente y tenaz del poder económico y político. Situarse al frente de la sociedad civil, del pueblo, para decirlo de un modo más evidente, indicarle caminos y explicarle la situación. Así lo imaginé con el llamado socialismo real, donde lo subordinaron brutalmente y así lo busco en el capitalismo neoliberal que padecemos. Puede uno ser amigo personal de políticos o funcionarios, no importa, en tanto parte de un sistema de poder, hay que señalar vicios y defectos, ser, en todo caso, un lúcido intermediario entre el Estado y la sociedad civil. Padezco una total incapacidad para entender la supeditación del artista o del intelectual al Estado. Más aún, dentro de mi concepción ideológica, debe desaparecer por ser origen de infinidad de males y actos represivos. Entiendo bien que en México, en materia cultural, el Estado es la principal fuente, quizá la única. Los premios y las becas a escritores y pintores, los grandes reconocimientos, todo lo concede el poder, no la iniciativa privada, por más que haya crecido dentro del sistema de libre empresa que deseó Octavio Paz y por el cual luchó la mayor parte de su vida. En este contexto, sé que es difícil sustraerse de los cantos gubernamentales. Cómo decirle no al señor Presidente (sí, con mayúscula), cómo no aceptar a quien lo colma a uno de reconocimientos y riquezas.

Pero ahora que Paz ha muerto lleno de honores y rodeado de encumbrados políticos y funcionarios, me parece que Paz debe ser juzgado principalmente como poeta, como hombre de letras. Lo demás, su vida como ciudadano, su ideología, sus cargas de poder y la manera como las manejó, ya no importan tanto, salvo para comprender mejor su personalidad y de este modo explicarse muchas de sus páginas de nítida intención política. Alí Chumacero, otro poeta de talla, señaló la tremenda herencia que les dejaba a sus discípulos ya sin la protección del coloso. Hay que añadir, en buena lógica, la enorme animadversión que consiguieron en un medio de rencores y venganzas, a causa de sus conductas presuntuosas y arrogantes al sentirse plenamente protegidos. Octavio Paz fue crítico en modo intenso, polémico, era su naturaleza. Por eso me extraña que las voces de otros críticos le irritaran. A veces luchaba con ellos, otras los dejaba con la palabra en la boca. Fue el rey sol en un país de sombras y de escasa madurez cultural y sobre todo política. Él decía la primera y la última palabra, también las de en medio. En rigor, luego de años de poder, Paz desarrolló un monólogo que la mayoría coreaba porque además contaba con el apoyo gubernamental. Ahora que ha muerto, es tiempo de analizar su inmensa figura, su titánica obra, ver con calma y serenidad sus deudas literarias y filosóficas con otros personajes de la cultura nacional y mundial, sus posturas políticas. No todo es blanco ni negro. O mejor, como lo decía Borges, nadie es solamente Jekyll o Mr Hyde, todos somos una combinación de lo malo y lo bueno, lo positivo y lo negativo. Ése será el mejor homenaje a Paz, discutirlo con seriedad pero asimismo con espíritu crítico. Hay que dejar de lado las típicas actitudes cortesanas tan características en los mexicanos, evitar los pésames para la historia y el falso dolor, y efectuar una crítica lúcida para saber el peso exacto de Paz. Imaginamos, intuimos, que es colosal, pero no sabemos con precisión cuál es. Ha llegado el momento de averiguarlo. De redactar una biografía inteligente, ajena a la corte de aduladores que lo acosaron y que él tan placenteramente aceptó, con el mismo espíritu crítico y combativo que llevó Octavio Paz. De otro modo, su biografía estará incompleta, será un documento acartonado; una obra escrita sobre un terrible dios perfecto, no para un inmenso poeta que también fue capaz de cometer errores y de hacer algo profundamente humano: tener pasiones.

2 comentarios:

Ramón I. Martínez dijo...

Ya acabado el reinado hace casi doce años, no veo cómo aprenderemos a psar de la monarquía a la democracia cultural. Te mando un abrazo René, me encanta tu reflexión

GUERRERA dijo...

Estuve estudiando una maestría en el ASEC Sor Juana, un apéndice del Claustro, donde me gradué... ni siquiera recuerdo el nombre del becario --hacía un doctorado en "Paz"-- y me daba, justamente, "Paz", como asignatura... Y, quizá, concuerde en que leer a un autor, es beber trozos de creación, convivir con el individuo, es otra cosa... Tal vez, pienso ahora, exigí de Paz una congruencia que yo misma no he podido sostener, la excelsa dignidad de sus letras y la aguda reflexión de sus ensayos me hacían --hicieron-- pensar que debía ser, era su obligación, ser virtuoso... No lo era: era humano: arrogante, ególatra, egocéntrico, lleno de manías; sexualmente incompetente --no me pregunten cómo sé--; dicen que buen amigo y mejor enemigo... dicen... Pero como no me consta, sino la repulsa que me cusaba verlo al lado y de lado del poder --por definición "malo"-- me limité a leerlo y gozarlo... Sus ojos claros, de inteligencia sobrenatural, no lo exentaron de las mezquindades propias de la humanidad. Y está bien. No estamos para dioses, ni quiero necesitarlos ya. Dejé de ser la adolescente que se bebió "El laberinto de la soledad" y lo mamó como una revelación. No más.