Tantadel

enero 20, 2012

Mario Benedetti, algunos recuerdos

Recuerdo claramente el dolor que me produjo la noticia del fallecimiento de Mario Benedetti. Sólo lo vi una vez, en 1964. Lo conocía por La tregua (1960) y Montevideanos (1959), por poemas dispersos y por una férrea voluntad izquierdista. La primera novela me confirmó en la idea de ser novelista. Fernando Benítez me mandó entrevistarlo, a él y a Nicolás Guillén para México en la cultura, ya en la revista Siempre! Batallaba en dos frentes: uno, para convertirme en literato, el otro para ser periodista. Fui a buscarlos al desaparecido Hotel el Prado. No estaban. Decidí esperarlos. Pocos minutos después llegaban juntos Benedetti y Guillén. No eran tiempos fáciles, la guerra fría estaba en su apogeo y la naciente Revolución Cubana nos había dividido a los latinoamericanos. Unos la apoyábamos con vehemencia, otros la rechazaban con aversión. Los intelectuales que se solidarizaban con Fidel Castro y los suyos estaban unidos y enfrentaban las críticas de tiranías militares y personajes fieles a la postura norteamericana. México, con reservas y temores a la reacción de EU, era la sede de un encuentro de intelectuales (el II Congreso Latinoamericano de Escritores) cuya evidente filiación era de izquierda y en más de un caso, izquierda comunista.
Me acerqué con timidez a Mario Benedetti y le dije que era enviado de Fernando Benítez. El uruguayo estaba inquieto, nervioso, la reunión de artistas e intelectuales que celebraban en México era acosada por Gobernación y la CIA. En la Presidencia estaba Gustavo Díaz Ordaz. Benedetti me dijo: “Más adelante, déme un poco de tiempo.” Entendí que estaba siendo inoportuno. Y como Guillén dijo algo semejante, regresé, pues, no con una entrevista sino con la pequeña crónica de dos entrevistas fallidas.

Seguí leyendo a Benedetti y admirándolo. Su fama de narrador y poeta aumentaba. Y mientras otros escritores como Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy rompían con la Revolución Cubana, escritores como Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez sostenían su admiración y apoyo. Benedetti se mantuvo siempre dentro de aquellos que creyeron en ese movimiento cubano, acosado, mal comprendido, al que el tiempo le jugaría una broma pesada. El derrumbe del socialismo socialista fue mucho peor que la invasión de Playa Girón y el bloqueo que hasta hoy, con Obama, han mantenido los norteamericanos.

Cuando dirigía el suplemento cultural El Búho, en Excélsior, supe que Benedetti venía a México. Su prestigio estaba consolidado. Le solicitamos una entrevista y ahora sí la concedió con facilidad. Eran otros tiempos. Imagino que de alguna manera fue una cortesía para reparar el antiguo rechazo a un joven escritor. Así quiero suponerlo, pues tan importante era aquella entrevista solicitada a nombre de Fernando Benítez como la de un suplemento exitoso dentro de un diario de mucha venta. Fue generoso con la reportera enviada: habló tanto de temas políticos como literarios. Fue severo con la política exterior norteamericana y solidario con Cuba. El director del periódico consideró que era un documento extraordinario y lo mandó a primera plana. Ante mis insistencias, lo dividimos en dos: la parte literaria quedaría en El Búho, bellamente ilustrada por Oswaldo Sagástegui, hoy retirado de la caricatura y dedicado a la pintura.

Si los editores mexicanos imaginan que aquí no leemos poesía, habría que revisar las ventas de poetas como Mario Benedetti. Cuando estuvo en Bellas Artes para leer su poesía, como Jaime Sabines o Rubén Bonifaz Nuño, la sala principal se abarrotó y hubo necesidad de poner pantallas para que aquellos que no pudieron ingresar al Palacio disfrutaran la lectura del uruguayo.
Benedetti cultivó todos los géneros, fue un escritor realmente memorable y querido, aceptado por completo. Era un hombre de izquierda real y lo respetaban por igual personas de otras ideologías. Su poesía y su prosa narrativa, su lenguaje literario, era el del amor, el de los recovecos del alma y no aquéllas que imaginan servir a una causa normalmente efímera. Recibió multitud de reconocimientos y muestras de afecto y admiración, pero también fue largo tiempo un hombre de exilio, perseguido por tiranos, cuyo principal refugio fueron las letras.

Escribió mucho, unos ochenta libros, y todos fueron bien recibidos por los lectores y traducidos a más de veinte idiomas. Algunos de sus argumentos, como el de La tregua, fueron al cine y sus poemas a canciones de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. La pasión por la literatura y su indeclinable postura de izquierda, lo convirtieron en un hombre afamado y en una auténtica leyenda. Obtuvo muchos premios destacados, pero como Borges (a quien Benedetti le criticó su posición política, jamás su literatura perfecta), no le dieron el Nobel. Dudo que América Latina haya tenido otro escritor más desinteresado y generoso que Mario Benedetti. Por ello tantos lectores, tanto amor, tanta admiración. Murió no muchos años después de su compañera de toda la vida, Luz López, a los 88 años de edad. Nos heredó una literatura luminosa, de asombrosa sencillez y profundidad notable. Un ejemplo de dignidad política en el continente ahora agobiada por políticos y políticas lamentables.

Opinión 2012-01-20 - La Crónica

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