Tantadel

mayo 18, 2012

Juan Rulfo, unos recuerdos

Cuando estudiaba a Francia, comencé a viajar por Europa, las personas que conocía preguntaban por Juan Rulfo. Lo mismo en París, Madrid que en Lisboa. En la Sorbona fui invitado, y esa fue mi primera conferencia en una institución extranjera, a platicar sobre Pedro Páramo. Los asistentes inquirían sobre la obra y el enigmático autor. Pero no era novedad, ya había escuchado a escritores que no llegaban a la fama todavía, como Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez, hablar del asombro que les produjo leer Pedro Páramo, mientras que intelectuales de la talla de Henrique González Casanova y Ricardo Pozas hablaban de su genio y amigos entrañables, de entre los que menciono a Juan de la Cabada, Andrés Henestrosa y José Revueltas, señalaban su impresionante forma de dominar la narración, sus imágenes suaves y originales, sus estructuras siempre diversas, memorables. Y Jorge Luis Borges, en exceso severo, reconocía el talento de Rulfo. Las leyendas comenzaron: unos decían que Pedro Páramo era al principio una farragosa novela de unas quinientas páginas que Alí Chumacero y José Luis Martínez ayudaron a desbrozar. El primero me confirmó el apoyo, el segundo optó por el silencio.

En 1958 leí a Rulfo por vez primera y lo conocí en 1965 a través de la beca del Centro Mexicano de Escritores, donde los mentores eran Juan José Arreola, Francisco Monterde y el propio Juan Rulfo. Fueron algunos de mis mejores maestros de literatura. La mía era una generación inquieta que denominaron de la Onda, nombre que se ha conservado a pesar de nuestro rechazo. Para mí era un sueño tratar al autor de cuentos magistrales que me estimularon a escribir. Por ser un autor citadino, eminentemente urbano, con tendencias a la literatura fantástica, me sentí siempre más cercano a Juan José Arreola. Con nosotros fundó la que sería su última gran revista: Mester. Pero conseguía comunicarme bien con Rulfo, un enorme lector, profundo conocedor de las mejores novelas, que no acostumbraba alardear su cultura. Era reservado y de apariencia tímida. Hablaba sólo cuando era necesario y de pronto era capaz de lanzar dardos muy afilados.
Alguna vez Fernando Benítez me mandó entrevistarlo, no fue fácil. Pensé que lo sería porque lo veía todos los miércoles por la tarde y a veces solía acompañarlo a su casa. Le pedí la entrevista y él aceptó. Me contestó con monosílabos o frases pequeñas. Cuando le mostré a Benítez el resultado, desdeñoso dijo: No sirve, hay más preguntas que respuestas.

Pero lo importante es que Rulfo me tenía alguna deferencia, al menos me aceptaba, no era igual con mis compañeros generacionales, con José Agustín, por ejemplo, tuvo encontronazos severos, donde, claro, mi amigo salió más lastimado. Alguna vez, tomamos un café y le dije que no tenía ningún libro suyo firmado. Sonrió. Más adelante me regaló una hermosa fotografía, donde él aparece de medio cuerpo, con esa mirada triste que le vi en el Instituto Nacional Indigenista. La firmó afectuosamente, hoy es parte del acervo del Museo del Escritor.

La obra de Juan Rulfo realmente se limita a dos libros. No necesitó más para ganarse un lugar de altísimo rango en la literatura universal. Quizá por ello era severo con los jóvenes, nos pedía más rigor y menos páginas. Cuando murió, estaba yo al frente del suplemento cultural de Excélsior. El director me dio la orden de cubrir la nota. Apareció no en El Búho sino en las páginas de la primera sección, señal de la importancia del suceso.

Los tiempos han cambiado y como afirma Mario Vargas Llosa en su obra La civilización del espectáculo, los literatos son menos apreciados que en el pasado. La alta cultura ha sido sustituida por el entretenimiento y el show. Sin embargo, a pesar de que nuevas figuras han aparecido y los buenos libros importan menos, el mundo de Rulfo sigue impresionando. Sus tramas inteligentes, sus personajes inolvidables, su prosa justa y renovadora, la temática rural que él llevó a sus más altas consecuencias, nos obligan a seguir leyéndolo. Multitraducido, elogiado por severos críticos nacionales e internacionales, incluido en rigurosas antologías y llevado a la cinematografía, Rulfo continúa vigente. En vida la fama lo abrumó, lo aterrorizó, podría decirse. A diferencia de su amigo y paisano Juan José Arreola, a quien la fama, el éxito, le iban bien, a Rulfo parecían incomodarlo.

Conmigo no fue severo, pero alguna vez, irritado, señaló inconsistencias en un cuento mío. ¿Cómo pueden juzgar legalmente a unas ratas por haber devorado la cosecha? Es imposible. Me sorprendió el comentario de quien hizo hablar a los muertos. A la semana siguiente, la nota graciosa de los diarios era que en Iztapalapa habían detenido a un burro por invadir propiedad privada y luego puesto en libertad por falta de méritos. Recorté la nota y se la llevé. La leyó y dijo: René, está claro: la realidad supera a la fantasía.

En lo personal, su ayuda fue valiosa, gracias a él di con autores que han sido importantes en mi vida de escritor. Seguirá llamándome la atención el recuerdo de un hombre notable que parecía ignorar su fama, su peso en las letras universales.

Opinión 2012-05-18 - La Crónica

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