Tantadel

abril 29, 2012

Política, talento y distinción

Torres Bodet fue embajador, titular de la SRE y director de la UNESCO antes de sentarse al frente de la SEP.

En años universitarios, uno de mis mejores maestros: Carlos Bosch, pidió un libro para su materia: Derecho diplomático de José Lion Depetre, editado por Porrúa. En el prólogo, Alfonso Reyes precisaba su importancia. Es necesaria la cultura y la distinción. El polígrafo sabía del tema: fue un dignísimo agente diplomático. Como embajador en Argentina dejó una huella perdurable y profunda al grado que Borges lo recordaba como su maestro. En la obra el autor refiere con detalle las características personales de la hábil gestión diplomática: el embajador, no se representa a sí mismo, representa en este caso a México, nación de profunda tradición cultural. La lista de embajadores de alto rango que nos ha representado es inmensa y tiene a Isidro Fabela como una de sus fuentes: él sentó las bases del proyecto de política exterior que nos prestigió. Jaime Torres Bodet fue embajador, secretario de Relaciones Exteriores y director de la UNESCO antes de sentarse al frente de la SEP a crear el Plan de Once Años, mediante el cual el analfabetismo sería erradicado, el Libro de Texto Gratuito y una cadena de museos fundamentales para México. Brilló México y asimismo el presidente Adolfo López Mateos.

La política mexicana ha llegado a extremos de total bajeza y vulgaridad. El mal lenguaje coloquial es parte de la clase gobernante. Nos mandan hombres rústicos y ordinarios. El idioma que utilizan es pobre y con ello nos achican más como pueblo. Felipe Calderón, en gira por EU, refiriéndose al 5 de Mayo dijo: “Los mexicanos le pusimos en toda su mayo a las tropas francesas” La broma es soez, impropia e inaceptable para un Presidente. Ni como albur privado pasa. Francia, pese a las diferencias por Florence Cassez, es un país amigo. No es necesario recordar así la batalla (ganada por el gobierno de Benito Juárez, figura detestada por los panistas), sino como referencia histórica valiosa.

Los franceses de hoy apenas saben que invadieron México. Una vez, una compañera de estudios de la Sorbona, me llevó a la Tumba de Napoleón; atrás están interminables filas de banderas conquistadas en múltiples guerras por Francia. Distinguí la nuestra y se la señalé: Cómo, dijo, ¿también con ustedes estuvimos en guerra? ¿Tiene sentido la ofensa del Presidente a una nación ejemplar que muchos admiramos?

En la tradición mexicana, el embajador es designado por dos razones principales: por indeseable o para premiarlo. A Carlos Fuentes, Echeverría lo hizo embajador en Francia por sus servicios personales. A Fernando Benítez le ocurrió otro tanto. A Francisco Ramírez Acuña, pésimo político y de nula experiencia diplomática, hombre sin méritos, Calderón acaba de hacerlo embajador en España. ¿Qué desea: declararle la guerra o exhibirnos como país carente de expertos diplomáticos? Los castigos son una suerte de destierro dorado: el propio Echeverría lo padeció al ser nombrado embajador en Australia por López Portillo.
La política de hoy muestra su infinita miseria, degradan a las ideas y al idioma para ganar votos. Las vulgaridades salen de un lado y otro. No hay manual para ellos. ¿Resultado? México ha dejado de ser cantera de excelentes diplomáticos, ni siquiera tiene proyecto de política internacional, la nuestra da tumbos y está en malas manos, cuando poseemos expertos. La política está allí, a la vista de todos: llena de mentiras y agresiones del peor estilo, en un torneo de bajezas. ¿Qué nos pasó, dónde se torció el rumbo? Sólo necesitamos personas de alta cultura, que hayan leído buenos libros. El pragmatismo simplón nos domina. Los discursos de los presidenciables están llenos de perlas, de graves errores, cuando ellos tendrían que ser un ejemplo a seguir. Las pifias son cotidianas. Para colmo, ni siquiera hay sentido del humor, algo que tienen los espíritus finos, no la clase política que nos degrada y mal representa.

Excelsior - 2012-04-29

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