Tantadel

febrero 06, 2012

Restaurar, ¿para qué, cuál es su objetivo?

El arquitecto Carlos Flores Marini acaba de publicar un libro excepcional: Conservación del Patrimonio Monumental. La semana pasada lo presentó con una enorme audiencia de arquitectos, historiadores del arte, periodistas y académicos, en la que fuera casa de don Isidro Fabela. No he sido ajeno a la defensa de los edificios, monumentos y joyas arquitectónicas que se han perdido o cuyas restauraciones han sido pésimas. Me ha correspondido apoyar al doctor Silvio Zavala a intentar detener las extravagantes modificaciones del Paseo de la Reforma. Dar batallas perdidas como el cambio de la Diana Cazadora; en esto, Zavala sugería que, como en todos los sitios del mundo, su lugar está en medio de vegetación, no entre automóviles. Pocos han intentado conservar y restaurar sin destruir. No las instituciones de gobierno que prefieren resultados vistosos, que atraigan simpatías y votos. De este modo, la ciudad ha perdido grandeza, dignidad, belleza. Martha Fernández lo sintetizó en una frase grave: de Ciudad de los Palacios a mancha urbana. Es imposible apreciar la Catedral Metropolitana, uno de los más hermosos edificios del continente, oculta como está detrás de agresivos escenarios para rock y espectáculos populares y políticos. Para abrirle espacios a la explosión demográfica y dejarle La vocación de Carlos Flores Marini es doble: edifica y preserva. Sus tareas así lo muestran. Conservación del Patrimonio Monumental es un libro francamente notable. Es una suerte de intensa, bella y cordial historia del patrimonio de la humanidad, de los grandes edificios, claustros, iglesias, monumentos, casas, esculturas, que se han ido perdiendo a lo largo de multitud de países y la forma en que se han orquestado las defensas y los proyectos de restauración de zonas y ciudades. El estilo ameno y personal de los temas aquí tratados hacen que el libro sea fácil de recorrer. Hay una voz, la del autor, que nos lleva de la mano por muchos puntos del país y de otros más, el restaurador se hace narrador, cronista, y de esta manera la explicación es más clara y gratificante. Los sitios que de niño recorría, cubrían casi toda la urbe, destacando el Centro Histórico y la Ciudad Universitaria, en años en que la población no nos abrumaba con sus cifras colosales y su total desorden. La pelea contra el caos, la perdió la urbe.
El largo recorrido de Carlos Flores Marini, comienza en su rumbo, Santa María la Ribera, caminándolo, tomando transportes públicos se va familiarizando con su entorno, descubriendo sus bellezas, los restos de obras monumentales, al tiempo que juega como cualquier niño. Es decir, pronto se percata de la grandeza del país. Tan sólo para catequizar, los españoles, entre 1521 y 1575 edifican más de 500 conventos. Algunos espléndidos de los cuales sólo quedan informaciones vagas y restos destruidos o mal preservados.

Como en toda grata crónica, Carlos Flores Marini va narrando su periplo de arquitecto y restaurador, nos habla de templos, casonas, esculturas y de nombres fundamentales que conoció y trató en su formación y desarrollo. Mathías Goeritz, Guadalupe Salcedo, Jorge Alberto Manrique, Francisco de la Maza… nombres emblemáticos de nuestra historia, de la arquitectura y la restauración. Los materiales del libro, de una enorme riqueza, son su autobiografía, su vida como profesional y hombre enamorado de su vocación.
Toda acción modernizadora tiene con frecuencia una reacción demoledora del pasado. Y es aquí donde está la propuesta del libro: reconstruir, preservar, mantener la memoria de una nación, de un pueblo. De otra manera jamás encontrará sus orígenes y su historia objetiva. Ya sin las casonas señoriales del Paseo de la Reforma o de Insurgentes, a simple vista, estamos ante un paisaje urbano como podemos verlo en ciudades principalmente norteamericanas, carentes de personalidad y cubiertas de anuncios de toda índole. Por allí, alguna vieja mansión se defiende, resiste, convertida en restaurante o banco.
Del periodo de Porfirio Díaz quedan obras memorables que conmemoraban gestas y acciones heroicas, personajes de talla, que se han metamorfoseado en escenarios deportivos y políticos. Señalo dos. El Ángel de la Independencia y el Hemiciclo a Juárez. El primero, donde están los restos de los padres de la patria, sirve como punto de reunión cada vez que el seleccionado mexicano de futbol logra el milagro de una victoria y, el segundo, es parte de una Alameda profundamente deteriorada, un muladar tomado por vendedores ambulantes, donde “las izquierdas” celebran sus protestas.

El trabajo de Carlos Flores Marini tiene una lógica, un método, un orden y consiste en hilar, a través de recuerdos y experiencias propias, los caminos de la conservación y la restauración. Es una original autobiografía, en su vida profesional, lo fundamental es conservar el patrimonio que nos permite ser una nación, un país con ideas comunes de nuestros valores e historia. No es para hacer apologías elementales, sino para intentar dar respuesta a las preguntas que Justo Sierra, José Vasconcelos, Samuel Ramos, Octavio Paz y otros más, de distintas maneras, se han hecho, de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos. De no saber nuestros orígenes, jamás tendremos una idea de hacia dónde marchamos.

Opinión 2012-02-06 - La Crónica

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