Tantadel

noviembre 21, 2011

¿Qué hará Ebrard con su regalito: el DF?

Para pocos fue sorpresivo el triunfo de López Obrador sobre Ebrard. Era evidente que el primero fue más astuto (que no inteligente) que el segundo. Pero lo que sí desconcierta es que, de pronto, el caudillo de origen tabasqueño se haga un hombre magnánimo y le regale al derrotado, como lujoso premio de consolación, el DF. Cualquier análisis al respecto pasa obligadamente por el desmedido amor de los mexicanos hacia el autoritarismo y el caudillismo. Jamás podremos quitarnos la fascinación que ejerce el hombre duro, autoritario. El fenómeno es tan antiguo que podemos apreciarlo desde que chocan dos sistemas autoritarios: la monarquía española y el imperio azteca. Los escasos momentos en que no hay un caudillo duro son corregidos por el sistema que los soporta. Entonces vemos que es el Estado quien muestra su violencia, con discreción o sin ella.

La izquierda a escala global no está exenta de tal vileza. El culto a la personalidad de Stalin y la deificación de Mao son inmejorables pruebas. Nadie mostró desconcierto cuando de la noche a la mañana un hombre tímido, discreto, cauteloso, se transformara en caudillo: Cuauhtémoc Cárdenas. Su lugar fue ocupado de inmediato por otro, el que Enrique Krauze denominó Mesías tropical, Andrés Manuel López Obrador. El culto a la personalidad fue tan brutal que estuvo a punto de conquistar la Presidencia. No sólo personas comunes, también intelectuales, académicos y artistas se sintieron fascinados por un hombre que había aprobado a duras penas los estudios de licenciatura y que mostraba serias deficiencias en el uso del castellano. Ni Manuel Camacho ni Marcelo Ebrard tienen esta característica. Son grises y únicamente el cargo los ha hecho visibles.
Los caudillos de hoy suelen recurrir a una amplia cantidad de recursos políticos de escasa inteligencia o dignidad. El populismo, en tal sentido, es irresistible. Una serie de acciones demagógicas consolidan su poder y fuerza, especialmente en un país, como el nuestro, donde las carencias son severas. Las dádivas disminuyen la dignidad del hombre. Marx (y aquí Diego Rivera lo recordó) pedía trabajo, no limosnas. Pero desde hace tiempo que tanto políticos como empresarios utilizan dicha fórmula para hacer lo que tendría que crear el Estado: empleos, fortalecer la salud y la educación, por ejemplo. Todo se reduce a docenas de “Teletones” para salvar algún obstáculo.

Ahora AMLO ha regresado consolidado como caudillo salvador. Igual que Vicente Fox, supone que los problemas son todos de fácil solución. Las promesas son sencillas de exponer, los resultados son complejos de realizar. En breve tendremos en choque entre dos caudillos: Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador. El primero tiene una alta intención de votos; el segundo espera recuperar lo que ha perdido a causa de su mal carácter. Es sabido que se trata de un hombre más que autoritario, violento y ya acostumbrado a ser obedecido. Peña Nieto es un caudillo, digámosle, natural, en tanto que Obrador es resultado de una serie de fenómenos políticos que han actuado en su favor. Hacerse víctima es algo que le ha funcionado.

Pero hoy se ha percatado, quizás orientado por sus asesores intelectuales, que gritar, ofender, insultar, tomar calles, incendiar pozos petroleros y despreciar a las instituciones y a los medios que no se supeditaban a su poder, no funcionaba más. En instantes se ha convertido en un hombre de paz, en un predicador de esperanza y amor, ha regresado a sus orígenes, o eso dice, de hombre de fe. No deja de ser asombroso que ante su ridículo ofrecimiento, imposible de llevar a cabo, convertir a México en una república amorosa, los medios se vuelquen en elogios y bienvenidas a un caudillo dulcificado. La desmemoria reaparece. Nadie recuerda sus gritos aguerridos cuando perdió las elecciones, la farsa de su toma de posesión como presidente legítimo, el plantón de Reforma. Todo se olvidó, su forma despótica de proceder se hizo la acción de un sacerdote que demanda justicia y paz. No más ofensas a Televisa y al “títere Peña Nieto”. La mafia que le arrebató el poder queda engavetada al menos por unos doce meses, hasta que vuelva a ser derrotado. Sin embargo, dos días después pidió un par de Juanitos para acceder a los recursos del IFE y poder hacer una campaña mayor. ¿Esto muestra a un nuevo Obrador? No, la prueba es su “democrático” regalo a Marcelo Ebrard.

MEC querrá ser senador, mientras las llamadas “izquierdas” se aprestan a hacerse garras por la capital. Si se empeña, ahora podrá imponer a su delfín, al opaco Mario Delgado, y hasta doblegar a las tribus más radicales como las encabezadas por Bejarano y Padierna. Tendrá que hilar fino para poner como sucesor a uno de los suyos, que al mismo tiempo no sea capaz de convertirse en su futuro rival en 2018. Una información periodística dice que los sectarios piensan en Benito Mirón o en Laura Velázquez, que los Chuchos se inclinan por Carlos Navarrete y que Ebrard ha descartado a Alejandra Barrales pensando en otros más cercanos. Nadie irá a pedir la bendición del caudillo Obrador: él cumplirá su palabra y dejará que Ebrard haga lo que quiera con su premio de consolación.

Opinión 2011-11-21 - La Crónica

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