Tantadel

abril 04, 2012

Martha Fernández y el barroco

Las investigaciones sobre el barroco de Martha Fernández son profundas: la hondura y el amor por el tema pertenecen a la pasión de la creatividad, al hurgar en lo más íntimo de una fe que ha movido montañas para implantar su dominio, que lo mismo ha recurrido al fuego y a la espada que a la fe y a la promesa del paraíso. Del mismo modo que Vivaldi o Bach escribieron música para comunicarse con Dios, son incontables los seres humanos que le entregaron a esa misma deidad, con frecuencia ajena a sus creencias originales, su mayor esfuerzo. Sacerdotes, arquitectos, albañiles, escultores, pintores, orfebres, todos contribuyeron a edificar moradas para que las habitara Dios y su corte celestial: vírgenes, santos, ángeles y arcángeles. En tal sentido, Martha Fernández, en su libro más reciente: Estudios sobre el simbolismo en la arquitectura novohispana, nos muestra la ruta que viene desde Jerusalén hasta nuestro pasado reciente. De muchas maneras, la investigadora busca en las grandes edificaciones o en lo que de ellas resta, su sentido simbólico, sus secretos, las disposiciones de Dios, la relación entre sus fieles o adeptos y Él. La bibliografía consultada y los sitios visitados, minuciosamente analizados e incluso fotografiados, contribuyen a consolidar tanto el prestigio de la doctora Fernández por sus aportaciones, como la explicación de esos recintos sagrados que ocultan mucho más de lo que permiten escudriñar a simple vista.

Investigadora de altísimo rango, Martha ha dejado en libros, ensayos y artículos multitud de pruebas de su talento como investigadora. Estudios sobre el simbolismo en la arquitectura novohispana, una obra reciente, editada por la UNAM en 2011, en colaboración con el Instituto Nacional de Historia y Antropología, es una magna obra cuyos aciertos sobre arquitectura van de la mano con la belleza de la prosa y con la agudeza de los comentarios. En este voluminoso libro, Martha Fernández consigue sus propósitos: informarnos y conmovernos, mostrarnos la grandeza de una fe o religión que ha destruido, sí, pero que sobre los basamentos de las ruinas edificó templos espléndidos dedicados a un culto preocupado por los valores estéticos, lo que podría probarnos que estamos ante deidades que sólo están satisfechas si la catedral, el convento, la iglesia o el templo tiene hermosura y posee una serie de enigmas que forman parte del gran secreto de Dios, acorde a sus ofrecimientos hechos a través de textos bíblicos y de la palabra del propio hijo de Dios, Jesucristo, el redentor.

En el prólogo, José Pascual Buxó anticipa algunos de los hallazgos de la autora, la doctora Fernández. Escribe de “poesía muda” o de la poesía parlante, lo que nos lleva obligadamente, aunque en un sentido laico, a un muy bello libro de André Malraux, Los sonidos del silencio. Pienso que particularmente en esta obra, Martha Fernández se muestra de cuerpo entero, es el tipo de tareas que se ha impuesto ella misma y para llevarla a cabo ha trabajado con intensa seriedad. No sólo aprecia desde afuera la Catedral de Puebla o la de México, observa la perfección de las columnas salomónicas, analiza el barroco mexicano, un hermoso mestizaje entre lo europeo y lo indígena americano, donde los símbolos cobran mayor penetración, y ve el interior de cada claustro, altar o retablo, cómo está una capilla o una fachada ante la luz solar y en particular qué nos oculta cada obra en su conjunto y en los detalles. Deslumbra su poder de observación y la capacidad de reflexión aunada a la descripción de la autora. Las fotografías (en general suyas), de iglesias y cuadros, de columnas o altares, de fachadas y patios, complementan su trabajo. El lector, especialista o profano, tendrá ante sí una serie de emotivas descripciones y explicaciones de lo que en conjunto representa cada obra.

La bibliografía de la doctora Martha Fernández es amplia y abarca distintos temas, lo mismo encontramos su devoción por el periodo barroco, sus edificios y sus artistas que la preocupación por una ciudad espectacular de origen que hasta hoy lucha en desventaja permanente por conservar sus bellezas y peculiaridades. Conmueve su pasión por aquellos edificios antes soberbios que ahora apenas mantienen algún decoro. Todos o la mayoría víctimas de la destrucción. Hace notar los detalles de una iglesia caída en desgracia o de un edificio civil que ha pasado a ser un vulgar comercio. Le duele la capacidad destructiva de las autoridades del país. Me parece que en tal sentido, la autora ha dado infinidad de peleas contra el abandono, la modificación torpe y la modernización salvaje que poco respeta el pasado grandioso. En más de un caso, aparece lo que la autora mira al fenómeno: como una lucha entre ángeles y demonios, no sólo por lo que ambas legiones simbolizan en un combate entre dos valores permanentes: el bien y el mal, sino porque los resultados de cualquier lucha afectan a la obra de arte. Martha Fernández dice: no más tentaciones para destruir las moradas de Dios o transformar arbitrariamente los edificios civiles que tienen méritos históricos y arquitectónicos. De lo contrario, le estaremos cerrando las puertas a un pasado extraordinario y modificando sus símbolos, valores y conceptos.

2012-04-04 - La Opinión

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