Tantadel

mayo 21, 2012

Carlos Fuentes

Dio una imagen de talento, cultura, inteligencia y cosmopolitismo que pocos le han brindado al país.

Las comunicaciones son ahora veloces e impiadosas: supe del lamentable fallecimiento de Carlos Fuentes en cuestión de minutos, cuando ya en las redes sociales y en los medios en línea la noticia era comentada. Sin ser amigo del novelista, salvo algunos encuentros a comer y tomar un par de copas, pasé del estupor a sinceramente lamentarlo. Carlos era el mayor escritor vivo de México, el que más se había esforzado en dar a conocer su obra en el campo internacional. Fue el mejor representante que tuvimos. Su trabajo y personalidad, su amplia cultura, le abrieron las puertas del mundo, obtuvo infinidad de reconocimientos y premios y aunque no tuvo el Nobel dijo con sentido de la amistad que al ganarlo Gabriel García Márquez, él asimismo lo había recibido.

Los críticos literarios hablan de una obra de altas y bajas. Puede ser. Pero las altas, realmente lo son y las bajas son novelas dignas. Cuentista en el inicio, Los días enmascarados, dio un prodigioso salto a la notoriedad y al más notable éxito con La región más transparente, Aura y La muerte de Artemio Cruz. Los demás libros fueron ladrillos en un muro prestigioso e inalcanzable. Nadie como Carlos Fuentes supo representar la modernidad del país y escasos defensores tuvimos como nación en el extranjero, principalmente en EU. Dio una imagen de talento, cultura, inteligencia y cosmopolitismo que pocos le han brindado a un país con exceso de intelectuales y artistas sobrevaluados. Novelista, cuentista, ensayista, dramaturgo, analista político, era un hombre crítico.

Vivió con intensidad y jamás dejó de escribir. Sus palabras sacudían a México para bien o para mal. Como otro escritor notable, Mario Vargas Llosa, no pudo marginarse, como lo hizo de muchas maneras Alfonso Reyes, de la fascinación política. Aquí tuvo caídas porque los tiempos actuales son confusos y perversos. Sin duda fue cercano al poder, trabajó para el PRI y en especial para Echeverría, quien lo hizo embajador en Francia. Renunció cuando Díaz Ordaz fue representándonos a España. El novelista no cabía donde estaba un hombre manchado de sangre. Al declinar este partido siguió a ex priistas como Camacho y Ebrard, suponiéndolos una “izquierda moderna”.Vivió como canción de Paul Anka, cantada por Frank Sinatra, a su manera. Era imbatible, un viajero formidable que asombraba públicos de las más diversas nacionalidades y en todas defendía posturas progresistas y hacía señalamientos ácidos a la política exterior estadunidense por sus escasas luces sobre América Latina. Es posible decir que fue una lúcida conciencia en las últimas décadas. No era infalible y a veces cometía alguna pifia, pero su brillantez y agudeza fueron parte de los grandes debates intelectuales. A pesar del distanciamiento que tuvo con Octavio Paz, otro hombre de ideas, polémico y aguerrido, asimismo cercano al poder, en este caso a Salinas y Zedillo, no lo sacó de su lista de personas admirables; lo respetaba, así nos lo comentó a Raúl Cremoux y a mí durante una comida amable y larga. No fue personaje de pugnas personales, su grandeza daba para más; debatió ideas y proyectos. Estaba absorto, como Balzac, creando su propia comedia humana, pero se daba tiempo para sumarse a las batallas políticas de su época, no siempre con los mejores resultados.

Falta espacio para hablar de su inmensa obra y su andar político. Como es normal, tuvo severas influencias literarias y muchos lo acusaron, como a Paz, de plagio, aunque el tiempo y la desmemoria dejaron de lado la sospecha. Sí, fue un mexicano formado para el éxito universal. Los demás son de prestigio local, aunque por ahora parezcan portentos. Cuando supe de su intempestiva muerte recordé al adolescente asombrado que en 1958 fue a pedirle que le autografiara su ejemplar de La región más transparente, libro que se conserva en el Museo del Escritor.
Excelsior - 2012-05-20

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