Tantadel

agosto 05, 2010

El mejor de los cronistas: Armando Jiménez

Uno de los últimos amigos de mi padre en morir, fue Armando Jiménez, el célebre autor de Picardía mexicana, una obra que a la fecha lleva unas 150 ediciones y ventas cercanas a cuatro millones de ejemplares. Nació en 1913, mi papá en 1911, quien por 1960 me lo presentó. Si Salvador Novo concentró su atención principalmente en la clase media y alta, Armando Jiménez lo hizo en los barrios populares, las cantinas, pulquerías y tugurios de la gran capital, cuya transformación de pequeña ciudad de aires provincianos y románticos a megaurbe, pudo presenciar. Fue un tenaz observador del humor mexicano, por regla general vulgar e ingenioso. Era frecuente verlo entrar a los más inmundos baños de las más sórdidas cantinas en busca de frases, grafitis, les llamamos ahora, que probaran la agudeza prosaica del mexicano. Los resultados son asombrosos.

No lo velaron en Bellas Artes ni le pusieron una bandera multicolor en el ataúd, se fue con discreción, dejando extraordinarios recuerdos de él y su trabajo. Ángeles González Gamio, otra empeñosa cronista del DF, escribió un artículo memorable sobre la figura que nos fuera tan familiar a todos aquellos que hicimos sus mismos periplos, los que fuimos aventureros enfrentando infinidad de prodigios en el México nocturno de tiempos muy peculiares y muy nuestros. Sin duda lo mejor de Armando Jiménez era su simpatía y su conversación salpicada de bromas, chistes y recuerdos de todas esas cantinas, pulquerías, bares, salones de baile, cabarets y burdeles que había recorrido con paciencia y cuidado. Era de la estirpe de Andrés Henestrosa y Renato Leduc. Culto a su manera, con una notable sapiencia popular, ingenioso, y capaz de beber cualquier cantidad de tragos. La última vez que lo vi fue en El Gallo de oro, llevaba una pequeña comitiva de tres o cuatro gringos a los que les mostraba nuestro pasado esplendor.

Si yo tenía alguna duda sobre el Salón México, él me la aclaraba, si quería saber dónde estuvieron las pulquerías que Frida ilustró, me proporcionaba el dato exacto y los nombres de sus ayudantes. Si deseaba saber la lista de comensales famosos del Pardiños o del Sanborns de los azulejos, me recitaba sendas listas. Recuerdo una tarde en La puerta del sol y luego en La ópera, donde estaba Alí Chumacero con jóvenes poetas, Armando platicó, como Ulises, un viaje de regreso a Ítaca, su casa, pasando por el Denver, El infiernito, el Barba Azul, el Casa Blanca (donde encontré varias veces al extraordinario boxeador de origen cubano Mantequilla Nápoles), El burro, La Bola, el Dandy, el Siglo XX y algunos otros. Nombres de putas afamadas, de personajes que solían visitarlos, clientes asiduos que buscaban beber en compañía de mujeres que tomaban en serio su profesión.

Como bien dice Ángeles González Gamio: el gran cronista Jiménez solía tomar fotografías para documentar aquello que veía. Llevaba una libreta para apuntar cuanta muestra de ingenio popular encontraba en baños malolientes y paredes de antros maravillosos. Algo de ello usó, por propia cuenta, el periodista Nikito Nipongo, quien en sus columnas llenas de ingenio y tan enemigas de la Real Academia, ponía letreros de camiones y algunas frases perversas que encontraba en las calles. Los archivos de Armando Jiménez deben ser notables.

Aunque nació en Piedras Negras, Coahuila, Armando era un chilango perfecto. Simpático, inteligente, agudo, un hombre que supo vivir donde quería y hacer lo que le gustaba: crónicas de la cultura popular, recopilar las leyendas de la urbe, sus personajes famosos, intelectuales y periodistas y sobre todo sus oscuros y discretos personajes, esos que apenas tienen nombre y nadie registra su paso por la vida, seres que buscaban o buscan (ya no sé) algo de la vida desmadrienta de la ciudad, donde los políticos llegaban a cerrar el changarro y a llevarse a la cama a las mejores viejas, a gastar el presupuesto en alcohol y a bailar danzones o mambos de modo muy cachondo, en medio del humo, el sudor, el perfume barato y de vez en cuando de una buena pelea a golpes.

Armando llegó a una ciudad muy peculiar y se fue cuando el mundo que investigó y vivió había desaparecido. Hoy las cantinas son restaurantes familiares y los parroquianos son ingenuos oficinistas, amas de casa en busca de emociones fuertes, padres con sus hijos… Las pulquerías cierran, las fondas han sido sustituidas por cadenas de restaurantes tediosos. Los jóvenes piden tragos ligth. El viejo y divertido folklore se ha ido para siempre: la globalización se lo chingó. Quedará por los antiguos barrios el espíritu burlón e ingenioso de Armando Jiménez, asustando a las buenas conciencias, como lo hizo cuando intervino en la polémica desatada por la publicación de Los hijos de Sánchez, libro que Díaz Ordaz consideró obsceno y lleno de majaderías. Todavía puedo recordar las carcajadas de Armando al comentar el desatino que se llevó a cabo en los medios, entre quienes estaban del lado puritano y los que apoyaban a Oscar Lewis. Mi amigo admirado amaba las palabrotas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como buena veracruzana yo también amo las palabrotas y una de ellas será en un futuro pinche globalización que ha dejado mucho más jodidos en todo el mundo, excelentes recordanzas maestro.
Imelda