Tantadel

mayo 26, 2009

Unas palabras sobre Benedetti*

René Avilés Fabila


La noticia sobre el fallecimiento de Mario Benedetti me dolió. Sólo lo vi una vez, en 1964. Yo lo conocía por La tregua (1960) y Montevideanos (1959). Fernando Benítez me mandó entrevistarlo para México en la cultura, ya en la revista Siempre. Batallaba en dos frentes: uno, para convertirme en literato y el otro para ser periodista. Fui a buscarlo al desaparecido Hotel el Prado. Lo que de él había leído me gustó y confirmó mi idea de ser novelista. No estaba. Decidí esperarlo. Pocos minutos después llegaba acompañado de Nicolás Guillén. No eran tiempos fáciles, la guerra fría estaba en su apogeo y la naciente Revolución Cubana nos había dividido a los latinoamericanos. Unos la apoyábamos con vehemencia, otros la rechazaban con aversión. Los intelectuales que apoyaban a Fidel Castro y los suyos estaban unidos y enfrentaban las críticas de tiranías militares y de personajes fieles a la postura norteamericana. México, con reservas y temores a las críticas de EU, era la sede de un encuentro de intelectuales (el II Congreso Latinoamericano de escritores) cuya evidente filiación la izquierda y en más de un caso, izquierda comunista.

Me acerqué con timidez a Mario Benedetti y le dije que era enviado de Fernando Benítez. El uruguayo estaba inquieto, nervioso, la reunión de artistas e intelectuales que celebraban en México era acosada por Gobernación y la CIA. El presidente era Gustavo Díaz Ordaz. Benedetti dijo: “Más adelante, déme un poco de tiempo.” Entendí que estaba siendo inoportuno. Regresé, pues, no con una entrevista sino con la pequeña crónica de una entrevista fallida.

Con el tiempo seguí leyéndolo y admirándolo. Su fama de narrador y poeta aumentaba. Y mientras otros escritores como Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy rompían con la Revolución Cubana, escritores como Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez sostenían su admiración y apoyo. Benedetti se mantuvo siempre dentro de aquellos que creyeron en ese movimiento cubano, acosado, mal comprendido, al que el tiempo le jugaría una broma pesada. El derrumbe del socialismo socialista fue mucho peor que la invasión de Playa Girón y el bloqueo que hasta hoy han mantenido los norteamericanos.

Cuando yo dirigía el suplemento cultural El Búho, supe que Benedetti venía a México. Su prestigio estaba consolidado. Le solicitamos una entrevista y ahora sí la concedió con facilidad. Eran otros tiempos. Imagino que de alguna manera fue una cortesía que consideró el antiguo rechazo a un joven. Así quiero imaginarlo, pues tan importante era aquella entrevista solicitada a nombre de Fernando Benítez que la de un suplemento exitoso dentro de un diario de mucha venta. Fue generoso y además habló tanto de temas políticos como literarios. El director del periódico consideró que era un documento extraordinario y lo mandó a primera plana. Ante mis insistencias, lo dividimos en dos: la parte literaria quedaría en El Búho, bellamente ilustrada por Oswaldo Sagástegui, hoy retirado de la caricatura y dedicado a la pintura.

Si los editores mexicanos imaginan que aquí no leemos poesía, habría que revisar las ventas de poetas como Mario Benedetti. Cuando estuvo en Bellas Artes para leer su poesía, como Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño, la sala principal se abarrotó y hubo necesidad de poner pantallas para que aquellos que no pudieron ingresar al palacio disfrutaran la lectura del uruguayo.

Benedetti cultivó todos los géneros, fue un escritor realmente querido, aceptado por completo. Era un hombre de izquierda y lo respetaban por igual personas de otras ideologías. Su poesía y en general su lenguaje literario era el del amor, el de los recovecos del alma y no aquélla que imagina servir a una causa normalmente efímera. Recibió multitud de reconocimientos y muestras de afecto y admiración, pero también fue largo tiempo un hombre de exilio, perseguido por tiranos, cuyo principal refugió fueron las letras.

Escribió mucho, unos ochenta libros, y todos fueron bien recibidos por los lectores y traducidos a más de veinte idiomas. Algunos de sus argumentos, como el de La tregua, fueron al cine y sus poemas a canciones de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. La pasión por la literatura y su indeclinable postura de izquierda, lo convirtieron en un hombre afamado y en una auténtica leyenda. Obtuvo muchos premios destacados, pero como Borges (a quién él le criticó su posición política, no su literatura perfecta), no le dieron el Nóbel. Dudo que América Latina haya tenido otro escritor más desinteresado y generoso que Mario Benedetti. Por ello tantos lectores, tanto amor, tanta admiración. Murió no muchos años después de su compañera de toda la vida, Luz López, a los 88 años de edad. Nos hereda una literatura luminosa, de asombrosa sencillez y de profundidad notable. Un ejemplo de dignidad política en el continente.

*Publicado en La Crónica, 20 de mayo de 2009.

Julio Cortázar, modelo para armar

René Avilés Fabila

Los cuentos y novelas de Julio Cortázar están construidos como fantásticas mansiones que alguien habita por razones poco frecuentes, inusuales. Las diseñó pequeñas como “Casa tomada”, para que seres enigmáticos y ciertamente peligrosos despojaran a los dueños en medio de un ambiente de terror. También hizo monstruosos y laberínticos planos de una magna casona para que los lectores concluyeran la construcción. O tal vez estemos hablando de un rompecabezas, puzzle, que se llamó Rayuela. En este caso, el arquitecto nos proporcionó, además de los planos, un instructivo para no extraviarnos en la complejidad del edificio. Se trata de hacer una casa a gusto de cada lector, combinando los capítulos y sin recurrir al ordenamiento de lógica formal. El autor desaparece, los personajes nos dan asombrosos datos, pero de ninguna manera tenemos la obligación de seguirlos. La Maga y Oliveira cuentan una serie de historias y nos describen un aparentemente desordenado escenario, donde uno puede perderse. De ser así, tampoco hay problema, tal posibilidad estaba prevista y entonces el lector podrá vagar por las páginas que un imaginario Julio Cortázar escribió. Pero si se prefiere la edificación de escaleras y en particular sobre la manera de subirlas o bajarlas, en “Instrucciones para subir una escalera”, podremos encontrar todo al respecto, según se baje o se ascienda.

Para muchos, Rayuela es una contranovela o una antinovela, si se prefiere. En realidad definirla no es prioritario. Lo maravilloso es sumergirse en ese mundo cortazariano tan coherente y lleno de posibilidades. El surrealista está presente, como en otros textos suyos, y también encontramos elementos narrativos tradicionales. Pero de pronto nos damos cuenta que los personajes --como en el caso de “Axolotl”-- somos nosotros ya metamorfoseados. La inteligencia y la imaginación delirante es parte de una larga serie de sucesos lúdicos y a veces fantasmales. No es una contranovela en términos clásicos, pero tampoco es una novela convencional. Es algo más complejo y difícil de clasificar de acuerdo a la crítica académica. El lector sólo compra los planos para construir la casa a placer. Sin embargo, existen diversos peligros: en estas edificaciones hay cronopios y famas --seres prodigiosos de un bestiario asombroso y temible-- que asechan a los posibles habitantes y sobre los que nunca sabremos lo suficiente. Más todavía, amenazan con salir de las páginas y quizá agredirnos.

Un buen retrato de Julio Cortázar lo proporciona Ivonne Bordelois en número reciente del diario argentino La Nación:

“Generacionalmente, Cortázar representa el último embate de la vanguardia latinoamericana, cuando trastrueca el género narrativo en ese proyecto extraordinario que es Rayuela, una obra que debe tanto, por su capacidad de transformación del lenguaje y de las técnicas narrativas, a autores tan diversos y opuestos como Witold Gombrowicz, Leopoldo Marechal y James Joyce. Con los autores contemporáneos comparte el propósito de hacer de la literatura un objeto de la literatura, pero se aleja del acostumbrado cinismo posmodernista, y de las consignas que imponen lo light y lo cool como mandamientos supremos de la estética moderna, por su apasionamiento indomable y su búsqueda permanente de absoluto. Cortázar concibe la literatura, en la huella de los románticos alemanes y los surrealistas franceses, y en el ámbito de las teologías heterodoxas del hombre nuevo, como una experiencia capaz de transformar al hombre a través de una revolución radical de lo imaginario y del lenguaje. Lo interesante fue su manera de cuestionarse a fondo, a través de las dos revoluciones a las que se adhirió, la surrealista y la socialista, sin traicionarse nunca a sí mismo. Siguió así un camino solitario entre opciones erizadas de dificultades, rupturas y malentendidos. Lo llamaríamos, sin desmedro ni ironía, un utopista crítico y un memorable maestro; pero también lo recordamos como un mentor irreverente, un defensor leal y valiente de autores incómodos o aparentemente marginales, como Marechal, Martínez Estrada y Pizarnik; un permanente vigía de lo desconocido, y un escritor imprescindible en el mapa de nuestra literatura.”

Julio Cortázar era un mago de las letras que gustaba del jazz como lo probó al incluir en sus relatos a Thelonius Monk, Louis Armstrong y Charlie Parker, y amaba París. Nació en 1914, como entre nosotros nacieron los integrantes de la generación Taller: José Revueltas, Octavio Paz, Efraín Huerta y Rafael Solana. Julio Cortázar, de padres argentinos, nació europeo, en Bruselas, y pasó su niñez y adolescencia en Buenos Aires, allí, como es normal, se sigue siendo europeo, pero con acento porteño, se usa el lunfardo, se encuentra placer en el tango, en los bifes, en el vino tinto y en la admiración por Jorge Luis Borges. Por cierto, uno de sus primeros lectores fue justamente Borges, quien siempre lo recordó con distraído afecto. Ya mayor, bajo la presión de los peronistas, Cortázar sale de su apreciada Argentina, para radicar en París y en esta ciudad, casi al final de su vida, adquiere la nacionalidad francesa sin dejar de ser profundamente argentino, como Leopoldo Marechal y Ernesto Guevara.Cortázar comenzó escribiendo cuentos breves que pronto se alargaron hasta convertirse en novelas ambiciosas y deslumbrantes. Fue al mismo tiempo un traductor de altos vuelos que puso en magnífico castellano a Edgar Allan Poe, a quien Charles Baudelaire había dado a conocer en París en memorables traducciones al francés. También tradujo a Gide y a otros, pero la de Poe fue una tarea monumental, poemas, ensayos, cuentos y críticas quedaron en dos volúmenes que han circulado ampliamente.

Su fama como escritor se consolidó internacionalmente cuando Antonioni hizo una película extraordinaria, Blow Up, con David Hemings y Vanesa Reedgrave, basándose en un cuento suyo: “Las babas del diablo”. Con su nueva celebridad mundial a cuestas, Cortázar nunca asumió las actitudes arrogantes que conceden la fama y el éxito y fue sabio y discreto.

Políticamente vivió su época y en ella, cómo no amar a la naciente Revolución Cubana y su ambicioso proyecto de transformar al llamado Tercer Mundo: incendiar con llamas socialistas a toda América Latina, África y Asia. Este amor fue intensamente correspondido y cuando Julio viajaba a la Isla caribeña era recibido como jefe de Estado. Durante el affaire Heberto Padilla, Cortázar inicialmente se puso del lado de los críticos de Fidel Castro, luego --por medio de un poema desconcertante y bello, “Policrítica a la hora de los chacales”-- reanudó sus relaciones apenas interrumpidas por algunos intelectuales que aprovecharon el momento para desligarse del compromiso con Cuba. Tal es el caso de Mario Vargas Llosa, contrario al de Gabriel García Márquez quien nunca ha roto con el gobierno de Fidel Castro, pese a las críticas, entre otros, de Susan Sontag.

Aquellos momentos fueron de confusión, resultado de la Guerra Fría. Había muerto el Che Guevara y en Vietnam los bombardeos norteamericanos se acentuaban, sobre todo en Hanoi. El mundo no acababa de salir del asombro. El mayo 68 de París --y luego las rebeliones juveniles en Praga, Estados Unidos y México--, vaticinaba una amplia revuelta contra la sociedad de consumo. Los partidos comunistas tradicionales mostraban resquebrajaduras y el rock and roll se sumaba a los aires de subversión planetaria. Dentro de este mundo que se globalizaba alrededor de un proyecto socialista ante la histeria anticomunista norteamericana, los intelectuales latinoamericanos, debido a la revolución Cubana, discutían su papel en el compromiso político. Las posiciones más obvias eran aquellas que convertían al escritor en un autor de panfletos al servicio del partido o de la Unión Soviética. Cortázar mostraba una tenaz rebeldía ante esta postura que hoy se antoja extraña y servil, pero que tenía raíces complejas. En algún momento de la intensa discusión política, donde Borges había sido excomulgado por los cubanos y por los escritores que se habían vinculado estrechamente a Castro, Cortázar habló de tomar una decisión (de hecho ya la había tomado) y explicó con una metáfora guevariana su postura: estaría al lado de los movimientos revolucionarios pero sin entregar el arte a la consigna simplista y ruidosa que todavía prevalece en algunos sectores como el académico. Si Guevara, entre la profesión médica y la guerrilla, optó por la segunda, él, Julio Cortázar, se inclinaría por la literatura, entendiendo por ella una completa libertad de creación y asimismo política. Tal vez pensando así escribió El libro de Manuel.

Su polémica con José María Argüedas clarificó sus posiciones políticas: no era necesario permanecer en América Latina para dar la batalla contra el enemigo. Uno tiene el derecho de enfrentar a los rivales desde cualquier sitio del mundo. Cortázar había seleccionado París como trinchera, a diferencia del novelista peruano que insistía en permanecer en la tierra de origen. Por desgracia, poco después de la discusión, Argüedas optó por el suicidio dejando un hueco de hondura poética en las letras latinoamericanas.

La literatura de Cortázar es muy amplia y rica en matices, siempre en permanente exploración. Por ejemplo, un crítico agudo como lo es Noé Jitrik señala que a la luz de Rayuela, es posible encontrar mayor densidad en sus primeros cuentos, algo que revitaliza a la obra en su conjunto. Y Luis Gregorich explica que “Cortázar ha desandado inteligentemente los intrincados caminos de la literatura fantástica, psicológica, realista, que forma la totalidad de su tradición, en busca de algo que a la vez fuese más y menos que la literatura. No ha de ser así: al final de la ruta está, otra vez, la literatura. Y el mayor mérito de la obra de Cortázar es que esa nueva literatura está ya contenida en aquel desandar la literatura vieja que, de este modo, en sí misma halla su superación.”

Es natural que uno cite Rayuela como ejemplo de experimentación literaria, de una intensa y frenética búsqueda formal, pero asimismo en el collage La vuelta al día en ochenta mundos, Cortázar inventa y vuelve a inventar, recurre a la literatura fantástica y le da un nuevo sentido, se apoya en la escritura automática y, desde luego, en sus recuerdos.

Como Bioy Casares y el propio Borges, Julio fue de una pasmosa fidelidad a la fantasía, incluso en sus conversaciones y entrevistas la usaba. Alguna vez contó que siendo niño, la maestra lo acusó de copiar al niño de al lado. Guardó silencio. No podía decirle a esa maestra que el pequeño que estaba junto a él, a Julio, era el propio Julio Cortázar. Tampoco dejó su actitud política de izquierda y durante una larga y famosa entrevista que le hizo la revista Life, Cortázar criticó con violencia lo que en esa época llamábamos imperialismo yanqui, y ello no era una modesta hazaña: como hoy, Estados Unidos reaccionaba rabiosamente ante sus adversarios.

Julio Cortázar, como pocos escritores en la segunda mitad del siglo XX, fue un artista que hurgaba en la mente humana y en la fantasía. Tampoco dejó de explorar las estructuras literarias, lo formal, y llegó hasta donde otros nunca se hubieran atrevido. Los resultados, la suma, son portentosos e inagotables. La muerte acabó con su persona, no con su obra, la que se agiganta y cada día descubrimos una nueva faceta estética. Antón Arrufat, uno de los primeros críticos agudos del argentino-francés, señaló en el prólogo de una edición cubana de sus cuentos: “No se trata de una literatura que presupone lo sobrenatural o la trascendencia. Cortázar es un escritor fantástico --de algún modo tenemos que llamarlo-- pero en su obra no hay fantasmas. Sus cuentos abren una investigación en nosotros mismos.” Lo que es manifiesto son los aires de soledad y nostalgia que se pasean por toda su obra, aún en las páginas más llenas de buen humor: en un hombre trasterrado, la tristeza permanece siempre y no desaparece por más que las posibilidades de retorno sean una realidad.

En la literatura argentina (Horacio Quiroga incluido como argentino) lo fantástico y lo sobrenatural son frecuentes. A diferencia del resto de América Latina, los elementos europeos de arte fantástico resultan normales. Quien vea en ello una suerte de colonialismo cultural está perdido irremediablemente: es ingenuo, simplista y carece de asombro. En este mundo, estéticamente complejo, la realidad es parte intrincada de la imaginación. No hay evasión, al contrario, la fantasía penetra más profundamente en la mente del ser humano, lo muestra en toda su complejidad y el compromiso es más completo y puede partir de la definición de Borges: literatura fantástica es aquélla en donde ingresa un elemento irreal. Así de fácil y así de complejo: ¿dónde está la realidad y dónde la fantasía? Cortázar propone todavía mayores enigmas al respecto y entonces el lector se halla en una literatura llena de ricos matices donde lo mismo asistimos a lo irreal que a lo fantástico, y que se mezclan sin cesar con una enorme naturalidad.

Julio Cortázar dejó más de una clave para ingresar en su literatura, instrucciones para leerlo y una de ellas es el libre albedrío para que el lector haga lo que le venga en gana. Por tal razón es improbable que uno se ponga en total armonía con otro que ha leído atentamente su obra. Si alguien del siglo XX ha de sobrevivir entre nosotros, ése es exactamente Julio Cortázar, no importa si los premios llegaron o no en la cantidad necesaria, si José Saramago es capaz de cederle su premio Nobel o si su amistad con la Cuba de Fidel Castro perjudicó su aspecto de crítico político. Fue un hombre de una absoluta honestidad ética y estética, en cuya vida no hubo dobleces. Su arte, su literatura, ya es parte de una historia difícil y cuyos valores aún no han sido cabalmente desentrañados. Si esto se llega a dar, Cortázar crecerá más todavía por una razón: su obra es un laberinto hermosísimo cuya perdición entraña un asombroso final: el reino de la creación pura, por más que Julio Cortázar nos haya contado sus experiencias personales como la pelea donde El toro salvaje de las pampas, Firpo Segura, derribó a Jack Dempsey cuando el escritor tenía nueve años o la emoción que le producía escuchar a Thelonius Monk o el bello arte de recorrer las calles de París, el sitio que eligió para producir una literatura prodigiosa.