Tantadel

septiembre 21, 2012

John Lennon en 2012 2/2


John Lennon y su eterna Yoko se fueron a posiciones más radicales y provocativas. Posaban desnudos, hacían música audaz y letras contestatarias, peleaban con los medios de comunicación más atrasados desde las camas de hoteles famosos. Alguna vez le preguntaron a Lennon si era hippie y él repuso con sencillez complicada: No, soy un Beatle. Ya solo, sin Paul, George y Ringo, compuso su propia y única música, era poco común, desgarradora, de limpia protesta como “Imagine” o “Mother”, asimismo volvió a sus inicios, al rock and roll de los cincuentas. Se hizo un buen padre y optó, aferrado literalmente a Yoko, por vivir en Nueva York, una ciudad maravillosa, que para él fue letal. Su asesinato es bien conocido. Para mi desgracia, en esos días estaba yo por viajar a tal sitio, para una plática en la Universidad de Columbia, así que la noticia me impresionó todavía más. Como muchos otros fui al lúgubre edificio Dakota, donde filmaron El bebé de Rosemary de Roman Polanski. En la puerta estaban muchachos acongojados, flores por docenas, veladoras y fotografías del que fuera líder del grupo más exitoso del orbe. Caminé por allí, entre jóvenes y policías, pensando que (John era de mi edad, de mi generación) una época había acabado. “The Dream is Over”. Sí, comenzaba un largo periodo de nostalgia, del que no hemos salido por más que hayan aparecido cientos de figuras musicales de talento. Lennon era algo más que un cantante, que un músico, era un revolucionario sincero, un agitador, un provocador necesario, indispensable, un tipo genial que no hizo más daño que llenarnos de excelente música y justas propuestas de cambio, dejando de lado la tonta etapa de la India y su espiritualidad entre comillas.



Años después de su muerte, Paul estuvo en México todavía con Linda que movía graciosamente un pandero. Atrás del ex Beatle aparecían fotos de Lennon y él, de Lennon solo. Lo sentí como un acto de oportunismo y escribí una nota: “Querido Paul, para qué demonios fui a verte”. El mejor momento del concierto fue cuando tocó las viejas canciones que firmaron Lennon y McCartney. Para colmo, poco después Paul reclamó que deberían ser suscritas al revés, pues su papel había sido fundamental. Volví a pensar en que la razón de la ruptura fue el choque de personalidades y no la fea de Yoko, cuya historia de amor es intensa. Si no eran golpes de oportunismo, al menos sí una puñalada a un muerto. Algo semejante escuché decir a Joan Baez en televisión, hablaba de esos años y de sus figuras señeras. Obvio, tocó a Dylan y dijo que había traicionado sus principios. No lo entendí, me pareció una tesis exagerada. Meses después, tuve la humorada de presenciar una estúpida entrega de premios Oscar, ceremonia de total tedio y la prueba de que el show business es ramplón y meloso por excelencia. El Oscar a la mejor canción fue para Dylan, quien estaba en Australia o en Tanzania. La cámara vía satélite lo enfocó y lo vimos nervioso, inquieto, retorciéndose las manos como quinceañera antes de bailar el vals con Marcelo Ebrard, cuando escuchamos las palabras más anheladas del mundo: “And the winner is…” Bob Dylan y aquél que se preguntaba dónde estaba la respuesta y respondía que en el viento, sonrió agradecido en la peor actuación comercial de su vida: la respuesta estaba no en el viento sino en Hollywood, como Elvis la halló en Las Vegas.



No son más los tiempos de la década prodigiosa. No hay bipolaridad y el socialismo se esfumó. Janis Joplin fue sustituida por Madonna y Lady Gaga. La tragedia es suplantada por el espectáculo. Paul es noble, aristocrático, como el gordito amigo de Lady D, Elton John, ambos van al Palacio de Buckingham y la reina los recibe para ganar popularidad. Muy lejos quedó la expresión irónica de John Lennon: aquellos que están en gayola, aplaudan, quienes están en los palcos y en primera fila, agiten sus joyas. Todo se comercializó y quedó en manos de los poderosos, empresarios y políticos. La revolución se alejó huyendo del neoliberalismo, la globalización y el show frívolo.



Los revolucionarios pocas veces llegan a viejos. Los tenemos siempre jóvenes, muertos en plena grandeza: en cine James Dean, en la lucha social, figuras como Emiliano Zapata o Ernesto Guevara, en la música John Lennon. Así se mantendrán, inalterablemente, en el tiempo: radiantes, lejos de la terrible vejez. No nos legaron la foto cobrando la pensión, ayudados por un bastón o muletas o ingresando al hospital en silla de ruedas. A veces la muerte llega de una mano asesina, otras de la propia, como Kurt Cobain. No padecieron la decrepitud. Los seguiremos viendo vigorosos y en plena acción, poniendo su esfuerzo en hacernos distintos.



He sido un largo fanático del rock, de principio a fin, excluí grupos como los Archies y los Monkys, hoy sigo, pasando por Pink Floyd o Leed Zeppelin, por Oasis y Green Days, a veces por U2, cuando no visita a Ernesto Zedillo o a Felipe Calderón. Pero cada tanto vuelvo a la música de esa década prodigiosa, donde Lennon nos pidió imaginar un mundo sin religiones y sin violencia y demandó que fuéramos soñadores.



Opinión 2012-09-21 - La Crónica

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