Tantadel

marzo 02, 2012

Jesús Salazar Toledano

Con frecuencia he repetido una expresión que Rafael Cardona precisó en un encuentro entre periodistas y políticos: Nosotros trabajamos con lo peor de un país: la clase política. Como es sensato, matizó. Tiene razón. Nuestros políticos suelen ser de escaso nivel y poca ética, pero hay excepciones. En lo personal no creo haberme relacionado jamás con un político. He permanecido al margen de ellos, dedicado a la docencia, la literatura y al periodismo que me permite expresar mis opiniones. He conocido a infinidad de funcionarios, pero por coincidencias. Ala mayor parte los vi y traté en la UNAM, cuando yo estudiaba y comenzaba a trabajar como profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Uno busca a sus pares, en mi caso a los narradores, poetas y dramaturgos, con ellos sí estoy involucrado, muchos fueron amigos entrañables, personas que admiro y amo: Elena Garro, Juan de la Cabada, José Revueltas, Juan Rulfo, Andrés Henestrosa, Rafael Solana y Juan José Arreola, quienes de una u otra manera fueron mis mentores literarios. Pero los políticos… En una época que comienza a ser remota, la cadena hacia el poder nacía en la UNAM. Allí pude ver a Carlos Salinas, Jorge Carpizo, Diego Valdés, Juan Ramón de la Fuente, Miguel de la Madrid, Enrique González Pedrero, Andrés Manuel López Obrador, por sólo citar a un puñado. Conocí a médicos, ingenieros, economistas y abogados que terminaron ejerciendo como funcionarios. Mis alumnos en ocasiones me preguntan por qué conozco a tanta gente importante, no la conozco, los vi o intercambié saludos en la CU. Jamás pensé hacer una carrera política y como militante del Partido Comunista y novelista independiente y crítico, jamás se me ocurrió formalizar una relación amistosa o cómplice con alguien del poder. Mis luchas están en otros lados y las doy fuera de los partidos, a los que sólo les debo malestar y ofensas sociales, del PRI al PRD pasando por el PAN y los negocios familiares. Sin embargo tuve un amigo político, al que poco frecuentaba, pero que de pronto comíamos o desayunábamos juntos. Éramos casi de la misma edad, cuando lo conocí en la preparatoria y luego lo traté en CU, llevaba amistad con escritores como Carlos Monsiváis, con quien nunca me entendí a pesar de los esfuerzos de ambos. Su nombre era Jesús Salazar Toledano, activista sincero del PRI y un hombre que sabía escuchar y debatir con respeto. Mi radicalismo comunista me hizo conocerlo de lejos, nada más. Pero coincidíamos en reuniones sociales y platicamos mucho. Su familia, su esposa Paz Ham y sus hijas, son francamente adorables y ejemplares. Jesús ocupó multitud de cargos y en todos hizo un enorme esfuerzo, hombre decente y ajeno a la corrupción, no usaba los cargos para hacer negocios. Lo recuerdo, por ejemplo, como el mejor delegado de Tlalpan, zona donde está su casa. Como dirigente priista fue asimismo ejemplar. La última gran tarea que llevó a cabo fue dirigir la campaña de Luis Donaldo Colosio en el DF. Sus conocimientos de política nacional asombraban. Era un archivo repleto de información que solía utilizar con inteligencia y responsabilidad. Luego de la atroz muerte de Colosio, Jesús Salazar Toledano desapareció de las tareas políticas. Me asombró porque era su pasión. Recuerdo su fiesta de cumpleaños número 50. En su casa estaban los políticos más distinguidos y los escritores más afamados. Por esos días escribí un raro artículo donde elogiaba a un político y señalaba que él sería un excelente jefe de gobierno capitalino. Fiel a sus buenas costumbres, me habló para agradecerme el artículo, pero, añadió: exageraste. Jesús Salazar Toledano supo caminar por la terrible ruta de la política nacional con decencia. Pienso que el PRI, en sus mejores momentos, no supo aprovechar su talento, abusaba de su lealtad y disciplina. Sabía tratar con los difíciles medios de comunicación, tenía amigos en la oposición, lo trataban con respeto y cordialidad. Con los intelectuales llevaba una excelente relación. Cuando formé el suplemento cultural de Excélsior, El Búho y cuando con este mismo suplemento obtuve el Premio Nacional de Periodismo del gobierno de la República, Jesús me hizo afortunados festejos en su casa e invitó a escritores y periodistas de relevancia. Murió, así lo pienso, animoso y quizá decepcionado de la política a la que le dio su vida. Él sí creía sinceramente en la gastada frase de los políticos: vocación de servicio. Cada gran tarea que llevó a cabo, la hizo con pasión y siempre pensando en la sociedad. Un político excepcional, digno, de esos que en México son piezas de museo, que no existen más. La noticia de su muerte me desconcertó, especialmente porque no tenía noticias suyas. Lo imaginaba leyendo y trabajando por su cuenta. Como era deportista, me decía, ya lo encontraré en el Bosque de Tlalpan, a donde ambos íbamos a correr. Ahora lamento no haberle llamado telefónicamente para escuchar su voz amable. He leído varias esquelas del PRI y de priistas, sería mejor que en lugar de lamentos por su limpia vida, lo imitaran en su devoción por el país.

Opinión 2012-03-02 -
La Crónica

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