Tantadel

diciembre 18, 2011

El PRD, ¿existe todavía?

Era simplemente (y fue mucho) un proyecto para democratizar al país, destruir el monopolio priista.

México ha tenido varios intentos para darse una izquierda real, organizada y con un proyecto que acredite seriamente tal postura, hoy convertida en un fraude, en algo ignominioso. En boca de Marcelo Ebrard o de Mario Delgado es una palabra ridícula, en las de René Bejarano, Higinio Chávez, Dolores Padierna o Clara Brugada resulta indignante. Un partido, luego de desaparecido el Partido Comunista, marxista-leninista o de inspiración socialista no marxista, no volvió a aparecer, mucho menos cuando el bloque socialista se derrumbó. Cárdenas y un pequeño grupo, escindido del PRI, formaron uno nuevo, el PRD, pero jamás lo matizaron como socialista, comunista o simplemente de izquierda, quizá pensando en la vaguedad del término en un mundo que comenzaba a globalizarse aceleradamente a causa del triunfo capitalista y de las nuevas tecnologías comunicativas. Era simplemente (y fue mucho) un proyecto para democratizar al país, destruir el monopolio priista, mejorar las condiciones sociales, eliminar el autoritarismo y poner distancia con una abominación: el caudillismo que el PRI ejercía en dosis llamadas sexenios.

Fue Adolfo Gilly quien me invitó, de parte de Cuauhtémoc Cárdenas, a formar parte del grupo firmante. Decliné: había pagado una severa cuota de militancia autoritaria y dogmática; para colmo, veía en aquella cita de diversas fuerzas, las más inauditas, sin ideologías y salidas de cloacas, un coctel peligroso. De cualquier forma voté por el PRD, no una sino tres veces, como antes lo hice por Valentín Campa. Llené las columnas que entonces escribía en Excélsior con argumentos de apoyo a dicho partido. Una nota agresiva al PRI y a Francisco Labastida en su carrera a Los Pinos, produjo el temido fenómeno de la censura. Renuncié porque si la toleras una vez, se aguanta siempre. Me costó caro: dejar El Búho, un suplemento cultural que fue muy leído.

Cárdenas contribuyó mucho a la democratización del país, pero no consiguió la Presidencia. A cambio, y eso me regocijó, ganó el DF. Lo usó como plataforma para una nueva intentona de llegar a presidente. Fue cuando miré de cerca al PRD. Vi a Rosario Robles, hoy rondando a Peña, y la escuché vociferar en defensa de los suyos, de políticos corruptos y sólo útiles para hacer negocios y utilizar el poder capitalino. La lista es interminable y me confirma mi acierto de no ingresar en tal partido. Allí está la historia de cada uno de ellos y de los intelectuales que se han acercado al PRD en busca de más reconocimientos.

¿Qué tanto queda del organismo que tocó dos veces las puertas del cielo? Muy poco. De pronto se convirtieron en la izquierda y como tiene tantas mafias, optaron por pluralizarla y disfrazarse de progresistas cuando se han limitado a adorar el poder, la corrupción y el dinero. Pero hay algo poco perceptible: AMLO, al no necesitarlo más, al escuchar voces inconformes con su caudillismo, tomó una decisión: eliminarlo gradualmente. Primero puso distancia, se alió a otras fuerzas modestas pero urgidas de votos y finalmente creó un organismo: Morena, eje de sus actividades. Desde su nueva postura, opta por ser contrario a su propia esencia autoritaria y brutal y metamorfosearse en una suerte de místico que predica una ridiculez: la República del Amor con un discurso más de autoestima que de izquierda seria. Sus adeptos dejan la violencia, se dulcifican y retoman el cristianismo primitivo o las consignas sesenteras. Imaginan así ganar Los Pinos.

Dudo que funcione salvo en el DF. Por ello el descontrol del perredismo capitalino. Los muchos candidatos al gobierno han quedado entre dos fuerzas perversas, ninguna izquierdista. Poco quedará del PRD luego de que AMLO vuelva a ser derrotado. Si fue esperanzador, hoy es un sitio donde prevalecen los peores intereses políticos. Allí sí requiere un cambio drástico o acabará por extinguirse.

Excelsior - 2011-12-18

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