Tantadel

mayo 25, 2012

Beatriz Espejo, homenaje

Hace unos días, en Orizaba, la escritora Beatriz Espejo, recibió un homenaje más en su larga carrera de éxitos académicos y literarios. En algunos he participado y en todos hay la certeza de que son merecidos. Es una narradora cuyo prestigio la ha conducido a los primeros lugares de nuestras letras. Un importante premio literario lleva su nombre y sus libros son analizados con admiración por críticos y lectores. La obra de Beatriz Espejo es intensa, de una sorprendente perfección. Discípula y amiga de un escritor mayor, Juan José Arreola, ha publicado básicamente cuentos: La otra hermana, Muros de azogue, El cantar del pecador, Alta costura, Marilyn en la cama y otros cuentos, De comer, coser y cantar, Todo lo hacemos en familia y en fin, varios títulos más entre los que sobresale un formidable estudio sobre Julio Torri. Ha obtenido distinciones literarias destacadas. En 1993, por ejemplo, ganó el Premio Nacional de Colima a la mejor obra de narrativa publicada. Asimismo ha ganado el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí. Debo añadir que este último galardón lo obtuvo con Alta costura, un libro notable, de enorme perfección. Cuando lo leí, la unidad temática, los distintos desarrollos y el manejo de prosa, me hicieron pensar en que de un modo semejante, Rulfo escribió El llano en llamas, Arreola Confabulario y Borges Historia universal de la infamia, pensando en un todo, en un conjunto de cuentos afines, no metiendo textos de aquí y de allá, al azar, para llenar páginas.

Beatriz Espejo nació escritora, como Borges, Bioy Casares y Arreola, Torri, Azorín y Reyes; nació, y eso se ve a simple vista, hermosa y sensible, fue educada de las mejores maneras y eso también se nota. Es culta y distinguida. Muy pronto, en consecuencia, comenzó a escribir y a mostrar una prosa delicada, de orfebrería, como los bordados finos y delicados de sus relatos. En 1960, cuando mis compañeros no de generación (por razones de talento, ella se vinculó a los que como García Ponce, Juan Vicente Melo e Inés Arredondo arrancaron antes) sino de edad, comenzábamos a borronear cuadernos, Beatriz publicaba y se hacía notar. Tan fue así que las rigurosas antologías llamadas Anuario del cuento mexicano, editadas en la Secretaría de Educación Pública bajo el gobierno de Jaime Torres Bodet, cuando José Luis Martínez y Antonio Acevedo Escobedo dirigían el INBA y el Departamento de Literatura, respectivamente, en 1961 y en 1962, seleccionaron cuentos de una jovencita llamada Beatriz Espejo. En el primero, incluyen un cuento “En mi vigilia”, tomado de La otra hermana, publicado por Cuadernos del Unicornio que manejaba Arreola y en el segundo, uno titulado “Graco el menor”, por cierto dedicado a uno de los grandes maestros de las letras, don Francisco Monterde.

Ya convertida en una escritora de mucho prestigio y respeto, Beatriz publicó una novela: Todo lo hacemos en familia. El libro, bellamente editado por Aldus, tiene una nota en la cuarta de forros que señala con precisión algunos de los hallazgos y aciertos de la autora. Cumple con su cometido de inquietarnos, pero sin duda hay mucho más. Admiro a Beatriz Espejo como escritora, asimismo como la rigurosa académica que es. He asistido a clases suyas y sé de sus profundos conocimientos y, desde luego, de su peculiar estilo para enseñar literatura, buena literatura: con simpatía, cordialidad y sobre todo con amenidad. No aterroriza a los alumnos, poco a poco les va mostrando los secretos de la creación, señala facetas poco conocidas de escritores que admira y ha leído con detenimiento. Por otro lado, he tenido el honor de compartir, con ella y con Guillermo Samperio, formidable cuentista y un hombre agudo, talleres literarios y la he visto criticar con objetividad, estimular, edificar, analizar la obra de jóvenes que con frecuencia insospechada sienten que el toque de Dios fue para ellos solos.

Si mal no recuerdo, conocí a Beatriz Espejo cuando la UNAM era cuna y casa de escritores notables, casi toda la cultura nacional salía de sus escuelas y facultades, de sus oficinas editoriales y de sus áreas de investigación. Era fácil ver en los pasillos de Filosofía y Letras a intelectuales ameritados. Por allí vi a Juan José Arreola, a Agustín Yánez, a Rubén Bonifaz Nuño, a Sergio Fernández, a Emilio Carballido, Carlos Fuentes y a Rosario Castellanos. Era una universidad modesta en cuanto a población y muy respetuosa del arte y la cultura. Los alumnos íbamos de sorpresa en sorpresa. En mi facultad, Ciencias Políticas, escuché a Pablo Neruda leer su poesía, en otro momento Vicente Lombardo Toledano dio una conferencia magistral. En esos días de cine-clubs, conferencias singulares, mesas redondas y una intensa actividad artística y cultural, supe de una revista de mujeres dirigida por Beatriz Espejo: El rehilete. En el número 16, en 1966, publicó uno de mis primeros cuentos, “Hacia el fin del mundo”, que venía de ganar un concurso universitario. Los jurados fueron José Emilio Pacheco, Miguel Donoso Pareja y Edmundo Valadés. De aquellos tiempos viene mi cariño y respeto por una de las mayores escritoras de México, al lado de Elena Garro, Rosario Castellanos y María Luisa Mendoza.

Opinión 2012-05-25 - La Crónica

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