Tantadel

diciembre 10, 2009

Entre los diez y los setenta

Artículo de David Gutiérrez Fuentes
Publicado en La Crónica el 10 de diciembre de 2009

Este mes de diciembre la revista El Búho cumple once años. El hecho para mí es relevante por dos razones. Mientras ahora existe una airada y justa demanda porque se pretende cerrar la llave publicitaria a las revistas independientes, siempre voy a tener muy presente que el crecimiento de El Búho, surgió en un contexto como el que ahora tiene en jaque a un buen número de publicaciones críticas: es decir, con muy poca publicidad. Y dígase lo que se diga, sobrepasar la década en esas condiciones es un hazaña en este país en el que la educación y la cultura se miden con parámetros de rentabilidad abarrotera.

La segunda razón es más elemental, soy amigo René Avilés Fabila (RAF), fundador de la revista. Junto con él, y otros colaboradores, diseñamos los primeros números de la publicación en una casa que nos prestó Martha Chapa, fui parte de la subdirección por casi nueve años. En el editorial de aniversario número diez explico esta experiencia que se remonta a un pasado todavía más remoto.

A RAF lo conocí en su casa cuando estudiaba comunicación en la FCPyS y cuando Tlalpan todavía tenía árboles. Años después, y tras haber tocado las puertas de varios suplementos culturales con mis papeles bajo el brazo, René me abrió la posibilidad de publicar en el entonces suplemento cultural de Excélsior, El Búho. Ahí vi estampadas mis primeras entrevistas, crónicas, cuentos y artículos de opinión. El éxito de El Búho le permitió en poco tiempo duplicar sus páginas y a la postre a su director ganar el premio nacional de periodismo.

Entonces (como ahora en la revista), se trataba a la cultura en todos sus aspectos. Los editoriales, y muchos textos con firma, ventilaban las discusiones de la política cultural del Estado en los años en los que inició una fase de acelerado abandono que ahora raya en lo prosaico.

Recuerdo cuando pasamos de cuatro a ocho páginas porque Jairo Calixto y yo invitamos a René y Jorge Meléndez a comer con un objetivo preciso: asegurar la permanencia semanal. Nos llevó varios tragos hacer el planteamiento. El problema fue que René no escogió cualquier restaurante. Se despacharon con la cuchara grande: terminadas las entradas y la segunda ronda de tragos, la cuenta ya había sobrepasado lo que Jairo y yo teníamos reunido pensando que la propuesta la haríamos en la cantina en la que habitualmente planeábamos el suplemento, gajes etílicos de un viejo periodismo que enterró la digitalidad y que con frecuencia se extraña. Con la comunicación a distancia es probable que pronto presenciemos brindis virtuales. Aquella ocasión me parece que RAF y Jorge terminaron pagando la cuenta y nosotros completando la propina, pero salimos de ahí con el espacio asegurado en una vieja y destartalada pickup que nos entregó el valet parking con cara de asco.

Después de la revista trabajé cuatro años con RAF en la UAM-X en donde publicamos un número importante de libros. Al término de su gestión y en menos de un año, René protocolarizó una fundación cultural que lleva su nombre sostenida con el esfuerzo de su trabajo académico y algunos convenios que le permiten publicar libros de arte y literarios. El éxito más reciente es la colección Poliedro de El Búho, una serie de veinticinco títulos publicados en coordinación con el Instituto Politécnico Nacional y presentada en diversos contextos.

En una época en la que la cultura se frivoliza y se relega, RAF se vuelve ubicuo: publica un artículo diario en diversos medios, escribe novelas, graba programas y afina los detalles para encontrarle un lugar digno al museo del escritor que por ahora tiene una sala provisional en la fundación y la página virtual anteriormente enlazada. Este proyecto ignorado, por el gobierno federal y la administración de Ebrard ha tenido un largo peregrinar. Por ahora sólo podemos conocer parte de su acervo en exposiciones con límite de tiempo y espacio. Una de mis aportaciones al museo es un manuscrito inédito con las memorias de Roberto Cabral del Hoyo que me entregó poco antes de morir.

René no es un mecenas humilde (o falsamente humilde como muchos de nuestros intelectuales) preocupado por la cultura como la madre Teresa de Calcuta por los pobres. ¿Quién lo es? Su ADN narcisista le provoca rupturas o alejamientos que a veces son de fondo pero la mayoría de las veces no y eso lo lamento. Sin embargo estoy convencido que más que gremial o corporativista, su labor es formativa y en el balance final esas apuestas siempre ganan. Más ahora que la formación literaria y la crítica pierden terreno que gana la mancha de la improvisación y el conformismo.

Lo anterior viene a cuento porque mientras la revista rebasa la decena, me entero que el próximo año René le pegará a los setenta con plena salud y lleno de proyectos. En ese contexto la UNAM le hará un reconocimiento en el marco de la clausura de la Feria de Minería. De igual modo en los primeros días del 2010, la Universidad Autónoma Metropolitana le dará el diploma de profesor distinguido, el más alto grado al que puede aspirar un maestro de la institución.

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