Tantadel

enero 27, 2009

Plagio, luego existo

René Avilés Fabila
Publicado el 25 de enero de 2009 en Excélsior.

El plagio pareciera común entre escritores; a veces resulta escandaloso, otras se llama influencia. La lista de acusaciones de plagio en México es larga. Carlos Fuentes ha sido repetidamente señalado como tal. Cuando arrancaba, varios críticos literarios lo culparon de plagio. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo, dio pistas tanto para La región más transparente como para Aura. En la primera, la presencia de Manhattan Transfer de John Dos Passos era evidente, en la segunda, la de Henry James con Los papeles de Aspern. Arellano dio precisiones en un artículo. Adelante Enrique Krause retomaría el tema.

A Octavio Paz lo señalaron muchas veces como plagiario y no críticos sino el propio agraviado, Rubén Salazar Mallén, por la copia de trabajos propios sobre filosofía del mexicano y Sor Juana Inés de la Cruz. Paz, desdeñoso, dijo: Los lobos se alimentan de corderos. La acusación fue respaldada por Emmanuel Carballo y Edmundo O’Gorman, de tal suerte que no se trata de un hecho mínimo. Nada ocurrió, salvo que le concedieron el Premio Nóbel de Literatura. Parte de la polémica puede ser leída en un libro de José Luis Ontiveros publicado por la UAM-X. La peor imputación que le hicieron a Paz fue sobre plagio a Samuel Ramos, el primero en tratar de explicar al mexicano en El perfil del hombre y la cultura en México que ya pocos ven como el gran antecedente de El laberinto de la soledad.

Plagiario asimismo fue el erudito e inteligente Alfonso Reyes como no hace mucho recordó con elegancia Vicente Leñero: “Un plagio inocente de Alfonso Reyes”, nota en la que recupera una historia olvidada. Reyes da a conocer un artículo en Revista de revistas casi idéntico al publicado en The Saturday Review por un autor poco conocido: George Kent. “Los buscadores de pifias -explica Leñero- que habían leído ambos textos, los marginados del pontificado cultural ejercido por Alfonso Reyes durante tantos años, postulado en aquel entonces al premio Nóbel, lo acusaron a voz en cuello de: ‘¡plagio, plagio!’. Era un plagio, en realidad, imposible negarlo.” Entre quienes lo señalaron, estaban Jorge Murguía, Jesús Arellano y Ramón Rubín.

Tampoco se escapa García Márquez. Más de un crítico vio en Memorias de mis putas tristes una copia servil de Casa de las doncellas dormidas de Yasunari Kawabata. Y los españoles se sorprendieron cuando Camilo José Cela, Premio Nóbel, fue señalado como ladrón de los argumentos de Carmen Formoso, al hacer suyas diversas historias de su novela Carmen, Carmela, Carmiña… De mi generación, a Gustavo Sainz le reprocharon su gusto por pequeños escamoteos literarios para sumarlos a su literatura.

Yo vería el plagio como arte difícil donde todo consiste en que los lectores no se percaten de la sustracción intelectual. Claro, hay casos ruidosos como el que llevó a cabo Alfredo Bryce Echenique, cuyo resultado fue el desprestigio y una multa de muchos dólares. Se excusó diciendo que no se había percatado, ocupado como estaba escribiendo tanta obra maestra de la literatura universal, la culpable de los envíos ajenos fue su secretaria. En México, Teófilo Huerta ha responsabilizado a José Saramago de plagio y ha dado tantas pruebas que el Nóbel portugués ha respondido negándolo. En este penoso caso está involucrado Sealtiel Alatriste. Por segunda vez aparece como intermediario entre plagiado y plagiario, en ambos casos -idénticos al de Carmen Formoso- estaba en Alfaguara. El primero en señalarlo fue Víctor Celorio. Su obra fue enviada a un concurso de tal editorial y parte de ella terminó, dice la víctima, en Diana o la cazadora solitaria de Fuentes. Algo menor le sucedió a la novelista Martha Robles: se quejó de que un título suyo había sido utilizado por Fuentes, quien al final optó por hacerle una modificación.

Para evitarnos tales vergüenzas, lo correcto es decir que se trata de afinidades o coincidencias, en todo caso, de influencias. Desde luego, es inconveniente aceptar que se han copiado ideas completas o párrafos enteros. No es fácil crear novelas y cuentos novedosos. Llevamos muchos siglos haciendo literatura y en todo ese tiempo las pasiones y los sentimientos humanos no han sufrido mayores alteraciones, así que como dice el refrán, nada nuevo hay bajo el sol. El amor es tan común que es imposible no repetir frases y pensamientos. ¿Cómo decir te amo o estoy celoso, sin duplicar lo que le dijo Romeo a Julieta o el tonto de Otelo a Desdémona? El chiste radica en darle a las palabras sentidos diferentes, los hechos son los mismos desde que Eva engañó al ingenuo Adán con una serpiente lujuriosa.

A veces la ausencia de creatividad atrae la necesidad del plagio. No es fácil evitar que unos párrafos hermosos o ideas renovadoras pasen a nuestra literatura, piensan los plagiarios. Los pillos afirman que, incluso, han mejorado a los autores originales. Por último, para qué escribir una obra tan grande como Don Quijote (quien también tuvo problemas al respecto), si es tan fácil copiarla.

enero 12, 2009

Ernesto de la Torre Villar: Devoción por la historia

René Avilés Fabila, publicado en Excélsior, 11 de enero, 2009.

El jueves muy temprano me sorprendió una noticia: murió el distinguido investigador Ernesto de la Torre Villar, uno de los mayores estudiosos de la historia nacional y un vigoroso defensor del libro como transmisor de cultura. Ernesto de la Torre nació en Puebla, en 1917 y fue siempre un miembro distinguido de la comunidad universitaria. Lo recuerdo con amor por dos razones. La primera porque fue amigo de mi padre, quien falleció hace más de veinte años, la otra porque fue maestro mío en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, leí muchos de sus libros y, por añadidura, fue testigo de mi matrimonio, junto con José Agustín, en 1965. Puedo verlo en la ceremonia, siempre formal y discreto, rodeado de jóvenes semisalvajes, escritores que Margo Glantz llamo de la Onda, que bebían y hacían escándalo. Era para compadecerlo.

Cuando trabajaba, junto con Leopoldo Zea y Silvio Zavala, en la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (alrededor de 1962), Ernesto de la Torre me solicitó, a la muerte del antropólogo Alfonso Fabila, un texto sobre su vida y obra para el boletín de la institución. Lo hice, fue mi primer trabajo profesional publicado y pagado.

Solía, por esa época, visitarlo. Era director de la Biblioteca Nacional de México, entonces en Isabel la Católica. No sé si decir que platicábamos, pues su cultura era extraordinaria y yo era un joven que terminaba la carrera, pero me recibía sin titubeos al mediodía y luego de conversar de algún tema histórico y recibir sus agudos comentarios, me invitaba a comer. Dos libros le conceden el título de bibliófilo de muy alto rango: Elogio y defensa del libro y Breve historia del libro en México, ambos de la UNAM. Fue un investigador infatigable y la lista de sus publicaciones y tareas infinita. Destacan los cinco tomos de Lecturas históricas, Leyes de descubrimiento y conquista en los siglos XVI y XVII, La Constitución de Apatzingán y los creadores del Estado mexicano, El triunfo de la República y el fin del Imperio, La ciudad de México a través de la visión de José María Lafragua y Manuel Orozco y Berra. Fue un hombre que trabajó con pasión, que se metió en la historia. Siempre amable, atento, generoso, dispuesto a conversar con sus alumnos, como lo hacían otros maestros míos, también idos, como Carlos Bosch, Henrique González Casanova y Arturo Arnáiz y Freg. Ernesto de la Torre hablaba con voz pausada y jamás la levantó. Sonriente, de mirada aguda; lo vi trabajar de cerca. Cuando la entonces distinguida y en buenas manos Sociedad de Geografía y Estadística conmemoró los cien años de la Guerra de Intervención Francesa, evento organizado por doña Eulalia Guzmán y mi padre, René Avilés Rojas, presentó una ponencia resultado de sus investigaciones en París, la que, pienso, fue el origen del memorable trabajo publicado por el Fondo de Cultura Económica, La intervención francesa y el triunfo de la República.

El Estado mexicano ha sido injusto en más de un caso, preocupado por el éxito publicitario de un festejo, sólo selecciona a los intelectuales que le suenan glamorosos o útiles a su causa. En consecuencia, los medios no tienen idea clara de quiénes son nuestras grandes figuras, centran su atención en un puñado que de sobra conocemos y que, además, algunas están sobre valoradas o mal analizadas. Ernesto de la Torre sí tuvo reconocimientos tanto en la ciudad capital como en su natal Puebla, pero no de la magnitud que ameritaba. Su labor fue titánica, infatigable, siempre al servicio de México, de la academia. Su carácter amable, bondadoso, su dedicación al trabajo, me mostraba que carecía de enemigos y alguna vez se lo dije. Sonrió y me dijo, no, René, sí los tengo. Creo que mentía.

Cuando tuve el suplemento cultural El Búho, se pobló de colaboradores de alto nivel, cito varios: Edmundo O’Gorman, Silvio Zavala, Miguel León Portilla, Leopoldo Zea, Carlos Bosch García y, desde luego, Ernesto de la Torre Villar. Este último, camino a la UNAM, pasaba a mi casa, no distante de la suya, a dejarme su colaboración y saludar con su proverbial educación y gentileza. A veces nos encontrábamos, otras, con prisa, se limitaba a entregar al servicio su artículo. Era un pretexto para conversar un poco.

Hace unos días, con algunos amigos universitarios, hablábamos de la necesidad de hacerle un gran homenaje nacional a Ernesto de la Torre. Hubo distintas propuestas, incluso la de ir a Puebla para que sus autoridades compartieran la responsabilidad. Por desgracia, ya no hubo festejo, al menos en vida. Me siento muy triste, desolado, fue, a pesar de la diferencia de edades, posturas ideológicas, preferencias intelectuales, un gran maestro mío y un distinguido mexicano que me aceptó como su amigo y no como una simple herencia paterna. Ernesto de la Torre Villar vivió sin ruido, al margen de grupos y partidos, dedicado íntegramente a su gran pasión: la historia. Jamás olvidaré sus enseñanzas académicas y morales ni su sonrisa luminosa.