Tantadel

junio 06, 2012

Héctor García, el último de los grandes

La muerte de Héctor García me trajo dolor y un sinnúmero de recuerdos gratos, espléndidos. Artista sin par, cuando le preguntaban su técnica para obtener fotografías perfectas, sorprendentes, donde las inquietudes sociales se combinaban misteriosamente con la estética, se limitaba a decir con su gran sentido del humor: Es el método de Francisco Villa: primero disparo y luego averiguo. Nada más falso, era una buena broma, nadie como él para saber el momento adecuado de tomar la foto: la luz y las sombras, el movimiento, el gesto… Mis recuerdos de Héctor, siempre modesto y sencillo, sin percatarse de su talento genial, proviene, pienso, desde siempre. Cuando me asomé al mundo cultural, él ya era una enorme figura, un hombre reconocido y laureado. Buen conversador, era respetado y querido en todos los ámbitos sociales. Alguna vez, hace casi cuarenta años, en la inauguración de una librería del Fondo de Cultura Económica, estábamos Rubén Bonifaz Nuño y yo. Héctor se acercó y nos saludó para de inmediato sacar una pequeña cámara que utilizó para retratarnos. Al ver eso, los demás fotógrafos, casi todos del montón, comenzaron a disparar sus flashes sobre nosotros. Al concluir la sesión, nos pidieron nuestros nombres. Sorprendido, pregunté: Si no saben quiénes somos, ¿por qué nos retrataron tantas veces? Por una razón, respondieron casi a coro: porque ustedes dos son los únicos de traje y corbata. Héctor festejó el suceso con sus consabidas ironías.

Durante una época, sin duda una de las mejores de nuestra larga amistad, Dionicio Morales, Carlos Bracho y yo solíamos recorrer cantinas y restaurantes sórdidos. Las conversaciones eran estupendas. Héctor era un perfecto cronista de la vida cultural y popular de México. Mientras platicábamos, cada tanto, sacaba su cámara y tomaba fotografías. Me parece que algunos de los mejores análisis sobre el trabajo de Héctor García fueron justamente del poeta Dionicio Morales, quien en libros, prólogos y ensayos dejó una completa biografía del artista. Cito algunos libros: Camera oscura, 1994, Universidad Veracruzana, Héctor García, fotógrafo de la calle, Conaculta, 2000, y Chiles verdes, UAM-X, 2007. Esta última obra es en realidad una especie de autobiografía recopilada y prologada por Dionicio, quien solía decirle al artista: “Tú niegas la idea de que una foto vale más que mil palabras, puesto que además de escribir con luz, has utilizado las palabras para escribir de tu arte y tu vida”.

Cuando cumplí treinta años como escritor, Bellas Artes y otras instituciones educativas como la UNAM y la UAM, me hicieron algún reconocimiento. Bellas Artes y otras dependencias culturales lo extendieron a otros escenarios. Recuerdo una mesa redonda sobre mi literatura en Tampico, en un hermoso teatro. Entre amigos como Sebastián, Dionicio Morales, Griselda Álvarez, Eugenio Aguirre, Saúl Juárez y Bernardo Ruiz, donde todos, como es natural en esos casos, hablaban de mi trabajo, de pronto Héctor García dijo: ¡Basta, no quiero oír ni hablar más sobre René, llevamos varios homenajes, suficiente, voy a hablar de mí! Y lo hizo ante nuestra sorpresa. Por más de media hora contó la forma en que llegó por vez primera a EU, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y lo bien que le iba con las mujeres, ya que los hombres estaban en el frente.
La última vez que lo vi fue durante el festejo de su cumpleaños anterior a su muerte, en su casa. Estaba delicado, débil, en silla de ruedas, pero haciendo planes para su fundación y su legado. Como siempre, a su lado estaba María, atenta a su salud. Yo repetí una vieja broma: De acuerdo, Héctor es un genio, pero a mí las mejores fotografías me las ha tomado su esposa. No pensé que lo veía por última vez cuando me despedí con la promesa de un nuevo encuentro. Al final, los sitios donde solíamos vernos eran en su casa o en la mía, donde todavía tenía humor para sus anécdotas estupendas y sus relatos de cómo y en dónde había conseguido tal o cual fotografía genial. A veces iba a platicar con mis alumnos de la UAM-X, pero ya debilitado por los males físicos, no pudo ir más.

Su muerte fue dolorosa no sólo para sus familiares, lo fue para el país entero al que le dedicó su arte y su vida, para sus amigos y admiradores. Lo curioso es que muchas veces encontramos fotografías notables y no sabemos que son suyas. Nunca buscó la fama a pesar de tenerla, de haber conseguido premios nacionales a montones. Su sencillez era proverbial y se daba de manera espontánea, natural. Su talento y cordialidad, su generosidad y sentido de la amistad, le abrieron puertas, pero no las necesitaba, le era suficiente recorrer ciudades y campos para encontrar lo que su infaltable cámara le exigía: fotografías perfectas, de notable belleza. Retrató todo lo que estuvo a su alcance, desde campesinos y niños famélicos hasta rostros de actrices deslumbrantes, intelectuales y artistas. Nadie le fue ajeno. Su esfuerzo estético fue para captar el complejo rostro de México.

Si fuera creyente, lo imaginaría en el Cielo buscando nuevos ángulos de las contradicciones en el reino celestial. No podía estarse quieto, sin disparar su cámara mágica.

Opinión 2012-06-06 - La Crónica

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