Tantadel

mayo 02, 2012

Alta cultura versus espectáculos

A propósito del nuevo libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, obra fascinante y polémica, el Instituto Cervantes de Madrid llevó a cabo un diálogo entre el autor de origen peruano y el filósofo francés Gilles Lipovetsky. La discusión fue intensa y satisfactoria para la mayoría y para miles que la hemos visto en Internet.

Mario Vargas Llosa arrancó explicando qué sucedía según su propia experiencia con el derrumbe a escala universal de la alta cultura víctima del espectáculo. Recordó que durante su juventud, gracias a la alta cultura, a la música sinfónica, la gran literatura, la ópera, la pintura meritoria, consiguió sustituir la religiosidad perdida. Ahora el aspirante a narrador tenía una nueva tabla axiológica, una serie de valores que le demandaban seguir avanzado. Para él, la alta cultura es el resultado de los más acabados productos del arte y del pensamiento. Son definitorios en la lucha por la libertad. Las ideas memorables, las que han movido positivamente a la humanidad, son el producto de esa elevada cultura. Por desgracia, ahora la encuentra por todos lados sometida a la tiranía del espectáculo y la frivolidad, lo que podría incluir sin duda lo mismo a los deportes que a las manifestaciones de cultura popular como Madonna o Lady Gaga, que concentran la atención de millones de fanáticos, como antes una prima dona o una prima ballerina. La emoción ante la obra de Miguel Ángel o por la de Picasso alimentaba a los espíritus refinados y ellos, con sus propios resultados, provocaban cambios positivos de toda índole en la sociedad. En los tiempos que corren, la alta cultura se encuentra temerosa, oculta, abrumada por el peso del espectáculo masivo.

Los políticos sin duda han contribuido a este fenómeno al privilegiar al show banal de masas, sobre diferentes manifestaciones culturales más depuradas. Es del gusto popular y ello atrae votos. Hasta hoy, por ejemplo, ninguno de los candidatos presidenciales ha reparado en el tema cultural, ni por accidente. Parte del éxito del partido en el poder capitalino se debe a que ha convertido al Zócalo y plazas públicas en salas de espectáculos populares, con frecuencia de bajo nivel. ¿Para qué presentar a una cantante de ópera en esos sitios? Nadie iría, es el razonamiento, en consecuencia, no importa.

La prueba más evidente del gusto banal de la clase gobernante mexicana está en que el Conaculta ha presentado como candidata al Premio Cervantes a Chavela Vargas, una cantante sí, excepcional, pero cuyos méritos jamás podrían superar a la importancia de los que ha sumado el escritor Rubén Bonifaz Nuño. No hay en México un poeta de su dimensión: ha revitalizado la métrica, el ritmo y la rima, es un académico de talla, traductor impecable de clásicos griegos y latinos, que ha obtenido aquí todos los galardones posibles. Consuelo Sáizar la prefirió, por afinidad musical, antes que seleccionar a un hombre que honra y dignifica al país.
A su vez, Gilles Lipovetsky dijo estar de acuerdo con Vargas Llosa, pero precisó que había manifestaciones de arte popular como la cinematografía, creación reciente, indispensables de considerar.

Ambos tienen razón de una u otra manera. Pero las tesis del segundo son contundentes. La alta cultura que nos ha dado cohesión como humanidad parece estar en vías de extinción y eso es grave. Si fue posible en el siglo pasado combatir a las grandes tiranías, se debió a la cultura con mayúscula, allí estuvo parte significativa de la resistencia. Por ello, digamos, el nazismo lo primero que hizo fue destruir obras de arte y quemar libros valiosos. Las más elevadas formas de pensamiento ofenden a los tiranos, son el resultado de la libertad de expresión y de reflexión.
México ha recibido el impacto del espectáculo. Lo domina. La lucha cultural que comenzara con Justo Sierra, sufriera una vigorosa revitalización con José Vasconcelos y cuajara con los sucesivos gobiernos, sensiblemente ha venido a menos con el arribo de los panistas. La situación ha llegado a tales extremos que los partidos políticos solicitan que el IFE convoque a debates en días y horarios donde no haya espectáculos de masas, futbol o conciertos de rock. Saben que perderían la atención de grandes núcleos de población. Mientras que si en Bellas Artes canta un Rolando Villazón, nada sucede, salvo el placer de una minoría educada.

El libro de Mario Vargas Llosa llega a tiempo, quizá no tanto, pero es excelente defensa de la importancia de la alta cultura en la historia. El final de la plática estuvo a cargo del propio autor, quien le dijo a Lipovetsky que estaban entonces de acuerdo en la importancia de leer a Joyce, Flaubert, Proust, Nietzche…, a lo que el francés, sonriente, repuso afirmativamente, porque son autores no sólo significativos literariamente, sino por su enorme contribución al desarrollo espiritual y libertario del ser humano.

La civilización del espectáculo ya circula en México; desatará, como todo lo de Vargas Llosa, una saludable polémica que no detendrá el curso de la globalización del espectáculo, pero al mismo tiempo se podría atender a la alta cultura que nos ha permitido llegar a los altos niveles en que nos movemos.

Opinión 2012-05-02 - La Crónica

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