Tantadel

junio 20, 2010

Juan Bruce-Novoa, un gran mexicanista


J. Bruce Novoa, Óscar Hijuelos, René Avilés Fabila y su esposa Rosario Casco



Me dicen que la noticia de su muerte apareció en algunos medios, yo me enteré a través del escritor Bernardo Ruiz, a quien le llamó la crítica literaria norteamericana Norma Klahn. Mi entrañable amigo Juan Bruce-Novoa falleció el pasado viernes 11 en California. Amigos norteamericanos habían sido avisados por su único descendiente. Como indican sus apellidos, mi amigo Juan (cuando lo conocí usaba el nombre John) era hijo de una maravillosa mujer de origen mexicano y de un distinguido norteamericano. Ambos habían muerto hace algunos años. A Johnny lo conocí en 1967, vino a México a investigar para concluir sus estudios superiores especializados en letras mexicanas. Fue de los primeros en estudiar la influencia del ensayista y poeta Octavio Paz en Carlos Fuentes. Yo acababa de publicar mi novela Los juegos y vivía rodeado de un gran escándalo: todos querían saber quiénes eran los destacados intelectuales que aparecían en el libro, criminalmente satirizados. En México Johnny fue recibido por un escritor latinoamericano, cuyo nombre por desgracia he olvidado, y le habló de mí. Entramos en contacto, éramos casi de la misma edad y ambos estábamos recién casados. Él con Mary Ann y yo con Rosario.



De inmediato inició una amistad que jamás dejamos. Cada que le era posible, me invitaba a la universidad donde él trabajaba. De este modo, di conferencias en Yale, Columbia, en la Universidad de Nueva York y más adelante en los distintos planteles de la Universidad de California. En cada encuentro la amistad se afianzaba. Con el tiempo se identificó como chicano y cambió el John por Juan. Era un crítico literario de gran intensidad, un muy buen novelista y un hombre sensible, capaz de encontrar los secretos de un cuadro de arte moderno. Cuando en 1970 mi esposa y yo fuimos a estudiar el posgrado a Francia, mi querido amigo me envió una carta indicándome en qué países tenía familiares para que no llegáramos a Europa totalmente desprotegidos de amistades. Conservo un buen número de sus cartas, la mayoría escritas a mano. En esta larga e impecable amistad hubo un viaje a Alemania para discutir el estado de las letras mexicanas luego de la masacre de Tlatelolco. Era un grupo grande, estaban algunos de los mejores narradores y críticos mexicanos. La exposición de Juan Bruce-Novoa fue brillante, aguda, llena de aportaciones, envidiable. Debo añadir un largo encuentro en Minnesota, donde coincidimos, entre otros, con el muy exitoso Óscar Hijuelos, ganador del Premio Pulitzer, fueron días de intensas pláticas literarias entre el narrador de origen cubano, Juan y yo. Una noche conté de mi amistad con Alejo Carpentier. Hijuelos se interesó mucho, quería saber más de la gran literatura cubana. Juan y yo le dimos nuestros puntos de vista en una larga noche que se extendió hasta la madrugada, cuando apenas podíamos hablar por la fatiga y el vino.



Juan se afianzó como exponente teórico de las letras chicanas y del modo de ser de este tipo de escritor que se expresa en espanglish y vive atrapado por dos culturas. En tal sentido, hacía una excelente broma: “Carlos Fuentes es el primer chicano de la historia.” Mi admirado amigo hablaba de manera impecable inglés y castellano, además del francés y el italiano. Tenía especial cariño por la literatura y la persona de Juan García Ponce y yo me empeñé en que leyera a otro autor de esa generación, Juan Vicente Melo. Fue también amigo de José Luis Cuevas, Sebastián, Rubén Bonifaz Nuño, Marco Antonio Campos, Carlos Montemayor, Bernardo Ruiz y de un alto número de exponentes de la cultura nacional. Su trato era cordial y distinguido. Combinaba lo mejor de las dos culturas. Su esposa, Mary Ann es bella, llena de talento y sensibilidad. A su único hijo, sólo lo vi de pequeño, mis recuerdos son vagos, pero estábamos en casa de sus padres, espero no equivocarme, Margarita Vargas, Norma Klahn y yo.



Hace dos años, Juan Bruce-Novoa vino a México a impartir un curso en la UNAM. De los grandes mexicanistas quedaban pocos. Había fallecido John Brushwood, quien mereció recibir el Águila Azteca y jamás la burocracia aceptó la propuesta pese a las solicitudes de muchos escritores y reconocidos intelectuales que sabían de los libros que sobre las letras nacionales escribió. Con sentido del humor, Brushwood decía que era el único en el mundo que había leído toda la literatura mexicana. Pero a cambio vivían personajes como Luis Leal, autor de una de las mejores antologías sobre el cuento mexicano y quien sí obtuvo el citado reconocimiento diplomático, Theda Herz, que trabajó intensamente sobre la llamada generación de la onda, Seymour Menton, especialista en cuento, y muchos más profesores norteamericanos que amaban a la América Latina y en especial a México.



Juan Formó un gran número de alumnos y a todos los enriqueció. Tanto en EU como en México. Era siempre positivo y generoso, fundamentalmente un gran profesor, un educador por excelencia. Gracias a él conocí a nuevas generaciones de maestros interesados en las letras mexicanas. Su muerte me ha afectado muchísimo. Me produce tanto a mí como a Rosario un enorme dolor y deja un hueco imposible de llenar.



La última vez que tomamos una copa juntos, fue en casa del escultor Sebastián, antes habíamos platicado largo y hecho proyectos. Querido Juan, no te preocupes: los llevaremos a cabo en el Cielos de los Escritores, allá te alcanzo para continuar nuestra amistad perfecta.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Maestro el cielo de los escritores puede esperar usted tiene mucho quehacer en lo terrenal, como ver el Museo del Escritor en un bello edificio colonial del centro histórico de nuestro México, que por cierto durante un mes de estancia en Europa ratifiqué la inexistencia de un Museo dedicado a las letras, adelante con ello y mil proyectos más que tiene pendientes lo necesitamos y queremos pronta recuperación y salud.

DAIMEL