Tantadel

septiembre 20, 2009

A cuarenta años de Hacia el fin del mundo, mi primer libro de cuentos



Si mi primera novela, Los juegos, 1967, provocó un escándalo por su contenido y sus personajes tomados de la vida cultural y política de aquel México, no tan distante de la que ahora vemos y padecemos, Hacia el fin del mundo, publicado por el Fondo de Cultura Económica, en la colección Letras Mexicanas en 1969, produjo la impresión de que yo era un escritor de literatura fantástica fundamentalmente. Quienes así piensan, tienen mucha razón: en este sentido he seguido con asombrosa fidelidad dentro de la literatura de imaginación, trabajando con animales inexistentes, con fantasmas, duendes, vampiros, monstruos y me he visto obligado a dejar los bestiarios tradicionales para hacer uno propio que es posible encontrar en El bosque de los prodigios, donde inventé una fauna que carece de parecido o semejanza con la que otros han descrito tanto en Oriente como en Occidente. En este caso, es un zoológico de animales que, se supone, vivieron en América antes de la llegada de los europeos y que desapareció al contacto de su brutal paso conquistador. De pronto regreso al realismo, pero me parece que sí, que prefiero mantenerme el mayor tiempo posible en el mundo de la fantasía y la imaginación.

Comencé a escribir Hacia el fin del mundo (la historia detallada está en libros de memorias como Recordanzas, en entrevistas diversas y en un texto llamado “El cuento y yo, una relación de intenso amor”, conferencia magistral dictada en la Universidad Autónoma de Tlaxcala) cuando estaba terminando la preparatoria, en la 7, entonces en Licenciado Verdad y Guatemala, hoy Palacio de la Autonomía. Realmente no pensaba en un libro en toda forma, con orden y temas afines o semejantes, únicamente deseaba escribir lo que se me ocurría, casi todo basado en textos mitológicos que era lo que más me había impresionado de mis primeras lecturas, entre otras La Iliada y La Odisea. Muchos los leyó mi amigo José Agustín y quizá me dio algunos consejos o recomendaciones que no recuerdo. Los primeros de esos cuentos breves fueron “La fábula del pato inconforme” y “La fábula del perico parlante”. Por ello, habrá que añadir que también los fabulistas como Esopo, La Fontaine, Iriarte y Samaniego influían en mí. Algunos de esos relatos breves fueron a parar a revistas modestas, hechas por nosotros mismos y dos o tres más los publicó Juan José Arreola en la revista Mester que agrupó a mi generación.

En esos tiempos, el Centro Mexicano de Escritores era fundamental para el desarrollo de los jóvenes. Allí uno tenía oportunidad de tratar a grandes maestros de literatura y aparte de una buena beca, había oportunidad de alcanzar alguna modesta notoriedad. Concursé por ella en 1964 y la obtuve. De este modo trabajé bajo la dirección generosa e inteligente de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Francisco Monterde. Mas adelante, afiné los cuentos y se los di al Fondo de Cultura Económica, ya entonces la enorme editorial que hoy conocemos. El director, tal vez desconfiando de mi juventud y de mi mala fama por haber escrito y publicado Los juegos, pidió dos dictámenes: uno lo dio Raymundo Ramos, el otro el doctor Francisco Monterde, una eminencia en literatura, y Huberto Batis, director de producción de tal empresa, lo convirtió en realidad.

La historia del libro no es memorable, pero para mí fue importante. Fueron cuentos que me ayudaron a corregir, aparte de los citados, José Revueltas y Ermilo Abreu Gómez y que produjeron en el lector una idea distinta de lo que pensaron cuando publiqué Los juegos. Me permitió hacerme amigo entrañable de Rubén Bonifaz Nuño, José Luis Martínez, Edmundo Valadés, José Emilio Pacheco o de Juan Vicente Melo. Mis críticos se desconcertaron. Para Margo Glantz yo era un “ondero”, pero la aparición de mis cuentos fantásticos debió turbarla y pensar que en tanto crítica literaria tendría que reflexionar dos veces antes de teorizar sobre una generación que arrancaba. Finalmente fue un libro que me abrió otras puertas que parecían infranqueables: con algunos de sus relatos obtuve más de un premio universitario en concursos literarios de la UNAM y la Universidad Veracruzana. Pude establecer relaciones tempraneras con intelectuales cubanos de una revolución que prácticamente acababa de iniciar con dificultades enormes, y en Buenos Aires me permitió conocer a Jorge Luis Borges y ser amigo de multitud de excelentes narradores argentinos. Vale la pena decir que varias historias fueron a antologías rigurosas de aquellos años.

Hacia el fin del mundo tuvo en el Fondo de Cultura Económica varias ediciones, tres o cuatro, hasta que por una ocurrencia mía siguiendo consejos del narrador argentino Juan Carlos Ghiano, sus cuentos fueron a parar a un volumen que incluía la totalidad de mis cuentos de imaginación, ordenados temáticamente: Fantasías en carrusel, que originalmente fue publicado por la editorial del Partido Comunista y más adelante retomó el Fondo de Cultura Económica para la Colección Popular, con portada de José Luis Cuevas, como ocurrió con la última que hizo el mismo FCE con Hacia el fin del mundo y la novela Tantadel. Hoy en día, una edición más actualizada de la totalidad de mis cuentos fantásticos está en Nueva Imagen, del Grupo Patria Cultural, en Obras completas. En esta gran empresa ahora Fantasías en carrusel aparece en dos volúmenes.

De chico tuve enormes deseos de escribir cuentos fantásticos, los fantasmas, vampiros, la mitología clásica, los temas bíblicos, los bestiarios y la ciencia ficción me atraían. Por fortuna es una línea que jamás he dejado aunque tenga libros como El gran solitario de Palacio, una novela que trata la matanza del 2 de octubre, en Tlatelolco, donde me tocó estar presente, o largas historias de amor como Tantadel, La canción de Odette, Réquiem por un suicida y El amor intangible.

Sin duda es fácil para los críticos rastrear las genealogías de Hacia el fin del mundo y en general de todos mis cuentos fantásticos. Están desde luego Jorge Luis Borges, Julio Torri y Juan José Arreola, pero antes tendrían que ver la relación que guardan con Allan Poe, Kafka, Swift, Wilde, Wells, Stevenson, Bernard Shaw y muchísimos más que me impresionaron y me permitieron una adolescencia y juventud repleta de seres sorprendentes y hechos insólitos. También la Biblia ha sido una fuente de inspiración, y para muestra está El evangelio según René Avilés Fabila, mi libro más reciente que será presentado el 4 de octubre en la Sala Manuel M. Ponce.

Ahora Hacia el fin del mundo cumple en este mes de septiembre de 2009 cuarenta años. Me alegra saber que como libro tuvo buena fortuna y que logró ser el inicio de una carrera casi dedicada a la fantasía literaria. Como hace poco le dije al notable crítico literario especializado en minificciones, Lauro Zavala: es una pasión que he mantenido desde 1960, cuando escribí mis primeras historias para adentrarme en el mundo de la imaginación.


Solapa del Libro:
Hacia el fin del mundo

Autor de una sátira política novela da (Los juegos, 1967) con la que se inició formalmente en las letras mexicanas, René Avilés Fabila se halla inscrito en una corriente narrativa que bien pudiera denominarse de anticipación social; esto es, sus cuentos se desarrollan en el ámbito de un futuro inmediato donde la realidad, más que una simple posibilidad lógica, resulta profecía social a corto plazo.

"Las gorgonas o del vanguardismo en el arte", "Los hombres blancos", "Milagros televisados" y "Hacia el fin del mundo" -cuento este último que le da nombre al volumen- son la expresión más cabal de un realismo donde la hipérbole funciona como máquina gramatical del tiempo.

Reviviscencia de los terrores de un "segundo milenario", en que lo insólito es -Paradox, rey lo cotidiano, y lo imposible adopta la forma del acontecer inevitable. En los cuentos de Avilés Fabila (como en collage realizado con materiales antiguos y modernos), se ve transcurrir –con dantesca voluptuosidad- la larga fila de mujeres que se aproximan al Juicio Final, con el libro de la vida abierto sobre el busto desnudo y las manos tapándose las partes "por donde más pecado han".

Es posible señalar, por último, que en el estilo del autor se han fundido las texturas de un vigoroso lenguaje directo y cierta paciencia artesanal de trabajador infatigable, que entronca con las mejores tradiciones del relato y aun de la fábula. Equilibrada mezcla de novedad y ortodoxia.
Viñeta: Detalle del Juicio Final de Albij

No hay comentarios.: