Tantadel

enero 15, 2012

Buena y mala suerte en Zedillo

Rubén Bonifaz Nuño dice con su habitual ironía que la suerte existe y que a él le ha tocado mucha, pero mala. Ernesto Zedillo, sin duda, está en situación inversa a la del poeta: siempre tuvo buena estrella. El asesinato de Luis Donaldo Colosio, que fue la quiebra del priismo, le dio, sin pedirla, la Presidencia de México. Eso se llama sacarse la lotería sin comprar billete. Era el final del sexenio de Salinas y cuando estaba a punto de concluirlo con altos niveles de popularidad, el mundo se le vino encima: al magnicidio hay que añadir el levantamiento zapatista. No había a quien entregarle la corona abollada. Manuel Camacho, al no ser designado sucesor, había roto la amistad y caminaba tortuosamente hacia “las izquierdas”. En la rigidez priista, era Zedillo o nadie. Fue presidente con alto índice de votación. Los “errores de diciembre” mostraron la enemistad oculta entre Salinas y el nuevo mandatario. Mientras Zedillo toleraba que los guardaespaldas de sus hijos madrearan a los de U2, Salinas salía a un largo recorrido y planear la recuperación de su prestigio y, dicen sus enemigos, a rumiar la venganza. Dejó de ser afortunado y pasó a formar parte de los Judas que suelen quemar en Semana Santa. De poco le han servido su inteligencia y cultura. Hoy personajes oscuros se dan el lujo de ironizarlo. Él responde con libros.Ernesto Zedillo fue el sepulturero del PRI. Cumplió al seleccionar al peor candidato y luego entregarle la banda presidencial al más patético de los opositores: Vicente Fox. Al parecer, se fue limpio, dejó un país tranquilo o eso parecía antes de que la olla exprés donde hervían los partidos políticos estallara. Para colmo de la buena suerte, no se dedicó a escribir sus memorias o a reposar en alguna playa; se contrató con diversas empresas multinacionales. Eso es grave: no es Juan Pérez, sino el dueño de una información privilegiada y eso le es útil a sus nuevos jefes, nunca al país.Sin embargo, regresaba a México y la gente no lo molestaba, nadie lo criticaba, como lo hacen con Luis Echeverría o, antes, con López Portillo, digamos. Podía entrar a cualquier restaurante lujoso y recibir felicitaciones y ninguna crítica. Pero llevaba sobre sus muchos pendientes el crimen de Acteal, Chiapas, en 1997, y acaba de aparecer. Se terminó su excelente racha. Está demandado por crímenes de lesa humanidad. Pero algo le debe el PAN, un partido agradecido. Ante la severa acusación, el gobierno mexicano reacciona: Zedillo tiene inmunidad presidencial, la demanda no procede. Pero el juez Baltazar Garzón, hombre de alto prestigio, responde lo contrario: Zedillo está fuera del cargo presidencial y al alcance de la justicia. Parte de lo que había argumentado exitosamente al conseguir la detención del criminal Pinochet.Si hasta hace unos días era posible ver a Ernesto Zedillo en aeropuertos y sitios públicos, no lo veremos más con la misma facilidad; estará rodeado de policías, quizá a solicitud suya, tal vez por el apoyo generoso del gobierno calderonista. La matanza de Acteal, así como muchos sucesos sangrientos, deben ser sancionados. Es evidente que Felipe mira hacia el futuro: donde familiares o asociaciones de derechos humanos lo acusen y responsabilicen por los muertos que su guerra contra el crimen ha dejado, una cifra considerable. Al respecto y por ahora, el mismo juez Garzón señaló que es un caso distinto, que no podemos señalarlo como genocida, una acusación que aparece con frecuencia en las redes sociales. Pero estamos ante una realidad cambiante. Así como Zedillo fue alcanzado por el pasado, algo semejante puede ocurrirle a Calderón una vez que pierda la inmunidad presidencial y los familiares de las víctimas exijan justicia.Independientemente de los resultados de la demanda, Zedillo dejó de ser el hombre que no manchó la banda presidencial.


Excelsior - 2012-01-15

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