Tantadel

abril 25, 2009

Octavio Paz: su reinado dividió a la cultura del país

Artículo publicado en Excélsior 26 de abril de 1998, en la sección “Tiempo y Mundo”
René Avilés Fabila

El domingo por la noche me enteré del fallecimiento de Octavio Paz. Al día siguiente los diarios daban largas, larguísimas informaciones sobre el poeta. Era evidente que los periodistas aguardaban su muerte y los materiales estaban listos con anticipación. Me pareció una práctica terrible, casi brutal. Alguna vez redacté un cuento breve donde el personaje central tiene escritos poemas a la muerte de grandes celebridades, muertes que aún no ocurren. El lunes, Lisandro Otero me telefoneó para indicarme, que debía escribir un artículo sobre la ilustre desaparición. Supongo que algo semejante pensaron algunos reporteros que me solicitaron infructuosamente mi opinión al respecto. Nada pensaba decir, ya he elaborado muchas páginas sobre mis diferencias con el inmenso poeta, pero escribir para mi periódico es otra cosa: un deber. Únicamente necesito añadir que nunca ha variado mi admiración por la obra poética de Paz, de la misma manera que en nada he modificado mi opinión sobre su ideología política y su modo de conducirse públicamente, en particular una vez que los príncipes comenzaron a halagarlo de forma escandalosa.

La generación de Octavio Paz, Taller (1914), fue integrada por personas muy opuestas entre sí. A casi todos los traté, menos a Paz. Un poco, por ejemplo, a Efraín Huerta, mucho a Rafael Solana y fui muy amigo de José Revueltas, amistad heredada de mis padres. Cuando murió Pepe, lo hizo en medio de una miseria que sin temor alguno puede ser calificada como atroz. No había dinero para sacar el cadáver de Gayosso y a su entierro acudimos personas de izquierda, militantes de diversas organizaciones marxistas, opositores largamente probados. El gobierno no se hizo cargo de los gastos de la enfermedad y muerte de Revueltas. En el Panteón Francés sólo estuvo un burócrata: el secretario de Educación Pública con la representación del Presidente de la República. No le permitimos hablar. Era aquella intentona una majadería a un hombre que había dedicado su vida a combatir al sistema y que padeció cárceles y persecuciones. Es curioso: por todas sus luchas tenaces, su pobreza excesiva, la ausencia de reconocimiento a su inmenso talento y la soledad final, Revueltas mereció, de Paz, dos palabras gratificantes: hombre puro.

Octavio Paz tuvo, y así lo dijeron cientos de panegiristas oficiales y extraoficiales, una vida fructífera, llena de logros y batallas ganadas. Odió el comunismo (en buena medida confundiendo el marxismo de Marx y Engels con el de Stalin, la soberbia utopía con la aberración del socialismo real) y contra él luchó buena parte de su vida. Pudo verlo hundirse en el fango de sus errores y contradicciones, de sus tremendas desviaciones. Pocas veces un hombre ha conquistado tanto y todo merecidamente. Premios, riqueza, admiración y en especial el afecto del Estado mexicano, un Estado que no se ha caracterizado por su devoción a las letras, y que a lo sumo trata, pretextando una tradición al fomento de la cultura, de utilizar en su beneficio a intelectuales y artistas. Paz fue un gran líder de la inteligencia y la creatividad, a su alrededor se aglutinaron buscando cobijo muchos escritores (admiradores legítimos, simples aduladores, antiguos enemigos, ex marxistas, jóvenes ambiciosos, etcétera), también instituciones como Televisa solicitaron su apoyo, al mismo tiempo que le daban un respaldo sin par en la historia del país.

Pero Octavio Paz ha muerto. Nos quedan, a propios y extraños, amigos y enemigos, sus palabras convertidas en luminosos poemas y ensayos de gran brillantez y agudeza. Sin embargo, no es posible aceptar tanta perfección como la que los medios nos han dado a raudales, llena de lugares comunes y cursilería. Octavio Paz, como todo humano, fue contradictorio, con frecuencia intolerante. Llamaba la atención que un hombre de su tamaño pudiera tener envidias o le molestaran los pequeños éxitos de otros. Bajo su reinado la cultura nacional sufrió grandes divisiones. Sólo debemos recordar el caso de Nexos (revista que pretende ser la contraparte “progresista” de Vuelta) y la forma brutal en que consiguió que despidieran a Víctor Flores Olea de su cargo como titular del Conaculta. Octavio Paz era temido y admirado. Amado y odiado. Su pugna y ruptura con un antiguo amigo suyo, Carlos Fuentes, también señala a un hombre iracundo e incapaz de tener competencia, que llegó al extremo de aplastar, implacable, a su ex esposa, la también escritora Elena Garro. México, así como tuvo (y tiene aún) un dictador perfecto en el Presidente de la República tuvo otro de la misma talla en el campo de las letras: Paz. Pidió, como es natural, total adhesión a sus ideas, se abrazó a lo que antes había combatido: el culto a la personalidad a su propia y resplandeciente —subyugante— personalidad. Alguna vez escribí y ahora lo repito: que no tenía amigos, tenía súbditos.

Octavio Paz tuvo momentos memorables y muchos otros discutibles. Pero si como poeta es inobjetable, lleno de luces, como ser político hay mucho para debatir. Un sólo caso. Por años teorizó sobre las distancias que el poeta debía mantener con el príncipe. Fue, en esos tiempos, un acérrimo enemigo del Estado, del Leviatán monstruoso, el ogro filantrópico. Pero se refería al Estado socialista o al que, como en nuestro caso, tenía demasiado peso e intervenía —con más de un punto de semejanza— en la economía, en la política y en consecuencia en la vida del individuo en forma despótica, brutal y autoritaria. Era el vocero del más acabado proyecto económico y político de un capitalismo neoliberal que a escala del orbe iba a triunfar encabezado por Estados Unidos; predijo con claridad la caída del comunismo. Y en tal sentido su aversión fue atenuándose. El archienemigo del Estado se hizo su amigo y de amigo pasó a útil servidor y muy atrás quedó la crítica. Con Carlos Salinas de Gortari, uno de los personajes más siniestros y reaccionarios de la política mexicana reciente, no había más distancia entre el príncipe y el poeta, al contrario, quedaron registradas frases de apoyo al hombre que ahora se esconde de las iras populares en Dublín. Paz lo vio como un estadista porque coincidían en materia política y económica, porque tenían un proyecto común, porque lo halagaban, porque ambos se necesitaban. Nunca en México un hombre de letras acumuló tanto poder político, como nunca soñaron Jaime Torres Bodet y Agustín Yáñez que ocuparon altos cargos en el gabinete, y lo usó, lo usó para bien y para mal. Construyó grandes obras, muchos de sus proyectos pasaron al campo de la realidad, pero al mismo tiempo exigía mayores subordinaciones y quien se rebelaba, no importaba su estatura (que siempre era menor), recibía su merecido. El Fondo de Cultura Económica parecía su propiedad y lo mismo ocurría con otras áreas de la cultura oficial donde su peso era absoluto a veces no por admiración, sino por temor a su ira.

Sólo puedo imaginarme al intelectual como un crítico permanente y tenaz del poder económico y político. Situarse al frente de la sociedad civil, del pueblo, para decirlo de un modo más evidente, indicarle caminos y explicarle la situación. Así lo imaginé con el llamado socialismo real, donde lo subordinaron brutalmente y así lo busco en el capitalismo neoliberal que padecemos. Puede uno ser amigo personal de políticos o funcionarios, no importa, en tanto parte de un sistema de poder, hay que señalar vicios y defectos, ser, en todo caso, un lúcido intermediario entre el Estado y la sociedad civil. Padezco una total incapacidad para entender la supeditación del artista o del intelectual al Estado. Más aún, dentro de mi concepción ideológica, debe desaparecer por ser origen de infinidad de males y actos represivos. Entiendo bien que en México, en materia cultural, el Estado es la principal fuente, quizá la única. Los premios y las becas a escritores y pintores, los grandes reconocimientos, todo lo concede el poder, no la iniciativa privada, por más que haya crecido dentro del sistema de libre empresa que deseó Octavio Paz y por el cual luchó la mayor parte de su vida. En este contexto, sé que es difícil sustraerse de los cantos gubernamentales. Cómo decirle no al señor Presidente (sí, con mayúscula), cómo no aceptar a quien lo colma a uno de reconocimientos y riquezas.

Pero ahora que Paz ha muerto lleno de honores y rodeado de encumbrados políticos y funcionarios, me parece que Paz debe ser juzgado principalmente como poeta, como hombre de letras. Lo demás, su vida como ciudadano, su ideología, sus cargas de poder y la manera como las manejó, ya no importan tanto, salvo para comprender mejor su personalidad y de este modo explicarse muchas de sus páginas de nítida intención política. Alí Chumacero, otro poeta de talla, señaló la tremenda herencia que les dejaba a sus discípulos ya sin la protección del coloso. Hay que añadir, en buena lógica, la enorme animadversión que consiguieron en un medio de rencores y venganzas, a causa de sus conductas presuntuosas y arrogantes al sentirse plenamente protegidos. Octavio Paz fue crítico en modo intenso, polémico, era su naturaleza. Por eso me extraña que las voces de otros críticos le irritaran. A veces luchaba con ellos, otras los dejaba con la palabra en la boca. Fue el rey sol en un país de sombras y de escasa madurez cultural y sobre todo política. Él decía la primera y la última palabra, también las de en medio. En rigor, luego de años de poder, Paz desarrolló un monólogo que la mayoría coreaba porque además contaba con el apoyo gubernamental. Ahora que ha muerto, es tiempo de analizar su inmensa figura, su titánica obra, ver con calma y serenidad sus deudas literarias y filosóficas con otros personajes de la cultura nacional y mundial, sus posturas políticas. No todo es blanco ni negro. O mejor, como lo decía Borges, nadie es solamente Jekyll o Mr Hyde, todos somos una combinación de lo malo y lo bueno, lo positivo y lo negativo. Ése será el mejor homenaje a Paz, discutirlo con seriedad pero asimismo con espíritu crítico. Hay que dejar de lado las típicas actitudes cortesanas tan características en los mexicanos, evitar los pésames para la historia y el falso dolor, y efectuar una crítica lúcida para saber el peso exacto de Paz. Imaginamos, intuimos, que es colosal, pero no sabemos con precisión cuál es. Ha llegado el momento de averiguarlo. De redactar una biografía inteligente, ajena a la corte de aduladores que lo acosaron y que él tan placenteramente aceptó, con el mismo espíritu crítico y combativo que llevó Octavio Paz. De otro modo, su biografía estará incompleta, será un documento acartonado; una obra escrita sobre un terrible dios perfecto, no para un inmenso poeta que también fue capaz de cometer errores y de hacer algo profundamente humano: tener pasiones.

abril 13, 2009

Un amigo del alma: Avilés Fabila * José Agustín

René Avilés Fabila y yo no sólo compartimos los mismos, agitados y tormentosos tiempos, ya que pertenecemos a la misma generación, sino que además nos conocemos prácticamente desde la adolescencia, cuando Luis Gaytán, mi compañero de escuela y vecino de René, nos puso en contacto en 1959.

Él y yo congeniamos en el acto. Los dos éramos muy jóvenes y con ambiciones monumentales que en esa época se manifestaban en el deseo de evadir los horrores de la clase media idiota y en expresarnos a través de la escritura. A los dos nos gustaban las artes en general la literatura, la música clásica, la pintura cine y el aguerrido rock and roll. Eso nos ubicaba con el aprecio de la digámosle vida común: ir a fiestas, beber como cosacos, ligar chavas y demás deberes propios de la primera juventud.

Al poco tiempo, y sin ser conscientes de ello, nos ofrecimos mutuamente lo que teníamos: nuestras familias, nuestros cuates, nuestros espacios más queridos; a mí me correspondió invitar a René al enclenque taller literario que nos entusiasmaba a Gerardo de la Torre, a mi hermano pintor Augusto y a mí. Se trataba del Círculo Literario Mariano Azuela, que primero era el juguete de gente más grande que nosotros, pero que al poco tiempo lo llenamos de chavos, como René, Gerardo, Margarita Dalton y Juan José Belmonte, quien se quería suicidar con dos mejorales y un Alkaseltzer. Por su parte, René me convenció de que renunciara a mi deseo de entrar en la prepa Cinco, cuyo teatro en Coapa era un tremendo imán para mí, y en vez de eso, me inscribí en la prepa Siete, donde René, que pertenecía a la generación fundadora, ya llevaba avanzada su talacha de líder político.

En 1961 conquistamos sin demasiados esfuerzos la sociedad de alumnos. René fue electo presidente y a mí me correspondió encargarme de la acción cultural. Por supuesto, el manejo de la “grilla” le correspondió a él, pero yo aprendí rápido y pronto formamos un espléndido “uno-dos” que funcionó muy bien, y así nos divertimos como enanos y pusimos en muchos aprietos al director de la escuela, que era un perfecto pendejo Los dos éramos de izquierda, fans de la revolución cubana y críticos del gobierno priísta. Ese año yo me lancé como alfabetizador de Cuba, pero regresé a tiempo para participar en las actividades político-culturales de fin de año de la prepa, que culminaron con el padrinazgo de Cuauhtémoc Cárdenas y con una fiesta sensacional que yo narré con cierto detalle en mi autobiografía “El rock de la cárcel”.

“Grillas” aparte, nuestra amistad se ahondó tremendamente, y no fue de extrañar que los dos conociéramos y nos ligáramos a nuestras chavas de toda la vida en el viejo edificio colonial de la prepa Siete. Por tanto, René fue testigo de matrimonio, en 1963, con Margarita Bermúdez, y poco después yo puse mi firma en el libro de su boda con la gran Rosario Casco. Por cierto, no deja de ser significativo para mí que hasta la fecha nuestros matrimonios hayan sobrevivido más de 30 años. Por si esto fuera poco, la literatura resultó un vehículo poderoso entre los dos. Juntos participamos en los cafés Literarios de la Juventud en el café San José creamos Búsqueda, con César H. Espinoza, alias Horacio Juván, Andrés González Pagés, Alejandro Aura y Elsa Cross. Después, todos juntos, fuimos a dar al taller literario de Juan José Arreola cuya revista “Master” consolidó nuestro carácter de grupo generacional, en el que, además de Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Eduardo Rodríguez Soria, Rafael Rodríguez Castañeda, Federico Campbell Y Víctor Villela, también habría de agregar a Juan Tovar, Parménides Garcia Saldaña y Gustavo Sainz, aunque ellos no iban al taller de Arreola.

Este último, decisivo para nuestra formación literaria, fue el trampolín para llegar al Centro Mexicano de Escritores y finalmente, a la publicación de nuestros primeros libros. A mí me tocó estar muy cerca de la edición de Los juegos, la acelerada novela que aterrorizó a Emmanuel Carballo, Rafael Giménez Siles y Joaquín Diez-Canedo, quien por cierto le dijo a René: “Mejor quema ese libro”. Ayudé intensamente en la preventa, edición y promoción de la novela, además de que escribí el texto de las solapas y un artículo que me costó la salida de la plana cultural de El Día. Nunca dejamos de beber como monjes de Carl Orff, de echar un relajo sensacional con otros grandes amigos, como Bernardo Giner de los Ríos y Edmundo de los Ríos.

Juntos fuimos acusados de “terroristas culturales”, cuando no damos en apoyar nuestra argumentación literaria con sólidas madrizas a dos que tres ojetes. Y también volvimos a quedar juntos cuando nos asestaron el reductivismo de la literatura de la “literatura de la onda”. Muchas gracias, Rambo Glantz.

Después, René y Rosario se lanzaron a las Europas, pero la sicodelia ya había pintado una sutil raya entre nosotros que se volvió física, cuando yo me mudé a otra ciudad, por lo que nuestros encuentros se redujeron, aunque siempre lo he querido como a un hermano. Lo apoyé en su pleito con Coquis Carpizo y me dio mucho gusto que dirigiera un nuevo suplemento cultural, El Búho, en Excélsior. Lo vi perder entusiasmo por los contenidos políticos, que un tiempo le atrajeron mucho, y, en cambio, consolidar la escritura de fábulas y cuentos fantásticos, y de temas relacionados con el amor. Sumamente, fértil René ha publicado numerosos libros, de los cuales yo prefiero la corrosiva Los juegos, aún insólita en nuestras letras, Lejos del edén, la tierra, Tantadel y Réquiem por un suicida.

* Publicado en El Universal. Lunes 26 de octubre de 1998

abril 04, 2009

Afinidades, diez años sin Ricardo Garibay

René Avilés Fabila


Conocí a Ricardo Garibay, como lo he contado en algún libro de memorias, poco después de que él había publicado un soberbio libro: Beber un cáliz. La novela me fue particularmente dolorosa porque yo acababa de perder a un hombre amado, mi abuelo, y la novela me traía un poco de alivio, como lo hizo una obra del italiano Vasco Pratolini, Crónica familiar. Busqué a Ricardo Garibay a pesar de que quienes lo conocían hablaban de la dureza de su carácter y de la violencia con la que trataba a los advenedizos, de su hosquedad. Alguien me dio su número telefónico y el propio Ricardo me concedió la cita. El encuentro fue un monólogo. Garibay era un torrente de talento y cultura, de justa agresividad. Implacable y severo, no toleraba torpezas ni lo impresionaban los talentos surgidos al amparo de la publicidad. Sabía que el camino de las letras es duro y aún así lo tomó. Nunca lo vi flaquear, no le conocí titubeos en los años en que fuimos amigos, hasta su muerte. Mentiría si digo que lo traté con intimidad, pero nuestros encuentros fueron por fortuna muchos y todos para mí venturosos. Dos amigos suyos le procuramos algunos de los escasos homenajes que en vida le rindieron. José María Fernández Unsaín y yo. El primero en SOGEM, el segundo en la UAM-X. Más adelante el INBA llevó a cabo uno más en la sala Manuel M. Ponce, donde asimismo participé, acompañando a Ignacio Trejo Fuentes... Por último debo añadir, y esto también lo he narrado en otra parte, que fui parte del jurado, junto con Sergio Galindo, que le concedió el Premio Colima a la mejor obra publicada por Taíb.

Admirable como pocos, escritor por tenaz vocación y amor-pasión por los libros, arrogante y soberbio, inteligente y culto, pensador original, se dedicó a lo suyo sin preocuparse por la publicidad que conceden los medios. Alguna vez estábamos en Sonora y un periodista le preguntó por Carlos Fuentes, hoy en manos del PAN y del PRD como antes estuvo en las del PRI: “¿Qué podría decirme de la gran obra de Fuentes, maestro? Ricardo dijo sin pensarlo, irónico, burlón: ¿Fuentes, quién es Fuentes? No lo conozco, nunca lo he leído. A cambio su ternura por amigos de toda la vida como Rubén Bonifaz Nuño o José María Fernández Unsaín, fueron proverbiales. Duro de carácter, en el homenaje que le hice en la UAM-X, con escritores jóvenes, se acercó un viejo vestido con pobreza digna, que conservaba alguna fortaleza física. Don Ricardo, dijo en voz baja, ¿me recuerda, usted y yo boxeamos dos veces? Garibay lo abrazó claramente conmovido, como quizá nunca lo hizo con un intelectual.

Dos momentos de sus infinitos y desmesurados arrebatos se me grabaron con perfección: el que le hace rechazar a Madame Bovary y el que enaltece a El cantar de los cantares. En ambos fue empeñoso, original y definitivo. Hay otro que me produjo la idea de escribir sobre Cervantes. Cuando Garibay afirmaba contundente que el autor del Quijote no tenía por qué estar en las manos de los académicos si era un hombre tosco, bebedor, visitante asiduo de tabernas, soldado… En fin, todo en Ricardo era novedoso y asombrosamente seguro de sí mismo.

Al morir, hubo dolor de sus amigos y admiradores y cobardía de sus embozados enemigos. Estos últimos aprovecharon su desaparición física para externar resentimientos y envidias, entre ellos estuvieron las duras palabras de escritores que se quejaban del desprecio generalizado del narrador hidalguense y correspondían vilmente. La reportera de un importante diario (Reforma) las recogió y a mí mismo me preguntó por la leyenda negra de Ricardo. No conozco esa novela, repuse tajante.

A diez años de su muerte y ante la indiferencia casi generalizada, reproduzco la entrevista que le realicé a Ricardo Garibay en 1969 y que fue publicada por Juan Rejano, inolvidable poeta español, en el suplemento de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, el 1° de julio de ese año. Vale la pena conocerla, lo refleja con precisión.

RAF: ¿En términos generales, Ricardo, cómo se forma el escritor mexicano?

RG: Como en todas partes, supongo. Vagos estudios universitarios, desdén por el medio ambiente, o desprecio o cólera, que es mejor, un pequeño y recio grupo de amigos, de semejantes en el afán, y lecturas hambrientas, erráticas.

RAF: ¿Le sirven las aulas en ese proceso?

RG: Para nada ahora ni nunca; y menos las mexicanas aulas donde un hombre recuerda aprisa lo que mal sabe, y lo escucha un centenar de hombres que deben recordar lo mismo un día, el del examen, y olvidarlo completamente y de por vida a partir del día siguiente; y menos las mexicanas aulas donde aquél recuerda y esos repiten cifras y datos que nada tienen que ver con el oficio de vivir aquí y ahora. Cosa de siempre ha sido y será ver, al margen de las aulas, a los que después les darán quehaceres de memoria.

RAF: ¿La fórmula del autodidactismo sigue siendo válida?

RG: No entiendo. A esto de ser autodidacto se le da una significación excesivamente amplia y simple a la vez. ¿Quién, en rigor; podría llamarse autodidacto? ¿Quién de veras se hace a solas, se debe enteramente a sí mismo? El self-made-man norteamericano existe donde un hombre logra trepar, desde la condición de explotado y sobre los lomos de sus compañeros, hasta la condición de explotador. Ascenso de la ferocidad, que no se hace a solas, pero como si así se hiciera, porque no lleva a cuestas reflexión ni gratitud, de tal modo, que el self-made-man llega a su cumbre solo y así permanece hasta el fin de sus torvos días. En este sentido sí hay autodidactismo: un hacerse el hombre a sí mismo, un convertirse en oficio de y con exclusión de todo y contra todos.

Pero si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio, y es para los demás sin límite de generosidad, ¿cómo podría hacerse a solas? Recuerdo que Bataillon decía, cuando nos quejábamos de la ausencia de maestros que padecía mi generación: “¿Por qué se apuran tanto? En cada libro tienen ustedes un maestro”. Creo que el escritor, en cualquier parte, es el hombre que más preceptores lleva tras de sí.Ahora, Si autodidactismo es igual a no formación académica, de acuerdo: autodidactismo es escuela de escritores.

RAF: ¿Los escritores, Ricardo, se reúnen en grupos por afinidad o por algún otro motivo?

RG: Aquí quiero recordar una linda y conmovedora imagen de Conrad: los marinos, que han navegado meses, que se han sostenido unos a otros durante la travesía, en tempestades y otros peligros de muerte, que en las calmas del mar, hartos de verse se han maldecido y han de matarse, que han anhelado el puerto sólo para no volver a verse nunca más unos a otros, llegan por fin a puerto: los esperan calles planas, duras, ensordecedoras, gentes que caminan erectas, miradas innumerables y extrañas, desdeñosas: inútil, lamentable resulta ahí su pericia y vigor, por tabernas, prostíbulos y aceras su hombría marina será cosa de locos. Entonces, antes apenas de abandonar el barco, se buscan, se miran, se juntan, y apretados unos contra otros y tambaleantes -racimo de terrores- se pierden en las honduras del suburbio.

Probablemente en esta escena esté el sentido de la "perdida gente" que tanto gustaba señalar Alfonso Reyes.

RAF: ¿Qué piensa de los grupos culturales que al momento existen en México?

RG: No más de lo que Conrad piensa de sus marinos, y añado: bien que existen esos grupos, bien que haya insaciables diálogos diarios acá y allá, entre estos jóvenes y aquellos. Diálogos entre pares: los verdaderos maestros de las generaciones. Grupos de corta vida, porque en pocos años desaparecerán y veremos a cada escritor roerse a solas, con lo que aquellas compañías le hayan dejado. Le diré a usted, René Avilés Fabila, a manera de homenaje a su vehemente agresividad: sí, cierto, cada quien tiene el grupo y el diálogo que se merece.

RAF: ¿Y la crítica literaria nacional, Ricardo?

RG: Es ignorante, perezosa y convenenciera. Hace diez o quince años estaba en manos de personas que procuraban ser honorables; que tenían serios antecedentes librescos, tenían objetividad creciente. Ahora la ejercitan bufones de barriada provinciana, carteros, burócratas soñolientos encajonados en dos o tres convicciones primarias y mentirosas, a caza siempre de relaciones estrábicas con “los nuevos valores” y con los viejos. Me refiero claro, a la crítica más visible que se dice oficial, la de apodo pollino, que ya jadea. Hay excepciones: entre los “enojados” escritores jóvenes y cuando aquellas personas honorables retoman su tarea.

RAF: Un escritor ¿debe vivir de su trabajo estrictamente literario?

RG: Sí. Y duele que en México eso no suceda ni pueda suceder todavía, porque mientras no se viva de escribir, mientras no se coma de escribir no se es cabalmente escritor. Eso de pasar la vida en faenas varias y aborrecibles y apartar hoy una hora y mañana otra "para escribir, usted sabe, primero está la obligación y luego la vocación", es hacer del oficio aristocracia o pasatiempo, y de éste, antología de minucias, bisutería. El escritor es artesano, nada más.

RAF: ¿Es útil, y sobre todo, válida la publicidad y aún la autopublicidad?

RG: Es útil, válida, necesaria, urgente. ¿Por qué lo es, sin discusión, a propósito de un actor de cine, de un lápiz labial, de un programa de gobierno? Sí es de desearse que no adopte maneras ruines o cirqueras, y que obedezca a la línea madre de la buena publicidad: "no mentir jamás, el producto deberá ser de calidad probada, no adulterada ni venenosa".

RAF: ¿Cree usted que es fácil, en México, publicar en revistas o editar libros?

RG: Creo que es fácil, puniblemente fácil.

RAF: ¿Puede marginarse el escritor y no participar en la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país?

RG: Pregunta fuerte. Pongamos dos ejemplos. Durante el Ateneo, José Vasconcelos y Alfonso Reyes tenían preocupaciones diferentes. Aquél la política, éste la literatura; aquél las ideas, éste las imágenes; aquél el por qué y el hacia dónde: éste el cómo. Entre oleajes de discusiones y proclamas, Reyes llegó a decir: "A mí que me den mi palmera, y arriba comiendo cocos me pondré a hacer poemas”. Según corrientes de moda Reyes era un acomodaticio, un no comprometido, un manso, un despreciable. Veámoslo a setenta años de distancia: la obra de Reyes es desembocadura de una necedad genial, de una vocación inapelable: “Empecé haciendo versos, sigo haciendo versos, moriré haciendo versos”, y es nuestra puerta de entrada a la gran literatura del siglo XX; las páginas de Vasconcelos que no morirán son literatura, literatura puramente, tantísimo que hacer político, como tuvo, se le diluyó en los días que ya casi nadie quiere recordar.

¿Qué el escritor pretende participar en “la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país”? Magnífico, adelante, el campo es todo tuyo; ¿que no? Lo mismo, bienvenida su aparente inutilidad actual, sus frutos se darán, y nunca serán tardados.

He aquí a Ricardo Garibay de cuerpo completo. Dueño de una sintaxis peculiar, de un estilo distinto y rico, cuando escribía y cuando hablaba. Su recuerdo siempre me acompañará y jamás dejaré de admirar al hombre desdeñoso, erudito, autor de obras maestras, irónico, ajeno a cualquier tipo de adulación que a otros ha encumbrado, que por desgracia no hemos acabado de valorar. Pero esta es la historia de México, de sus letras, de su cultura.