Tantadel

noviembre 06, 2011

Intelectuales a la carta

En su más reciente libro ¿Qué hacer?, Carlos Salinas se hace la misma pregunta que Lenin en 1902: en circunstancias por completo distintas, analiza a un México sometido a dos fuegos y con una solución: el neoliberalismo y el neopopulismo; la salvación salinista está en el liberalismo social. Pero lo que llama la atención es que habla de los intelectuales con insistencia. Siguiendo la lógica de Gramsci, los define y añade que “los intelectuales diseñan y sostienen los proyectos de ambos bandos”. Éste parecería ser un papel rutinario de los intelectuales, todos orgánicos, es decir, al servicio y apuntalamiento de una causa. Explica: “Lo que caracteriza a un intelectual, sostiene (Gramsci), es la función que realiza. Los intelectuales son no sólo pensadores, escritores o artistas, sino también organizadores, líderes o servidores públicos”. Es cierto: unos actúan al servicio de una causa con sus palabras y trabajos, otros con su silencio. En uno de los capítulos finales, “Intelectuales orgánicos: un debate empobrecido”, Salinas responde a sus críticos más importantes: Lorenzo Meyer, Enrique Krauze, Carmen Aristegui, Miguel Ángel Granados Chapa, Denise Dresser, Jorge Castañeda, Sergio Aguayo. En abono suyo, Salinas cita a Roger Bartra, quien fuera comunista: “En México predomina esa cultura populista conservadora que es responsable de haber bloqueado discusiones políticas de alto nivel entre los intelectuales.”

Si recorremos la historia del país, o de cualquiera otro, siempre vemos esa tónica: ¿dónde está el intelectual, qué hace, a quién sirve? Sus papeles son diversos. Entre nosotros han sido servidores públicos de altura, diplomáticos de importancia, gobernadores, políticos y hasta hacedores de campañas electorales, como en el caso de López Obrador, quien se ha hecho rodear por multitud de intelectuales calificados. Basta ver las firmas de sus más sólidos seguidores. La costumbre aunque es añeja, en México viene de la Revolución. Los hubo villistas y zapatistas, carrancistas y obregonistas, como antes otros habían servido a Porfirio Díaz. A Lázaro Cárdenas lo apoyaron muchísimos de altos méritos. Luego, se hizo una larga y monótona fila de intelectuales de valía al servicio del poder; las razones fueron muchas y diversas. El 68 fue una ruptura: la mayoría de los intelectuales se distanciaron del poder para servir a una causa crítica, pero sin proyecto. De todos, sólo José Revueltas tenía claridad. Pensaba en el marxismo como fin.


Poco antes de la alternancia, los intelectuales se hallaban en bandos opuestos: unos creían en Cárdenas, otros, los menos, en Fox. Los primeros transitaron velozmente al círculo del nuevo caudillo, los demás mantuvieron su afecto por quienes representaban el neoliberalismo. Pero en general, uno puede mirarlos con serenidad y todos parecen víctimas de una enorme confusión. Se contradicen, cambian de posturas, pero nunca se alejan de las fuentes de poder. Por ahora, quien los conserva cerca, es el todavía bien posicionado (no tanto en realidad) AMLO. Los mantiene fanatizados. Y aquí entra la otra imperfección del país: el caudillismo. No es difícil, como nación, sustraernos al encanto del autoritarismo. Los priistas hicieron uno nuevo cada seis años y lo deificaron. Anularon las ideologías y en su lugar colocaron el pensamiento del Presidente en turno para adorarlo. Los demás partidos han optado por semejante ruta.

En este contexto confuso, falta hablar del intelectual que no se digna a poner su capacidad al servicio del poder sino del pueblo. Crítico infatigable del poder, los partidos, los empresarios y útil a los condenados de la tierra, diría Frantz Fanon. Podría entrar en la clasificación de intelectual orgánico, sin duda, pero esa causa valdría la pena. Ser, como quería Morelos: siervo de la nación para interpretar sus sentimientos.


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