Tantadel

agosto 19, 2012

Animal Farm: a mexican history

El patriotismo, como a Julio Cortázar, no se me da. Lo supe desde antes de viajar al extranjero y descubrir que la frase como México no hay dos, hace afortunados a otros países. Para colmo, de Marx aprendí que las luchas políticas carecen de patria y que los encadenados en el mundo deben ser solidarios. En aquellos tiempos el asunto se llamaba internacionalismo proletario. Luego, para colmo, no me gustan los tríos ni los mariachis o los boleros, tampoco lloré ante los filmes de la época de oro del cine nacional. Los éxitos del futbol mexicano, a diferencia de Felipe Calderón, me tienen sin cuidado. Ah, en materia etílica, soy universal. Estudié tres años en Francia y de allí visité diversas naciones, en todas me sentí bien, cómodo, no echaba de menos los chiles verdes y no moría si el coqauvin carecía de frijoles refritos y queso cotija. Cuando concluyeron los estudios en la Universidad de París y regresé a la patria comenzaron las nostalgias por el viejo mundo, así que cada tanto procuro regresar.

Pero lo anterior no me hace ajeno a la situación política de mi país, tampoco deja de preocuparme la de España, Cuba o Francia. En particular me afecta mi ciudad, el DF, donde nací, estudié hasta la licenciatura y trabajo en dos de sus universidades públicas: la UAM y la UNAM. No logro entender, en medio de tanta corrupción e incapacidad, gobernados por ex priistas deshonestos y personajes egresados de cloacas políticas, cómo es posible que sean los dueños de la capital mexicana. Pobre del que profesa una opinión distinta. A diario hago encuestas y nadie los elogia, al contrario, el taxista, la persona que va en el Metro, mi alumno, los vecinos, son voces ríspidas contra el autoritarismo, la manera en que destruyen la ciudad, nos roban y manipulan “las izquierdas”. Sin duda he sido afortunado: no me he topado con un diputado perredista o con algún activista del #YoSoy132. Dudo que hayan tenido limpiamente tan alta votación, hubo manejo de ciudadanos, compra de votos. Evoco con tristeza a los desaparecidos comunistas, equivocados o no, eran combativos, dignos, tenían una ideología sólida, padecieron cárceles, persecuciones, vivieron en el clandestinaje y muchos fueron asesinados.

Ahora que veo que parte esencial de las pruebas que López Obrador presenta como señalamiento contundente del fraude electoral que por cuarta vez sufrió (dos en Tabasco y dos por Los Pinos), son patos, cerditos, chivos, gallinas, pollitos, recuerdo la novela satírica de George Orwell, Animal Farm. ¿Hasta dónde hemos llegado si aceptamos que un grupo demencial lleve a declarar a un borrego manipulado por el PRI? Más grave, los medios toman en serio las patrañas y las difunden, algunos afirmando que eso le permitió a Peña Nieto obtener más de tres millones de votos. Cuesta trabajo imaginar a Coldwell repartiendo miles y miles de aves de corral para que sufragaran por su candidato. ¿No hay argucias inteligentes en el amplio costal de Obrador y Monreal? Lo más grave es que “las izquierdas”, a pesar de su triunfo capitalino, se desmoronan. El caudillo está en decadencia y desesperado para inventar una simpleza de tal calibre. Había soluciones inteligentes.

En momentos así pienso en mi país y como en poema de Efraín Huerta, me duele. Merecemos una mejor clase gobernante: estadistas, no politiquillos que mienten y hacen demagogia e imponen una agenda que nos impide avanzar como nación. ¿Dónde está el futuro promisorio que requerimos? ¿En los tercos alegatos de Obrador que ofrece un paraíso grotesco, de limosnas y bajos sueldos para los funcionarios? ¿Con ellos se salva el país? Nos salvaríamos si dejáramos de mantenerlos. No hay más que asomarse al currículum de cada uno de ellos para saber que si hubieran ganado Los Pinos, seríamos una nación perdida. Basta con hacer un recuento de los daños en el DF y extenderlos a la República.

Excelsior - 2012-08-19

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