Tantadel

agosto 29, 2012

Los animales en el arte y en la política

Hace años, en el legendario Centro Mexicano de Escritores, bajo la tutela de Juan Rulfo, Francisco Monterde y Juan José Arreola, yo estaba obligado, en tanto becario, a escribir un cuento cada semana con el fin de integrar un libro prometido. Al concluirlo y ser aprobado, lo titulé Hacia el fin del mundo y fue publicado en Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, un doble honor, pues me colocaron junto al mayor poeta de México: Rubén Bonifaz Nuño. Es la historia a grandes rasgos de un libro afortunado, que me abrió muchas puertas.
En un momento dado, no tenía nada escrito. Carecía de tema. Un diario destacó que en Italia habían encontrado pruebas jurídicas de un juicio contra una multitud de ratas por entrometerse en propiedad privada para devorar la cosecha almacenada. El hecho, ocurrido 400 años antes, me resultaba asombroso, era el tema de un cuento con las indispensables características fantásticas que necesitaba. Escribí un cuento. Al leerlo en las sesiones literarias, encontré la objeción de Juan Rulfo. Eso es imposible, me dijo un tanto irritado, y justificó su tesis negativa, mientras que Arreola y Monterde lo veían como un suceso de literatura imaginativa. Aceptaban que yo llevara a una masa de ratas al banquillo de los acusados y éstas tuvieran necesidad de un defensor. Desde luego, había un ejercicio de imaginación, pensé: los roedores deben estar sometidos a un juicio de tipo anglosajón, con fiscal, defensor, juez y un jurado popular que sentenciaría o liberaría a las ratas ladronas.


La discusión no llegó a mayores: todos allí vivíamos en el reino de la creación, de la fantasía: Rulfo había hecho hablar a los muertos, Arreola tenía un hermoso bestiario y Monterde había traído de la mano a Moctezuma II hasta nuestros días. Pero mi respeto y devoción hacia Rulfo no me dejó dormir tranquilo durante un par de noches. Otro periódico dio la respuesta a mi maestro. En Iztapalapa, en 1965, detuvieron a un burro. ¿Las acusaciones? Había entrado en un terreno propiedad particular y al hacerlo provocó algunos destrozos menores. La policía sin titubeos lo condujo arrestado a la delegación correspondiente. La fotografía del posible criminal ilustraba el artículo informativo. Honestamente, se dejaba ver muy tranquilo, con esos aires mustios que tienen algunos rufianes. Hasta gracioso parecía, digno de confianza.

Luego de un arresto de más de 24 horas, el pollino fue liberado por falta de méritos. Recorté la nota y al siguiente miércoles se la mostré a Rulfo. La leyó con detenimiento, como solía leer libros y revistas y me dijo con su voz pausada, tímida: Bueno, René, la realidad suele superar a la fantasía. Sonrió y me sentí aliviado. Nunca nada enturbió mi relación de profunda admiración hacia Rulfo. Al contrario, sigo agradecido con aquellas tardes en las que me permitía acompañarlo hasta su casa, caminando, eran espléndidas lecciones literarias.
Cuando el libro fue editado, tuvo fortuna y me abrió el camino hacia escritores que siempre he respetado, Borges entre otros, aunque no faltaron novelistas que dijeron: René, tu libro es literatura de evasión. Eran tiempos difíciles para la izquierda y ésta demandaba un arte comprometido con las luchas políticas. Sin embargo, jamás acepté las críticas en tal sentido. Pensaba y sigo creyendo que el arte siempre está comprometido pero de una forma más profunda y compleja. Raymundo Ramos, al escribir la cuarta de forros de Hacia el fin del mundo, puso que se trataba de “cuentos de anticipación social”. Quizás pensaba más en el relato que le da título a la obra, donde un juego de futbol desata, en plena Guerra Fría, un combate nuclear y el planeta desaparece. Después, se dio la famosa guerra del futbol en Centroamérica, la que fue analizada por el periodista Kapucisnky. Entrevistado al respecto, sólo pude decirle al reportero que me sentía como Jules Verne del subdesarrollo.

Está visto que también me anticipé a lo que vemos en la política de hoy, en pleno 2012, cuando un partido derrotado, para probar un supuesto fraude electoral, ha presentado entre un puñado de pruebas demenciales, chivos, patos, gallinas, borregos… de todo ello las autoridades electorales han dado fe: En la foja 423, una gallina aparece, no hubo mayores declaraciones, salvo un intenso parloteo entre un borrego y un pato, cada quien en sus propios términos: uno balaba, el otro graznaba. Nadie los comprendió.

Como queda claro, la política y en especial la mexicana se han mezclado con la más decidida literatura fantástica. Tenemos estupendas páginas de ficción. Esto no es novedoso, Jonathan Swift y Lewis Carroll, por ejemplo, hicieron que sus personajes zoológicos hablaran, tal como lo hicieron los fabulistas Lafontaine y Samaniego. Pero es obvio que la decisión de poner o quitar a un Presidente de la República no puede ser basada en las declaraciones de un burro o una gallina.
Sin embargo, es claro que Juan Rulfo tuvo razón al decirme que la realidad supera a la fantasía, una idea que en Inglaterra sugirió Oscar Wilde al decir que la vida copia al arte. Estoy de acuerdo con ambos. Pero de allí a que la política nacional se haya convertido en algo de animales, es otra cosa, y sin duda de mucha gravedad para la salud mental de los mexicanos.

Opinión 2012-08-29 - La Crónica

No hay comentarios.: