Tantadel

febrero 17, 2012

Publicidad y política

Aunque no frecuento el medio artístico (me refiero al mundo de actores y actrices) de pronto conozco o me topo con alguna celebridad. Hace un millón de años, cuando en el Partido Comunista me tocaba compartir tareas ideológicas con Claudio Obregón, notable actor que sabía de política, estuve en una fiesta.
Me parece que invitado por Pilar Pellicer, con quien me une la devoción por Elena Garro. En la pachanga estaba también el muy famoso Héctor Bonilla, entonces joven y bien parecido. Me acerqué y le reproché su simpatía por el PRI. Me dio una explicación insatisfactoria y seguí conversando con otras estrellas de la farándula. De entonces a estos años de bajo nivel político que Claudio Obregón criticó en una entrevista realizada pocos antes de su muerte, jamás me volví a topar con Bonilla. Estoy seguro que él no se acuerda de aquella noche y menos sabe quién soy yo. Él es famoso y yo apenas consigo que Manuel Camacho me salude en algún restaurante lujoso. Ahora todos discuten el papel de los ciudadanos en la política. Los más quieren ciudadanizar la política. Pero es obvio que no saben con exactitud cuáles serán los resultados. Los intentos de convertir a un ciudadano en gobernante siempre producen el mismo final. La sociedad pierde y los partidos ganan. Una vez que el ciudadano, en términos de nuestro marco legal, acepta ir en pos de un cargo de elección popular, deja de representar a la sociedad y se transforma en un demagogo que firmó o al menos aceptó representar las posturas o lineamientos del partido que lo cooptó. Allí está la señora Wallace, convertida en defensora de los intereses del PAN. Consecuente con este orden de cosas, la publicidad es reflejo de la política, a menos que los servicios sean pagados. Digamos que el actor por una suma o por convicción publicite a un político. Así fue Chespirito cuando Vicente Fox iba por la Presidencia y así es hoy que María Rojo quiere seguir cobrando una jugosa dieta como falsa legisladora o que Héctor Bonilla nos endilga un montón de verdades a medias. Su muy repetida proclama comienza presentándose y declara ser ciudadano sin partido. Luego viene la parte medular: el señor es un crítico de un PRI que no cambia y del PAN que ha desperdiciado los últimos doce años de los mexicanos. El glorioso final conmueve y hay que escucharlo de pie: ya el ciudadano sin partido se hizo militante de Morena, es decir de López Obrador, y nos pide que le demos una oportunidad. Adiós ciudadano Bonilla, bienvenido militante obradorista Bonilla. Para empezar, AMLO ya tuvo su oportunidad y la desperdició, ahora lamenta y se justifica: el plantón de Paseo de la Reforma fue un error que mucho le costó, pero lo hizo para evitar ríos de sangre, una revuelta, que no revolución, para frenar a la derecha fraudulenta: el PAN. Omite la farsa de coronarse presidente legítimo, donde una actriz, Jesusa, le puso la banda presidencial en una ceremonia digna de las viejas carpas cómicas de México. Dice Obrador que tiene 26 millones de votos seguros, pero olvida que este tipo de oportunidades no son frecuentes. Tampoco únicas. Pero hay que bregar y él ha ido en contra de sus propias ambiciones. Envejecido, irritado, fatigado, según sus propias palabras, sin ideas inteligentes, con un discurso “amoroso” que supone le dará las llaves de Los Pinos, AMLO trata de reinventarse de manera grotesca. Quedará sin lugar a dudas atrás de Peña Nieto y Vázquez Mota que se mueven mucho mejor aprovechando su juventud, sus recursos menos ramplones y que están en su primer intento presidencial. Pero lo importante es saber qué significa ser ciudadano y qué político. Son realmente opuestos. O sé es uno o sé es lo otro. Si un ciudadano pasa a ser jefe de gobierno del DF, de inmediato pierde su condición de simple ciudadano. Cuando hablan de que Mancera es un candidato ciudadano, es obvio que no ha quedado clara la perversión de las leyes mexicanas. Para ser presidente o jefe de gobierno o gobernador, se requiere del respaldo de unas siglas, las que sean y eso implica un compromiso ineludible con el partido que las preste. Por otra parte es clara la postura de Héctor Bonilla, él, a menos que el PT o Morena le hayan pagado, está dándonos un mensaje positivo para López Obrador. Bonilla podrá mantenerse como el gran actor que es, pero ya no está fuera de los partidos, porque critica a todos menos a uno, al que postula como candidato presidencial a AMLO. Eso lo hace pertenecer a unas siglas, a unos intereses. Es bueno criticar al PRI y al PAN, pero no decirnos que la salvación está en las tribus corruptas que apoyan a López Obrador. Se entiende en el caso de María Rojo, lleva años cobrando por sus servicios para el PRD. Pero no en el caso de Bonilla quien jura ser apolítico o al menos no pertenecer a partido alguno, cuando sus palabras revelan que está al servicio de un político bien conocido por su capacidad para la demagogia y la mentira.

Opinión 2012-02-17 - La Crónica

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