Tantadel

agosto 08, 2010

Política y literatura: El Gesticulador

Nuevamente y luego de mucho tiempo, El Gesticulador de Rodolfo Usigli está en cartelera. Dentro del ciclo de la literatura de la Revolución Mexicana, analizada por Antonio Castro Leal y publicada en dos tomos legendarios de Aguilar, el dramaturgo debería tener un sitio de honor, pero la obra citada se refiere sólo a la novela, entonces nos siguen faltando los estudios sobre una tercera época de esa corriente peculiar y propia, que arranca con Los de debajo de Mariano Azuela y que no ha agotado la fascinación por el movimiento épico. Por desgracia, las deslumbrantes novelas inspiradas por la Revolución, han dejado poco espacio para el teatro.

El Gesticulador no trata la época revolucionaria, como Felipe Ángeles de Elena Garro, sino algunos de los resultados del movimiento ya institucionalizado. Usigli es la cumbre de la dramaturgia mexicana y en esta obra que sufrió censura y violentas críticas, muestra la falsedad de la política a la mexicana, la facilidad con la que el político miente, las artimañas que utiliza para ascender al poder, la simulación. Allí están los traidores, los falsarios, los “revolucionarios” sin ideales, una historia trágica que se ha repetido sin fatiga entre nosotros los mexicanos. Pocos escapan a la tesis central de Usigli: el movimiento degeneró en farsa. Si con Azuela, Magdaleno, Muñoz, Guzmán los héroes eran reales, en esta obra de teatro lo que prevalece es el hombre ambicioso que ha descubierto que con su capacidad de engaño y sus conocimientos puede llegar al poder. Conserva un sentimiento idealista y entre sus metas está hacer el bien, sueño heroico que interpreta César Rubio, homónimo del general asesinado arteramente.

La trama es inteligente y llama la atención que Rodolfo Usigli haya hecho una obra cuyo contenido es severo, en especial si consideramos que la obra es setentona. Si hoy la burocracia política no tolera la crítica, no quiero imaginar lo que fue en el estreno. Argentina Casas Olloqui, esposa del dramaturgo, en un libro autobiográfico, Mi vida con Rodolfo Usigli, escribe los resultados políticos de la puesta en escena de una obra fundamental: “…Rodolfo se quedó sin trabajo porque renunció a la Jefatura de teatro de Bellas Artes para que su pieza pudiera ser representada y todos se le echaron encima, lo insultaron, lo golpearon, y durante un año y medio pasó hambres y miseria.” Ello a pesar del éxito inicial. La obra no sólo era técnicamente innovadora sino que resultaba excesiva para la burocracia política de la época en que la censura era visible y monstruosa.

Hoy pareciera que la censura ha desaparecido, por lo menos dicen que no sale más de Los Pinos, que está apoltronada en otros sitios, en algunos medios que cuidan celosamente sus intereses y en políticos menores. Los tiempos han sufrido modificaciones. De la primera etapa de la literatura de la Revolución, donde hablan de los grandes combates, hemos transitado a la denuncia acerca de los resultados de la gesta. Nos hemos poblado de gesticuladores, charlatanes y demagogos. La política es un lodazal. De la tragedia a la farsa. En literatura, fue Jorge Ibargüengoitia quien con Los relámpagos de agosto dio el viraje e hizo la sátira del género. Carlos Fuentes nos presentó en sus novelas iniciales la decadencia del movimiento: una nueva burguesía ausente de grandeza y una clase política autoritaria, despótica y corrupta. El Gesticulador de Usigli es una obra mayor porque sigue siendo el retrato perfecto o una metáfora de la política nacional. La gran literatura con frecuencia es la mejor sátira de un sistema como el nuestro. No ha habido crítica más despiadada que, por ejemplo, La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán. Ni historia tan drástica de los excesos revolucionarios como la obra de Rafael F. Muñoz. ¿Habrá algo que festejar con los gesticuladores de hoy?

Publicado enExcélsior el 8 de agosto de 2010

1 comentario:

Melena de León dijo...

Felicitaciones! Te invito a ver mi blog, hoy lo inicie.