Tantadel

noviembre 23, 2011

Los excesos del Caudillo

No hay tal “república amorosa”, no la hay en el mundo, menos la habrá en México. Si López Obrador le hubiera puesto atención a las clases de la Facultad de Ciencias Políticas lo sabría. La teoría política puede registrar obras memorables sobre las utopías, la literatura también, la lista de filósofos políticos que imaginaron sociedades avanzadas, donde la felicidad fuera un bien preciado no son pocas. Pero López Obrador estaba demasiado ocupado haciendo tareas inimaginables para su partido de aquel entonces: el PRI, y algo más: le gustaba reprobar materias. Por allí lo veía cuando yo arrancaba mi vida de profesor en la UNAM. Su mentor, Enrique González Pedrero, hoy un asesor más de un impresionante séquito de intelectuales al servicio del nuevo Führer, en vano intentaba ayudarlo. Asombra cómo los intelectuales mexicanos, con tal de obtener poder cambian sus papeles: de dignos a sórdidos. Allá ellos, siempre tendrán, Marx dixit, un sitio adecuado en el cesto de la basura. Jamás le han sido útiles a la sociedad, sólo al poder en cualquiera de sus niveles.

Pero AMLO tiene la manía de inventar tarugadas con tal de atraer la atención de la imaginería popular y de algo peor: de los medios de comunicación. En estos momentos todos tratan de dar con los ideólogos de la “república del amor”, del mismo modo que llevan meses tratando de descifrar qué son “las izquierdas”. Es una simple humorada, una frase que se le ocurrió al caudillo redivivo para tratar de cerrarle el paso a sus hechos anteriores, donde todos sin excepción lo muestran como un hombre brutal, autoritario y, normal en estos casos, de mal carácter. Tratará en vano, con algunos logros, de que olvidemos sus desplantes, sus actos de intolerancia, su conducta de falso redentor. Es un demagogo de pésimo estilo. No más. Ojalá que mis críticos, y por supuesto fanáticos de Obrador, tomen nota de este artículo y lo comparen con sus acciones en el momento en que las cosas no salgan como él las imagina.

Un auténtico estadista, un demócrata convencido, no le concede a su rival vencido, Marcelo Ebrard, un regalo tan costoso como es la ciudad capital, el DF. Tan es así que los propios admiradores de Obrador, por ejemplo, Padierna y Bejarano, precisan que es inaceptable el cambio de la presidencia por el DF. Y solicitan que haya algún tipo de encuestas para elegir al nuevo jefe de gobierno capitalino. Nada de que ahora las decisiones quedan en una sola persona, en Ebrard, otro hombre acostumbrado a las intrigas palaciegas, la mentira y el cambio “ideológico”, al menos a saltar de partido en partido hasta encontrar puerto seguro. Ninguno de ellos tiene grandeza, dignidad o decencia. Pero en su lento aprendizaje el pueblo mexicano avanza sin percatarse de su real poder. Así seguirán las cosas hasta que el Caudillo Tropical, como lo califica Enrique Krauze, se tope con algún problema y tenga que gritar y mandar al demonio a las instituciones.

López Obrador sabe, su pragmatismo y sus múltiples asesores, se lo han dicho, que necesita proyectar una imagen de no violencia. Una suerte de Gandhi que predique la paz y el amor, como lo hacía John Lennon. Ha fumado la pipa de la paz con todos aquellos que detesta. ¿Cuánto tiempo durará este curioso romance antes de que estalle en improperios? Lo menos coherente es que periodistas avezados ahora le den la bienvenida al hombre reflexivo que ama a las instituciones, no ofenderá más a Fox, Calderón y Peña Nieto. Busca un país donde todos hagamos el amor durante el mayor tiempo posible (bueno, así entiendo yo la tesis descabellada de la “república amorosa”). Nos amaremos los unos a los otros. Lo dijo Jesucristo hace unos dos mil años, es una consigna válida, que hasta los no creyentes aceptan.

Espero que el despertar y comprobar que seguimos viviendo en una república dividida, llena de aversiones y odios, de partidos corruptos, políticos mentirosos y demagogos, no sea triste. Bienaventurados aquellos que creen en la palabra del nuevo Mesías, porque de ellos será la patética realidad que les aguarda.

El marxismo predicó la violencia; dijo que era la partera de la historia. Mucho antes, Cristo precisó que no vino a traer la paz, sino la guerra contra sus enemigos para que surgiera un mundo nuevo. Ernesto Guevara pensó que la violencia revolucionaria traería un cambio profundo, de paz y justicia. Las utopías de Moro, Owen, Campanella, la de Swift, las de los anarquistas, todas hablaron de grandes transformaciones, pero a nadie se le ocurrió semejante barrabasada. No cabe duda, nuestros caudillos pueden decir cualquier atrocidad sin que aparezca la crítica razonable en lugar de ir al diccionario de humoradas a buscar qué demonios quiso decir López Obrador. ¿Qué nueva trampa para bobos nos puso al frente, todo para probar que ha cambiado y ahora es uno de los amorosos, que no de Sabines, sino de una nueva y ridícula izquierda desgajada de un partido como el PRI?

Opinión 2011-11-23 -
La Crónica

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