Tantadel

junio 10, 2012

Philip Roth, premiado

Confío en que Philip Roth pronto reciba el Nobel, es un clásico real y prueba que sigue existiendo la gran literatura.

Me duelen tres muertes: en México, Héctor García y Arturo Azuela; y en Marte, Ray Bradbury. A cambio, obtengo una excelente noticia: el escritor norteamericano, Philip Roth, recibirá el Premio Príncipe de Asturias, en cuyo caso, lo acerca al mayor reconocimiento que un escritor pueda recibir, el Nobel. Este notable autor nació en New Jersey en 1933. Fue por años profesor de literatura inglesa; pero la fama le llegó, no como académico, sino como novelista. Quizás El lamento de Portnoy sea su obra más famosa, pero ninguna de las escritas por él ha sido ignorada por la crítica y el éxito. Ha conquistado grandes premios norteamericanos, entre ellos el Pulitzer, un galardón de hecho consagratorio que en su momento obtuvieron Hemingway, Faulkner y Truman Capote.

Dos de sus novelas me deslumbran y las uso en mis clases: Me casé con un comunista y El animal moribundo. Esta última cuenta la vida amorosa de un profesor. La historia puntual de sus pasiones, las que han sacudido su mente y su organismo. Cualquiera que haya dado clases en una universidad sabe de las posibilidades de que una joven se enamore de sus conocimientos o de su obra o de su personalidad o de todo ello junto. El profesor de literatura de Roth tiene una cualidad más: es un entusiasta de la música y un aceptable pianista, cuyo placer es interpretar las sonatas de Beethoven. El maestro de literatura es soltero, divorciado y tiene tácticas de combate amoroso, que resultan para la mentalidad norteamericana, avanzadas. Por ejemplo, no se vincula con las mujeres sino hasta el final de sus estudios para evitar la acusación de acoso sexual y que ellas tengan mayor experiencia. Como amante es insuperable, su experiencia y capacidad de aceptar lo novedoso, lo diferente, lo hacen un hombre sumamente atractivo a los ojos de las estudiantes.

El centro de acción, entonces, no es la universidad, sino su propia casa a donde suele llevar a las jóvenes para hacer el amor. Allí despliega su cultura y sus conocimientos musicales: “Fuimos a mi piso y ella me pidió que pusiera música. En general, le ponía música fácil: Tríos de Haydn, la Ofrenda musical, movimientos dinámicos de las sinfonías de Beethoven, adagios de Brahms. Le gustaba en especial la Séptima de Beethoven, y en veladas sucesivas cedía en ocasiones al impulso irresistible de levantarse y mover los brazos juguetonamente, como si ella y no Berstein estuviera al frente de los músicos.”
Se trata, en principio, de una obra erótica, totalmente salpicada y enriquecida por la música. Y si uno es capaz de imaginar el departamento en penumbra del profesor David Kepesh, lleno de libros y obras de arte y allí a la pareja escuchando a Mozart, la obra podrá ser disfrutada con más intensidad.

La novela está imaginada como historia de amor, pero los asuntos contados en sus páginas están rodeados de elementos musicales que son importantes en el libro, el autor lo concibió de esa forma, para leerlo imaginando también las notas de Chopin o de Schumann dentro de los párrafos. No sólo se trata de un intelectual maduro recordando sus pasiones, sino que ese hombre y las mujeres jóvenes que lo amaron aumentan en dimensión y estatura, merced a una prosa memorable.

El animal moribundo tiene una peculiar concepción, la audacia de vincular el amor y el sexo con la literatura y la música, un logro y una aportación de Roth. No es lo esencial, quizá no era una meta que se había propuesto el autor, que únicamente quería contar una historia de amor-pasión con Consuelo, pero las exigencias de la escritura llevaron la historia a un punto donde era necesaria la intervención de la música, sin ella, no hay amor posible. La novela hubiera perdido fuerza por más que las partes eróticas lograran conmover al lector.
Confío en que Philip Roth pronto reciba el Nobel, es un clásico real y prueba que sigue existiendo la gran literatura.

Excelsior 2012-06-10

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