Tantadel

diciembre 12, 2011

Política y cultura

Por la vía menos esperada, la ignorancia, de pronto a los políticos les surgió la necesidad de ser cultos o parecerlo. Pero vayamos por partes. En el pasado hubo funcionarios y políticos educados. Sebastián Lerdo de Tejada, Justo Sierra, José Vasconcelos, Emilio Portes Gil, Agustín Yáñez, Jaime Torres Bodet y Jesús Reyes Heroles fueron algunos de ellos. La pasmosa aridez intelectual entre quienes nos gobiernan es reciente.

Cuando dirigía el suplemento cultural de Excélsior, El Búho, me encantaba enviar reporteros a hacer encuestas literarias entre los hombres del poder. Absolutamente todos estaban “releyendo” a Cervantes, el célebre Quijote. Cuando López Obrador contendió por el gobierno capitalino, en un debate, Tere Vale, colaboradora de estas páginas, mujer culta e inteligente, señaló que era imposible que alguien pudiera hablar con tantas faltas de ortografía y destrucción de la sintaxis. No sólo ello, más adelante, Reforma dio a conocer su lamentable historia escolar: años de más para concluir la carrera, infinidad de materias reprobadas y bajísimas calificaciones. Hoy es un héroe para millones de mexicanos, aun cuando dice sandeces sobre una ridícula utopía sacada de la chistera: la república amorosa, sazonada con frases hechas e infinita demagogia. Ernesto Cordero, triunfal, quiso ironizar la incultura de Peña Nieto y pisó las mismas arenas movedizas. La propia Vázquez Mota sugirió su ignorancia cuando dijo que era posible vivir con 6 mil pesos. Esto sí es grave. Para qué citar de nuevo la inaudita barbarie de Fox, famosa hasta en el ámbito internacional.

La lectura, siempre promovida por el gobierno en turno, es nuestra gran materia reprobada. Apenas leemos y lo que la mayoría lee es basura de autoestima o best-sellers, libros de valor momentáneo, chismes sin méritos estéticos. La tarea fundamental del político es gobernar con habilidad y siguiendo los intereses populares, pero debe leer y aprender de las grandes obras literarias. Kapuscinski decía: se aprende más política en los museos y las galerías de arte que en la práctica periodística. Podríamos decir, parafraseándolo que la política no es para cínicos. El problema es que sólo los tenemos de esa tesitura.

Ahora políticos y funcionarios tratan de aparecer cultos, en tanto que perredistas y panistas se ensañan con Peña Nieto (quien esperemos haya aprendido la lección: es imposible vivir en un capelo rodeado de arrogancia). Todos buscan asesores culturales, demandan resúmenes de grandes obras, de los clásicos. Es decir, al fin parecen entender la importancia de la cultura. Esto no es fácil, cuando ingresé como profesor a la UAM-X, fui jefe del departamento de Política y Cultura, algún economista me preguntó con ordinaria sencillez: ¿Y para qué sirve un escritor en este cargo? Y si en la academia la literatura es vista con algo de desdén entre los científicos sociales y los científicos duros, qué será en el obtuso mundo de la política.

Pero en vista de que ningún político ha leído tres libros memorables y conseguido retenerlos, en un país que apenas lee buena literatura, sólo capaz de repetir los nombres de cinco o seis autores que de sobra remachan los medios y que las universidades públicas premian hasta el cansancio porque no buscan ampliar el abanico de autores, sino utilizar a los famosos de siempre para conseguir fotografías, la cultura los tomó por asalto. Hay que localizarla, reunirse con escritores. Si antes muchos narradores y poetas en vano intentaban acercarse al menos a la burocracia cultural, ahora es a la inversa.

Hace un par de meses fui a dictar una conferencia a la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Comencé leyendo lo siguiente: México, visto desde el extranjero, parece sólo tener un puñado de buenos escritores, pero realmente cuenta con muchos de calidad. Es cierto, parecemos un país carente de figuras. Están las mismas que hace casi medio siglo satiricé en mi primera novela: Los juegos. La mejor prueba es que esos mismos personajes, vivos y muertos, volvieron a despacharse en grande, como en los mejores tiempos de la Mafia, durante el magno homenaje que el INBA le hizo a Fernando Benítez, por cierto autor de una larga y cálida entrevista a Carlos Hank González. ¿Habrá pensado Consuelo Sáizar en hacerle un homenaje similar a una de las mayores escritoras de México, a Elena Garro? Dudo que sepa quién es. No está en su agenda, están sus seis o siete buenos amigos. ¿Tenemos una política de rescate de valores? Claro que no. Sáizar sigue las tesis de un héroe cinematográfico, Indiana Jones, inventado por Spielberg: cuando trata de rescatar el arca perdida, le preguntan cómo lo hará. El célebre Harrison Ford, vestido de explorador-arqueólogo-aventurero, responde: “Improvisando”, y corre tras los nazis. Ésta es la imagen de Conaculta en manos del PAN: improvisar, festejar a los amigos de Consuelo, gastar un alto presupuesto, hacer relaciones públicas personales. Aquí está el lado cultural del gobierno de Felipe Calderón. Para colmo, ninguno vota por él: lo hacen por López Obrador o por Marcelo Ebrard. ¡Por “las izquierdas”!
No queda sino esperar que la cultura sea una línea de acción fundamental para el próximo presidente y elabore una política al respecto, consultando a los intelectuales de todas las tendencias.

Opinión 2011-12-12 - La Crónica

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