Tantadel

julio 15, 2012

El último caudillo

El proceso fue turbio, pero para mancharlo AMLO contribuyó en exceso.

Los caudillos por lo general tienen un trágico final. Para empezar tienden a la acumulación y permanencia en el poder y eso les produce una inmensa carga de soledad: donde gobiernan no tienen pares, no existen contrapesos. Su fuerza es única. No tienen con quién hablar, cuentan, eso sí, con personas que los escuchan y obedecen. Hasta allí. Por eso invariablemente he imaginado a Dios solitario: no hay nadie superior a él. Los tiranos en cambio, al morir provocan gozo y hertedan pésimos recuerdos. En México, Porfirio Díaz; en Alemania, Hitler; en Rusia, Stalin; Franco en España; Pinochet en Chile. Pero hablamos de caudillos que tuvieron un poder absoluto. Suelen ser autoritarios y ambiciosos desde el principio. México consiguió una hazaña política: luego de la Revolución legalizó el caudillismo, para que los líderes no lucharan más entre sí. La nueva clase política inventó el presidencialismo, consecuente con nuestra tradición antidemocrática. Hubo un ligero avance: eran caudillos sexenales. Seis años de poder total y luego al retiro, a disfrutar sus riquezas o ahora, en tiempos de globalización, a servir a una trasnacional. No había más poder que el suyo ni el Legislativo ni el Judicial podían enfrentar al Ejecutivo. Unos supieron utilizar su enorme fuerza con relativo decoro, otros, como Díaz Ordaz, no.
Lo menciono porque egresados del PRI crearon un proyecto de caudillo: un modesto político autoritario que ha intentado dos veces llegar a la Presidencia. Es repetitivo contar la historia de su extraño ascenso, baste decir que ambos esfuerzos fallaron. Pero es persistente y hoy exige la anulación, no de todo el proceso electoral, sólo de la parte presidencial; lo demás fue limpio porque el PRD tuvo excelentes resultados. Conocemos la lógica. El IFE está obligado, según la interpretación legal hecha por AMLO, a desconocer la elección presidencial e ir a un nuevo proceso sin Enrique Peña Nieto.

Para ello argumenta severamente contra el IFE, los medios de comunicación, las encuestas, la inequidad y los que votaron en su contra: unos 34 millones de “masoquistas” que optaron por otras posibilidades. Verdades a medias ni siquiera bien comprobadas. Dudo que las autoridades encuentren en los alegatos perredistas razones de peso para cancelar algo que tanto esfuerzo y dinero costó. ¿Qué sucederá cuando le digan no al caudillo? ¿Otro plantón en todo el DF, donde muchísimos votaron por él? ¿Autoproclamarse de nuevo presidente legítimo? O algo más drástico: ¿convocar al pueblo mexicano a levantarse en armas? ¿Cuántos lo seguirán en caso de esta posibilidad, de dónde sacarán los recursos para ir a la nueva cruzada?AMLO no tiene remedio. No es un peligro para México; simplemente es alguien que imagina tener la verdad absoluta, ser mucho más que un caudillo: se ve a sí mismo como un mesías político. Nadie como él ha conjugado el verbo complotar. Cada acción de los otros partidos, de los ricos que no están con él o de los medios que no están de acuerdo con sus reglas, es una conspiración mafiosa para negarle el ingreso a Los Pinos. Si así actúa sin el poder total en sus manos, cómo será convertido en presidente.

Si Obrador tuviera más grandeza que ambiciones políticas, antes de perder otros seis años buscando el poder, podría convertirse en un dirigente que impulse un movimiento social. Desde ahora, 2018 pinta adverso para sus deseos: Ebrard ya arranca un futurismo extremo. De hacerlo, sin ex priistas a su lado, con auténticos ciudadanos podría ser un factor real de poder positivo, contribuir al surgimiento de la izquierda de carne y hueso. El proceso fue turbio, pero para mancharlo AMLO contribuyó en exceso. Volvió a perder ahora por más de tres millones y medio de votos. Si todo estaba viciado desde el inicio y las instituciones son corruptas, ¿para qué entonces participó en el proceso electoral?

Excelsior - 2012-07-15

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