Tantadel

julio 16, 2012

El odio al PRI

De las trampas que el PRD, monstruosa criatura hecha por ex priistas, le puso a Enrique Peña Nieto, la que mejor funcionó fue en la Universidad Iberoamericana. Allí afloró algo que muchos desconocían: el odio de los jóvenes por el PRI y, en consecuencia, por su candidato presidencial, al que las redes sociales han convertido en golpeador de mujeres, asesino y ladrón, sin aportar datos consistentes. Basados en el infundio nacido de una acumulación de aversiones. Yo, por ejemplo, padecí el peor PRI, el que en 1968 reprimió con brutalidad a los estudiantes. Sobreviví a la noche del 2 de octubre en Tlatelolco por la solidaridad de los vecinos que me protegieron cuando huía de los disparos de policías y soldados. La censura se cebó dos o tres veces en mi trabajo periodístico iniciado en 1963 y como militante del Partido Comunista padecimos una constante vigilancia que obligaba al clandestinaje y a la histeria de sentirse perseguido. El presidente en turno era intocable; ahora, dice con tino Ignacio Trejo Fuentes, cualquier pelagatos puede mentarle la madre sin que algo suceda.

En suma, mi vida entera luché contra el PRI. Hay hemerotecas para comprobarlo y hasta bibliotecas para hallar libros míos como Los juegos, 1967, y El gran solitario de palacio, 1971. Cuando se desintegró el Partido Comunista opté por no sumarme a las siguientes organizaciones que le siguieron, ninguna era marxista. Cuauhtémoc Cárdenas me invitó a formar parte del grupo que crearía el PRD. Decliné, allí veía una mezcla peligrosa para el pensamiento izquierdista. Por donde me asomaba veía los rostros rencorosos de ex priistas que habían fracasado en sus carreas políticas dentro del partido donde se formaron plenamente.

Hice campaña y voté por Cárdenas. Pero luego de su triunfo en el DF vi que el PRD era en efecto una riesgosa mescolanza de politiquillos ladrones salidos de cloacas de apariencia social y de ex priistas que iban por la revancha. Mi rechazo por el PRD lo consolidaron Rosario Robles y el entonces delegado de Tlalpan, Salvador Martínez, alias El Pino, quienes, ante sus arbitrariedades y despotismo me convencieron de que el partido de Cárdenas estaba pasando a las peores manos. Ahora recuerdo a Rosario Robles criticando con acritud al PRD cuando a un grupo de vecinos tlalpenses que protestábamos contra los ambulantes y la corrupción cínica, nos gritó afirmando que no toleraría “campañitas contra su partido”. Sonrío ahora que elogia a Peña Nieto en vista de que ya tiene un cargo asegurado en su gobierno, mientras que hace “campañitas contra su partido” en los medios de comunicación.

A un grupo de alumnos que me decían son 70 años de dictadura y de atrocidades, respondo: de acuerdo, yo los padecí, ustedes no. Pero también construyeron todas las instituciones sobre las que se han montado panistas y perredistas y para colmo sus vicios y defectos son los mismos, quizá menos en el PAN. ¿Dónde dejarían el memorable gobierno de Lázaro de Cárdenas, el de López Mateos que construyó una política exterior seria y progresista y elaboró el libro de texto gratuito, o el de Miguel Alemán, que hizo la Ciudad Universitaria? Defectos y virtudes, ¿cómo pesarlos y balancearlos? En materia educativa, cultural y médica, el PRI, con sus respectivos cambios de nombre, supo edificar. Falta, claro, así es México, el lado oscuro de sus gobiernos, las inmensas corruptelas hechas al amparo del poder, el autoritarismo que algunos como Miguel de la Madrid apenas utilizaron y que Díaz Ordaz y Echeverría y López Portillo elevaron casi a rango constitucional.
Cuando aparece Peña Nieto, no se nota su juventud y sus posibles buenas intenciones, se ve únicamente al PRI que representa y un historial mal analizado que hoy nada más conserva sus atrocidades como el asesinato de la familia Jaramillo, o el encarcelamiento del genio Siqueiros o de un escritor formidable José Revueltas. Peña Nieto no supo o no quiso aclarar que había no sólo un nuevo PRI, sino que la sociedad ha cambiado enormidades y no permitirá más sus excesos. Cuando lo dijo, era tarde. Le queda entender la historia, quitarse de encima compromisos estériles, reflexionar en los campos ideológicos existentes y cambiar las siglas malditas, PRI, las que son una ofensa real. Calificar a alguien de priista es sinónimo de trapacería y corrupción. No importa que los primos hermanos, los perredistas y todos los dirigentes egresados de esa fábrica de perversiones sean peores.

Es comprensible que el país esté revuelto: el PAN hizo mal la transición, el PRD es un partido de agitadores callejeros sin más proyecto que apoderarse de Los Pinos y allí ver qué sigue. En lo personal dudo que Peña Nieto, tan rodeado de dinosaurios, sea capaz de hacer lo que otros mandatarios han realizado: refundar el PRI, quitarle ese nombre, dotarlo de ideas y proyectos y, sobre todo, arrepentirse del pasado perverso y explicar sus creaciones perdurables. No lo hará. El monstruo supone que con estas elecciones es suficiente y que bajo presión severa hará un buen gobierno. Para desarmar a sus muchos enemigos, algunos violentos como López Obrador y su brazo “guerrero”, el #Yosoy132, los priistas requieren someterse a cirugía mayor y eso es una tarea imposible para ellos.

Opinión 2012-07-16 - La Crónica

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