Tantadel

agosto 15, 2012

Las utopías y la izquierda hoy

Dos temas han sobrepoblado a la literatura universal: la pobreza y el amor. Sin duda el más atractivo e insistente es el último. Las grandes obras maestras tienen un apasionado romance o las desgracias de los desamparados. Sin mucho esfuerzo podemos recordar Romeo y Julieta y Madame Bovary por tan sólo mencionar dos ejemplos distantes en el tiempo y en la forma, dedicados al amor y si hemos de pensar en los pobres, la lista asimismo es larga, Los miserables y Crimen y castigo se antojan de inmediato. Entre los literatos que se preocuparon por la desdicha, tenemos al francés Eugéne Sue y su obra más vigorosa, Los misterios de París, escrita en 1842, novela que influyó en escritores y en filósofos y que tuvo millones de lectores. Es posible que haya perdido algo de su poderío y la fuerza social que destilaba. Umberto Eco, en una crítica intensa, señala sus méritos, a pesar de haber sido escrita casi dos siglos atrás, lo que permite una más aguda observación, sobre todo desde la perspectiva política y social.

Eco considera que Sue “no ha escrito una obra de arte, sino que ha inventado un mundo y lo ha poblado de personajes sanguíneos, vigorosos y emblemáticos, a la vez que falsos y ejemplares.” Acepta, sin embargo, que es una novela que sigue siendo válida tantas décadas después. Los misterios de París es uno de esos libros que influyen profundamente en la conciencia colectiva y permite que filósofos, políticos y economistas puedan imaginar un mundo mucho mejor del que hasta hoy hemos visto. En este terreno entran dos amigos de genio, Marx y Engels, quienes evocan la novela de Sue en su trabajo llamado La Sagrada Familia y de pronto los comentarios son irónicos.

Pero antes de emitir algún juicio sobre las críticas al novelista francés, es indispensable recordar a las utopías, sobre todo hoy que carecemos de ellas y que vivimos en una permanente antiutopía. A las clásicas de Moro, Campanella, Francis Bacon, Saint-Simon, Fourier, Owen, bien podríamos añadir las de corte anarquista radical y desde luego las que parecieran literatura de aventuras como las de Jonathan Swift. Todas, de una forma u otra, sugieren mejores formas de vivir, maneras más humanas, menos autoritarias, con una serie de transformaciones de enorme profundidad. Utopía es en castellano “no hay tal lugar”, según Quevedo. Las utopías han dejado huella indeleble en la gran política. Marx, al proponer su inmenso proyecto, evoca el término: Del socialismo utópico al socialismo real. Con más rigor, podemos ver a Platón como un antecedente de las utopías con su afamada República. Es decir, imaginar un país perfecto, sin división de clases, donde no haya problemas sociales y el Estado, represor por esencia, de muchas formas sea minimizado, es una antigua ilusión.

El sueño no ha sido posible llevarlo a cabo, es una tarea de Hércules o de titanes. Marx lo propuso de manera científica, pero no halló las armas adecuadas para instrumentarlo. Lenin, Trostky, Luxemburgo y muchos otros grandes pensadores y políticos también intentaron realizar la metamorfosis, pero la utopía fracasó. Marx retó: quiero transformar el mundo, no obstante las dificultades fueron muchas más de las que su talento y cultura le permitieron ver. Todavía un discípulo audaz como Ernesto Guevara habló de una nueva sociedad igualitaria donde habitaría un hombre nuevo. Hoy no quedan rastros de la fascinante idea. Sobre los restos de la utopía marxista ha reaparecido la mala yerba del capitalismo con su carga de inhumanidad. Los enemigos de las utopías nos hacen creer que lo natural es la libre empresa y que con esta idea nació la humanidad. Es decir, aparece fustigado por penosas condiciones competitivas que hacen al hombre enemigo del resto de la sociedad. El hombre es el lobo del hombre y la propiedad es un robo, son ideas clave para desear la metamorfosis.

Tal vez por eso la utopía apareció en una larga serie de libros de apariencia literaria, para ocultar sus aires subversivos. Lo cierto es que siempre ha sido una idea social inquietante. En el mejor de los casos, parecieran textos de ciencia ficción como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, pero todos encierran propuestas revolucionarias.

Regresando a Eugéne Sue, su socialismo es más bien sentimental o romántico. El marxismo no acababa de mostrarse, estaba en sus inicios. Pero la clase obrera de aquellos años distantes bullía en medio de exigencias sociales y pensaba que estaba destinado a la transformación. Marx y Engels critican la postura política del novelista, lo miran como un reformista sin pensar que es un serio acercamiento a lo que más adelante llamarían el intelectual comprometido y al servicio del proletariado. Podría ser visto como un acto injusto, acaso necesario para desbrozar el camino de una clase hacia el poder.

Ahora leemos todas las utopías, la de Marx y Engels incluidas, como excelentes textos literarios. Cómo olvidar que estas dos poderosas inteligencias, para apuntalar sus propias teorías, ironizaron la novela de Sue. Pero lo mejor es que todos los que crearon sublimes utopías nos legaron inquietudes que quizás algún día sean capaces de salvar a la humanidad. Atrás de cada avance social, hay una suma de utopías políticas y literarias.

Opinión 2012-08-15 - La Crónica

No hay comentarios.: