Tantadel

junio 29, 2012

México en su laberinto

Los candidatos:
Enrique Peña Nieto, Josefina Vázquez Mota, Gabriel Quadri de la Torre y Andrés Manuel López Obrador.



De cara a los comicios presidenciales del 1° de julio, los candidatos prometen un paraíso remoto, pero ninguno explica cómo llegar a él.
Por René Avilés Fabila

Muchos pensamos que la alternancia ocurrida en 2000 sería el ingreso a una vida democrática y a una lucha de partidos con proyectos políticos de altura. Sin embargo, montados en penosas tradiciones históricas, los mexicanos hemos postergado la entrada a la modernidad y mostramos renuencia a darle al país un impulso decisivo que nos aleje de gobiernos autoritarios o incapaces, donde instituciones serias y responsables puedan brindarle a la sociedad lo que desea: tranquilidad económica, democracia y seguridad social. Pasamos de un partido único autoritario a un pluripartidismo vergonzoso con la complicidad ciudadana que vive bajo el control permanente de una partidocracia que suele limar sus diferencias con tal de mantener su predominio.


Hasta hoy, ningún partido de los más significativos está en posesión de una ideología, acaso una muestra de que todas han fallecido de inanición y vamos en pos del peor lugar en la globalización neoliberal que oculta un capitalismo salvaje que no acaba de solucionar las contradicciones. En México, las llamadas "izquierdas" realmente están, como la derecha representada por el PAN, buscando el centro, los cero grados de la política, según el politólogo francés Maurice Duverger. El PRI, en este contexto, desde hace décadas suele colocarse en la misma tesitura. Si escuchamos a los candidatos, no solo en los debates sino también en su diario parloteo, podremos percatarnos de que sus propuestas coinciden: buscan un poco más de justicia social, menores desigualdades, una mejor repartición de la riqueza, un poco más de democracia, así, en modestas dosis. El PRD de López Obrador más que el de Cuauhtémoc Cárdenas, tuvo su etapa de radicalismo y antes que adoptar un socialismo no muy severo, prefirió hacerse dueño de un populismo francamente ramplón, a base de dádivas que le funcionó por un período. Ahora, el dirigente tabasqueño busca el cobijo de quienes detestaba (los empresarios de más éxito) y les formula a través de sus asesores cautelosas promesas, lo mismo que hacen el PAN y el PRI.

La miseria política es evidente. Si la nación tuvo signos de cierta grandeza, si las artes florecieron y la economía avanzó con paso decidido para ocupar un lugar destacado entre los países emergentes, hoy no es así. La pobreza es muy amplia y la riqueza está concentrada en unas cuantas manos. Los políticos tratan de quedar bien con ambas fuerzas y sus resultados son magros. El Estado ha perdido parte destacada de sus funciones convirtiéndose en una eficaz maquinaria constructora de desempleados y comercio informal, donde las leyes son solamente citadas, no aplicadas. Tampoco se nota capaz de sortear satisfactoriamente la guerra declarada contra el crimen organizado y el narcotráfico. La falta de acuerdos inteligentes y serios de los partidos confirma el estancamiento generalizado. Somos un escenario grandioso donde sindicatos con dirigentes eternos y corruptos, estudiantes sin futuro, partidos convertidos en negocios familiares y políticos demagógicos que protegen de diversas maneras el lodazal, luchan con fiereza entre sí.

Un grave problema ancestral es sin duda el caudillismo. En la época del PRI, partido que nace justamente para superarlo, el sistema le concede al presidente de la República una fuerza excesiva a través de la Constitución y de poderes históricos nacidos desde antes que dos mundos chocaran hace más de cinco siglos, ambos autocráticos: el indígena y el europeo. El presidente era omnipotente y su peso tan elevado o más que el de la Iglesia católica.

Dominaba, subyugaba a los poderes restantes. Hoy el caudillismo se da en los partidos: Cárdenas lo fue en el PRD, su sitio ahora lo ocupa López Obrador. El PRI resucita merced a Enrique Peña Nieto, y el PAN intenta sostenerse y superar el tremendo desgaste de dos gobiernos lamentables, con una mujer que trata de convertirse en una dirigente cuya fortaleza supone está en las muchas mujeres mexicanas, aunque hace llamados a que se sumen jóvenes, varones y viejos. Josefina ha transitado del discurso cursi de autoestima al golpeteo violento a sus rivales. Es una suerte de Evita sin Perón. En tal sentido es más cercana a Margaret Thatcher, incluso lo ha probado al elogiar a Pinochet o al establecer vínculos con Mariano Rajoy. A su vez, los mexicanos no buscan ideas o ideologías, nunca lo han hecho, salvo algunas minorías, quieren salvadores, líderes mesiánicos, siempre están esperando a alguna figura todopoderosa y milagrosa que nos saque del atraso. Josefina está lejos de ello, ha probado su incapacidad como estadista.

Luego del segundo debate y de una campaña ofensiva por la cantidad de lugares comunes, actos frívolos, mentiras, intercambio de insultos y multitud de acusaciones, el país está preparado, casi catatónico, para acudir a las urnas todavía con un elevado número de votantes indecisos. AMLO ha perdido glamour, le quedan sus viejos fanáticos; produce repulsa y su resurgimiento fue efímero merced a la accidentada caída de Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana, donde una perversa maniobra perredista desató un ingenuo movimiento sin otra bandera que el antipeñismo. Es decir, si pierde el priista, la causa se agota, si triunfa, se diluirá entre los vericuetos de un sistema presidencialista que conserva el control de las instituciones. El Ejecutivo tiene en sus manos infinidad de mecanismos de fuerza. Mal manejados, pueden ser peligrosos para la naciente democracia. Es cierto, el PRI que regresa, por más que venga acompañado por muchos de los personajes célebres por su autoritarismo y corrupción, se topará con una sociedad distinta a la que perdió de vista en el año 2000, cuando un modesto ranchero parlanchín lo derrotó.

A estas alturas y a escasos días de las elecciones, Peña Nieto mantiene ventaja sobre sus rivales. Los golpes no lo han acabado, ha sabido mantenerse de pie. El cambio de López Obrador de caudillo mesiánico a dirigente "amoroso" a nadie convenció, ni siquiera a él, quien de nuevo está con su habitual rudeza y autoritarismo que bien le conocen sus cercanos. El segundo lugar, en consecuencia, está indeciso, lo pelean el PRD, sus aliados, y el PAN al que Josefina Vázquez Mota ha fortalecido en un segundo y rabioso aire. AMLO se anticipa: de nuevo habla de fraude, pronostica movilizaciones, culpa a la "mafia del poder" que ya le robó una elección; sus enemigos son temerosos y no temibles, hasta el duopolio televisivo está pendiente de sus críticas y exigencias. En ocasiones se llega al ridículo: un hombre mal armado intelectualmente, de una asombrosa pobreza cultural, ha logrado doblegar fuerzas mediáticas altaneras y hasta poner a su servicio a diarios y agencias extranjeras. Lo rodea un séquito de intelectuales orgánicos no al modo previsto por Gramsci, sino dedicados a seguir a un caudillo populista que ha tenido la capacidad del flautista de Hamelin: atraerlos al desbarrancadero.

De ganar Peña Nieto, habrá conflicto poselectoral y si triunfa López Obrador, habrá venganzas. Si los panistas piensan en el voto útil para mitigar su rencor al PRI, no han imaginado lo que les aguarda, considerando que Calderón y los suyos han desecho al país y sobre el presidente pesan acusaciones legales por su guerra contra el crimen organizado donde han muerto inocentes. Esto, sin contar que lo considerarán usurpador o ilegítimo para siempre. Pero Vázquez Mota le ha dado nuevos bríos al PAN e invertido los papeles al llamar a priistas y perredistas de base a recurrir al voto útil en su favor. De allí que Calderón haya introducido una nota discordante en pleno segundo debate y sin extrañamientos de un IFE débil y titubeante. No obstante, son más los que le llegan a ofrecer su apoyo a Peña Nieto, prevenientes tanto del PAN como del PRD.

No es sencillo suponer que AMLO aceptará la derrota, está preparado más para ella que para la victoria. Pero si el triunfo de Peña Nieto es claro, a pesar de las protestas de los sectores dogmáticos y radicales, México podrá buscar la manera de solucionar sus problemas, curar sus heridas y recuperar el terreno perdido. El panorama es complejo, sin embargo podría lograrlo si la sociedad reacciona y presiona. La pregunta es hacia dónde querrá ir. México no es una democracia o es una muy peculiar. Los mexicanos estamos divididos y llenos del rencor y odio que los partidos de una forma u otra nos han inoculado en grandes dosis. Por ahora las próximas elecciones son un laboratorio, un ensayo general. Confiemos en que seguirá un período de madurez y estabilidad. Las sociedades no votan ya ideológicamente, lo hacen pensando en la situación económica que las rodea. Francia ayer fue de la derecha, hoy es de la izquierda socialista. España es una monarquía impuesta luego de la noche franquista que transita con facilidad del gobierno socialista al conservador. ¿Esto es una lucha ideológica tradicional, como la que veían los marxistas de antaño? No. Son otros los valores que están en juego y en México son una incógnita. Ninguno de los candidatos ha hablado del Estado de bienestar o de una sociedad comunista como la cubana. La socialdemocracia no es opción mexicana. La lucha de clases fue sustituida por dádivas a pasto. Tampoco han explicado de qué manera enfrentarán el riesgo del crimen organizado. Con simpleza ofrecen empleo pleno y dinero en abundancia merced a los recortes de salarios de la burocracia y a la atracción de capitales extranjeros que lo piensan ante la inseguridad. Prometen un paraíso remoto y ninguno explica cómo se llega a esa situación, a esa nueva utopía sin eje ideológico, sólo guiados por la necesidad de prosperidad. México está en una encrucijada real y desconoce el camino adecuado para salir del laberinto.

Newsweek 28-06-2012

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