Tantadel

junio 20, 2012

¿Qué significa cambio para los mexicanos?

De pronto hay palabras que parecen indicar mucho pero en el fondo están huecas. Una de ellas es “cambio”. No hay quien deje de utilizarla, con uno u otro sentido. Como los políticos miran las inquietudes sociales y las exigencias de los medios de comunicación, suelen recurrir a dicha palabra, una y otra vez, obsesivamente. Así fue con el término “revolución”, hasta que se deslavó por completo. La acariciaban los priistas y los ex priistas, los comunistas, los perredistas. Hoy a nadie se le ocurre usarlo. Prefieren “cambio”, es más elegante, menos agresivo y apenas eficaz.

El cambio lo quiere Enrique Peña Nieto, lo exige López Obrador, lo solicita Vázquez Mota y hasta Quadri llega a mencionar la necesidad de llevar a efecto una transformación. En consecuencia, es una exigencia mediática y social. Todos pedimos cambios. El país los requiere. Es un verbo que conjugamos a diario, como lo hizo con “madrugar” el escritor Martín Luis Guzmán. Sólo que en este soberbio narrador había ironía. Entre los mexicanos actuales “cambio” refleja desconcierto. Los jóvenes recurren a la palabreja para demostrar su insatisfacción y al mismo tiempo la ausencia de proyecto político. Intuyen que las cosas están mal y deben cambiar. ¿Cómo? Habrá que descubrirlo. El antipeñismo como causa hasta hoy, faltando menos de dos semanas para las elecciones, no es suficiente. En el extremo caso de que apareciera el Aburto que demandan los jóvenes más cercanos a López Obrador, qué ocurriría. La historia es dura maestra. Luego del atroz asesinato de Luis Donaldo Colosio, no ganó Cuauhtémoc Cárdenas, sino un priista gris, mediocre, que hoy vende su información privilegiada a empresas trasnacionales: Ernesto Zedillo, y lo hizo de manera contundente.

Recordemos que los cambios van en doble sentido: los hay positivos y existen los negativos. Ejemplo de lo primero es el triunfo del socialista marxista Salvador Allende, de lo segundo, es el crimen que cometió el ejército chileno encabezado por Pinochet contra Allende y miles de chiles masacrados en cárceles y calles. Así que debemos ser cautelosos cuando pedimos cambios. Sobre todo al tener al frente un panorama lamentable: candidatos que apenas convencen y carecen de las características de los grandes estadistas. Josefina gana: ha resumido su ideario político social en una expresión memorable: no le hagan cuchi cuchi a sus maridos. No quiero ni puedo imaginarla en Los Pinos dirigiéndose a la nación con tales palabras.

Ahora, los jóvenes que han emergido de las universidades privadas y han contagiado de ardor revolucionario a los de las universidades públicas, quieren un cambio: la derrota aplastante de Enrique Peña Nieto; lo odian, manifestaron algunos con pancartas y apedreando su camioneta. De acuerdo, y si pierde las elecciones, ¿qué sigue para su movimiento? Imagino que no mucho, ya cumplieron su objetivo principal. Pero lo más grave es que teniendo la historia reciente a la mano, no vean en el verbo cambio algo de fondo. Ninguno de los cuatro candidatos ofrece o promete una profunda transformación del país. La estructura queda igual dentro de sus proyectos, en consecuencia, si hemos leído a Marx, la superestructura no sufre ninguna modificación. La economía de mercado que en muy buena parte es culpable de nuestros males, queda como está, y eso lo garantiza el Fondo Monetario Internacional, EU y la Comunidad Europea con sus vaivenes. Vimos a los candidatos hacerle promesas al vicepresidente de EU, a los empresarios y los banqueros que son sagrados, a los sacerdotes de por lo menos dos religiones y, desde luego, a todos los mexicanos. Peña Nieto, Vázquez Mota, López Obrador y Quadri prometieron de muchas formas la conservación del capitalismo que nos rige con todos los factores reales de poder. Pero por el contrario, ofrecieron comprar mucha pintura, cemento y toneladas de despensas para paliar las injusticias sociales, las contradicciones que padecemos.

No basta eliminar a Peña Nieto, López Obrador ofrece exactamente lo mismo pero con sigilosa perversidad y haciéndonos creer que él sí es el “cambio”, cuando todos sus colaboradores, incluido él mismo, son tránsfugas del PRI y como tales actúan: cambios, de acuerdo, pero no muchos ni profundos. En el mejor de los casos se trata de parchar al ruinoso edificio que habitamos. Romper el sistema económico, social y político imperante es otra cosa, y eso nadie lo quiere. Si uno analiza el historial de quienes proponen el cambio por el lado del PRD, se verán frustrados. Es más de lo mismo con la habilidad tortuosa de un caudillo apenas letrado, de ocurrencias, dádivas y actos de autoritarismo. Todos los candidatos mienten, sólo que él lo hace mejor. Lo grave es que sus fanáticos le creen. ¿Cuál es el cambio que desea, en qué radica, en los trenes balas, en la repartición de los sueldos de la alta burocracia? Es una bobería: sólo conseguirá que nos gobiernen los peores elementos de la administración pública y se genere mayor corrupción.

Hay que pensar con cuidado cuál es la modernización que el país requiere. Qué modelo económico necesitamos. No es suficiente estar indignado, hay que respaldar el malestar con un proyecto serio, liberador, que permita una metamorfosis seria y honda de la estructura económica y política.

Opinión 2012-06-20 - La Crónica

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