Tantadel

abril 08, 2012

Una mujer en la política

A Griselda Álvarez le dolía el país, escenario de sus triunfos y para manifestarlo usó el soneto.

El inmenso poeta Rubén Bonifaz Nuño me dijo que dentro de Sonetos terminales había algunos francamente muy hermosos. Coincido con Rubén: la voz poética de Griselda Álvarez en ese libro llega a una perfección y belleza excepcionales. Ante lo que la autora consideraba una muerte cercana, la reta con su infatigable trabajo: versos endecasílabos donde puso en juego su sentido del humor, su fina ironía.Cuando cumplí 25 años como narrador con un libro editado por el Fondo de Cultura Económica, Griselda me acompañó en el homenaje que me hizo la institución y su generosidad no tuvo límites cuando aceptó escribir las páginas introductorias de Recordanzas, libro autobiográfico. A mi vez, participé en reuniones literarias para reconocer lo sabido: era una mujer magnífica, feminista sensible, talentosa, de infinita hermosura, de historial impecable, que tenía un hermoso rostro severo para la política y una bella cara sonriente para la poesía. Fue la suya una carrera doble: la política que corrompe y obliga a las peores degradaciones, y la literaria que exige rigor, continuidad, un amor muy intenso. A las dos las dignificó. Le dolía el país, escenario de sus triunfos y para manifestarlo usó el soneto y no la autobiografía (Cuesta arriba…): “Oscura piel de mugre sin aseo,/ mirada con dureza que me embiste,/ un sólido rencor que deletreo,/ huesos al aire, niño que resiste./ Y ahí, aún en pie, ahí te veo,/ México de mi vida, imagen triste.” Evtushenko tuvo razón: la autobiografía de un poeta son sus poemas. Y probablemente el mejor modo de comunicarse con sus semejantes.

Griselda recibió la medalla Belisario Domínguez que concede el Senado de la República y multitud de reconocimientos literarios y políticos. La escuché en arengas políticas y en lecturas poéticas. Si el discurso político con ella tuvo un peso que la hizo inolvidable como senadora y primera mujer gobernadora en el país, su voz como poeta alcanza una extraña hondura que conmueve y cala, qué eficacia consigue con las imágenes poéticas, a veces juguetonas, otras tristonas o peleoneras, siempre dotadas de un sarcasmo elegante.

Pero si en Sonetos terminales Griselda le canta a su propia muerte, en Erótica habla del amor sensual, de las iluminadas relaciones amorosas. Describe al cuerpo varonil con especial maestría y nos sugiere cuál es la diferencia entre pornografía y erotismo. Son los sonetos que hablan de la pareja, de su vano intento de convertirse en una unidad, de sus caricias suaves o violentas. La poesía se enriqueció de manera notable con esos cantos al amor en su más alto y sublime nivel: el sexo, particularmente cuando se hace el amor por amor.Falta la Griselda combativa, la que guerrea por sus ideas, la que enfrentó con armas poéticas al majadero panista Diego Fernández de Cevallos. Lo hizo con Canto a las barbas, diez sonetos impecables, de fina y mordaz ironía, de firme convicción liberal y revolucionaria, grandes herencias políticas que recibió la inmensa poeta. Están allí las lecciones de quienes en el pasado lucharon contra la reacción y el invasor, los políticos que recurrieron a la literatura para derrotar al enemigo. En esa lucha (guerra donde los soldados eran versos, no toleró ni groserías a la mujer ni ofensas a su partido, el PRI) me tocó un doble honor: publicarlos en El Búho y más adelante hacer el prólogo de la plaqueta que poca o ninguna gracia le hizo al petulante adversario de Griselda. Al tipejo que había ofendido el inteligente feminismo de una poeta excepcional, con palabras como el viejerío. Esta poesía civil, en la terminología de Borges, en sus manos no fue poca cosa y sirvió para quitarle muchos votos al PAN durante las elecciones de 1994.
Griselda amó a la literatura y a la política: a las dos las enalteció con su dulce e inteligente andar por la historia.

La diferencia con la política actual es infinita.

Excelsior - 2012-04-08

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